La dictadura fue tenaz, implacable y contundente con los sindicatos y sus dirigentes que venían de una época de conquistas y, también, con quienes más podían defenderlos. Secuestros a plena luz del día, tortura y cárcel, escapes y exilios.
Por Ezequiel Casanova
Eran las cuatro de la tarde del jueves 25 de marzo de 1976 cuando ocho hombres armados, de civil, entraron a la delegación del Ministerio de Trabajo en Luro y España y detuvieron al secretario general del Sindicato de Prensa, Amilcar González.
Un día antes, durante las primeras horas del golpe, habían detenido a dirigentes de la Federación de Obreros y Empleados Telefónicos (FOETRA), el Sindicato Obrero de la Industria del Pescado (SOIP) y los municipales: Antonio Daguzán, Carlos Rohner, y Osvaldo Demattei y al líder de la Confederación General del Trabajo (CGT) Roberto Comaschi. Además, con un conjunto de leyes, la dictadura suspendió las negociaciones colectivas, el derecho a huelga y prohibió la actividad gremial. Más tarde, derogaría 27 artículos y modificaría 99 de la Ley de Contrato de Trabajo.
Aun así, González junto a José Luis Ponsico y otros dirigentes estaban en el ministerio. Tenían una audiencia. Ponsico recuerda que a González lo encapucharon y lo subieron a un auto. Los hombres dijeron que eran del Ejército aunque después descubrirían que algunos eran miembros de la Comisión Nacional Universitaria (CNU).
González tenía 37 años, trabajaba en el diario La Capital y la agencia Télam. Formaba parte de la Federación de Trabajadores de Prensa argentina y también de la latinoamericana y había sido fundador del Peronismo de Base.
“Caminaba enclenque como un auto chocado. Todavía con moretones y golpes. Lo habían masacrado”.
Durante los Juicios por la Verdad, en abril de 2001, describió los golpes, cómo lo ataron a una cama con elástico de metal, lo picanearon durante horas, lo quemaron con cigarrillos. Cómo el cuerpo se contraía y las ataduras, que eran de alambre, lo lastimaban. Tanto que “llegaron al hueso”, dijo.
Mientras tanto, Ponsico lo buscaba. Intentó hablar con el coronel Pedro Barda, jefe de la subzona militar XV, logró que La Capital publique la noticia del secuestro y se le ocurrió ir a las comisarías hasta que, a principios de abril, supo que lo tenían en la seccional Cuarta, en la esquina de Chile y Alberti. Allí, Ponsico conocía a un agente que una noche lo dejó pasar. Llevo antibióticos, desinfectante, comida y ropa. Declaró que González “caminaba enclenque como un auto chocado. Todavía con moretones y golpes. Lo habían masacrado”.
Cárceles, centros clandestinos y torturas
En la Cuarta, González se encontró con Julio Víctor Lencina, secretario general del Sindicato Obreros Marítimos Unidos (SOMU). Los militares habían entrado por la fuerza a la sede sindical de Edison al 1100 el 26 de marzo a las diez y cuarto de la mañana y lo habían detenido.
Estuvo en la Ex Escuela de Suboficiales de Infantería de Marina (ESIM), la Base Naval y Prefectura. Por la noche simulaban que iban a fusilarlo. El 16 o 17 de abril lo trasladaron a La Cueva: “Las catacumbas de la Base Aérea”, describió. También estuvo en el penal de Sierra Chica y el 30 de abril llegó a la Cuarta. Allí, dijo, se encontró con González y se dijeron lo mismo: “Pensé que estabas muerto”.
Una ciudad obrera
En 1976, Mar del Plata contaba con más de 360 mil habitantes y era la ciudad más poblada del interior de la provincia. El turismo, el comercio, el sector de servicios y la industria pesquera portuaria, que empleaba a unos 15 mil trabajadores, eran motores de la economía.
Jorge Agüero y Adela Lorenzo trabajaban como fileteros desde fines de los sesenta y en 1974, cuando ya estaban en pareja y tenían cuatro hijos, los eligieron como delegados del SOIP.
