En agosto de 2025, el escritor y cineasta publicó su segunda novela autobiográfica, Rengo yeta, donde narra sus vivencias dentro de un Centro de Régimen Cerrado para menores y con ellas, las de muchos otros adolescentes privados de su libertad.
Por Camila Spoleti
César González es cineasta y escritor. Es autor de siete libros, doce largometrajes y varios cortos. Su obra conjuga la exploración artística, la búsqueda de desarmar las representaciones irreales que se construyen sobre quienes viven en los barrios populares de Argentina y una mirada crítica sobre los engranajes que sostienen a una sociedad profundamente desigual.
César estuvo privado de su libertad entre los 16 y los 21 años por robo extorsivo. Durante ese tiempo, estimulado principalmente por Patricio Montesano, tallerista del Centro de Régimen Cerrado Manuel Belgrano y luego también su amigo, comenzó a escribir. Sus primeros textos fueron publicados en un blog y en la revista ¿Todo piola? —fundada por César con la ayuda de Montesano desde el interior del centro, y a espaldas de las autoridades–, bajo la firma de Camilo Blajaquis. Este seudónimo, elegido en homenaje a Camilo Cienfuegos y Domingo Blajaquis, le permitió difundir sus escritos —poemas y ensayos críticos con el sistema penitenciario— sin temor a sufrir represalias.
En 2010, ya en libertad, publicó el poemario La venganza del cordero atado. Desde entonces, ha publicado varios poemarios, un libro de ensayos y dos novelas autobiográficas. La primera de ellas, El niño resentido (2023), cuenta su infancia y adolescencia en la villa Carlos Gardel, en el Partido de Morón. La segunda, Rengo yeta, publicada en 2025, narra su experiencia en el encierro y, a partir de ella, distintas dinámicas que se dan dentro de los centros de detención para menores.
Por la popularidad que ha adquirido en los últimos años, por la falta de suficientes voces villeras que ocupen espacios en los medios hegemónicos de comunicación y por la persistencia de debates como el de la baja de la edad de punibilidad —que obtuvo media sanción en el Congreso el pasado 13 de febrero—, su autobiografía es leída no solo como la historia de su vida, sino también como la de muchos otros.
—¿Te afecta a la hora de escribir pensar en cómo el texto va a ser leído a la luz de distintos discursos?
—Soy consciente de que lo que estoy contando va a tener una repercusión que excede a lo estrictamente literario y que, afortunadamente, excede a lo artístico. Es algo que yo sabía de un comienzo, porque los temas que yo abarco en los libros ya estaban en mis películas, pero quizás no tuvieron… como este boom que fueron los libros, ¿no? Que han circulado mucho, que los han levantado mucho los medios. Una de las principales motivaciones que tuve para escribirlos, para decidirme a escribirlos, para decidirme y animarme a abrir mi vida como la abrí, fue justamente saber que van a ser herramientas para ciertos debates que nunca pasan de moda en nuestra sociedad. Porque esto de la baja en la edad de imputabilidad o todo lo que pasa en torno a la inseguridad, es algo que ya viene de larga data. Entonces, soy consciente de que estoy hablando de mi vida, pero mi vida, como bien dijiste, representa a miles de vidas.
—¿Qué te interesa de cada uno de los formatos en los que trabajás? ¿Qué te parece que permite contar uno y otro?
—En lo personal, mi pasión y mi deseo en término mayoritario gira alrededor del cine. Es lo que más estudié, es a lo que más tiempo le dediqué, es en lo que en lo que estoy pensando. O sea, leo, me encanta leer, obviamente. Pero esto de los libros, los autobiográficos, fue algo con lo que me encontré. No fue algo que busqué. Y a veces el deseo no nace necesariamente de uno. Entonces, el deseo es algo que se moldea a una propuesta externa. En el caso de los libros fue una propuesta externa que a lo primero no me convenció. Una vez que me convenció, le metí con todo. Después de que salió El niño resentido y vi que fue un éxito, de golpe, de odiar escribir mi biografía, ahora estoy como, no quiero hacer otra cosa. O sea, no estoy filmando, me olvidé del cine. Ahora voy a hablar de mi vida hasta que se aburran, hasta llegar a un libro que hable de esta conversación que estamos teniendo. Hasta que la editorial no quiera publicarme o la gente deje de comprar mis libros, seguiré, porque creo que hay mucho para contar.
