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septiembre 24, 2022
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Alerta Roja

Un soldado que se formó profesionalmente para encontrarse en un campo de batalla relata la intimidad de su historia. Todos somos iguales bajo un cielo iluminado por el fuego. O casi todos.

Por Juma Lamacchia

Heriberto Giandinoto tiene 65 años, hace 15 que se encuentra retirado de las fuerzas y actualmente es docente de FPT y administra el edificio ícono de Mar del Plata en el mirador Cabo Corrientes. Dedicó su vida a la artillería y fue protagonista de los 74 días que duró la Guerra de Malvinas y más. 

La localidad de Sarmiento queda a unos 150 km de Comodoro Rivadavia, allí pasaba sus días destinado en el Grupo de Artillería 9 en el año 1982 un joven Subteniente Giandinotto de 25 años. Sus jornadas de servicio eran iguales a cualquier otra, hasta que algunas actividades fuera del calendario normal del Ejército llamaron su atención.

El Plan de Educación del año militar tiene un período básico que dura 45 días en el que el soldado aprende, exclusivamente, todas las actividades de infantería, es decir el hombre como combatiente individual. Durante esas actividades se alternaron otras que involucraron a la marina y a la fuerza aérea y también algunas referidas a la artillería en sí. Eran movimientos raros para un fines de febrero principios de marzo común y corriente, algo le olía mal pero podía estar dentro de algún planeamiento pensado de otra manera.

El General García, al ver el rendimiento de sus soldados en estas maniobras, realizaba comentarios positivos como “con esta gente voy a la guerra mañana”. Spoiler alert: pasaría menos de una semana para que eso suceda. El 26 de marzo se llevó adelante una reunión en la Sala de Operaciones donde se impartió la primera orden de recuperación de las Islas Malvinas, al otro día, fue notificado Heriberto bajo juramento de secreto militar. 

El primer día del resto de su vida

El 2 de abril Heriberto Giandinoto llegó a las islas y sus sensaciones fueron ambiguas: por un lado la alegría de haber sido tenido en cuenta de ser uno de los que participaba de la recuperación. Y por otro, la responsabilidad de poder volcar todo su conocimiento en una actividad netamente de combate, para la que se había preparado tantos años.

Hasta ese momento todo estaba planificado y cada uno sabía lo que tenía que hacer. Destaca el orden que tenía la estrategia argentina. Si bien él se había formado para afrontar este acontecimiento, resalta que en el Regimiento al que pertenecía no diferenciaba entre chicos y adultos. Todos eran una sola cosa. “El espíritu de combate fue gracias a nuestro líder”.

El miedo lo ejemplifica con un recuerdo en particular: la noche del 1 de mayo se encontraba en el turno nocturno recorriendo y supervisando los pozos del ataque enemigo, algo que solía hacer en ese horario porque era su preferido. Una bomba cae y por la onda expansiva él vuela unos metros. “El primer día de combate, transpiras porque sentís la adrenalina. El segundo día temblás. El tercer día ya le perdés el respeto a todo”, explica con la mirada firme.

Su familia no tuvo noticias de él hasta pasado el primer mes de guerra. “Cuando escribí la primera carta se enteraron de que estaba en Malvinas, había pasado como un mes, jaja”, recuerda. Salvo alguna noticia con el equipo de comunicaciones, su novia (actual esposa) y sus padres tardaron varios días en saber que su hijo estaba en combate.

Los días pasaban y la sensación de control era superadora. Hasta que llegó la primera pálida que él sintió con fuerza: En la Batalla de Darwin varios de sus compañeros habían sido derrotados y perdieron su vida. Entre los sobrevivientes se encontraba a quien definió como “héroe”, el ex candidato a presidente José Luis Gómez Centurión. La otra mala noticia que lo golpeó fue el misil que terminó con la vida del sargento Blanco y otros dos marplatenses.

Poner el cuerpo en un campo de batalla exige mantenerse alerta las 24 horas del día. A Heriberto también le generaba impotencia no poder hacer mucho en situaciones límite. En su sector cayeron 375 toneladas de explosivos. “Llega un momento en el que te dicen alerta roja y seguís caminando. Forma parte de uno. Si te toca, te toca”, explica. Para él fue una decepción personal no haber estado presente por donde llegaron los ingleses y tener la experiencia de luchar “cuerpo a cuerpo” (método referencial que casi no se utiliza).

El Ejército inglés

Las sensaciones pueden ser las mismas de ambos lados, y el ganador en una guerra depende dónde mires o qué análisis hagas. Heriberto cuenta que los soldados ingleses también la pasaban mal, desde el punto de vista estratégico, tuvieron muchos problemas de logística porque se encontraron con una resistencia que jamás se imaginaron. “Los ingleses sacaban del bolsillo un calentador y preparaban un café. Algo que nosotros no teníamos”, cuenta.

