A casi 50 años del golpe de Estado, Emilce Flores de Casado reconstruye la historia de su hija Olga, desaparecida en 1977, y la larga búsqueda de la nieta que nació en cautiverio. Una vida atravesada por la pérdida, la memoria y una restitución que nunca llegó a ser completa.
Por Juan Salas
En una de las paredes de la casa hay un cuadro. El rostro de una mujer joven aparece pintado sobre un fondo violeta: pelo oscuro, mirada tranquila, una sonrisa suave que parece suspendida en el tiempo. Es Olga.
Frente al cuadro, sentada en un sillón amplio, está su madre, para verla en todo momento. Emilce Flores de Casado tiene casi 90 años y camina con un bastón. Cuando abre la puerta de su casa en el barrio Las Heras lo hace despacio, apoyándose primero en la reja y luego en el marco antes de dar el siguiente paso. Avanza con cuidado hasta el sillón y se sienta. Levanta la vista hacia el cuadro.
“Era un amor”, dice. “Siempre estaba contenta”.
La historia que empieza a contar es la de su hija desaparecida, la de una nieta nacida en un centro clandestino de detención y la de una búsqueda que duró más de treinta años.
Pero también es otra cosa.
Es la historia de una restitución que nunca terminó de ser completa.
De Mechongué a Mar del Plata
Emilce nació el 24 de octubre de 1936 en Nicanor Otamendi, aunque pasó gran parte de su vida en Mechongué, un pequeño pueblo cercano a la ruta 88. Su familia tenía una fonda y ella trabajó allí desde adolescente. Fue también en ese lugar donde conoció a Anselmo Casado, con quien se casó y tuvo tres hijos.
“Los tuve muy seguidos”, recuerda. “En tres años nacieron los tres, así que prácticamente se criaron juntos”.


Dos eran varones y una mujer: Olga Noemí Casado.
A fines de los años sesenta la familia decidió mudarse a Mar del Plata buscando más oportunidades. Emilce quería otro futuro para sus hijos. “En Mechongué no hay trabajo. Los chicos terminan cargando camiones de papa como el padre”.
Olga terminó la secundaria en la ciudad y después estudió enfermería. “A los 18 años ya era enfermera. Era una chica muy buena. Cantaba, siempre estaba sonriente”. También militaba políticamente, aunque Emilce al principio no sabía exactamente dónde. Con el tiempo supo que su hija participaba en Montoneros.
A los 18 años Olga se casó con Jorge Alberto López Uribe, estudiante de ingeniería que además daba clases de matemática. El 26 de agosto de 1976, Jorge fue secuestrado en Mar del Plata. Nunca volvió a aparecer.
Cuando empezó el miedo
Para Emilce, la dictadura no empezó con una noticia ni con un discurso. Empezó con los operativos.
Una noche llegaron los militares al barrio y golpearon la puerta de su casa. “Fue horrible”, recuerda. “Los chicos estaban durmiendo”. Buscaban a Olga.
Volvieron al día siguiente. Y al otro. Y al otro. Emilce no sabía, pero de haberlo sabido jamás hubiese dicho una palabra.
Olga ya no estaba en la casa. Después de la desaparición de su marido se había ido a La Plata, donde vivía con otros militantes.
“Yo tenía dos hijos adolescentes, uno de 16 y otro de 17 años. Tenía miedo de que vinieran a casa, no me encontraran y se los llevaran a ellos”.
La sensación de peligro estaba en todas partes. “Yo siempre decía que algo muy feo venía. Muy feo”.
En noviembre de 1977, Olga desapareció. Emilce había recibido un mensaje para que fuera a verla y viajó con su hijo menor. Cuando llegaron, su hija ya no estaba.
Nunca volvió a verla.


