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Mar del Plata, AR
marzo 13, 2026

Terror en los claustros: la comunidad universitaria frente al golpe

En las primeras horas del Golpe de Estado en Argentina, el hallazgo del cuerpo de la docente María del Carmen Maggi conmocionó a la ciudad y anticipó la feroz persecución que atravesaría a la joven Universidad Nacional de Mar del Plata durante la dictadura cívico-militar.

Por Lucas Alarcón


Primera parte: “Coca”

En la costa donde el mar abierto se encuentra con las aguas quietas de la Laguna de Mar Chiquita, el paisaje ofrece un contraste singular. De un lado, el Atlántico golpea con fuerza contra la orilla; del otro, la laguna se extiende serena, protegida detrás de la franja de arena que separa ambos mundos.

La mañana del 23 de marzo de 1976 esa calma aparente se quebró con un hallazgo que parecía anticipar lo que estaba por venir. En las aguas tranquilas de la laguna apareció flotando el cuerpo de María del Carmen Maggi, conocida por todos como “Coca” Maggi. Tenía 28 años y había sido una de las figuras jóvenes más destacadas de la vida académica local.

Maggi había sido decana de la Facultad de Humanidades de la entonces universidad católica de la ciudad y llevaba casi un año desaparecida. La noche del 9 de mayo de 1975 fue secuestrada en Mar del Plata por un grupo operativo vinculado a la Concentración Nacional Universitaria, una organización de extrema derecha que actuaba en la ciudad y mantenía vínculos con sectores de las fuerzas de seguridad.

Su cuerpo apareció acribillado cerca de la laguna exactamente un día antes del golpe militar que derrocaría al gobierno de Isabel Perón. Cuando la noticia comenzó a circular el mismo 24 de marzo, mientras el país amanecía bajo el control de las Fuerzas Armadas tras el Golpe de Estado en Argentina de 1976, el mensaje fue interpretado por muchos como un anticipo brutal de lo que vendría.

Para la comunidad universitaria marplatense, el destino de Maggi funcionó como una señal inequívoca: el nuevo orden que comenzaba a instalarse no tendría límites en su violencia.

Entre quienes vivieron esas horas con intensidad está Cristina Rosenthal, entonces docente del seminario de Argentina en Didáctica Especial de la Geografía en la Universidad Católica de Mar del Plata, una de las instituciones que pocos meses antes se había fusionado para dar origen a la Universidad Nacional de Mar del Plata.

En marzo de 1976 Rosenthal tenía dos hijos pequeños. El menor había nacido apenas el 20 de enero de ese año.

“Lo recuerdo con mucha claridad porque fue él quien me acompañó a despedir los restos de Coca”, contó años después. “Tenía apenas un mes cuando fui al velorio”.

Maggi había sido secuestrada el 9 de mayo de 1975 y durante meses colegas y docentes intentaron saber qué había ocurrido con ella.

“Había profesores que la buscábamos desde que desapareció”, recordó Rosenthal. “Pedimos ayuda a todas las instituciones que tenían relación con la universidad para encontrarla, pero nunca obtuvimos respuestas”.

La noticia del hallazgo comenzó a circular el 23 de marzo, que se oficializó en la prensa el mismo 24, cuando el gobierno de facto iniciaba. El impacto fue devastador para quienes la habían conocido.

“Los restos eran prácticamente irreconocibles”, recordó. “Pero sabían que era Coca porque tenía un problema en la columna y apareció el corsé que usaba para sostenerla”.

El velorio se realizó en una cochería del centro de Mar del Plata. Rosenthal llegó con su hijo recién nacido en brazos.

“Entré con Fernando en brazos. Tenía un mes y unos días”.

Lo que quedó grabado para siempre en su memoria fue la voz de la madre de Coca frente al féretro.

“Era una escena desgarradora”, recordó. “La mamá decía: ‘Estos piecitos que vos tenés… tus pies que han caminado y han sufrido tanto’”.

En aquellas horas previas al golpe militar también percibía un clima social cargado de incertidumbre.

“En la sociedad se sentía la necesidad de que algo ocurriera, como si cualquier cosa fuera a terminar con la violencia que se estaba viviendo”, explicó. “Pero yo pensaba lo contrario: cualquier cosa que viniera por fuera de las instituciones iba a ser muchísimo peor”.

Horas después, el país amanecería bajo el control de las Fuerzas Armadas.

Segunda parte: el clima previo

Sin embargo, el terror no empezó ese día. En Mar del Plata, el clima de violencia política que atravesaba al país ya se venía manifestando años antes y tuvo uno de sus episodios más dramáticos dentro de la propia universidad.

El 6 de diciembre de 1971, durante una asamblea estudiantil en la Facultad de Arquitectura, un grupo armado irrumpió en el edificio y abrió fuego contra los presentes. En el ataque fue asesinada Silvia Filler, una estudiante de 18 años que participaba del encuentro.

