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marzo 23, 2026

“Este golpe no es de guante blanco”: el secuestro de Carmen Domingo en los primeros días de la dictadura

La exconcejal se presentó ante la policía tras la caída de Isabel Perón y fue retenida durante horas. Amenazada de muerte por los militares, optó por la clandestinidad en los años siguientes. La reconstrucción de un episodio que expone la violencia política de los ‘70 en la ciudad.

Por Nicolás Quintaié


Son las 9 de la mañana del 26 de marzo de 1976. Carmen Domingo sabe que la van a buscar. Decide ir por las buenas a la sede de la policía en Gascón y Entre Ríos. Minutos después, la suben a un Falcon verde.

Dos días antes, en la madrugada del 24 de marzo de 1976, se concretó el golpe de Estado que derrocó a Isabel Perón y en Mar del Plata transcurre una jornada que el diario La Capital define como “tranquila”.

Ese mismo miércoles, a la mañana, Luis Nuncio Fabrizio, intendente socialista de aquel entonces, llega al Palacio Municipal, donde unas pocas personas realizan trámites. El asueto bancario, cambiario y educativo paralizó gran parte de la actividad en el centro de Mar del Plata.

El edificio de Yrigoyen y Luro tiene una discreta vigilancia militar en sus ingresos. Se permite entrar de a dos por vez, y cada persona es palpada de armas.

En señal de apoyo, Fabrizio se reúne en su despacho con dos ex jefes comunales del socialismo: Julio Lombardo y Teodoro Bronzini.

El intendente todavía en funciones asegura ante la consulta de un cronista del diario que no tiene precisiones sobre quién puede “hacerse cargo de la comuna”. Y comenta que los únicos contactos que tuvo fueron con un teniente que tiene a su mando la custodia del edificio, quien le preguntó “si todo estaba normal y si había tenido algún inconveniente”.

En las calles se registra una moderada presencia de tropas militares. La ciudad amaneció con un aumento del 50 % en el boleto de colectivo. Es uno de los principales temas de conversación y una de las últimas decisiones de Fabrizio, que el día anterior firmó un decreto que sube la tarifa de $1.000 a $1.500.

Pocas horas después del golpe, el intendente recibe dos telegramas de Adolfo Sigwald, interventor a cargo de la provincia de Buenos Aires. Uno le solicita que proceda a “arbitrar los medios” para que el personal perciba sus haberes en los plazos previstos. El segundo establece que las directivas a los distritos se canalizarán a través de la Dirección de Asuntos Municipales bonaerense.

Fabrizio sería finalmente reemplazado en mayo por el capitán de Navío Carlos Menozzi, comisionado de General Pueyrredon elegido por la Junta Militar.

Fuera de la “privada”, entrado el mediodía, circulan exconcejales (la Junta Militar suspendió la actividad de los cuerpos legislativos). Cada uno retira sus pertenencias y lleva bajo el brazo carpetas con numerosos papeles.

Entre otros, se encuentran Silvia Sancisi, Luis Omoldi, Eduardo Benedetti y Luciano Pani, legisladores del Frejuli (Frente Justicialista de Liberación), y el socialista Ricardo Junco, expresidente del cuerpo. Mientras tanto, la exconcejal peronista Carmen Domingo vive horas frenéticas.

El secuestro

Domingo no es una legisladora más. Asumió en 1973 en representación del Frejuli y conformó meses antes del golpe el unibloque Partido Auténtico en el Concejo Deliberante, una expresión del ala más de izquierda o revolucionaria del peronismo, surgida tras la muerte del expresidente.

Sabe que los militares la van a buscar por sus inclinaciones políticas y decide ir por las buenas. Nacida el 17 de diciembre de 1931, tiene 44 años.

Señales. Dos meses antes de la caída de Isabel, Domingo registró la presencia en el Concejo de un “señor alto y desconocido de 50 años”, quien resultaría ser un agente del Ejército, siguiendo con atención sus movimientos en el unibloque.

Por fuera de su función legislativa, hace trabajo barrial, involucrada en las necesidades de las clases más humildes. Tiene una hija de 17 años, María Pía Bergmann, y vive con ella en la casa de sus padres, en San Juan y Rivadavia.

La noche del 24 de marzo recibe una nueva advertencia. De acuerdo al relato de vecinos, si bien ella no se encontraba, el Ejército se presentó en la casa y varios agentes anduvieron por los techos.

El viernes 26 resuelve ir a la Unidad Regional IV de Gascón y Entre Ríos, donde se montó un gran operativo. En la sede policial se encuentra el coronel Pedro Barda, jefe del GADA y de la subzona militar 15.

Son las 9 de la mañana. Domingo va acompañada por el exlegislador del Frejuli, Eduardo Benedetti. Al ingresar al edificio, se topa con Eduardo Cincotta (integrante de la Concentración Nacional Universitaria –CNU–, la patota que cometió crímenes de lesa humanidad en la previa del golpe militar), vestido de fajina y con un arma larga en la mano, a quien conoce del ambiente político.

Pide hablar con el coronel Barda. Un oficial le solicita a Benedetti que se retire y ella queda sola. Finalmente, baja a hablar otro militar de apellido Acosta, secundado por dos hombres de civil, quienes son los encargados de interrogarla.

La obligan a subir a un Falcon verde y la trasladan a un hotel gremial cercano a la Vieja Terminal, donde Domingo ve un póster gigante del general Perón subido a un caballo.

“No te equivoques, este golpe de Estado no es como el otro, no es de guante blanco”, le advierte uno de los oficiales a Domingo tras ver su cara de incredulidad.

“No te equivoques, este golpe de Estado no es como el otro, no es de guante blanco”.

La suben hasta un sexto piso en un ascensor. Al adentrarse por un pequeño pasillo, ve en el piso unas sábanas manchadas de sangre. Teme lo peor.

Ingresan a una habitación y los dos hombres le hacen un interrogatorio violento. Le consultan por compañeros militantes que ya estaban presos, como Roberto Quieto y Gonzalo Chávez.

Pero no le pegan ni la maniatan. Sí le dicen que se vaya de Mar del Plata o la matarían a ella y a toda su familia.

Tras varias horas en cautiverio, ya casi de noche, la llevan de nuevo a la puerta de la Unidad Regional IV y le ordenan que se vaya.

Lo primero que hace es ir al Concejo a manifestarle a sus colegas lo que le sucedió.

Memoria

Mi mamá se salvó porque se presentó en los primeros días y todavía estaban todos desorganizados los militares. Por eso zafó”, asegura María Pía Bergmann, en diálogo con Bacap.

“A mí me quisieron trasladar a La Plata. No para trabajar, sino para chuparme”, resalta.

“Mi mamá se salvó porque se presentó en los primeros días y todavía estaban todos desorganizados los militares. Por eso zafó”.

En la previa del golpe, Bergmann sabía que venía “algo feo”. “Había mucha gente que pedía que ‘volvieran las botas’”, comenta.

En 1979, Domingo vuelve a mostrarse públicamente en el casamiento de su hija.

Con el regreso de la democracia, continuaría con su militancia hasta fallecer en 2020, con un profundo compromiso por los derechos humanos.

Asistió a cada audiencia de los Juicios por la Verdad en Mar del Plata. Siempre en la primera fila.

Hasta sus últimos días, exigió justicia para sus compañeros que fueron detenidos-desaparecidos.

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