¿Qué hacen espías rusos en la Argentina?

En una entrevista con BACAP, Hugo Alconada Mon presenta Topos, el libro en el que reconstruye la historia real de espías rusos que vivieron durante años en la Argentina bajo identidades falsas, y lanza una advertencia inquietante: “Son muchos más los espías de los que creemos”.

Por Juan Manuel Salas


Lleva una camisa con finas rayas celestes y blancas, se sienta y pide una botella de agua mineral. El calor de febrero cae pesado sobre Mar del Plata y, dentro de Chauvin, el murmullo de entrevistas que colegas les hacen a distintos escritores que se presentarán en el festival MarPlaneta se mezcla con el de los pasos de mozas que vienen y van. Frente a mí, uno de los periodistas de investigación más reconocidos del país habla bajo, mide las palabras en busca de la más cordial posible, escanea el salón y se acomoda en la silla como si calculara entradas y salidas. Por un rato, le toca a él ser fuente: responder preguntas, decidir qué dirá y qué preferirá no contar de ese submundo del poder que tanto investiga. Comienzo a grabar, no pierdo tiempo con la primera pregunta: ¿qué hacen espías rusos en la Argentina?

El nombre es Hugo Alconada Mon. Periodista de investigación, abogado, magíster, corresponsal en Estados Unidos, maestro de la Fundación Gabo, miembro del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ), prosecretario de Redacción de La Nación. Un tipo que vive entre fuentes on the record, off the record, cafés discretos, llamadas que se cortan, silencios y con la sana costumbre de incomodar al poder, de exponerlo.

Esta vez, el mundo que desentraña está contado en su libro Topos, donde reconstruye la historia real de dos espías rusos ilegales que durante más de una década vivieron en Buenos Aires bajo identidades falsas, formaron una familia, tuvieron hijos nacidos en la Argentina y trabajaron en silencio para Moscú. Una historia real narrada con pulso de novela de suspenso, que deja flotando una pregunta tan concreta que parece absurda: ¿cómo nadie los detectó?

¿Qué hace un espía ruso en la Argentina?
—Hay que pensarlo en el mediano y largo plazo. Vos tenés los espías “legales” y los “ilegales”. El legal —aunque suene raro— es el que llega con nombre y apellido, con cobertura diplomática: el agregado militar, comercial, lo que sea. El ilegal es otra cosa: viaja sin cobertura, con otro nombre, otra nacionalidad, otra vida.

Hace una pausa breve. Elige un ejemplo.

—Si vos sos israelí y querés espiar en Irán, no pasás ni la puerta. Entonces te vas a México, a Colombia. Estudiás ahí, trabajás, te casás, tenés hijos. Construís una identidad colombiana. Y recién ahí viajás a Irán, no como israelí, sino como empresario cafetero. Cafecito va, cafecito viene… y espiás. Esa es la lógica del espía ilegal.

Eso, explica, es lo que vinieron a hacer a la Argentina los protagonistas de Topos: construir una fachada. No para quedarse, sino para proyectarse. Durante años se movieron con identidades falsas: él bajo el perfil de un informático; ella, con los primeros pasos como galerista de arte. “Vinieron a hacerse argentinos para después viajar a Europa como argentinos. No como rusos”.

¿Y por qué Argentina?
—Porque es un país del G20. Nosotros nos criticamos mucho, pero sigue siendo uno de los 20 o 30 países más ricos del mundo. Se puede vivir muy bien, tenés buen sistema educativo, buen sistema sanitario, y además un pasaporte que entra a más de 180 países.

Baja la explicación a una escena concreta que conoce de primera mano.

—Yo fui corresponsal ante la Casa Blanca. Había edificios del gobierno norteamericano donde si vos ibas con pasaporte cubano, no entrabas. Punto. Ahora, si ese mismo cubano tenía pasaporte argentino… ping, entraba. Hoy pasa lo mismo con Rusia. Hay lugares donde los rusos no entran. Con pasaporte argentino, sí.

El libro avanza con ritmo de thriller, pero detrás del suspenso hay método periodístico. Alconada Mon cuenta cómo la investigación empezó como una serie de notas en La Nación y terminó siendo algo mucho más grande. “Luciana Vázquez me decía todo el tiempo: ‘sentate a escribir, esto es un libro’. Yo no lo veía. Hasta que llamé a dos personas”. Una cortó. La otra dijo: tomemos un café.