—¿Y la poesía?
La poesía es el lugar en donde casi me olvido de mí mismo, en términos de: “César González, de la villa, bla bla bla”, y me conecto con algo muy sagrado. Me conecto con algo que es mucho más profundo que el cine y mucho más personal, mucho más inclusive una autobiografía. Es algo que me excede a mí. Me conecto, si se quiere, con algo de cierto aire místico. Pero un misticismo no banal, es un misticismo realista. Basta con leer cualquiera de mis poemas. Hablo como de hechos de espiritualidad o así como trascendentes, pero partiendo de temas concretos: hablando de la pobreza, hablando de la violencia, hablando de mis amigos que mataron. Pero sí, la poesía es un momento muy distinto a todo lo demás, muy distinto y en el que puedo estar horas y horas, sin exagerar, atrás de una palabra. La poesía para mí es lo más sagrado que hay. Y creo que se ha perdido el trabajo con las palabras en la poesía. Por un lado está bien que cualquiera sienta que puede escribir poesía y está bien sacarla a la poesía de ese lugar inaccesible y cerrado, pero tampoco puede ser todo poesía. Los poetas tienen que trabajar con las palabras, tienen que exigirse decir de una manera bella, de una manera compleja. Eso se perdió. Hoy se va como muy directo a una cosa prosaica y casi de crónica. Lo interesante de la poesía es que sea incognoscible. Lo interesante de la poesía es que sea indefinible. Tampoco quiero caer en el lugar del conservador porque yo también escribí poemas así. Pero para mí la poesía no tiene que ser fácil de leer.


Las representaciones
—Decís que al principio no querías escribir tu autobiografía y ahora te entusiasmaste, ¿qué es lo que te gusta de escribir desde ese lugar o por qué te parece importante?
—Me parece importante porque sirve para que, si van a debatir sobre los temas, debatan sobre la realidad de esos mundos, partan de algo verosímil. Entonces, que dejen de creer que la cárcel es como las series o como las películas han mostrado o como proyecta la clase media. Y siento que, humildemente, en mis libros, que son muy breves, hay mucha gente que descubrió cómo es esa realidad. Con eso ya me puedo morir tranquilo. Hizo que valga la pena todo lo que sufrí en la cárcel, hizo que valga la pena todo lo que sucedió en mi infancia y todo el esfuerzo. Yo siento que ya hoy ya está, si me muero ahora, listo, ya hice mi aporte. No busco que me den la razón, busco brindar ciertas herramientas para que los debates sean más realistas.
Ofrece un ejemplo: “Los pibes en las series o en el imaginario del sentido común, los presos siempre aparecen zaparrastrosos, vestidos así como con harapos y la verdad es que vas a cualquier barrio y es una pasarela de moda. Más en verano, a las siete, ocho de la tarde, es una pasarela. Pibes y pibas que recién se bañaron, que se ponen la pilcha recién lavada, sea original, sea trucha, pero hay una obsesión por lo estético. Y eso es un elemento que para nosotros, los que somos de ahí, es lo normal. Pero para la gente no, creían que los presos eran sucios. No, en la cárcel, así vos tengas 10 centímetros cúbicos de lavandina, los vas a hacer rendir para limpiar todo el pabellón. Ya somos malos, ¿viste? Ontológicamente malos, insensibles, ¿y encima sucios? ¡Pará! ¡Todos los males! ¿No podemos ser malos, pero bien vestidos, por lo menos? Déjennos ser malos y vestirnos bien”.
