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marzo 24, 2026
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Creer en qué: catolicismo y política marplatense durante los 70

La Iglesia católica atravesaba importantes discusiones internas cuando los militares tomaron el gobierno en 1976. En Mar del Plata, así como en otras partes de Argentina, esas discusiones condicionaron el modo en el que sus miembros percibieron el golpe de Estado.

Por Camila Spoleti


Osvaldo Storch escuchó la noticia en la radio, a bordo del 531. Tenía 22 años, estudiaba Ingeniería, carrera que años después abandonaría para volcarse a la Licenciatura en Química, y militaba en la Iglesia dentro del Movimiento Juvenil Diocesano desde sus inicios. Cuando se enteró de que las Fuerzas Armadas habían destituido al gobierno de María Estela Martinez de Peron, estaba en el colectivo. Volvían, con un amigo, desde el centro de la ciudad hasta la casa de este. A medida que oían, recuerda, se agarraban la cabeza.

Daniel Di Bártolo estudiaba Historia. Ese año, sin embargo, no podría continuar sus estudios. Tenía 20 y le tocaba hacer el servicio militar obligatorio. Podría haber pedido una prórroga, pero había preferido sacárselo de encima lo antes posible para, después sí, terminar tranquilo la carrera y casarse con su novia. Cuando se enteró de la noticia estaba en su casa. Recuerda haber discutido con sus padres, por posturas políticas disímiles, y recuerda también haber sentido miedo. El ingreso al servicio militar, originalmente previsto para marzo, había sido postergado para el mes de abril. Usualmente, a quienes en el sorteo les salía un número menor al 300, “se salvaban”. Su número era el 094. Ese año entraron hasta el 035.

El 24 de marzo de 1976 fue miércoles. En Mar del Plata, hacía tan solo dos días que habían iniciado las clases. Daniel Climente, hoy párroco en San Juan Bautista, tenía entonces 16 años y esa mañana había ido a la escuela. Cursaba el anteúltimo año de su educación secundaria en el colegio Peralta Ramos y hacía algún tiempo había comenzado a participar del Movimiento Juvenil Diocesano de Mar del Plata.

Ese día, en la escuela, nadie dijo nada. Daniel Climente se enteró de la noticia al mediodía, cuando llegó a su casa y conversó con su familia. Para sus padres, como para gran parte de la sociedad argentina, el golpe fue un alivio. No el golpe en cuanto a golpe, sino la promesa de orden con la que este se presentaba. Lo que se venía oyendo y leyendo en los medios era que la situación no daba para más. Sin saber la brutal represión que implicaría y el plan económico que se buscaba instalar, la pérdida de la democracia —interpretada, además, casi como habitual en la historia Argentina— fue considerada por muchas personas un mal menor. Hubo también, por supuesto, quienes a sabiendas de que el modelo de país que buscaba instalar la junta militar los beneficiaría, celebraron la noticia. Estuvieron, a su vez, los que desde el primer momento comprendieron la gravedad de lo que estaba sucediendo. Daniel, a quien la participación en el movimiento había dotado de otra perspectiva, sostuvo frente a aquella promesa de orden, en principio, ciertas sospechas. “Y después se fue haciendo la noche”, dice hoy.

El Movimiento Juvenil Diocesano

El Movimiento Juvenil Diocesano (MJD) había comenzado a tomar forma a finales de los años sesenta, en coincidencia con la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Dicho evento tuvo lugar entre el 24 de agosto y el 6 de septiembre de 1968 en Medellín, Colombia, y consistió en un encuentro de obispos latinoamericanos destinado a pensar cómo llevar a la realidad del continente las ideas de renovación de la Iglesia planteadas en el Concilio Vaticano II. A su vez, en 1969, el episcopado argentino produjo el llamado documento de San Miguel, delineando la adecuación de aquellas definiciones al escenario nacional. En un contexto de importantes procesos y convulsiones políticas a nivel global, regional y nacional, la Iglesia discutía —también en esas tres escalas— su lugar en la sociedad.

En Mar del Plata, ese espíritu de transformación —que hacía especial énfasis en la idea de la construcción de la justicia para alcanzar la paz y el desarrollo integral de los pueblos— fue impulsado fuertemente por el obispo Eduardo Pironio. Durante su obispado, entre 1964 y 1975, Pironio promovió una Iglesia con especial atención a los jóvenes y los sectores de mayor vulnerabilidad económica, teniendo un rol clave en la conformación del Movimiento Juvenil Diocesano.

