A partir de testimonios en primera persona, este recorrido reconstruye cómo se vivió el 24 de marzo de 1976 en los barrios de Mar del Plata: el miedo en las calles, la pobreza, la represión en lo cotidiano y las estrategias para sobrevivir.
Por Natalia Muñoz
El 24 acumula preguntas. La primera: ¿dónde están? Mientras las décadas pasan, la cantidad de respuestas se mantiene insuficiente. No por eso se deja de preguntar.
¿Cómo fue el 24 de marzo de 1976 en Mar del Plata? ¿Cómo se vivió? Estas calles que hoy son nuestras, ¿qué vieron durante ese miércoles de lluvia? ¿Y la noche anterior? ¿Cómo se mantenía mejor una rutina, con miedo o con ignorancia? ¿Cómo era viajar en bondi, donde se subía con un boleto encarecido, casi impagable en la miseria que reinaba, y se bajaba a punta de fusil y al grito de “documentos”? ¿Cómo era vivir en Villa Primera, en el Puerto, en Villa Cariño, en el Newbery durante el golpe del ‘76? ¿Cómo era la colimba en Prefectura después de ese marzo?
Algunas de esas respuestas fueron dadas de primera mano por quienes pueden contar cómo se vivió el golpe en Mar del Plata hace 50 años. Para alejarse del silencio de aquellos tiempos, el objetivo es contar historias de generación en generación. Historias de la verdad, aunque estén incompletas por las respuestas que todavía faltan. Contar la historia que permita mantener viva la memoria de quienes ya no están.
“Hay que desensillar hasta que aclare”
Elda apenas había aprendido a leer cuando llegó de chica a Mar del Plata desde su Tigre natal. Para los 21 años que tenía en marzo de 1976, ya contaba con cinco años de experiencia en el crudo frío de las plantas de pescado del Puerto.
En la madrugada del 24, se levantó en su casa en Villa Cariño para ir a trabajar. Mientras se preparaba, escuchó en su radio a pilas (“que andaba cuando quería, la pobre”, recuerda) uno de los primeros comunicados oficiales que informaban sobre el golpe de Estado.
“‘Comunicado número uno, hemos tomado los…’, no me acuerdo cómo era la palabra, como que habían tomado las riendas el Estado las tres Fuerzas y se felicitaban entre ellos y yo me quería morir”, comenta sobre aquella mañana gris.
“Escucho y no lo podía creer”, relata. “O sea, se veía venir, ya hablábamos de que esto terminaba en un golpe”, dice, recordando sus años de participación militante afín al Partido Comunista. La discusión política era parte del día a día de Elda.
¿Qué pasó después de apagar la radio esa mañana? “Horror”, sintetiza. “Yo digo siempre, ‘parece que olíamos la sangre’, que sabíamos qué iba a pasar. Mal, muy mal. Fue un horror. Porque además nos habíamos entusiasmado mucho con el gobierno de Cámpora”, evoca.

Ese sentir ferroso generaba un blend con el olor a pescado de sus prendas y las de sus vecinos, las de cal y tierra de los obreros que vivían en la Villa y sobre la que poco se podía hacer al respecto porque tener un pan de jabón blanco equivalía por entonces a ser de alta alcurnia. El sabor desabrido de los guisos aguados que compartían entre cada vez más personas ayudaba a tapar el ruido que hacía la panza por el hambre.
A los pocos días del golpe, a Elda, que vivía con sus dos hijos y uno de sus hermanos, tres policías entraron a su casa para un allanamiento clandestino. Buscaban a un tipo que Elda no conocía, pero que se llamaba casi igual a otro que sí conocía.
Elda no habló. Le rompieron la cuna y las cosas de su bebé, y Elda no habló. Torturaron a su hermano, lo golpearon repetidamente en los pies con el taco de la escopeta, pero Elda no sabía nada. Cuando el policía a cargo se dio cuenta que efectivamente no era ese el lugar que buscaban, les ordenó a sus colegas que se retiraran. “Pendeja de mierda, desaparecé ese libro porque la próxima no zafas”, le dijo el uniformado. Arriba del placard, le habían encontrado un libro sobre Evita escondido. Pero los “milicos” se fueron. Arriba del placard de madera, le dejaron la plancha encendida para provocar un incendio minutos después. “Me di cuenta por el humo”, dice Elda.