“Mi obra en general es para que, por lo menos, de acá en adelante, haya algo más realista, más cercano a cómo es”, sostiene, y agrega algo más: “Y si pude impulsar a que otros pibes de los barrios se animen a soñar con ser artistas que es algo que sé que logré y que me lo dicen, también hizo que valga la pena. Sé que a ellos le va a costar menos de lo que me costó a mí, porque yo cuando apenas salí era como ‘Mmm…este negro, qué se hace el escritor? ¿qué se hace el sociólogo?’. Al principio tuve que luchar con mucho prejuicio, con mucha subestimación. Hoy siento que eso cambió, pero yo estoy hace dieciséis años. Dieciséis años es mucho para lograr un mínimo de respeto”.
—¿Por qué te parece que cuesta tanto que haya lugar para las voces de determinados sectores?
—Y… porque la clase media, que es sobre todo la que se dedica al arte, porque la clase alta ya está en cualquiera, se ha apropiado de la representación de los sectores populares. Entonces, si los sectores populares se empiezan a representar a sí mismos, se le cae el negocio a los de clase media que viven o certifican su sensibilidad diciendo: “Mirá, a mí me importan estos temas”; “Mirá, hice una película con actores de la villa”; “Mirá, mirá, mirá, mirá”. Y, en realidad, es un miedo que se inventa a la propia clase media. No va a pasar, porque no van a suceder hechos aislados de la sociedad. Que los sectores populares se dediquen más a tareas artísticas, quiere decir que la sociedad está mejor en su conjunto, que hay más inclusión, que económicamente hay más estabilidad, que hay movilidad ascendente. Hoy los sectores populares están pensando en sobrevivir. En sobrevivir en términos alimenticios, en términos de vivienda. Hoy no hay tiempo, hoy es como hasta violento que uno le diga a los pibes de los barrios: “Vengan, hagan arte”. ¿Con qué como? ¿Mirando la película adquiero proteínas? ¿Leo un libro y se me llena la panza? Entonces, la ausencia de representación de los sectores populares se corresponde a una ausencia de movilidad ascendente en la sociedad y también a ese miedo que tiene la clase media de “Me van a sacar de la habitación del arte”. Y en realidad no te vamos a sacar, dejanos entrar que entramos todos. Y a la vez, quizás sí tienen que aceptar que tienen que perder un privilegio, que es el privilegio de la autoría. Y nadie quiere perder los privilegios. Es casi un instinto animal conservar lo que uno tiene. Tenés que ser como alguien con una sensibilidad y con mucho…para decir: “Listo, cedo. No soy más artista, me voy a ir a trabajar a una fábrica, vengan ustedes”. No va a existir eso. No va a existir. Pero por lo menos que haya más, que deje de ser anomalía, que deje de ser lo extraordinario, que deje de ser un caso sobre un millón. Por lo menos que sean cien casos sobre un millón.
—¿Te parece que hay algo del éxito de estas representaciones, como la que mencionabas antes de mostrar a las personas de las villas y las cárceles con mal aspecto, que tiene que ver con que simplifican ciertos debates? ¿Con que parece más fácil defender los derechos de los chicos que roban si se los ilustra como pobrecitos y no como sujetos de deseo?
—Sí, bueno, yo en mis libros hablo de que yo no robé para comer, que es lo más fácil para justificar… No sé si justificar. Y lo que hablás del deseo. Primero reivindicar que la gente de los barrios populares son sujetos deseantes como cualquiera, ni más ni menos. Y sí, están quienes dicen: “Mirá, yo al menos siento solidaridad y lástima por esta gente”. Pero, a la vez, no lo hacen adrede, siento que es gente que lo hace inconsciente, que no sabe que hace un mal haciendo un bien, o que hacer un bien tiene incorporado ciertos males, por decirlo de alguna manera. Pero mejor que suceda eso a que no suceda, porque sabemos que hay un sector de la sociedad que no los ve ni como pobrecitos. Que piensa que directamente hay que exterminarlos. Entonces, prefiero dialogar y debatir y discutir con esa clase media que por lo menos nos ve como pobrecitos. Y la clase media argentina es permeable a las críticas, es culposa, afortunadamente, le interesa conocer. Por algo creo que les interesa escucharme, eso habla de un sector que acepta sus privilegios y que quiere ver qué hacer con eso.
