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Mar del Plata, AR
marzo 23, 2026

Narrar un golpe: qué decían los diarios de marzo del ‘76

Un recorrido por las páginas de Clarín, La Nación, La Razón y el diario La Capital de Mar del Plata en las semanas previas al 24 de marzo: cómo la crisis, la violencia y una narrativa clara fueron construyendo un clima donde los militares se mostraron como una alternativa ineludible y no como la antesala al periodo más oscuro de Argentina.

Por Julia Van Gool


Abrir un diario de 1976 produce una sensación extraña. No por el polvo ni por el amarillento de sus hojas. Tampoco por el tamaño sábana o la sintaxis de otra época. Lo inquietante es otra cosa: la familiaridad. La incómoda sensación de que no todo pertenece al pasado.

Los diarios de marzo de hace cincuenta años, al menos los ejemplares nacionales revisados de Clarín, La Nación, La Razón y La Capital de Mar del Plata, narran un país sumido en medio del caos económico y social. Abundan conceptos que resuenan como la inflación, el dólar y el Fondo Monetario Internacional, pero también aparecen otros más ajenos a esta época: guerrilla, terrorismo, atentado, proceso. Reorganización Nacional. Subversión.  

El 24 de marzo de 1976 las Fuerzas Armadas encabezaron el último golpe de Estado cívico-militar que tuvo el país. Pero con tan solo releer las páginas de los diarios de las semanas previas, las palabras ya lo narraban. El golpe se anticipó en títulos y editoriales. Cuando llegó, su registro en los diarios se mostró como una alternativa ineludible y no como la antesala al periodo más oscuro de Argentina.

Lo que los diarios decían 

Leer todas las ediciones seguidas es como maratonear una serie. Notás cómo el ritmo se va acelerando e identificás el momento exacto en el que la trama dará el giro.

Si uno mira la secuencia de tapas los días previos al 24 de marzo, lo que aparece no es un golpe anunciado con claridad, pero sí una narrativa progresiva sólidamente orientada: crisis, incertidumbre, definiciones pendientes, escalada de violencia. No es hasta el 22 y 23 de marzo que la posibilidad de una interrupción del orden democrático aparece, pero no como un escalón más hacia el caos, sino como un desenlace hasta esperado.

El gobierno de Isabel Perón aparece como un poder débil, errático, incapaz de controlar ninguno de los factores que parecen prendidos fuego. La economía y la imposibilidad de controlar los precios y lograr acuerdos de salvataje con organismos internacionales eran el trending topic de todos los editoriales. Los conflictos sindicales ocupan páginas enteras. Los enfrentamientos armados también. 

Las tapas del 24 de marzo de 1976 permiten ver cómo los diarios narraron el golpe de Estado con matices distintos, pero dentro de un marco discursivo bastante similar. Clarín, por ejemplo, eligió un título que evitaba nombrar directamente el golpe: “Nuevo Gobierno”. En la bajada se explicaba que “la prolongada crisis que aflige al país comenzó a tener su desenlace esta madrugada con el alejamiento de María Estela Martínez de Perón como presidente de la Nación”. El desplazamiento de la presidenta se describía como un “alejamiento” y la toma del control del país por parte de una junta militar integrada por los comandantes del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea se justificaba por la existencia de un supuesto “vacío de poder”, la necesidad de evitar la anarquía y combatir la inmoralidad. El lenguaje elegía cuidadosamente las palabras: el golpe no aparecía como ruptura institucional, sino como el desenlace de una crisis prolongada.

Diario Clarín, 24 de marzo de 1976.

Algo similar ocurría en La Nación, que tituló: “Las Fuerzas Armadas asumen el poder; detúvose a la Presidente”. Allí la intervención militar se presentaba como un hecho consumado, acompañado por otros títulos complementarios que hablaban de una “tensa vigilia en horas decisivas” y de los “objetivos básicos para la reorganización nacional”, una expresión que anticipaba la denominación que adoptaría el régimen.

La Nación, 25 de marzo 1976.

La Razón, en cambio, eligió una fórmula todavía más enfática en la construcción de un clima de tranquilidad: “Normalidad en todo el país. Nuevas medidas para garantizar el orden y la seguridad”. En ese titular ya aparecía una de las palabras clave de aquellas jornadas: normalidad, utilizada para describir el inicio de un gobierno militar que acababa de suspender el funcionamiento de las instituciones democráticas.