En el colegio Peralta Ramos, los integrantes de aquel movimiento no eran muy bien mirados. “Medio que nos trataban de comunistas”, dice Climente. Poco tenía que ver esa sospecha con la realidad. La búsqueda de los estudiantes del Movimiento Juvenil Diocesano apuntaba a lograr mayor participación de los alumnos en las escuelas a partir de la creación de centros de estudiantes, además del trabajo social que realizaban en barrios populares. Sin embargo, en aquella época, la operación de asociar al comunismo todo modo de actuar y opinar orientado a reducir las desigualdades de la sociedad, era habitual. Este procedimiento, junto con la narrativa que sostenía que el comunismo era un mal inaceptable, derivó primero en la descalificación de todo sector comprometido con lo social y luego en la legitimación de su persecución.

En ese contexto sucedió el secuestro y asesinato de María del Carmen “Coca” Maggi perpetrados por miembros de la Concentración Nacional Universitaria en 1975, durante las discusiones por la gratuidad y unificación de la Universidad Católica “Stella Maris” con la Universidad Provincial de Mar del Plata para su posterior nacionalización. El obispo Pironio, por su parte, cercano a Maggi y también impulsor de aquella unificación, fue tildado de comunista, Montonero, y recibió amenazas e intimidaciones.

Conferencia de prensa de Eduardo Pironio por la de desaparición de «Coca» Maggi.

Las discusiones religiosas

En aquel momento, las discusiones al interior de la Iglesia pasaban, principalmente, por un contrapunto entre dos posturas. Por un lado, los movimientos del cristianismo liberacionista, corriente alineada con el Concilio Vaticano II y los Documentos de Medellín, en los que se impulsaba un acercamiento de la fe a la preocupación por las condiciones materiales de vida de las personas y el respeto a la diversidad de creencias (entre otros puntos); y por otro lado, los sectores integristas, que se oponían a la evolución de la Iglesia a partir del entendimiento de esta como sociedad perfecta con sus propios fines, el desprecio por el mundo terrenal (por ser reino de pecado) y la consideración de un “Estado católico” como horizonte deseable.

A partir de las conferencias ya mencionadas, la corriente liberacionista pasó a ser la mayoritaria. Sin embargo, no dejó de haber resistencia a los cambios que planteaba, fundamentada principalmente en el rechazo a la coincidencia de sus propósitos con los de algunos proyectos políticos.

Catolicismo y política de transformación social

Daniel Di Bártolo, recientemente elegido presidente del Partido Justicialista local, sostiene: “El hecho de venir de sectores comprometidos a nivel juvenil e ir a trabajar a sectores populares, en muchos de nosotros despertó el acercamiento al peronismo”.

“En ese momento, en ese contexto histórico, comprometerse con la fe significaba transformar la realidad. O sea, desde la comprensión de una fe no privada, no de capilla, no de adentro de la sacristía sino, como decía el Papa Francisco, una vida de compromiso con nuestro pueblo y de transformación de la realidad. Y la herramienta que nosotros conseguimos para transformar esa realidad es justamente la política”, explica y añade: “En general, los jóvenes en ese momento tuvimos una fuerte politización, producto del tiempo histórico”.

Di Bártolo había ido al Colegio Don Bosco, que era dirigido por miembros de la Congregación Salesiana. Su acercamiento al Movimiento Juvenil Diocesano tuvo que ver en gran parte con ello. Los salesianos, interesados en trabajar en la Pastoral Juvenil más allá de los límites del colegio, fueron también impulsores del Movimiento Juvenil Diocesano, colaborando con la creación de La Casa de los Jóvenes, espacio puesto a disposición para actividades del movimiento: retiros, cursos y convivencias. Allí estuvo en 1974 el padre Carlos Mugica —asesinado el 11 de mayo de ese año—, figura emblemática del cristianismo con compromiso social y político y, particularmente, de la defensa del vínculo entre acción cristiana y peronismo.

Año 75, Curso de Promoción en la Casa de los Jóvenes inspirados en Pironio, San Francisco de Asís y Carlos Mugica.

“Nosotros, a partir de nuestro compromiso cristiano, a partir de nuestro compromiso de la fe y de la inserción barrial, descubrimos que nuestro pueblo sencillo, nuestro pueblo humilde era peronista. Para decirte un caso: íbamos con la imagen de la Virgen y resulta que cuando nos poníamos a tomar mate y a charlar, esa gente era peronista”, cuenta Di Bártolo. Aclara que el compromiso que predicaba la Iglesia entendida de aquel modo no tenía relación directa con el peronismo, sino que se trataba más bien de puntos en común entre ambos idearios: “La Iglesia como tal, los curas, las monjas, los obispos, más vale que no se pronunciaban directamente por un partido político. Salvo algunos, como el caso de Mugica. Pironio nunca dijo: ‘Yo soy peronista’. Pero alentaba en su prédica un compromiso de transformación. Y la transformación, en ese momento, con todas las contradicciones que había en el peronismo, pasaba por ahí. O sea, en ese contexto histórico el cambio de alguna manera estaba vinculado a un peronismo que era distinto del primer peronismo y del peronismo de la resistencia”.

