El historietista presentó en Mar del Plata Ensayo para mi muerte, su nueva novela gráfica que pone a la última etapa humana en el centro de la escena y traza un puente entre humor, duelo y escritura visual.
Por Lucas Alarcón
La muerte puede ser lo que más nos distancia de los otros —y también lo que más nos reúne en nuestra soledad—. Esa paradoja es la que explora Ensayo para mi muerte, la nueva novela gráfica de Tute, presentada en el espacio cultural de Ala Moana Surf Chalet (Roca 32), en una velada donde la risa y la reflexión convivieron sin solemnidad.
“Debe ser la primera novela gráfica cuyo personaje está muerto desde la página uno y que, en la última, sigue muerto”, contó el autor. Y no es una exageración: el protagonista yace inmóvil desde el comienzo. No piensa, no habla, no se mueve. “Es un muerto que se comporta como tal”. Sin embargo, lejos de tratarse de una obra estática, el libro está lleno de movimiento. “El muerto no hace nada, pero hace que todos hagan algo”.
El punto de partida es simple y a la vez radical: un cuerpo tendido en la vereda. A su alrededor, una multitud de personajes que reaccionan, proyectan, recuerdan, niegan, se enojan o se conmueven. “El libro propone una suerte de catálogo de reacciones humanas frente a la muerte”, explicó. Negadores que silban y pasan de largo; futbolistas que lo confunden con un viejo número cinco del club; una madre clasista que desprecia la pobreza ajena hasta descubrir que ese cuerpo fue un amor secreto; niños que primero le piden disculpas por un pelotazo y luego descubren que está muerto; un poeta que declama versos solemnes y termina insultando cuando lo interrumpen. El absurdo convive con la ternura y el humor negro.
“Es un libro de humor, es para cagarse de risa”, aclaró Tute. “No es tremendo ni busca angustiar. Pero sí espero que además de mover a la risa pueda mover al pensamiento”. Porque el objetivo no es describir el más allá, sino interrogar el modo en que evitamos hablar del tema. “Es un tema del que no se habla, como si fuéramos inmortales, cuando todos sabemos perfectamente que vamos a morir”.


El muerto en el centro
En medio del proceso creativo, Tute entendió que el libro no era solo una historieta extensa. “Me di cuenta de que era una obra de teatro, además de un libro de humor”. La estructura lo confirma: no hay cambios de plano, la “cámara” permanece fija. “Yo como director en la historieta decidí no mover la cámara ni cambiar el tamaño del plano, lo cual lo hace absolutamente teatral”. El muerto queda en el centro de la escena y los personajes entran y salen como actores.
Incluso ya está en marcha la adaptación teatral. El autor convocó al dramaturgo y actor José Luis Arias para trabajar en una versión escénica. “No hay mucha adaptación que hacer porque ya es muy teatral”, explicó.
Pero esa síntesis formal no fue inmediata. En la versión inicial, el protagonista estaba vivo y ofrecía instrucciones sobre cómo morir bien: elegir una frase memorable, cuidar la postura final, procurar que alguien escuche las últimas palabras. Eran unas veinte páginas en tono lúdico. Sin embargo, algo no terminaba de funcionar. “El libro tenía que jugársela más”, dijo. Y tomó una decisión clave: eliminó ese prólogo. “Saqué esas páginas y el libro se volvió mucho más potente. El muerto está muerto, no se hace canchero”.
Ahí, sostuvo, el libro encontró su forma definitiva. “Se sintetizó conceptualmente”. La muerte ya no era un juego irónico sino un hecho. “La muerte es el último gran acto humano”, afirmó. Ese acto —más digno o menos digno, más cuidado o más abrupto— es inevitable. Y al ponerlo en escena, el libro obliga a los vivos a posicionarse.
La referencia literaria no es casual. Tute evocó un poema de Borges: “El muerto no es un muerto: es la muerte”. El personaje deja de ser individuo para convertirse en idea, en abstracción. En espejo. “Es hablar de la muerte y al mismo tiempo hablar de la vida”, resumió. Un juego de reflejos donde cada lector puede verse en alguno de los personajes.
El humor, lejos de ser un escudo, funciona como herramienta de análisis. “Uno agarra el humor para poner la lupa sobre lo que quiere amplificar y desmenuzarlo”. Esa lupa puede apuntar a lo cotidiano, a lo político o a lo íntimo. También al propio autor. “Está lleno de cosas que yo digo, pienso o he escuchado”, admitió.
El proceso no es completamente planificado. “En general no tengo todo de punta a punta”, contó. Tenía un punteo de personajes y situaciones, pero dejó espacio para la improvisación. Algunos personajes entraron y salieron antes de lo previsto; otros crecieron más de lo imaginado. Confía en el inconsciente: “El inconsciente es muy generoso. Pone en el tapete lo que uno necesita trabajar”.
Esa confianza se vincula con otra búsqueda constante: la síntesis. “Apostar a la síntesis potencia cualquier mensaje. Y sobre todo el humor”, explicó. Menos palabras, mayor intensidad. Influencias que van de la poesía a la línea de grandes dibujantes. “La síntesis potencia. Si agregás muchas palabras, la idea se diluye”.
La decisión de autoeditar el libro también forma parte de esa coherencia. “Elegís absolutamente todo”, resaltó. Desde el gramaje y la porosidad del papel hasta la laca sectorizada de la tapa. Pero también el título. “Alguna vez quise poner la palabra muerte en un título y me sugirieron quitarla. Este libro la tiene con mayúsculas”.
Hay además una postura frente a la industria editorial. “De cada libro los autores cobramos el 10 %”, señaló. Autoeditarse le permite no depender de esa cadena y asumir el control total del proceso. Con menos de un año de trabajo, Ensayo para mi muerte apareció en medio de otro proyecto más extenso. Surgió casi como una irrupción necesaria.


“La muerte apareció como una tangente y terminó siendo el tema central”
La conversación con la muerte no surgió de manera abstracta. Un acontecimiento personal marcó el rumbo: la muerte súbita de su hermano, Tomás Loiseau, músico y líder de la banda Mamushkas, durante un recital. “Yo estaba trabajando en otra cosa y de pronto me di cuenta de que no podía seguir por ahí. La muerte apareció como una tangente y terminó siendo el tema central”.
No es la primera vez que Tute convierte el duelo en materia narrativa. En Diario de un hijo abordó la muerte de su padre, el maestro Caloi, desde una perspectiva más confesional. Ensayo para mi muerte elige otra distancia: menos autobiografía directa, más construcción alegórica. Pero la experiencia personal late detrás.
Citando una idea cercana al psicoanálisis, Tute recordó que “no hay muerte más propia que la ajena”: solo a través de la pérdida de un ser querido se accede, de algún modo, a la propia finitud. Esa conciencia atraviesa el libro, aunque nunca se explicite de forma solemne.