En los días posteriores, los diarios comenzaron a detallar las primeras decisiones del nuevo poder. La Nación informó que “Asumieron el gobierno los tres comandantes generales” y enumeró una serie de medidas que redefinían completamente el sistema político: la disolución del Parlamento, la remoción de la Corte Suprema, la prohibición de la actividad política y gremial y el anuncio de que habría pena de muerte para delitos de orden público. La noticia aparecía presentada en un tono institucional, como una enumeración de decisiones administrativas tomadas por el nuevo gobierno. La Razón, en cambio, adoptó un tono mucho más determinante en la forma de describir la nueva etapa. El diario hablaba de “la última etapa de la crisis” y afirmaba que “el país se pone en marcha”, asociando el golpe con el final de la corrupción y la demagogia. También informaba sobre la detención de ex funcionarios del gobierno anterior (entre ellos Raúl Lastiri y su esposa) aunque aclaraba que no existía una nómina oficial de detenidos. En esas mismas páginas aparecían notas sobre la designación de interventores en distintos organismos del Estado y, sobre todo, una construcción muy marcada de la figura del nuevo jefe de Estado. En una nota dedicada a Rafael Videla, el diario lo describía como un hombre “alto, delgado, atlético y serio”, de 50 años y padre de seis hijos, y lo presentaba directamente como el “nuevo presidente de la Nación”. Incluso utilizaba la expresión “elegido presidente”, a pesar de que su llegada al poder había sido resultado de un golpe militar.

Tapa de La Razón, 27 de marzo 1976.

Clarín, por su parte, combinaba información institucional con una insistencia constante en la idea de normalidad social. El 25 de marzo el diario tituló en su portada “Hay total normalidad”. La frase ocupaba el lugar principal de la tapa, aunque en esa misma página también se informaba que el Parlamento había sido disuelto y que el derecho de huelga quedaba suspendido temporariamente. La contradicción resultaba evidente: mientras se hablaba de normalidad, se enumeraban medidas que implicaban la suspensión de derechos políticos y sindicales básicos.

Tapa de Clarín 25 de marzo de 1976.
Tapa de Clarín 25 de marzo de 1976.

El diario también difundía los primeros comunicados de la Junta Militar, en los que se anunciaban medidas antisubversivas, la represión de manifestaciones públicas, la posibilidad de dar de baja a empleados estatales y controles estrictos sobre la tenencia de armas o explosivos. Asimismo, se informaba que extranjeros vinculados con actividades consideradas subversivas podían ser expulsados del país y que comenzaban a registrarse detenciones en distintas provincias del interior. En paralelo, Clarín destacaba que la Junta Militar había sido rápidamente reconocida por varios países (32 según consignaba el propio diario) y describía el golpe como la culminación de “un largo proceso” que, según la narrativa dominante, no había tomado por sorpresa a la sociedad debido a la escalada de violencia política y a la llamada “lucha contra la subversión”.

En La Capital de Mar del Plata, el enfoque también se inscribía en ese clima interpretativo, aunque con referencias directas a episodios locales de violencia. En la edición del 25 de marzo, el diario informó sobre el hallazgo del cuerpo de María Cristina Maggi, decana de la Facultad de Humanidades de la entonces universidad católica de Mar del Plata y militante vinculada a organizaciones políticas que había sido secuestrada en mayo de 1975 y cuyo asesinato fue atribuido por las investigaciones posteriores a grupos parapoliciales vinculados a la represión ilegal que ya operaba antes del golpe. En la cobertura de entonces, el caso aparecía presentado dentro del clima general de violencia política que atravesaba al país, sin que se identificara con claridad a los responsables. La noticia se insertaba en un contexto en el que los diarios venían relatando una sucesión de hechos violentos tanto a nivel nacional como local. En las semanas previas se habían publicado notas sobre el asesinato del ex gobernador salteño Miguel Ragone, secuestrado y desaparecido en marzo de 1976; el asesinato del dirigente sindical Atilio Santillán en Tucumán; y distintos atentados atribuidos a organizaciones armadas. También se informaba sobre el ataque con explosivos al Comando del Ejército, que dejó un muerto y decenas de heridos, así como sobre tiroteos y enfrentamientos en distintas ciudades. En Mar del Plata, por ejemplo, La Capital había informado el 14 de marzo que dos jóvenes habían sido ametrallados en la ciudad en un episodio vinculado a la violencia política, aunque la información disponible entonces era confusa sobre las circunstancias del hecho.

Diario La Capital, 17 de marzo de 1976.

