La murga Caprichosa Alegría es, sobre todo, familia. Sosteniéndose desde la solidaridad, la inclusión y el respeto, ensaya todos los sábados del año en la plaza 9 de Julio, mientras espera el carnaval.
Por Camila Spoleti
Violeta, negro, verde esmeralda y dorado, son los colores que identifican a Caprichosa Alegría, la murga del barrio Villa 9 de Julio. Entre setenta y ochenta personas visten esos colores en carnaval. Veinte o treinta durante el año, cuando el estudio, el trabajo o el frío dificultan sostener la asistencia. “Cuando se va acercando la fecha te va agarrando, como quien dice, la manija y se empieza a ensayar más fuerte”, explica Adrián.
Él se unió a la murga junto a su familia apenas un año después de que se creara. Mientras habla, se maquilla. Una línea horizontal cruza su cara y la divide en dos. De la mitad para abajo, se pinta de blanco y dibuja una sonrisa larga, como de payaso, de un violeta oscuro.


En febrero, durante el fin de semana de carnaval, Caprichosa Alegría participa del Corso Central, el festejo que reúne a la mayoría de las murgas y comparsas de la ciudad. Este año, estuvieron también en el evento de carnaval organizado en la cervecería Brewhouse; en la primera fecha de la Fiesta de la Cerveza, en Santa Clara, y estarán este martes en el Carnaval en Mogotes, en el Parque de Mogotes.
Además, todos los años realizan el Capricorso, un corso propio que hacen en el barrio durante febrero, antes o después del fin de semana de carnaval. En el barrio tiene lugar también el PreCorso, que se hace en enero en la plaza 9 de Julio, donde la murga ensaya todos los sábados del año.