Ese calor que emanaba la madera quemada le enseñó a esa joven de 21 años a mentir para ir a la farmacia y conseguir remedios con los que ayudar a su hermano. Solo remedios. Para alcohol estaba el whisky barato, que compraban de manera colectiva para “curar las heridas de los compañeros”; para gasa, cualquier prenda vieja servía después de hervirla.
Mientras se ejecutaba el toque de queda, los vecinos, los compañeros de la planta fortalecían lazos solidarios. Siempre que fuera posible, sin exponerse. Es que a Mar del Plata la azotaba -también- una pobreza atroz.
“Nos ayudábamos entre todos. Aprendimos a lavar hasta sin jabón porque no había, no había para bañar a los chicos. Éramos solidarios en el sentido de compartir”, relata Elda.
Esa solidaridad debía ser lo suficientemente robusta como para atravesar el “ambiente muy denso” que habitaba las calles de la ciudad. “Había una quietud extraordinaria y la gente, callada”, recuerda Elda.
A sus veintis y con dos hijos, la trabajadora portuaria y sus amigos buscaban consejos sobre cómo seguir, qué hacer. “Los viejos empezaron a decirnos a nosotros, a los pibes de mi edad, que ‘hay que desensillar hasta que aclare’”. El mensaje era “que dejáramos de joder, que no anduviéramos, que nos cuidáramos, porque se venía difícil. Ellos sabían”.
Desensillar, de sacarle las monturas al caballo porque ya no va andar. Procurarse andar liviano. Hasta que aclare. Quién sabría por entonces que la noche más oscura de la historia argentina acababa de comenzar.
Con Elda está Luis, su amigo. El 24 de marzo de 1976 Luis tenía 25 años. Vivía en el barrio Empleados de Comercio, en la zona de Jorge Newbery. Su vida era muy sencilla hace 50 años: trabajaba también en las plantas de pescado en el Puerto. Recuerda que se tomaba el 511 para ir a trabajar y algunas veces también para ir hasta el centro para conseguir algo de azúcar.
Luis recuerda que cuando el 511 subía por la avenida Edison, “los paraba el Ejército, hacía bajar a toda la gente y siempre cuatro o cinco no subían de vuelta”. Ante la pregunta de por qué pasaba eso, o para qué, el entonces filetero responde: “No sé, los secuestraban, eso sí lo recuerdo”.
El hombre no relata mucho más. Es más de oír y seleccionar sus palabras. En el ‘76, solo le interesaba ir a trabajar y luego jugar al fútbol en el potrero de barrio. Zafó. Es que en ese afán de divertirse, se unió a un equipo del barrio llamado “Montoneros”. No sabía qué significaba, Luis solo quería jugar a la pelota.
De hecho, del 24 y esa semana recuerda -o menciona- tres fenómenos: por primera vez, vio todas las persianas bajas en los comercios de su zona; ese día no tuvo partido con sus amigos; y sintió “como que se terminó la libertad”.
“No sos chico cuando pasan estas cosas”
Lo de Fabián fue distinto. “Nosotros ya estábamos clandestinos”, dice. No hay forma de separar su historia de vida con la memoria colectiva. Es indivisible. Y así lo prefiere.
“El golpe fue casi anecdótico para nosotros, porque desde mayo de 1975 estábamos clandestinos. La familia entera: mi hermano estaba en cana; mi hermana, después del allanamiento de la CNU, estaba clandestina en La Plata; y nosotros el día del golpe estábamos escondidos en el fondo de la casa de mi abuelo (en Villa Primera)”, cuenta Fabián.
Fabián tenía 11 años el 24 de marzo de 1976. Hacía ya varios meses que había tenido que aprender a andar liviano para poder moverse, él y sus papás, rápido. En 1975, después de ese allanamiento en que lo torturaron a él delante de su mamá y que sacó a su hermana de Mar del Plata, la familia agarró lo que pudo y se fue para la zona de Cuyo, primero; para la Patagonia, después.
Elige la palabra incredulidad para describir, en perspectiva, lo que sentía: “Por más experiencia que se tuviera por lo que había pasado, nadie podía imaginar de ninguna manera hasta qué punto estaba organizado ese golpe y hasta qué punto ese golpe venía a exterminar a toda la militancia”. La información era vital y nadie, excepto los militares, la tenía. La tienen.
“¿Qué iba a ser peor que el gobierno de Isabel con la ultraderecha en la calle persiguiéndonos? Nosotros lo vivimos así. Yo soy chico, pero claro, estábamos en carne viva, no sos chico cuando pasan esas cosas”, cuenta Fabián.