Los que más le sorprendieron fueron los Gurka. “Jamás se relacionaron con nosotros, eran un ejército aparte en la montaña y carne de cañón de los ingleses”, recuerda. (El mito de los Gurka se puede leer acá).

La guerra llegaba a su fin, Argentina estaba rendida y era hora de volver. Esa decisión fue la que hubiese tomado el Subteniente Heriberto Giandinoto, que con los ojos llorosos lamenta no haber agotado toda la munición. 

Analiza ese final y cree que los ingleses los superaron por el uso de los recursos tecnológicos con los que contaban. “Ellos sabían todos nuestros movimientos, tenían a la OTAN a disposición. Había cosas que se les escapaban porque el soldado argentino es muy astuto, pero vos lo sentís cuando alguien te está mirando”, confirma.

Y si cree que fue innecesario el método de recuperación de las islas, reflexiona: “Yo no me voy a meter en la estrategia política que había en ese momento porque era un simple soldado. Pero el objetivo era que el Regimiento de Infantería N°25 se quedara con las islas y después se negociaba. A los diez días empezó a caer gente por todos lados”.

¿Cuándo termina la guerra?

Pero la guerra no terminó ahí. Había que evacuar y volver al continente. En ese momento se encontraba bajo el control del Ejército inglés y un soldado tomó un papel y anunció que quienes sean nombrados irán en helicóptero a los buques correspondientes y de ahí regresarán. Heriberto miraba a su alrededor y se encontraba con muchos superiores a él que imaginaba, tendrían ese privilegio. “Giandinoto”, dijo el soldado. Heriberto se preocupó y algo no le cerraba. A partir de ese momento fue prisionero durante treinta días. Los primeros tres en un galpón, luego fue trasladado a un campo de concentración dentro de un frigorífico donde en grupo convivían con restos de explosivos, comían de una lata que les servían y hacían sus necesidades en tanques cortados a la mitad. Antes de ingresar al frigorífico estuvieron tres días al aire libre con el barro como abrigo. 

Pasaron los primeros quince días como prisioneros de guerra y llegó un ferry inglés bajo el control de la Cruz Roja. Allí el día a día cambió. Pudieron bañarse y comer de mejor manera. Con asombro, Heriberto cuenta cómo fue esa vuelta: “Después de que terminó la guerra, hacés de cuenta de que acá no pasó nada. Hasta nos pagaron y con eso compramos jabón y pasta dental. Los que hablaban bien inglés tenían mucha relación con los soldados que estaban con nosotros”.

El día después de la guerra

“Excepto que me ponga a hablar, como ahora, no tengo un recuerdo cotidiano de Malvinas. Pero sí está grabado en mi corazón”, comienza a explicar Heriberto Giandinoto, ya recordando aquel regreso.

Desde el día en el que volvió se dedicó a formar con su experiencia a futuros soldados. “Bajo mis órdenes, todos han tenido una vivencia para no llegar al día del combate y tener que ver cómo acciona un avión o un helicóptero o cómo te afecta una explosión. Lo apliqué para que los que se estaban recibiendo no pasen por lo que yo pasé”, afirma el ex combatiente.

Lamenta no haber vuelto a las islas, donde se encuentra su sable, símbolo de mando que se le entregó al recibirse. Pero por orden del Teniente Coronel Mohamed Alí Seineldín “El Turco” y un “gran soldado”, según Heriberto.

Hoy, 40 años después se ubica en su oficina en la planta baja del edificio de Cabo Corrientes con la bandera argentina de fondo. Ese lugar, curiosamente (o no) tiene sus coordenadas casi en la misma línea que Puerto Argentino, con 14 kilómetros de diferencia. Ese dato lo llena de identidad y orgullo. Se llena de elogios al describir las islas. Recuerda con una memoria intacta a cada uno de sus compañeros y el paso a paso de su experiencia en la guerra. Una experiencia tan fuerte que seguramente sea difícil de olvidar. Ese orgullo de haberse formado como militar y defender a la patria en un campo de batalla. Algo que no le contó nadie, sino que lo vivió. El significado de las Islas Malvinas en su vida, lo define con palabras del “Turco” bajo el ahogo de un llanto interminable, de un hombre que vuelve a tener 25 años y masticar la bronca de la historia: “Las Islas Malvinas son lo único que mantiene unidos a los argentinos”.

Las Islas Malvinas fueron, son y serán siempre argentinas.

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