—Y las representaciones poco realistas, ¿te parece que, además de incidir en la mirada que tienen otras partes de la sociedad sobre los sectores populares, tienen también algún efecto sobre los propios representados?
—Mirá, es algo que yo he pensado, es algo que he charlado, por lo menos con la gente de mi barrio, porque hay muchísimas villas. Uno como espectador, mira lo que te ofrecen. Y si uno quiere ir a El marginal o ese tipo de representaciones, la gente de la villa sabe que esa representación está muy alejada de la verdad de su día a día, que no tiene nada que ver con su cotidianidad. Sí es algo interesante pensar por qué las ven, pero a la vez ¿por qué no lo harían? La gente que llegó de laburar 10 horas por día y quiere ver una serie, va a ver lo primero que se le cruce para entretenerse. Pero los sectores populares saben que esas representaciones son perversas, son macabras y están muy alejadas de la realidad. Que también es un término complejo, ¿qué es la realidad, no? Porque cada uno vive su realidad, pero podemos decir que más o menos el mar está ahí, ¿no? Yendo a ese tipo de raciocinio elemental, los sectores populares dicen que no son así, que no se visten así, que no hablan así, que no son así de ridículos. O que quizás hay alguno, pero es la excepción, no la regla como plantean este tipo de de productos y de producciones.
En su ensayo “El fetichismo de la marginalidad”, incluído en el libro que lleva el mismo nombre, César habla de un “cine extractivista”, que utiliza historias marginales para producir ganancias, que requiere “el cinismo de una mentalidad dispuesta a ofrecer hasta los golpes más bajos para incrementar su propio negocio”. Sus películas, que pueden verse de forma gratuita en su canal de YouTube, disputan sentidos con esas prácticas. No solo por venir de alguien que vivió y creció en una villa, sino porque exploran, desde los temas, pero también desde lo técnico, apelando a lenguajes narrativos, periodísticos y experimentales, según el caso, el cómo representar esas realidades.
Lo sistemático
En Rengo yeta, la operación principal es mostrar. Mostrar los tratos violentos de los guardias y otros miembros del personal, los códigos de comportamiento entre los presos, las peleas y también las complicidades. Mostrar la rareza que implica que caigan detenidos chicos de buen pasar económico, y los tratos preferenciales que reciben cuando pasa, y lo rápido que salen. Una narración honesta de los hechos basta para que el lector, por lo menos, sospeche que la realidad es más compleja de lo que algunos relatos —ficticios y periodísticos— hacen creer.
Sin embargo, el libro no se agota en la descripción. La novela permite acceder tanto a lo que ese chico hace, como a lo que piensa. “Si terminé preso fue porque no acepté una vida de esclavo. Elegí ser delincuente porque no había muchas alternativas para alcanzar un mínimo de bienestar material viniendo de la miseria más desoladora. El problema no era trabajar, sino su escasa retribución. Las otras opciones ya las había probado”, dice el narrador. Cuenta, entonces, que entre los once y catorce años,trabajó como peón de albañil junto a su tío. Y cuenta el día que decidió dejarlo, tras ver que, luego de una jornada de diez horas, su tío tuvo un accidente en el que su mano fue atravesada por un clavo y, tras quitarlo y desinfectarse, siguió trabajando con una sola mano, más preocupado por la posibilidad de no llegar a terminar la obra en tiempo y forma que por su integridad física. “¿Sería más feliz si hubiese sido albañil? Sí. Más que ahora seguro. No estaría sometido a este tormento, obligado a contraatacar a otros pibes, idénticos a mí”, dice luego.
—¿Te parece que el arte puede ser una alternativa al sometimiento?