Esa semana, él, su mamá y su papá habían vuelto fugazmente de Cuyo para buscar unas cosas. Paraban en lo de su abuelo, en el cuarto del fondo donde había un televisor Micro 14” blanco y negro. En esa pantalla, el 24 a las 6 de la mañana vieron los comunicados oficiales de los militares. “De repente te enterabas por comunicados, que salían uno atrás del otro, que habían cerrado los sindicatos”, dice, y pausa, como si los escuchara otra vez.
“Fue una continuidad y no es malo destacarlo, porque en realidad el golpe en Mar del Plata fue la continuidad de la represión feroz que empezó antes”, resalta. “Básicamente, lo que ocurrió en ese momento fue la institucionalización del terrorismo de Estado. En ese momento nosotros éramos clandestinos y el terrorismo era para-estatal y clandestino”, reflexiona. A la memoria hay que dotarla de las palabras precisas.
Su hermano mayor era un preso político en ese ‘76. “Cuando viene la dictadura, una de las fantasías que había también era que podían llegar, por ser milicos, a blanquear el estado de los presos políticos, cosa que obviamente no ocurrió”, agrega.
“A nivel local nos preocupaba qué iba a pasar con las bandas, la CNU y demás, que controlaban la noche en Mar del Plata. La CNU, los parapoliciales con la cana controlaban la noche”, recuerda.
Se le mezclan los eventos entre qué fue lo que vivió en el sur, qué ocurrió en Mendoza, qué llegó a vivir en Mar del Plata. Sí tiene en claro algo: “La sensación que perdura de esa época, por eso es indivisible con lo que venía de antes, es el miedo. No me da vergüenza decirlo, es el miedo”.
“La sensación que perdura de esa época es el miedo”.
Además de incredulidad, Fabián habla de “paranoia”, sobre todo para explicar qué pasaba por las noches: “Todo lo que pasó horrendo en esa época y lo que vino después pasó de noche. Entonces, la llegada de la noche en Mar del Plata era como sinónimo de la otra vida que empezaba cotidiana que era la de estar escondido y tener miedo, porque ya, aparte, para ese entonces había muchos compañeros muertos, ¿viste?”.
“Fue una época en la que uno dormía en muchas camas”, resume. El trabajo de su papá les facilitaba poder mudarse de un lado a otro. La comunicación analógica, también. Sabían que los seguían y los tiempos del correo -que sabían que les espiaban- les daban la ventaja para moverse de un lado a otro. “No había computadoras, ni internet, ni nada, por eso estamos vivos”, celebra.
Él tenía 11 años y esperaba a su papá despierto hasta que llegara de trabajar a la madrugada para charlar. “Se charlaba todo”, dice, con gesto de agradecimiento. “Quedábamos tres básicamente en la familia. Uno estaba en cana (su hermano), y la otra (su hermana) estaba escondida y terminó siendo secuestrada en diciembre de ese año”, enumera.
Así y todo, tenía algo parecido a una rutina de niño. “Los contrastes eran brutales, como esto de esconderse en un departamento prestado y al otro día a la mañana ir a la escuela, ¿cómo puede ser?”, se pregunta Fabián, quien 50 años después aún no entiende aquellas dinámicas.
Eso le asombra aún hoy. “Lo más maravilloso de las viejas es que eran personas comunes haciendo cosas extraordinarias”. Por “las viejas” se refiere a las Abuelas de Plaza de Mayo, institución de la que su mamá fue parte activa y vital, para encontrar, también, a su nieto o nieta, que nació de Silvia, su hija embarazada, detenida y desaparecida.
“Yo me enteré porque me acuartelaron”
Raúl se reclina sobre el asiento del otro lado de la mesa. Está en esa oficina que es suya pero que comparte. Parece un mediodía más cuando recibe a este medio, pero en tres cuartos de hora el recuerdo lo va a quebrar.
En 1976, él tenía 20 años. Dos años antes, había terminado sus estudios secundarios en el Industrial, que hoy es más conocido como la Escuela Técnica 3.
“A fines del ‘75 había sido sorteado para hacer el servicio militar y me tocaba Ejército -recuerda- y aparece la oportunidad de hacer la colimba un año en la Prefectura del Puerto”. El plan para Raúl era redondo. Hacía un año de servicio cerca de su casa, en 12 meses le firmaban la libreta y ya quedaba “liberado” para estudiar en la universidad, que era lo que quería hacer.