Ese conjunto de noticias contribuía a consolidar un clima de crisis permanente. Los diarios hablaban de una “ola de violencia”, publicaban testimonios sobre el accionar de las guerrillas, como el relato de una exmilitante sobre el reclutamiento y adoctrinamiento en organizaciones armadas en Tucumán y relataban operativos y detenciones de “extremistas” en distintas localidades, incluyendo Mar del Plata, Mendoza y San Juan. La Razón llegó a titular días antes del golpe que se vivían “jornadas decisivas” y habló de un Congreso “en catalepsia”, mientras que el 23 de marzo publicó una de las tapas más recordadas de ese período: “Es inminente el final. Todo está dicho”, acompañada por la idea de un “clima de tranquila resignación” frente a los acontecimientos que se aproximaban. En ese marco discursivo, el golpe aparecía para muchos medios como la culminación de un proceso que llevaba semanas construyéndose en las propias páginas de los diarios: un país presentado como atrapado entre crisis económica, violencia política y deterioro institucional, donde la intervención militar se narraba menos como una ruptura que como el desenlace esperado de una situación que parecía no tener salida dentro del orden democrático.

Los personajes del relato

A las palabras las acompañan los protagonistas de un momento histórico bisagra. En las coberturas de aquellos días, el mapa de personajes visibles es bastante acotado y repetitivo. En primer lugar, dominan las figuras vinculadas al conflicto y la violencia política. Los diarios hablan constantemente de “extremistas”, “subversivos” y “guerrilleros”, términos que aparecen como categorías casi intercambiables y que funcionan como explicación central del clima de crisis. Las noticias sobre atentados, secuestros, operativos militares o enfrentamientos armados se apoyan en esas palabras para describir a los responsables. En paralelo, también aparecen los comandantes de las Fuerzas Armadas: Jorge Rafael Videla (Ejército), Emilio Eduardo Massera (Armada) y Orlando Ramón Agosti (Fuerza Aérea). Hasta mediados de marzo, el momento de mayor visibilidad había sido protagonizado por Videla, el 18 diciembre de 1975, cuando desde Venezuela envió un radiograma críptico en el que reclamó “instituciones responsables que actúen rápidamente en función de las soluciones profundas y patrióticas que la situación exige”. El jefe de la Marina, Massera, suscribió la misma posición. Así, los comandantes aparecieron primero como actores que observan la crisis y luego, tras el golpe, como protagonistas directos del nuevo orden. Las figuras de los comandantes del Ejército, la Armada y Fuerza Aérea pasan rápidamente al centro de las páginas informativas, ya sea a través de comunicados oficiales, anuncios de medidas o descripciones de la nueva estructura de poder que se estaba instalando.

En el plano político, otro de los sujetos que aparece con frecuencia es Ricardo Balbín, presentado en muchas coberturas como una de las últimas figuras que intentaba sostener una salida institucional. Los diarios registran con atención las reuniones de la Multipartidaria, encabezadas por el dirigente radical junto con referentes de otros partidos, que buscaban una negociación política capaz de evitar el colapso del sistema democrático. Los titulares hablan de “dramáticos llamados a la unidad” y de intentos desesperados por alcanzar algún tipo de acuerdo parlamentario, aunque esas expectativas parecen ir perdiendo fuerza con el paso de los días.

En paralelo, también se repite la figura de Emilio Mondelli, ministro de Economía de Isabel Perón, quien protagoniza anuncios de medidas económicas destinadas a enfrentar la inflación, la especulación y la crisis productiva. Sus intervenciones ocupan un lugar importante en las páginas de economía y política, junto con referencias constantes al Fondo Monetario Internacional, que ya entonces aparecía como un actor relevante en las discusiones sobre la situación financiera del país.

Lo que resulta llamativo, en contraste, es la escasa presencia de otros actores sociales. En esas páginas casi no aparecen el pueblo, los jóvenes, la comunidad académica o los intelectuales como sujetos activos del debate público. Tampoco hay demasiadas voces de la sociedad civil que discutan el rumbo político del país.

Incluso, en las dos semanas previas al golpe, la mención a la presidenta Isabel Martinez de Perón es casi nula. Aparece en los anuncios de comunicados y detalles de reuniones con dirigentes, pero su voz no aparece como una voz autorizada. En La Capital, de hecho, llegaron a titular “la señora de Perón” para referirse a la máxima mandataria de la Nación.