Cuatro horas en el Café Bidú con un hombre de camisa azul, cuyo nombre no podía ni anotar en su libreta. De ahí, una puerta abrió otra. “Hay personas que son como sherpas”, dice. Te guían sin que lo sepas.

Pero el verdadero motor del libro no fue un dato duro ni una primicia exclusiva. Fueron los hijos de los espías. “Ahí algo se rompe”, admite. Mentirle al mundo puede ser parte del juego de espías. Mentirles a tus propios hijos, no. “Decirles que naciste en Mar del Plata cuando naciste en Moscú. Ocultarles quiénes son sus abuelos. Criarlos dentro de una identidad falsa. Ahí entendí que había otra historia”, cuenta el periodista de investigación.

Hoy, con redes sociales, cámaras, biometría, ¿sigue haciendo falta el espía?
—Es distinto, no más fácil. Hoy cada celular es una cámara. Tenés lectores de huellas, reconocimiento facial. Pero un castillo es tan fuerte como su punto más débil. Si tenés 18 puertas con tecnología y una cerrada con un alambre, van a entrar por esa.

Por eso, dice, un espía ilegal no entra a la Argentina por Ezeiza.

—Si querés infiltrarte, buscás el cruce fronterizo más berreta, con menos tecnología. Y pasás por ahí.

¿Cuál es la diferencia entre espionaje de oportunidad y de método?
—El de oportunidad es cuando, de carambola, nombran ministro a alguien que vive en el departamento de abajo de tu edificio y te lo cruzás en el consorcio. El de método es cuando vas a buscar algo puntual. En la Argentina, por ejemplo, hubo interés concreto en Vaca Muerta. Eso fue método. Fueron a buscar información específica.

Ahí asoma el verdadero núcleo del libro. No es solo una historia de inteligencia y geopolítica. También es una historia íntima. Y, casi sin transición, la entrevista se corre hacia otro territorio que Alconada Mon conoce de memoria: el periodismo de investigación.

“El periodismo de investigación intenta, aunque no siempre lo logra, llegar a la verdad detrás de las versiones oficiales, de la propaganda de un gobierno o una empresa. Tratar de informarle a la audiencia el lado B de una historia. Es como una luz que se enciende. El periodismo de investigación intenta, y a veces logra, contar aquello que el poder trata de ocultar”, define.

¿Cuál es la mayor dificultad para investigar hoy?
—La autocensura. De los medios y de los periodistas. Muchos no quieren quilombos. Y en parte lo entiendo: medios con el agua al cuello, dependientes de publicidad, que dicen “no hagamos olas”. Y también periodistas que quieren llegar tranquilos al viernes a la noche.

Hace una pausa para tomar aire, para darle lugar a una distinción que le parece importante.

—Hay hombres y mujeres que igual meten los dedos en el enchufe. Esos son los distintos.

¿Cómo se equilibra informar con cuidar a las fuentes?
—Muchas veces haciendo lo contrario a lo que te enseñan en la facultad. Hay fuentes a las que yo obligo a ir al off the record para protegerlas. Porque sé las represalias que pueden venir. Y hay información que jamás publiqué porque automáticamente delataba a la fuente.

En el mundo de Alconada Mon existen los “cazadores de fuentes”: personas dedicadas a identificar a quienes le dan información a alguien como él. Por eso, con los años, armó una ingeniería para reunirse sin ser visto: entradas y salidas distintas, lugares con más de un acceso, encuentros que ya no pueden ser presenciales. “Todo el tiempo estás mensurando qué contar, cómo contarlo y qué guardar. Es parte del oficio”, remarca.

Ya es mediodía. Afuera, el sol de febrero calentó la ciudad hasta rozar los 35 grados. Antes de despedirnos, le pregunto qué le dejó Topos. Hugo Alconada Mon piensa un segundo. Habla del aprendizaje estilístico, de cómo contar una historia real con pulso narrativo. Y después baja la voz, casi como una advertencia:

“Son muchos más los espías de los que creemos”.

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