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Mar del Plata, AR
marzo 25, 2026

La memoria también tiene forma de abrazo

A 50 años del golpe de Estado de 1976, una multitud estimada en cerca de 100.000 personas marchó por el centro de Mar del Plata en una movilización histórica que unificó a organismos de derechos humanos, organizaciones sociales, sindicatos y vecinos. La crónica de una jornada atravesada por la memoria, las generaciones que se encuentran en la calle y los abrazos como gesto colectivo frente al dolor y el paso del tiempo.

Por Juan Salas
y Simón Tello – Iluminar la oscuridad con arte


Primero fueron los abrazos.

Abrazos largos, demorados, de esos en los que el cuerpo se queda un segundo más de lo habitual. Como si soltar fuera volver a la intemperie.

—¡Qué lindo verte!
—Pero qué hermoso estás.

Se dicen dos que se encuentran en Luro y San Luis, mientras los brazos rodean hombros y espaldas, mientras alguien aprieta fuerte y otro responde igual. Porque a veces el abrazo es eso: una manera de que el dolor se reparta entre dos cuerpos y pese un poco menos.

En Mar del Plata, a cincuenta años del golpe de Estado de 1976, la memoria también tuvo forma de abrazo.

Desde temprano la avenida Luro empezó a poblarse de pañuelos blancos, banderas y carteles con los rostros de desaparecidos. También de bombos de sindicatos, familias completas, grupos de estudiantes, vendedores ambulantes y remeras de Maradona (que falta hacés siempre, Diego) .

La marcha por los 50 años del golpe de Estado terminó convirtiéndose en una de las movilizaciones más grandes de los últimos tiempos en la ciudad: unas 25 cuadras y, según los organismos de derechos humanos, cerca de 100.000 personas caminaron por el centro marplatense.

Esta vez no hubo divisiones ni actos paralelos. La marcha fue una sola, sin internas entre organizaciones políticas o sociales. El momento histórico superó cualquier diferencia.

***

Dos jubiladas se reconocen entre la multitud en la esquina de Luro y San Luis. Se miran con atención, como si necesitaran confirmar que no están confundiendo el rostro. Después sonríen.

—Gracias por venir —dice una.

—Gracias a vos —responde la otra.

Se abrazan con cuidado, apoyando las manos en la espalda de la otra, pero sin soltarse rápido. En ese gesto hay décadas: miedo, sobrevivientes, ausencias que siguen presentes.

***

Foto Diego Izquierdo.

La marcha comenzó a moverse cerca de las 16 desde Luro y Córdoba.

Al frente avanzaban dos columnas. En una caminaban las Madres de Plaza de Mayo, con Irene Molinari entre ellas. En la otra, una enorme bandera con la consigna “50 años no son cuento” era encabezada por Emilce Flores Casado, Abuela de Plaza de Mayo.

Emilce tiene casi 90 años. Caminó los primeros cien metros y luego siguió el recorrido desde un vehículo. En 2008 pudo identificar a su nieta, nacida en cautiverio y apropiada tras el secuestro y asesinato de su hija Olga en 1977.

Detrás avanzaba otra bandera inmensa con los rostros de desaparecidos. La sostenían familiares y sobrevivientes del terrorismo de Estado.

Vista desde arriba, parecía la columna vertebral de la marcha.

Foto Diego Izquierdo.
Foto Diego Izquierdo.

***

Un hombre de unos 50 años se encuentra con un adolescente, a quien parece conocer desde que nació.

—¿La familia también vino?

—Vienen en un rato, obvio.

Se abrazan rápido. El hombre le da al pibe dos palmadas en la espalda. Es una señal de orgullo, por sentir que está en el lugar que tiene que estar. 

Iluminar la oscuridad con arte

Mariana Oliva tenía cinco meses el 5 de agosto de 1976 cuando secuestraron a sus
padres en una casa en la calle San Luis, donde Alberto Pellegrini los escondía. Fue trasladada a los pocos días a la Provincia de Corrientes, donde se crió con sus abuelos.

En octubre del año pasado, Mariana declaró en el juicio Subzona 15 III y exhibió los dibujos que su mamá hacía en cautiverio. En Mar del Plata, se alojó en la casa de Alberto Pellegrini porque quería quedarse “en el último lugar donde su mamá le dio la teta”.

Para los 50 años del golpe de Estado volvió a la ciudad, pero esta vez acompañada de su pareja y sus cinco hijos. Se hospedaron en la misma vivienda de la calle San Luis. “Me sacaron de acá, no fui apropiada, pero tuve que irme en una situación horrible y volver en este 24 de marzo es para que vean que los destrozaron a mis viejos, pero conmigo no pudieron”, comentó Mariana y enfatizó que para ella “es una revancha”.

