Peñarol y el objetivo de construir con coherencia

El entrenador Leo Costa establece su vínculo con Peñarol desde el método, el trabajo diario y la convicción de que edificar en el proceso también es identidad.

Por Florencia Cordero

Hay entrenadores que llegan a un club desde la pertenencia, con la historia tatuada en la piel. Y hay otros que lo hacen desde la lectura del contexto, la convicción metodológica y el trabajo cotidiano. En ese segundo grupo se inscribe Leo Costa, quien asumió el desafío de conducir a Peñarol en la Liga Nacional de Básquet en un momento donde la urgencia del resultado convive, no sin tensiones, con la necesidad de respetar los procesos.

Costa no es un hombre del club. Y lejos de ocultarlo, lo pone en valor. Porque su vínculo con Peñarol no nace de la historia compartida, sino de una identificación clara entre proyecto e idea de trabajo. “Desde la primera charla con Tato Rodríguez y con el presidente hablamos de la posibilidad de trabajar con una idea de juego en la que yo creo profundamente”, explica. Una filosofía que no responde a modas, sino a una lectura del juego actual y a una convicción sostenida en el tiempo.

El Peñarol de Costa se piensa desde el ritmo, la eficiencia y la toma de decisiones. La estadística avanzada aparece como una herramienta central, pero no como un dogma. “Sin ir a los extremos, porque los extremos siempre son malos, sí creemos en orientar el juego a la eficiencia ofensiva y defensiva”, aclara. Correr, defender para construir, generar tiros de alto valor: bandejas, faltas, triples abiertos. Todo medido, todo entrenado, todo explicado.

Pero el entrenador también sabe que ninguna idea se impone de un día para el otro. “Es un proceso de mejora constante. Hay días mejores y días no tanto. Ajustamos, pero siempre con esa filosofía por delante. Primero porque es en lo que creo y segundo porque es para lo que me trajeron”. La frase resume su postura: convicción sin rigidez, paciencia sin resignación.

Peñarol está noveno en la Liga Nacional de Básquet, con 11 partidos ganados y 9 perdidos.

En ese camino aparece una de sus ideas más repetidas: controlar lo controlable. “No controlamos la velocidad de los procesos, sí cómo nos brindamos cada día para mejorar”. El resultado, dice, nunca está del todo bajo control. La preparación, la energía, la atención sostenida, la respuesta ante la adversidad, sí. Y ahí pone el foco.

Mar del Plata, además, potencia ese desafío. Ciudad de básquet, de paladar exigente, de análisis permanente. Costa lo percibió desde el primer día. “En cualquier lado terminás hablando de básquet. Es una ciudad muy especial en ese sentido”. Sabe que hay opinión, que hay mirada crítica, que hay comparación con otras épocas. No lo esquiva. “Sabés que te tenés que ganar a la gente. Y eso se logra con competitividad, con ilusión, con entrega”, remarca.

En ese entramado, el liderazgo aparece como una construcción colectiva. Y ahí surge la figura de Al Thornton como símbolo, el ex NBA que se erige como faro inspirador. “Descubrí una persona maravillosa. Un competidor con una humildad enorme”, destaca Costa. Su rol, más allá de los minutos o las estadísticas, funciona como ejemplo interno: entender que el equipo está por encima de todo, aceptar decisiones, potenciar a los más jóvenes. “Si Al no se queja, nadie se va a quejar”, resume el entrenador.

Los objetivos están claros y no se esconden. El resultado macro es entrar a playoffs. Pero el camino se mide de otra manera. Costa habla de eficiencia defensiva, de décimas que parecen mínimas pero representan saltos reales de rendimiento. No se trata de cuántos puntos se reciben, sino de cómo se defienden las posesiones. “Queremos pasar de muy buenos a excelentes”, explica. El dato técnico se convierte, otra vez, en una idea de fondo: mejorar de verdad, no solo en el tablero.

Detrás de todo eso hay una mirada profundamente humana. Costa, como coach ontológico, cree en el liderazgo que inspira, no en el que amenaza. En la seguridad psicológica como base del rendimiento. “El verdadero líder guía para que cada uno alcance su mejor versión”, afirma. Para él, el maltrato y la presión constante no construyen equipos: los fracturan. La ciencia, dice, hoy lo acompaña.

En un contexto donde la urgencia suele devorarse los procesos, el entrenador lo asume como parte del juego. “Es alto rendimiento. Hay que ganar. Pero ganar o perder un partido es solo un pedacito de la película”. El desafío, entonces, es sostener una idea aun cuando el resultado no la valide de inmediato.

Peñarol y Leo Costa se encontraron en ese punto: no desde la nostalgia ni la pertenencia heredada, sino desde la coherencia entre lo que se piensa, lo que se entrena y lo que se intenta construir. A veces alcanza, otras no. Pero el camino, al menos, está claro.

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