“Éramos afines al peronismo de izquierda. Era lo que más se adaptaba a donde estábamos nosotros”, sostiene Osvaldo Storch. Di Bártolo matiza: “No lo llamaría peronismo de izquierda, yo lo llamaría amplio campo nacional y popular, porque también hubo radicales. A veces el antiperonismo que venía en algunos jóvenes de su familia hizo que, bueno, por ahí no se hicieran peronistas, pero sí trabajaran en ese campo”.

Climente, por su parte, señala el hecho de que, en tanto movimiento, el MJD no implicaba una línea de acción unificada, sino un conjunto de ideas con las que sus integrantes coincidían, lo cual admitía que en él se encontraran personas de diversas posturas políticas. “Hubo algunos que estuvieron en Montoneros o en otras corrientes de peronismo, o del radicalismo, como en Franja Morada, que hacían las dos cosas: militaban y también estaban en la Iglesia. Otros no, otros solamente militaban en la Iglesia”, explica.

Catolicismo y política conservadora

A Daniel Di Bártolo le tocó hacer el servicio militar en el Grupo de Artillería de Defensa Aérea 601. Lo primero que recuerda haber vivido en el servicio militar es el período de instrucción. “Eran dos meses, más o menos, donde no te dejaban salir y los que estaban a cargo en ese momento te bajaban línea”, cuenta. “Ta, ta, ta”, dice y da golpecitos sobre la mesa con el canto de la mano, en un gesto que grafica ese proceder: repetir una idea hasta que entre. Sobre el contenido de aquella instrucción, resume: “Hablaban de la civilización occidental y cristiana, los subversivos, el comunismo, los ataques a la patria, te bajaban línea y línea y línea, que para mí en lo personal significaban una angustia terrible porque, obviamente, yo pensaba distinto”.

El cristianismo fue central en la narrativa de las Fuerzas Armadas. Un cristianismo distinto al que se pensaba en los espacios en los que Di Bártolo, Storch y Climente participaban. Gabriela Quiriti, licenciada en Historia y becaria doctoral de CONICET especializada en la relación entre la diócesis de Mar del Plata, la sociedad y la política entre 1975 y 1983, explica: “En primer lugar, vos tenés una cuestión histórica en la Argentina que es que hay vínculos muy fuertes entre la Iglesia y las Fuerzas Armadas desde, por lo menos, la década del 30 en adelante. En los sucesivos golpes de Estado hay presencia de la Iglesia y además hay todo un entramado de relaciones donde los militares se forman en la cultura cristiana. Los cursos que se dan dentro la formación militar tiene una fuerte impronta de este cristianismo integrista que pretende una separación entre el pensamiento religioso y lo terrenal”.

Para ese sector, las corrientes liberacionistas consistían en “una tergiversación del mensaje del cristianismo». “Ellos hablan de una infiltración marxista. Entonces la pretensión de ellos es purificar de alguna manera la Iglesia, eliminando a estos sectores más progresistas”, señala Quiriti. “En Mar del Plata, la representación que tienen los sectores integristas es a través principalmente del Vicariato Castrense, que eran los capellanes que estaban en las bases militares”, indica. Entre sus actividades estaban las ceremonias religiosas y administración de los sacramentos al interior de las unidades militares, pero también, la confesión de los miembros del ejército, mediante la cuales se enteraban de primera mano las vejaciones a los derechos humanos que estos cometían durante la dictadura. Además, fue a través de ellos que fue posible el diálogo entre el obispado y las autoridades de las Fuerzas Armadas.

Los matices

En la Diócesis de Mar del Plata, la tendencia general tenía más que ver con el liberacionismo. En 1976 el obispo era Rómulo García, quien asumió en febrero de ese año como sucesor de Pironio, que se había trasladado a Roma tras ser nombrado Prefecto de vida consagrada y sociedades de vida apostólica por el papa Pablo VI. “García en sus primeras homilías se ocupa de destacar que, si bien él retoma el trabajo de Pironio y lo menciona elogiosamente, el compromiso va a ser por el lado de lo religioso y no por el lado tanto de lo político, de lo social. Plantea una mirada hacia el futuro intentando de alguna manera poner paños fríos sobre todo lo que había sido el clima de radicalización en la Diócesis, muy vinculado con lo que había pasado en la universidad”, explica Gabriela Quiriti.

Rómulo García es recordado por los exintegrantes del Movimiento Juvenil Diocesano como un protector. No solo colaboró con que el movimiento pudiera seguir desarrollando sus actividades durante la dictadura, sino que también trabajó para impedir la persecución de aquellos miembros que eran perseguidos por su militancia en otros espacios.