Los años de la espera
Durante mucho tiempo Emilce creyó que Olga iba a aparecer. Pensaba que cuando terminara la dictadura, cuando se fueran los militares o cuando volviera la democracia, su hija volvería.
“Cuando asumió Alfonsín yo pensé que iba a aparecer”, recuerda. Después hace una pausa breve. “Nunca imaginé el desastre que habían hecho”.
Los primeros años fueron de desesperación y búsqueda. Emilce presentó habeas corpus, viajó a Buenos Aires, hizo denuncias. “Creo que hice tres habeas corpus allá y uno acá”.
Con otras familias comenzaron a reunirse en una iglesia para compartir información y sostenerse mutuamente. Con el tiempo surgieron las organizaciones que se transformarían en referentes de la lucha por la memoria: Familiares de desaparecidos, Madres de Plaza de Mayo y, más tarde, Abuelas de Plaza de Mayo.
Fue en ese espacio donde Emilce empezó a escuchar algo que hasta entonces parecía impensado: muchas mujeres desaparecidas habían tenido hijos durante el cautiverio.
La noticia
Durante años Emilce no supo que su hija había estado embarazada. La noticia llegó muchos después, en una fecha que todavía recuerda con precisión: “Era el 19 de agosto, el cumpleaños de Sandro”.
Ese día la llamaron desde Abuelas de Plaza de Mayo para informarle que los estudios genéticos habían confirmado algo inesperado: Olga había tenido una hija.
“Yo nunca imaginé que hubiera estado embarazada”, dice.
La joven había nacido entre enero y febrero de 1978 en el centro clandestino La Cacha, cerca de La Plata. Había sido apropiada.
Su nombre era Silvia Alejandra.
Treinta años después
La investigación para encontrarla fue larga. Entre 1985 y 2000, Abuelas recibió varias denuncias sobre un matrimonio que tenía una niña anotada como hija propia y que podía ser hija de desaparecidos. La familia apropiadora se mudaba con frecuencia, lo que dificultó su localización durante años.
Finalmente, gracias a material genético obtenido de objetos personales, el Banco Nacional de Datos Genéticos pudo confirmar su identidad.
La fecha fue el 19 de agosto de 2008.
Treinta años después de su nacimiento.
El encuentro que no fue
Cuando Emilce fue citada al juzgado de La Plata, pensó que finalmente iba a ver a su nieta. Silvia también estaba convocada. Llegó acompañada por su apropiadora, escuchó lo que debía escuchar, firmó algunos papeles frente al juez y se retiró.
No quiso recibir a la familia biológica.
“Ese día no nos quiso ver”, dice Emilce con una calma con la que aprendió a encerrar el dolor a lo largo de los años.
El almuerzo
Meses después, una fiscal le dio a Emilce un número de teléfono. Decidió llamar. Le dijo a Silvia que quería conocerla, aunque fuera una vez.
La respuesta fue distinta.
La familia viajó para verla. “Fuimos todos: mis hijos, los nietos”.
Ese día almorzaron juntos. Hablaron. Se miraron. Intentaron reconocerse en una historia que durante décadas les había sido negada.
Pero las historias quebradas por la dictadura no siempre encuentran un abrazo al final. Después del almuerzo cada uno volvió a su vida.
“Nosotros volvimos a Mar del Plata y ella se quedó allá”.
Silvia siguió viviendo en Santiago del Estero, con su apropiadora.
Una restitución incompleta
Durante años Emilce y su marido viajaron para verla. Alquilaban un departamento y trataban de encontrarse. Con el tiempo no pudieron hacerlo más.
“Estamos grandes”, dice.
Ahora la relación se sostiene principalmente por teléfono. Emilce la llama para los cumpleaños y cada tanto repite la misma pregunta: “¿Cuándo vas a venir?”
Después agrega, con una mezcla de resignación y ternura: “Nosotros ya no podemos ir. Estamos en nuestros últimos años”.


Los juicios
Con el paso de los años también llegaron los procesos judiciales por los crímenes de la dictadura. Emilce estuvo presente en el juicio contra el represor Miguel Etchecolatz, vinculado al grupo que secuestró a su hija.
Cuando lo vio sentado frente al tribunal gritó una sola palabra: «Asesino».
Olga había estado detenida en La Cacha, donde dio a luz a su hija. Veinte días después fue asesinada.
Sus restos fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense y en 2012 Emilce pudo enterrarla en Mar del Plata.
La marcha
Ahora se cumplen 50 años del golpe de Estado.
Emilce tiene casi 90 años y camina con un bastón, pero este 24 de marzo volverá a salir a la calle y encabezará la marcha en Mar del Plata. Lo hace como lo hizo durante décadas, porque hay algo que todavía necesita decir.
Que nada de esto vuelva a ocurrir.
Que ninguna madre tenga que buscar a su hija durante años.
Que ninguna abuela tenga que buscar a su nieta durante tres décadas.
Antes de terminar la entrevista, Emilce levanta la vista hacia el cuadro de Olga. «Una no deja de pensar en su hija. No hay un solo día que yo no piense en ella. A veces me acuesto pensando en ella, a veces me levanto pensando en ella», dice y agrega: «Siempre está en mi cabeza».
Después baja la mirada y repite una frase que, medio siglo después del inicio de la última dictadura cívico militar, atraviesa su vida y la historia argentina.
Nunca más.
