Los Narvarte, tres generaciones y una herencia que no se corta

Una voz que quedó en la memoria, un entrenador que llevó el apellido por el mundo y un nieto que resignifica esa herencia. La historia de los Narvarte, entre la radio, el básquet y el paso del tiempo.

Por Florencia Cordero


Desde Mar del Plata al mundo, Guillermo Narvarte construyó una trayectoria que lo llevó a ganarse prestigio internacional como entrenador de básquet. Con paso por distintos países (incluida una exitosa campaña con Peñarol) y una carrera marcada por la formación, el trabajo silencioso y la coherencia, fue parte del cuerpo técnico de la Selección Argentina que obtuvo la medalla olímpica en Beijing 2008, como asistente de Sergio Hernández. Ese recorrido, que lo ubicó en la élite del básquet, tiene raíces profundas y poco visibles.

Hubo un tiempo en el que la radio deportiva de Mar del Plata tenía voces que no necesitaban presentación. Voces que acompañaban madrugadas, domingos largos y transmisiones hechas a pulmón, cuando todo era más artesanal y, quizás por eso, más intenso. Entre ellas estaba la de Benito Narvarte Blanco, un nombre que los memoriosos todavía asocian con una manera particular de contar el deporte. Murió joven, hace muchos años, pero su energía sigue apareciendo, casi sin querer, en la historia de su familia.

Hoy, ese apellido vuelve a cruzarse con el deporte desde otro lugar. Guillermo, entrenador con recorrido internacional (actualmente en La Unión de Formosa en la Liga Nacional), comparte una charla íntima con su hijo Juan Cruz, también entrenador que, tras cuatro años de trabajar en las formativas de Peñarol, está listo para desplegar las alas. Dos generaciones sentadas frente a frente, hablando de básquet, de decisiones, de viajes, de ausencias y de una pasión que, sin proponérselo, se fue transmitiendo.

Guillermo creció literalmente dentro de una radio. Tenía apenas diez años cuando ya hacía “puesto base”, lo que hoy se llamaría producción, mientras su papá integraba las transmisiones. Auriculares puestos, botones que había que apretar en silencio, goles anotados a las apuradas. La radio encendida desde temprano y su padre saliendo de casa antes de que amaneciera. “Yo me crié escuchando a mi papá en la radio”, recuerda. Era natural. Era cotidiano. También era una forma de estar juntos.

Benito era inquieto, creativo, intenso. Transmitía desde donde hiciera falta: una lancha pesquera en una regata, un balcón improvisado, un teléfono desde Alemania cuando eso todavía parecía una rareza. “Dicen que tenía una energía tremenda”, cuenta Guillermo. Era chico cuando su papá murió, pero fue armando su figura a partir de relatos, anécdotas y recuerdos ajenos. A todos les decían lo mismo: era buen tipo y no paraba de trabajar. Dos frases que resumen una vida… y también explican por qué se fue tan temprano.

Mucho antes de recorrer el mundo como entrenador y de sentarse en un banco olímpico en Beijing 2008, Guillermo estuvo cerca de seguir el camino de los medios. Si su papá hubiera vivido más tiempo, admite, tal vez su destino habría sido otro: la producción, la comunicación, la radio. Pero la vida giró hacia el básquet. Primero como juego, después como refugio y finalmente como profesión. Empezó con chicos, con escuelitas, con horas interminables en el club. Sin grandes planes. Con vocación.

Con los años, casi sin darse cuenta, Guillermo le fue mostrando ese mismo mundo a su hijo. Juan Cruz creció viajando con equipos, entrando a vestuarios, escuchando charlas técnicas, dibujando jugadas en pizarras improvisadas. Para él, todo eso era cotidiano. “Lo mamé sin darme cuenta”, le dice a su papá. No hubo bajada de línea ni mandato. Hubo ejemplo.

El momento de decir “quiero ser entrenador” llegó sin cálculo. Juan Cruz estudiaba otra carrera, le gustaba, pero había algo que lo tironeaba más fuerte. Lo habló primero en casa y después con su papá. Guillermo escuchó, preguntó, pidió que hubiera formación y un plan. Educación física fue el camino. La pasión, el motor.

Juan Cruz pertenece a otra generación. Tiene más información, más herramientas, pero también conoce el costo. Vivió las ausencias, las distancias, las videollamadas cuando la tecnología recién empezaba a acortar los kilómetros. Normalizó lo que no es normal: no ver a su papá durante meses, adaptarse, esperar. Y aun así eligió lo mismo. Con los ojos abiertos.

El círculo se completa cuando Juan Cruz visita LU6 Radio Atlántica con su escuela y alguien reconoce su apellido por verlo en una de las placas recordatorias de la emisora. “¿Vos sos el nieto de Benito Narvarte Blanco?”. La sorpresa, la emoción ajena, la conciencia tardía de que ese abuelo al que no conoció fue importante para muchos. Ahí, sin buscarlo, las puntas de la historia se tocaron.

Tres generaciones. Un abuelo que dejó huella en la radio deportiva marplatense. Un hijo que llevó el apellido por el mundo del básquet y alcanzó la cima olímpica. Un nieto que recoge todo eso y lo resignifica desde su tiempo. Las voces cambian, los escenarios también, pero hay algo que permanece: el compromiso, el trabajo y el amor por lo que se hace.

Para los memoriosos, el nombre de Benito Narvarte Blanco sigue sonando. Para el presente, los Narvarte siguen hablando de deporte. Y, de algún modo, la voz nunca se apagó.

 

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