Agüero, que tenía veintitrés años, cuenta que la violencia empezó a aumentar en el 73. Él estuvo en la plaza de los fileteros de Hernandarias y Juramento, el día del tiroteo del SOIP contra los obreros que se le oponían. En el 74, la patota del sindicato buscaba a los delegados combativos, los secuestraba, les daba una paliza y los arrojaba en algún baldío. “Algunos se fueron, otros se sumaron a la guerrilla”, recordó.
Una noche, Agüero estaba en la fábrica y unos hombres intentaron secuestrarlo. Los compañeros se dieron cuenta. Hubo gritos y los tipos se fueron. A Adela trataron de subirla a un auto mientras esperaba el 563 en Champagnat y Alvarado. Forcejeó con los hombres, logró zafarse y subió al colectivo.
“Las condiciones de trabajo eran muy malas”, recuerda Agüero y enumera: el frío de las cámaras y del pescado que afectaba los huesos, los bronquios; los movimientos repetitivos; el brillo que molestaba la vista; las espinas que lesionaban la piel. Sin embargo, el reclamo más grande era por la garantía horaria.
Adela da un ejemplo: los hacían entrar a las cuatro de la mañana porque amarraba el barco y, muchas veces, el pescado llegaba a las diez. Nadie les pagaba esas horas. Además, pedían la ropa de trabajo, el día femenino: “La mayoría de las cosas se cristalizaron en el convenio del 75. Tampoco fue la emancipación pero fue mejor y lo consiguió la gente”, dice Adela en referencia al convenio colectivo 161/75.
“Trabajadores de prensa, del seguro, panaderos, camioneros: casi el 80% de los gremios firmaron convenio ese año”, dice el abogado laboralista Fernando Forio y recuerda la sanción de la Ley de Contrato de Trabajo en el 74. Fue el momento de “mayor poder de fuego de la clase trabajadora”.
El golpe y la persecución
A las seis de la mañana del 24 de marzo, un compañero del Partido Comunista Revolucionario (PCR) despertó a Agüero con la noticia del golpe. Él pensó que todo iría peor por más que llevaba meses durmiendo en lugares distintos y vivía separado de Adela para despistar a la patota que los buscaba. Ella no tiene un recuerdo preciso de aquel día. Solo que vivía en la casa de la madre, por la zona de Juncal y Alvarado.
Los dos pensaban que podían matarlos, pero no imaginaban que la ciudad contaría con catorce centros clandestinos de detención y que 42 de los 450 desaparecidos de Mar del Plata estarían relacionados a la actividad portuaria.
Hacían changas, vendían churros o iban a filetear a plantas clandestinas. Él organizaba citas con otros militantes del PCR. Intentaban mantener la organización aunque, a medida que pasaban los meses, caían más compañeros y compañeras. A fines del 77, estaban cercados. Dejaron a los hijos de 8, 7, 6 y 3 años con la madre de Adela y se refugiaron en el sur del conurbano. Pasaron cuatro años sin verlos.
En los primeros meses de aquel año, habían liberado a algunos dirigentes sindicales de Mar del Plata. González y Lencina estaban en la Unidad Penal 9 de La Plata. Los habían trasladado en agosto del 76. Lencina declaró que cuando se les ocurría, los guardias lo llevaban al calabozo de castigo. Buzón le llamaban. Desnudo, lo agarraban entre dos y lo golpeaban: “Si no gritas morís. Tenés que gritar porque si no el tipo cree que sos valiente y te sigue pegando”.
“Si no gritas morís. Tenés que gritar porque si no el tipo cree que sos valiente y te sigue pegando”.
Los dos estaban presos cuando en julio del 77, la dictadura secuestró a un grupo de abogados laboralistas que trabajaban con ellos y con la mayoría de los sindicatos locales. Mató a Norberto Centeno, autor de la Ley de Contrato de Trabajo, y desapareció a seis de sus colegas. Fue de los operativos más grandes de la dictadura en la ciudad. Los militares lo bautizaron como Noche de las Corbatas.
El 29 de septiembre fue el turno de Lencina. A González lo enviaron al exilio el 10 de abril de 1978. Él creía que no lo habían matado porque “en el 76 no había exterminio total”, dijo. Quizás no los mataron porque tras la Noche de las Corbatas, los militares pensaron que su obra contra los trabajadores estaba concluida.