“Rómulo no estaba, digamos, tanto en la línea de la pastoral popular, pero sí en la línea del Concilio. Él escondió chicos del movimiento juvenil que los buscaban. Iba con la lista al GADA, a pedir ‘estos son nuestros’. Tenemos testimonio de que volvía llorando de allá”, recuerda Climente.

“En la época que estuvo el coronel Barda en el GADA 601, tuvimos dos reuniones porque quería saber qué hacíamos en los barrios. Y el obispo de aquel momento, que era Rómulo García, nos bancó. Nos bancó a muerte”, sostiene Storch.

Di Bártolo recuerda una de esas reuniones como una gestión de Rómulo para contrarrestar los ataques sobre el campo propio. “Fuimos con él a verlo al general. Yo estaba con el uniforme. Para mí significó algo complejo, porque eran mis jefes dentro del servicio militar. Nosotros estábamos muy preocupados porque estaban persiguiendo gente. Gente allegada, catequistas, parroquias. La Casa de los Jóvenes fue allanada tres veces. Ese diálogo se gestó porque nosotros necesitábamos resolver ese problema y aclarar cuál era nuestra postura. ‘Sí, bueno padre, nosotros somos occidentales y cristianos y perseguimos a los subversivos, ustedes están cerca de los subversivos’, decían ellos. No cambió absolutamente nada”, cuenta.

La defensa de los propios no implicaba necesariamente un compromiso acérrimo con los derechos humanos, algo que se dio en casos muy particulares. “El entendimiento básico es que hay una Iglesia cómplice y hay una Iglesia perseguida. Eso después se empezó a matizar”, explica Quiriti. “La Iglesia tenía sus canales de comunicación con el gobierno militar, lo legitimó en ciertos sentidos, pero también hubo un montón de expresiones de descontento a lo largo de la dictadura”, indica.

En Mar del Plata, cuenta, no hubo intervenciones directas de parroquias o colegios religiosos por parte de las Fuerzas Armadas —como sí sucedió en otras ciudades—, sino que el obispado mantuvo un buen diálogo con las fuerzas a través de los capellanes castrenses. Esto permitió que, en muchos casos, la Iglesia funcionara como contención de la represión, indica la historiadora, y menciona como ejemplo vigilias y marchas organizadas por el MJD, y manifestaciones como la de San Cayetano, que permitían articular reclamos sociales durante la dictadura.

Memoria

Pasados los dos meses de instrucción, la modalidad del servicio militar cambiaba. Los conscriptos tenían días francos, en los que podían regresar a sus casas. En una de esas ocasiones, durante la madrugada, un grupo de militares entró a la casa de Di Bártolo acusándolo de desertor. Se lo llevaron a la sede del GADA 601, donde lo interrogaron durante varias horas sobre su relación con los sacerdotes del tercer mundo. “No pasó nada más gracias a Dios”, dice, aunque recuerda el miedo. “Salvé mi vida”, dice y añade: “Y cargué en mi conciencia el por qué yo, y otros no”.

El Grupo de Artillería de Defensa Aérea 601 fue la comandancia represiva de la Subzona 15 (Partidos de General Lavalle, General Juan Madariaga, Mar Chiquita, Balcarce, General Alvarado, General Pueyrredón, Lobería, Necochea, San Cayetano). Funcionó también como centro clandestino de detención. Pasaron por él Adrián Ismael Mansilla, Ana Lía Delfina Magliaro, Arístides Oscar Mansilla, Camilo Alves, Carlos Noriega Anta, Guillermo Alberto Gómez, José María Musmeci, Juan Jacinto Burgos, Julio Alberto Mansilla, León Funes, Miguel Ángel Cirelli, Oscar Raul Orazi, Rafael Adolfo Molina y Raúl Rubén Mansilla.

Fuente: https://www.argentina.gob.ar/derechoshumanos/ANM/rutve/mapas

En Mar del Plata fueron identificados 16 centros clandestinos de detención utilizados durante el terrorismo de Estado ejercido entre 1976 y 1983. El archivo del Faro de la Memoria recuerda y homenajea a quienes fueron desaparecidos en nuestra ciudad durante aquel periodo, en un trabajo de memoria colectivo, construido necesariamente con el aporte de toda la sociedad, que puede hacerse mediante el siguiente correo electrónico: archivofarodelamemoria@gmail.com. Seguir construyendo memoria es fundamental para poder decirle a la persecución ideológica, a la tortura, a la represión, a la privación ilegítima de la libertad, a la apropiación de niños y niñas, a la interrupción de la democracia, al terror: Nunca Más.

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