—Sí. A ver. Poder hacer arte y no tener que cumplir un horario de 8 horas es un privilegio que muy pocas personas tienen. Personas que se puedan dedicar enteramente al arte. La clase obrera, si quiere ser artista, lo va a hacer post jornada de trabajo, va a dormir menos, va a tener menos descanso, va a tener que que someter al cuerpo a un esfuerzo mucho más grande. A mí me interesa más eso que el arte que hace la burguesía o la clase media que no conoce casi del esfuerzo físico. Mi visión del arte es una visión muy ética, casi moralista. Yo necesito sentir que estoy trabajando y cansándome y dejando todo. Me ha pasado en rodajes donde no puedo creer que que supiren de cansancio y que se quejen. Te están pagando por filmar una película. ¿Qué le queda al albañil? ¿Qué le queda al trabajador del puerto que está doce horas moviendo toneladas en su espalda? No se queja, y vos te quejás, que estás haciendo un arte. Entonces, yo si me pongo a escribir un libro, digo: ocho horas por día. Capaz escribo dos páginas, pero no importa, ocho horas por día ahí, hermano. Sos un privilegiado. Pensá en tu padrastro que ahora está en una obra en construcción en el rayo del sol. Pensá en tu abuela que estaría trabajando en limpieza refregando pisos, mientras vos estás acá sentadito escribiendo tu libro o haciendo tus películas.


Otra de las ideas que se desliza en la narración, y que atraviesa el resto de su obra, es que el delito es también, una pieza de eso que llamamos sistema. Un sistema al que le sirve que haya más policía, más sistemas de seguridad privados, más alarmas, más rejas, cámaras, armas. Que se sustenta del delito para gran parte de sus actividades productivas —entre ellas el cine, como desarrolla César en “El fetichismo de la marginalidad”— y que destina el rol de delincuentes a los sectores más pobres de la población.
“¡Clic! ¡Clic! ¡Clic! ¡El famoso clic!”, empieza el capítulo XII de Rengo yeta. Luego de ver como dos adolescentes de clase alta que habían asesinado a golpes a otro chico son rápidamente liberados, mientras otros de sus compañeros que habían cometido delitos menores permanecen detenidos, el narrador dice: “A partir de ese momento se reveló ante mí el verdadero rostro del régimen carcelario. ‘Hay que ganarle de alguna forma a este sistema’, pensé. ‘Creo que ya no quiero ser pibe chorro, no porque se me haya enfriado el pecho, sino porque ya no deseo alimentar a esta monstruosa máquina de falsedad ni regalarle mi vida. ¿Pero cómo hago para que mi realidad sea diferente?(…)”.
—¿Te parece que hablar de esto puede ser una clave para ir hacia algún lugar mejor?
—A ver, es como la gran contradicción, ¿no? Porque es dolorosísimo que te roben. A mí me robaron hace 1 año atrás mi moto, me pusieron un fierro en la cabeza y fue muy traumático para mí, y comprendí lo que yo hice tantas veces, se invirtieron los roles. Entonces esa frase “El delincuente produce”, el término “produce”, yo lo saco de un texto de Marx que se llama “Elogio del crimen”, donde él habla del delito como una rama de la división social del trabajo, como una rama más del capitalismo, como una industria que necesita ser producida y que tiene oficios y mercancías. Y lo escribió en el siglo XIX donde él no llegó ni a ver el automóvil, mira si viera las cámaras de seguridad y todo. Yo creo que, obvio que también es medio violento decirle a alguien: “No, mirá, te explico la inseguridad, la inseguridad es producida, está hecha adrede, es necesario que exista para el sistema, está pensada, está diseñada”. Porque el otro te va a decir: “¿Y qué? Eso no me va a borrar el trauma que me provocó que me vengan a robar”. Obvio, pero hay que seguir insistiendo. Porque si no creemos que todo está dado, que todo se produce porque sí, porque seguimos un destino. No, no, no. Todo sale del ser humano, de sus acciones o de sus omisiones, de lo que hace o de lo que no hace. Así como nosotros creamos este mundo del horror, también podemos crear un mundo bello. Sí que creo en eso. Y no desde un lugar de optimista hippie, si no porque digo, pero pará, es matemático: si pudimos producir la mierda, podemos producir una flor. Porque tenemos la capacidad de producir, básicamente.