La reunión había sido convocada para repudiar la expulsión de alumnos que denunciaron al rector de la Universidad Católica, Carlos Pantín, por sus vínculos con el Centro de Estudiantes de Arquitectura Unidos, una agrupación de derecha que funcionaba como grupo de choque.

El crimen fue atribuido a integrantes de la Concentración Nacional Universitaria, la misma organización señalada años más tarde por el secuestro de Maggi. El asesinato de Filler se convirtió en uno de los hechos más impactantes de la historia política de la ciudad y marcó un punto de inflexión en la vida universitaria.

A partir de entonces, la violencia parapolicial comenzó a formar parte del paisaje cotidiano en Mar del Plata. Amenazas, persecuciones y ataques contra militantes estudiantiles y docentes se volvieron cada vez más frecuentes.

Cuando finalmente se produjo el golpe militar de 1976, ese entramado de violencia previa ya había preparado el terreno para la intervención directa del Estado sobre la universidad.

Tercera parte: la universidad intervenida

Cuando el país amaneció el 24 de marzo bajo un nuevo régimen encabezado por Jorge Rafael Videla, la intervención sobre el sistema universitario fue inmediata. Todas las universidades nacionales quedaron bajo la órbita directa del Poder Ejecutivo.

La joven Universidad Nacional de Mar del Plata, creada apenas un año antes tras la nacionalización de instituciones académicas locales, no fue la excepción. Como el resto de la ciudad, quedó bajo el control territorial de la Armada Argentina.

El capitán de navío Jorge Sidotti fue designado como interventor y asumió el control del rectorado. Poco después del golpe, el rector civil Josué Catuogno presentó su renuncia.

Pero el cambio institucional también dejó al descubierto la continuidad entre la violencia parapolicial previa y el terrorismo de Estado que comenzaba a consolidarse. Durante varias semanas, funcionarios vinculados a la extrema derecha que habían tenido protagonismo en la gestión anterior continuaron ocupando cargos dentro de la universidad.

Uno de los casos más notorios fue el de Eduardo Cincotta, identificado públicamente con la CNU. Su permanencia en el rectorado reflejaba hasta qué punto las redes de poder construidas durante los años previos se entrelazaban con el nuevo aparato represivo del Estado.

Las primeras decisiones de las autoridades militares no estuvieron orientadas a reorganizar la vida académica sino a establecer mecanismos de control político dentro de la institución.

A fines de marzo de 1976 se anunció la realización de un censo exhaustivo del cuerpo docente, que luego se extendió a los estudiantes extranjeros. Aunque fue presentado como un relevamiento administrativo, el registro funcionó como la base de un sistema de inteligencia destinado a identificar a quienes podían ser considerados opositores.

Ese dispositivo formaba parte de un plan más amplio impulsado desde el Ministerio de Educación, conocido como Operación Claridad.

Cuarta parte: el silencio

La intervención no se limitó a la represión política. También transformó profundamente la estructura académica de la universidad.

Las ciencias sociales se convirtieron en uno de los principales blancos del régimen. Las autoridades militares las consideraban espacios de “perturbación ideológica” y focos potenciales de subversión.

El proceso llevó al cierre de varias carreras. Disciplinas como Antropología, Sociología, Psicología y Ciencias Políticas fueron clausuradas, catalogadas por los militares como áreas “subversivas”.

La reducción de la oferta académica continuó en los años siguientes. En 1976 se cerró la inscripción para carreras como Bibliotecología, Servicio Social, Teatro, Cinematografía y Ciencias de la Información.

A través de estas decisiones, la universidad fue perdiendo áreas completas de formación vinculadas al pensamiento crítico y a las ciencias sociales.

La institución que a comienzos de la década había sido un espacio de intenso debate político quedó atravesada por la vigilancia, la censura y el miedo.

Quinta parte: la memoria

En ese contexto, el hallazgo del cuerpo de María del Carmen Maggi en las aguas quietas de la Laguna de Mar Chiquita terminó adquiriendo un significado aún más profundo.

Aquella escena que marcó el amanecer del 23 de marzo de 1976 no fue solamente el final trágico de una joven docente. También fue el prólogo brutal de un tiempo en el que la universidad marplatense quedaría atravesada por la violencia del terrorismo de Estado.

Durante los años siguientes, los pasillos de la Universidad Nacional de Mar del Plata se poblaron de ausencias: docentes expulsados, estudiantes perseguidos, investigadores obligados al exilio y otros que nunca regresaron.

Casi medio siglo después, aquellas escenas siguen presentes en la memoria de quienes las vivieron.

Una de ellas es Cristina Rosenthal, quien años más tarde volvería a la universidad y desarrollaría allí una extensa carrera académica. Con el tiempo llegó a ser secretaria general y tres veces decana de la Facultad de Humanidades.

Pero hay un recuerdo que, según cuenta, nunca dejó de acompañarla.

En una ceremonia de graduación poco antes de su secuestro, Maggi había pronunciado una frase dirigida a los estudiantes que recibían su título.

Rosenthal todavía la repite de memoria.

“Que tu universidad, que tu profesión, sirva al pueblo”.