El 24 de marzo de 1976 Raúl estaba en Prefectura, en el Puerto de Mar del Plata, en cumplimiento de su etapa de instrucción.
“Donde yo estaba, teníamos prácticamente muy bajo acceso a la información, además, imaginate que a los ‘colimbas’ nos miraban con desconfianza”, narra, como si fuera obvio. Un poco lo era. “Colimba” se le llamaba a los civiles en servicio, que, por lo general, si no eran obreros, eran estudiantes. No se les asignaban grandes tareas. De hecho, el vocablo “colimba” viene de “corre-limpia-barre”. “Haciendo el servicio militar, nosotros estábamos ahí, pero, al revés (de lo que se cree), no sabíamos qué era lo que pasaba”.
Ni radios, ni comunicados oficiales, ni mucho menos explicaciones. Raúl y sus compañeros quedaron acuartelados en Prefectura desde la madrugada del 24 de marzo de 1976 y por una semana. No tenían ningún tipo de contacto con el mundo exterior más que las guardias que debían cumplir en distintos puntos del Puerto, callados.
Lo poco que sabía lo puso a él y a sus pares en un estado que describe como de “temor” y “confusión”.
En su memoria, encuentra cómo se vivían aquellos tiempos: “Se fueron generando las condiciones para que la sociedad de Mar del Plata y en el país de alguna forma se aceptara el golpe de Estado como supuestamente una solución: había un proceso de inestabilidad económica provocado”.
Es coincidente en la narrativa de las otras voces aquí presentes: la inflación desatada, el desabastecimiento de mercadería de primera necesidad, las filas para conseguir algo para comer. “Era complicado”, resume.
En ese contexto, una robusta porción de los habitantes de Mar del Plata creía que los militares que habían tomado el poder del Estado por la fuerza iban a ser capaces de llevar orden. “Cuando se llegó al ‘76, lo que había era una presencia muy fuerte de los militares en la vida cotidiana, y, cuando te querés acordar, el proceso ya estaba adentro”.
“Se empezó a instalar en la sociedad que había que mirar para otro lado y decir esta cosa de ‘no te metas’ para que no te pase nada”, revive. La ignorancia como modo de supervivencia.
“Se empezó a instalar en la sociedad que había que mirar para otro lado y decir ‘no te metas’”.
Raúl cuenta que no esperó hasta poder volver a su casa para saber cómo estaba su familia, para conocer qué era lo que estaba pasando en su país, en su ciudad. Ni bien las autoridades levantaron las restricciones del acuartelamiento en el que habían entrado forzosamente el 24 de marzo, el joven buscó un teléfono para llamar a su casa.
Lo atendió su mamá. Le contó, en sus palabras, que “se pudrió todo”. Mientras mira a un costado en evocación al recuerdo, esta escribiente insiste: ¿qué te dijo tu mamá? Apoya los codos sobre la mesa y habla: “Me dijo ‘cuidate’”. Y en sus ojos tomaron forma todos esos recuerdos que había compartido y su cara cambia de expresión ante la memoria de un compañero de rutina, a quien un día no volvió a encontrar más en la parada del colectivo que compartían cada mañana.
En Mar del Plata
Todos podrían haberse ido. Podrían haber vuelto a su ciudad de origen, o quedarse por ahí, o buscar otro sitio donde emprender la vida adulta. Pero no. Las cuatro voces acá contenidas no dudaron en elegir a Mar del Plata como la ciudad en donde vivir.
Para unos se sabía, otros no lo podían creer. Bueno, ¿quién puede acreditar, incluso 50 años después, la vasta dimensión del horror perpetrado por las fuerzas de seguridad a través del Estado? Tal vez, nadie que haya llegado hasta este párrafo.
Quedarse manso, huir clandestino y obligado, o convivir acuartelado son las formas que les quedaron para sobrevivir, al menos durante las primeras horas de ese miércoles 24 de marzo de 1976 en Mar del Plata.
En común, las personas que coincidieron en estas líneas tienen el miedo y el dolor por la desaparición de gente conocida, querida, amada. El pendiente de la verdad y la justicia.
Las preguntas que quedan siguen activas, en la pila de pendientes, siempre a mano, esperando saber, con más bronca que miedo, ¿dónde están?