“Siempre hacemos actividades en la plaza, en el año tratamos de trabajar en nuestro barrio. Porque muchas veces hacemos cosas o nos trasladamos a los corsos de otros lados. Entonces es, bueno, tratar de poner todo el amor, la energía, todo, en hacer cosas acá, que hacen falta”, explica Enzo.
Enzo se unió a la murga apenas ésta comenzaba y desde entonces, ahí sigue. Es, además, el referente de baile, uno de los bloques de la murga. “Yo soy la mamá de él y fuimos de los primeros en llegar”, dice Mónica. “Estaban convocando gente en la plaza, fuimos a ver de qué se trataba y acá estamos, 14 años después”, cuenta.
Caprichosos y alegres
Caprichosa Alegría se creó en el año 2012, de la mano de Pablo, Cristian, Alicia, Belén, Jesi y otros, quienes formaban parte de otra murga. Tras desacuerdos con la dirección, decidieron desprenderse de aquel proyecto y formar un espacio con otras lógicas.
“Somos no sé si no la única murga de Mar de Plata que no tiene director o directora. Tenemos referentes por espacio y después las decisiones respecto a lo artístico o a cómo vamos a organizar el año, cómo vamos a juntar el dinero y esas cosas, las tomamos en reuniones de forma asamblearia, en los ensayos, entre quienes estén presentes”, explica Enzo.
De esa insistencia por hacer las cosas de manera horizontal, salió el nombre de la murga. “Contaban que en esas discusiones que habían tenido con la murga anterior, todas las veces les habían dicho que eran unos caprichosos, que estaban encaprichados con cambiar las cosas. Era una murga así con director, tradicional, que tenía una forma de hacer las cosas y que cuando se proponían cambios eran bastante cerrados”, narra Enzo.
“Y eso agregado a que teníamos los chiquitos, medio revoltosos, caprichosos”, acota Lautaro, que estuvo en aquella otra murga junto con su mamá, y tenía siete años cuando se creó esta. ”Y ahí les salió, como que bueno era el capricho de ser alegres, digamos”, concluye Enzo.
Además del modo en el que se tomaban las decisiones, en la otra murga había desacuerdos en relación a ciertos modos de manejarse. “Nosotros tenemos un estatuto, que cualquier persona que se sume… se puede sumar cualquiera a la murga, la murga está abierta a todo el mundo. Lo único que hay que hacer es comprometerse con respetar ese estatuto que habla sobre un montón de… tiene varias normas de convivencia especialmente. Y bueno, varias de esas normas de convivencia que tenemos nosotros eran cosas que no pasaban en la anterior”, explica Enzo y ejemplifica: “Somos muy estrictos respecto a, bueno, cuando nos reunimos el consumo de alcohol, que no tiene que haber, que no lo podemos hacer con los trajes, drogas tampoco. Y a cómo nos tratamos entre nosotros: resolver los problemas sentándonos a charlar, que no haya discusiones, maltrato”.
“Todos, absolutamente todos, tenemos un espacio”, remarca Mónica y afirma que lo único que no se admite es la falta de respeto. “Nadie es mejor que nadie”, asegura Lautaro.
La murga como familia
Lautaro entró a la murga junto a su mamá. Adrián empezó con su familia. Mónica se unió con Enzo y su otro hijo. Ahora están también sus dos sobrinas. “Ella siempre está con los hijos, ella viene con la hija, ella con el hijo, ella con el marido porque hace poco que lo adoptó”, dice y va señalando.
Érica acompaña a su hijo. Ella no baila, ni canta, ni toca ningún instrumento ni lleva ningún paraguas o bandera, por ahora, pero todos los sábados se traslada junto a su marido desde Punta Mogotes hasta la plaza de Balcarce y Remedios de Escalada, para acompañar a Benicio, que tiene once y toca el redoblante.
“Vi el Corso Central y me gustó”, dice Benicio. “A mitad de año me dijo, ‘Mirá, yo traje bien el boletín, yo quiero empezar murga’. Así que bueno, desde octubre que estamos”, cuenta su mamá.
Por ahora lo llevan y se quedan en la plaza tomando mates, pero dice que el año próximo “verán”. Muchos empezaron así, primero acompañando y luego se fueron integrando. Más de uno se acercó porque, al igual que Benicio, vieron algún corso y quisieron ser parte.
Lucía: —Yo la vi en los corsos y me encantó y dije, “Tengo que estar acá, esto me gusta”. Hace 4 años que estoy. No es mucho ni tampoco es poco, pero estoy feliz.
—¿Nunca habías estado en una murga antes?
Lucía: —No, nunca. Pero dije, “¿Por qué no darme la oportunidad, como todos?” Eran un montón bailando, ¿por qué no podría ser yo parte también? Y me gustó y bueno, vamos a intentar. Me abrieron los brazos, me enseñaron. Tengo un poquito de cada uno, porque no te enseña uno solo, vos aprendés de todos. Es así. Estoy cómoda.
—¿Vivís por acá?
Lucía: —No, no, por allá, por el barrio Jorge Newbery. Así que me muevo.
Como ellos, hay varios miembros de la murga que, sin ser del barrio, se acercan a participar.
Adrián:—Teníamos una chica que venía de Balcarce. Todos los fines de semana se venía manejando de Balcarce. Imaginate que a la salida a nosotros a veces se nos hacen la una, las dos de la mañana, y de acá se iba hasta Balcarce. Ahí te imaginás lo que mueve esto… Una vez que entraste…
Lucía: —Es algo que te mueve, o sea, no importa que vivas tan lejos. Te tomás un colectivo una hora antes, el día que puedas, los sábados normalmente y te venís. Es así, si te gusta te va a mover.
Enzo: —La guitarrista vive en Buenos Aires desde el año pasado y se vino para tocar la guitarra. Nos pasan esas cosas.
Más allá de los lazos sanguíneos y matrimoniales, la murga, coinciden todos, es una familia en sí misma. “Si a uno le pasa algo, estamos todos. Y no importa lo que pensamos. Por ahí somos todos distintos. Distintas ideas políticas, distintas ideas religiosas… No importa. Por eso yo digo que yo no podría estar en otra. Porque lo que se logró acá es que seamos una familia”, dice Mónica. “Si alguno no tiene trabajo, no tiene comida, le armamos una caja de alimentos. Así discreto, nada de andar “ay… porque…” No, no, no. Tomá, hermano, no tengas hambre, ¿entendés? Y de ver si tiene un trabajo y… De ayudarnos. Y también así hemos ayudado a gente, en inundaciones, juntar cosas y salir a repartir camionetas cargadas de cosas”, agrega.