Mariana Oliva junto a su familia. (Foto Diego Izquierdo)
Mariana Oliva junto a su familia. (Foto Diego Izquierdo)

Por la mañana participó del acto conmemorativo organizado por el Hospital Materno Infantil en el monumento “Abrazos Sanadores” en el frente del edificio sobre calle Castelli. Allí se hizo presente con su familia, los siete con remeras con los dibujos de su mamá y detallado el parentesco con Martinelli y Oliva. Los varones con la imagen de Carlos Oliva, las más chicas con la de Susana Martinelli y Mariana con ella misma, dibujada en una cuna con duendes alrededor.

Los dibujos de su madre fueron esenciales para reconstruir la memoria en los juicios. El arte tiene un rol clave en la sociedad, es sanador y revitalizante. Mariana tiene su historia ligada al arte: es diseñadora gráfica y lleva adelante un proyecto de investigación y arte llamado “Luciérnagas” y lo describe como “el desafío de reconstruir una vida interrumpida”.

—¿Qué rol cumple el arte en la construcción de la memoria?
— Totalmente sanador y necesario también. Yo creo que por medio del arte podemos iluminar esa oscuridad tan terrible, tan atroz, tan penetrante del momento y también otorgar destellos de luz. Por eso “Luciérnagas”, porque yo como hija cuando intento acercarme y reconstruir no veo una película completa, voy viendo escenas que voy uniendo que por más que yo intente darle continuidad siempre van a ser fragmentos, como los destellos de las luciérnagas.

Marcharon los siete, de la mano y con carteles. Las personas se acercaban a saludarla con un beso y un abrazo e incluso algunos se asombraban al ver lo grandes que estaban sus hijos. Entre besos y abrazos, la emoción se notó a flor de piel. “Recibí el cariño de los marplatenses y me empiezo a sentir un poco de acá”.

Los niños ya son adolescentes menos uno, Franco, el más chiquito de los cinco. “Uno de los agujeros más importantes que tengo es no poder compartir con mis hijos de sus abuelos, ellos lo tienen naturalizado porque nunca los tuvieron, pero a Franco el otro día le explicaba por qué vinimos a Mar del Plata a modo de cuento porque tiene 6 años y me contaba lo que le decían sus compañeros del colegio que tenían muchos tíos y muchos abuelos y ese si, ese es un agujero que no se puede cubrir”, contó Mariana y agregó: “Es
importante que ellos vayan cobrando conciencia de lo que pasó y es mi manera de educarlos en la reconstrucción de la memoria”.

—¿Este nivel de movilización es un mensaje para el gobierno de Milei?
—Es un mensaje para todos los que piensan como Milei, para los milicos y para el Gobierno. Yo creo que por más negacionista que seas no podés ocultarlo. Creo que no hace falta combatir el negacionismo porque no se puede poner en dudas. Sin dudas es un mensaje y ojalá lo reciban pronto, porque estamos necesitando que se vayan.

***

El recorrido atravesó buena parte del centro: Luro hasta Buenos Aires, luego Colón, Independencia y nuevamente Luro y San Luis, donde esperaba el escenario para un festival que cerraría la jornada.

La columna avanzó lentamente entre bombos, canciones y aplausos. A lo largo de las cuadras se mezclaban generaciones muy distintas: personas mayores que vivieron la dictadura en carne propia, adultos que crecieron escuchando esas historias en sus casas y jóvenes que nacieron décadas después, en democracia, pero igual eligieron estar ahí.

Todos caminaban por lo mismo.

Para que la memoria no se apague.

***

A unas cuadras, en la marcha dos hombres de unos cuarenta años se cruzan de repente. Se miran con sorpresa.

—¡Eh!

Se ríen y se abrazan fuerte, de esos abrazos que hacen crujir las costillas. No dicen mucho más, ya dijeron todo, fue una reunión que resume una vida entera de pelear por lo mismo.

***

Durante la tarde también hubo actividades culturales y propuestas colectivas como biodanza, pensadas como formas de encuentro y reparación.

Pero el centro de la jornada fue el documento leído por los organismos de derechos humanos, que no sólo miró hacia el pasado sino también hacia el presente. Allí advirtieron sobre el deterioro del trabajo, la concentración económica, el debilitamiento de políticas públicas y el crecimiento de discursos negacionistas que intentan relativizar el terrorismo de Estado.

“Sabemos que la memoria es siempre un territorio de disputa”, señalaron.

Y reafirmaron que recordar no es sólo un acto sobre el pasado, sino una forma de defender la democracia en el presente.

***

La tarde empezaba a caer cuando las últimas columnas llegaban al escenario.

Todavía quedaban abrazos.

Abrazos con lágrimas.
Abrazos en silencio.
Abrazos con memoria.

Abrazos para que quienes no están permanezcan en la memoria.

Abrazos para que el presente duela un poco menos.

Abrazos para que el futuro no nos encuentre solos.

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