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La Banda del Pincel: la cooperativa de artistas que lleva pintados más de mil murales de Alvarado

Desde 2012, La Banda del Pincel convirtió la pasión por Alvarado en una forma de trabajo comunitario: más de 1.500 murales pintados a pulmón, con permiso de vecinos y una consigna clara de convivencia, identidad barrial y cuidado del espacio público en Mar del Plata.

Por Lucas Alarcón

Desde hace más de una década, un grupo de hinchas de Alvarado transforma paredes grises en puntos de encuentro. No firman obras, no cobran por pintar y no responden a ninguna institución: funcionan como una cooperativa informal que combina pasión futbolera, trabajo comunitario y una idea clara del espacio público. Son La Banda del Pincel y dejaron su marca en más de mil paredes de Mar del Plata.

La historia empieza en agosto de 2012, casi sin plan. Cada barrio tenía su mural, pero en la zona de La América —uno de los sectores con más hinchas del club— faltaba uno “prolijo”. La excusa fue pintar ese paredón. La consecuencia fue otra: después de ese primer encuentro, los mismos pibes empezaron a repetirse en distintos barrios, saltando de una pared a otra, hasta que el grupo tomó forma. “Nos juntamos a pintar ese día y dijimos: ‘che, allá también tenemos que hacer otro mural’. Y así se armó”, cuentan.

Desde entonces, la lógica es siempre la misma: paredones con permiso, casas de vecinos, esquinas olvidadas o terrenos baldíos. Muchas veces, antes de que aparezca el aerosol, hay que cortar el pasto, limpiar basura o arreglar frentes. “No vamos a gastar una lata de pintura en un paredón que después el dueño tapa o donde te puede caer un patrullero. Siempre con permiso, siempre para mejorar un lugar”, explican.

Hoy el grupo ronda las 50 personas. No todos pintan, pero todos suman. Hay cinco dibujantes que marcan las figuras —escudos, toros, símbolos del club— y el resto se encarga del relleno, la preparación de la pared y la logística. La organización es flexible: un grupo de WhatsApp, mensajes cruzados y horarios que se acomodan a la vida laboral de cada uno. “Uno arranca a las tres de la tarde marcando el dibujo y a las seis caen los que salen del laburo. Se arma una producción en cadena”.

La mayoría de los murales promueve una consigna clara: pasión sí, violencia no. No se manchan paredes ajenas ni se cruzan límites territoriales. “Nosotros respetamos los murales de los otros clubes. Ellos pintan donde tienen que pintar ellos, nosotros donde nos corresponde”, dicen. Si alguna pintada aparece vandalizada, la respuesta no es el enfrentamiento: es volver a pintar, agrandar el mural, mejorar lo que ya estaba.

“Somos socios de nosotros mismos”

Uno de los espacios más emblemáticos del grupo es la playa de Alvarado, un sector de la costa pública que lleva casi veinte años intervenido con grafitis y murales. Primero fue la hinchada vieja, después el trabajo se volvió más organizado y ambicioso. Cada noviembre y diciembre, La Banda del Pincel renueva los paredones: limpieza, fijador, lijado y varias jornadas de pintura. “Son paredones vírgenes, nadie los mantiene. Todos los años los dejamos prolijos”, remarcan. La playa es punto de encuentro en verano, previa de los partidos y lugar de identidad para los hinchas del club.

Todo se hace a pulmón. Los materiales se financian con una cuota simbólica entre los integrantes, torneos de fútbol, venta de comida, sidra con el logo del club o iniciativas solidarias. Durante la pandemia fabricaron barbijos; para el Día del Niño venden libritos para colorear con dibujos de los murales. “Somos socios de nosotros mismos”, resumen. No reciben apoyo del club ni lo piden. Tampoco buscan respaldo político. “Esto se hace sin fines de lucro. Jamás fuimos a manguear a una municipalidad o a un político”.

El trabajo va más allá del fútbol. Pintaron escuelas, murales por Malvinas y espacios comunitarios. Muchas veces el pedido llega de manera casual: una maestra que pasa, una foto por WhatsApp, un paredón deteriorado. “Para el mural de Malvinas que era para una escuela, no le pedimos nada. Fue un pedido de una docente. En dos o tres horitas lo hicimos”, cuentan. Cuando el mural es para un vecino, el acuerdo es simple: si puede colaborar blanqueando la pared, ayuda; la pintura corre casi siempre por cuenta del grupo.

En catorce años de actividad, calculan haber superado los 1.500 murales, con semanas en las que llegan a hacer cinco. La demanda no afloja: cada barrio quiere renovar el suyo, agrandarlo, mejorarlo. “Ves el toro que le hicimos a otro barrio y te lo empiezan a reclamar. Se ceban, quieren más”.

La Banda del Pincel no se define como colectivo artístico ni como agrupación política. Se define, simplemente, como gente a la que le gusta pintar y ver la ciudad con sus colores. “Lo hacemos porque nos gusta. Porque es nuestra pasión. Porque queda lindo para el vecino”, dicen. En una ciudad donde muchas paredes hablan de abandono, ellos eligieron que hablen de identidad, trabajo compartido y pertenencia.

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