La agenda está dominada por militares, dirigentes políticos, funcionarios, sindicalistas y protagonistas de los conflictos armados. Los sindicalistas, de hecho, aparecen con frecuencia en relación con huelgas, disputas gremiales o episodios de violencia política, como el asesinato del dirigente azucarero Atilio Santillán en Tucumán. En conjunto, el retrato que construyen los diarios es el de un país donde las decisiones y los conflictos parecen concentrarse en un puñado de actores institucionales y armados, mientras que la sociedad aparece más como escenario de los acontecimientos que como protagonista de ellos.

Perlitas de archivo

Revisar los diarios de aquellos días también deja algunas perlitas que llaman la atención con el paso del tiempo. Una de ellas es la presencia de propaganda institucional con el lema “No estás solo”, difundida en avisos que buscaban transmitir cercanía entre las Fuerzas Armadas y la población. La frase aparecía en páginas donde no siempre quedaba claro quién financiaba o firmaba el mensaje. Era propaganda, aunque muchas veces sin autor visible. “El pueblo te respalda”, “saber de qué lado está la verdad lo hace más fácil”, algunas de las sentencias. En retrospectiva, esos avisos funcionan como pequeñas pistas de la estrategia comunicacional que acompañó al nuevo régimen.

Otra curiosidad surge al recorrer las páginas internacionales. Mientras Argentina atravesaba una crisis política que desembocaría en el golpe, los diarios hablaban de conflictos que siguen siendo parte de la agenda global. El enfrentamiento entre Israel y Palestina ocupaba titulares y análisis, y también aparecían notas sobre la influencia de Estados Unidos en distintos escenarios internacionales, con referencias a su confrontación con Cuba, como ejemplo principal. Leer esas páginas hoy produce una sensación extraña: algunas discusiones parecen pertenecer a otro mundo, pero otras podrían formar parte de cualquier diario actual.

Y, entre todo eso, la vida cotidiana seguía su curso. En las mismas páginas donde se hablaba de ola de violencia, atentados o crisis institucional, los diarios anunciaban estrenos de cine, funciones de teatro, avisos comerciales o promociones de electrodomésticos. La historia grande convivía con lo cotidiano. Como suele ocurrir siempre: mientras el país se acercaba a uno de los momentos más oscuros de su historia, la vida, al menos en las páginas del diario, continuaba avanzando como si nada.

Lo que queda cuando cierra el diario

Leer diarios de hace cincuenta años no sólo sirve como un ejercicio de reflexión lingüística y análisis periodístico. Sirve fundamentalmente para hacernos preguntas: ¿qué construimos con las palabras? ¿Qué rol cumplen los medios de comunicación al reflejar sucesos históricos? ¿Quiénes tienen el verdadero poder de la interpretación y lectura de la realidad? ¿Los medios? ¿Las redes sociales? ¿Qué personajes y hechos se repiten? ¿Qué personajes faltan? ¿Qué se dice? ¿Qué se calla?

Se abre también otro interrogante: ¿cómo se construye la memoria de un país? Espero que únicamente con el registro de los medios, no. 

En estos párrafos analizamos las semanas previas al golpe en los medios. Pero después, y ya no tan reflejado en los diarios, pasaron otras cosas. 

En 1977, a poco más de un año del golpe de Estado, nace la agrupación Madres de Plaza de Mayo. En plena dictadura, en pleno silencio generalizado. Dos años más tarde, en 1979, en plena conferencia de prensa, el dictador Rafael Videla reconoce por primera vez la existencia de “desaparecidos”, aunque lo hace desde negación, la ambigüedad y la crueldad. “Son una incógnita, no tienen entidad, no están ni vivos ni muertos”, fue su respuesta ante la valiente pregunta del periodista Ignacio López. 

En los medios nacionales, mientras tanto, poco y nada. 

No fue hasta la vuelta de la democracia, en 1983, que comenzó a dimensionarse públicamente el alcance del terrorismo de Estado: los testimonios de las victimas, la creación de la CONADEP y el informe Nunca Más comenzaron a reconstruir el horror de los últimos años. 

Reconstrucción que sigue hasta hoy. El 11 de marzo de 2026, en la ciudad de Córdoba, se encontraron restos óseos de 12 personas. El hallazgo tuvo lugar en el predio La Perla, donde funcionó uno de los principales centros clandestinos de la provincia durante la dictadura. 

Leer los diarios de hace cincuenta años produce una sensación extraña. No es el polvo ni el amarillento de sus hojas. Es saber lo que se viene. Es reconocer, entre líneas, lo que no se dice. Y también lo que, incluso en su forma más evidente, no se quiere ver. 

Leer esos diarios me vuelve al presente. Y entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿qué no estaremos diciendo hoy? ¿Qué no estaremos viendo? 

 

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