La dupla marplatense que se crió jugando en Unión y transformó la pasión compartida en proyecto de vida.
Por Florencia Cordero
Crecieron entre pelotas, amigos y tardes eternas en el club. Compartieron entrenamientos, categorías y hasta la misma cancha cuando todavía eran chicos. Hoy, Felipe y Juana Barrionuevo transitan el básquet profesional, pero el origen sigue siendo el mismo: Unión de Mar del Plata, el lugar donde aprendieron a jugar y, sobre todo, a disfrutar.
Los primeros recuerdos no tienen épica, sino algo mucho más valioso: naturalidad. Felipe empezó a los cuatro años y, casi sin darse cuenta, Juana ya estaba ahí, mezclada entre varones, jugando con su grupo de amigos. “En mini ella jugaba con nosotros, con todo mi grupo. Ese es el primer recuerdo que tengo”, cuenta él. Para ella, jugar con su hermano era una fiesta: “Me promocionaban y me tocaba jugar con su categoría. Me encantaba. Nos entendíamos y la pasábamos bien”.
Juana no solo se adaptaba: marcaba la diferencia. “La esperaban para jugar”, recuerdan entre risas. Dos años más chica, pero competitiva, intensa, parte del equipo sin necesidad de aclaraciones. Algo que con el tiempo se fue confirmando.


Nunca hablaron demasiado entre ellos sobre llegar a ser profesionales. No hacía falta. La señal estaba en otro lado: en pasar horas y horas en el club, en faltar a cumpleaños para ir a entrenar, en quedarse a ver partidos de Primera con la mochila todavía puesta. “No lo hablábamos, pero se notaba el compromiso”, dice Felipe. El básquet no era un plan: era el lugar donde querían estar.
El salto al profesionalismo, al menos para él, fue tan rápido como inesperado. “Fue todo de golpe. No tuve una temporada entrenando: fui directo a jugar. Sabía que era un sueño, pero nunca lo pensé de verdad”. Hoy juega en Independiente de Oliva y desde la distancia entiende mejor lo que significa haberse criado en Mar del Plata: la cantidad de chicos jugando, la competencia, la cultura del club como espacio de formación.
Juana lo resume sin vueltas: “En Mar del Plata se respira básquet”. Los recuerdos de los partidos de Peñarol con el Polideportivo lleno, de Unión como punto de encuentro para todo -entrenar, tomar un café, ver a los amigos- hacen que la ciudad y el deporte sean inseparables. “Si hablamos de Mar del Plata y de básquet, para nosotros es Unión”, coinciden.
Felipe guarda esa etapa como un capítulo imborrable. El ascenso con su club, vivido casi sin tiempo para procesarlo, quedó marcado como uno de los momentos más felices de su vida. Hoy su cabeza está en otro lado, en afianzarse en la Liga, pero hay una certeza que no cambia: “En algún momento voy a volver a Unión. Ahí están mis amigos y soy feliz”.
Antes de cerrar, los dos dejan un mensaje que habla tanto de lo que lograron como de lo que aprendieron. Mientras espera confirmar su próximo destino, Juana pone el foco en el proceso: disfrutar el camino, no apurarse, entender que la vida del deportista tiene elecciones y renuncias. Felipe suma la otra cara: el sacrificio cotidiano, entrenar incluso cuando cuesta, aceptar las ausencias, pero siempre desde el disfrute. “Si no lo disfrutás, es difícil”, remarca.
Felipe y Juana Barrionuevo son presente y proyección. Pero, sobre todo, son una historia de hermandad, club y pertenencia, de esas que explican por qué el básquet, en Mar del Plata, sigue siendo mucho más que un juego.
Un inicio con bases sólidas


Los hermanos marplatenses Felipe (20 años, cumplirá 21 en marzo) y Juana Barrionuevo (19 recién cumplidos) están construyendo recorridos destacados dentro del básquet nacional. Formados en Unión de Mar del Plata, compartieron desde chicos entrenamientos y competencias, antes de iniciar caminos propios en el alto rendimiento.
Juana se consolidó en la Liga Nacional Femenina, fue campeona del Torneo Apertura 2024 con El Talar, volvió a Peñarol y tuvo un recorrido relevante en los seleccionados juveniles argentinos, con títulos y medallas a nivel sudamericano y continental.
Felipe fue campeón del Torneo Federal y parte del plantel que logró el ascenso a la Liga Argentina con Unión, y con apenas 19 años dio el salto a Independiente de Oliva, donde hoy continúa su desarrollo profesional en la Liga Nacional.