“Más allá del baile y de la locura de los carnavales, tiene mucho de social. De contener. Y eso es, para nosotros, lo más importante”, explica Mónica, y cuenta: “Hay casos por ahí que hemos vivido, de alguien que no podía salir de una depre, y que la visita de la murga lo sacó. Y lo que no podían psicólogos, psiquiatras… Estaba todo un equipo médico tratando de sacar a alguien que había quedado internado y que no quería ni comer, ni vivir más y la visita fue la visita de la murga la que le dio las ganas de vivir de vuelta y salir de allá…”
El valor social de la murga
“Para nosotros lo más importante es que sea un lugar donde estén contenidos chicos que por ahí no tienen mucha familia. Deberían colaborar para que seamos más espacios de contención de chicos. En invierno les damos talleres, les enseñamos a coser, les enseñamos cosas. Darles atención, sacarlos de la calle, saber que pueden contar con alguien, eso ayuda. Hay tanto problema de consumo, de soledad, de abandono de todos lados. Entonces, también es importante”, considera Mónica.
“Eso sí que también lo hacen las otras murgas. Todas tratamos, en general… con sus colores, con sus rivalidades, pero todas tratamos de contener y de dar algo que no sea solo el carnaval. Que sí es lo máximo para disfrutar”, remarca la mujer.


Al mismo tiempo, el carnaval en sí mismo, con su alegría, es fundamental. Hablan de Mari, que con más de setenta años es la integrante más grande de la murga. “En invierno renuncia, todos los inviernos. Y escucha un platillo y ya salió, primero que nadie”, cuenta Mónica y se ríe: “Es nuestra Mirtha Legrand”. “Es vida, es energía. Es un montón de cosas”, sostiene.
El carnaval es, desde sus orígenes históricos, un tiempo y espacio signado por la liberación y la excepción a la cotidianeidad. Los trajes, de raso, evocan a la costumbre de los esclavos de ponerse los trajes de sus patrones del lado del revés cuando estos se iban. El maquillaje, añadido más recientemente, es una expresión de libertad, explica Mónica. Pestañas con plumas, con brillos. “Es la libertad total de hacer lo que te parece ridículo en tu vida social”, dice.


“Es el espacio donde tanto nenes, nenas, varones, gente más grande, todos nos ponemos y somos libres de ponernos lo que queremos. Hay gente que sale sin maquillaje porque no le gusta. Mi otro hijo que no vino por ejemplo a maquillarse, se va a vestir y va directo porque no le interesa maquillarse, no lo soporta. Pero sos libre de hacerlo. Es muy libre. Absolutamente libre”.
…
—¿Siempre bailaste?
Lautaro:—Probé con el bombo, pero estoy aprendiendo. Pero yo sé que si me pongo el bombo, después soy muy manija y quiero bailar. Voy a tirar el bombo y me voy a poner a bailar. O sea, a mí me re puede bailar. Me encanta. Es mi mundo.
—¿Qué es lo que te gusta?
Lautaro:—Es mi terapia. O sea, la gente va al psicólogo, bueno, yo voy a la murga. Es mi terapia. Yo voy a desconectar.
—¿Y te parece que pasa eso que decía Mónica de hacer las cosas que no hacés en la vida cotidiana?
—Claro. Sí. O sea, es otro mundo. Diferente a la vida normal. Como que vamos ahí y descargamos la energía negativa de toda la semana. Lo descargamos un sábado bailando. Vos vas a un ensayo nuestro y es joda, joda todo el tiempo.
—Y a su vez en las canciones se habla de la realidad.
—Sí porque nosotros criticamos. A veces nos incomodan ciertas cosas y lo expresamos mediante el canto. Por eso están las críticas, que ahí nosotros tenemos una para las mujeres, otra para la cultura y así. Siempre tratamos de expresar lo que nos pasa a nosotros.
—¿Y de qué hablan ahora, por ejemplo?
—Y, de todo un poco, ¿viste? ¿Viste que Argentina está medio ahí, medio para la mierda? Nosotros cantamos en contra de lo negativo.
Las palabras
Crear un espacio de excepción a la opresión y angustia, no implica ignorarlas. A través de sus símbolos, las murgas recuperan una historia de resistencia para, mediante las letras de sus canciones y desde las glosas —los textos que se recitan intercalados con el canto—, hablar del presente. El domingo 15 de febrero por la tarde, terminando su presentación en el escenario, antes del desfile, Caprichosa Alegría Canta:
No vamos a dejar/ que nos pasen por arriba/ No vamos a dejar/ que nos quiten la alegría/ Vamos a bailar/ cantar también/ soñando de noche y día/ Vamos a cantar/ gritar también/ por los que no tienen voz.








