El actor presenta en Mar del Plata el unipersonal Paraíso, una obra que interpela la masculinidad y las transformaciones personales. Al mismo tiempo continúa en cartelera con Nene Revancha, la película de Gonzalo Demaría que lo desafió a construir uno de los personajes más complejos de su carrera.
Por Alejandra Bertolami
Uno de los actores más versátiles y apasionados del teatro y el cine argentino continúa dejando su marca en cada proyecto que emprende. Con más de dos décadas de carrera, Luciano Cáceres ha construido personajes complejos, intensos y profundamente humanos, explorando desde la introspección más delicada hasta la épica más contundente.
Cáceres se encuentra en Mar del Plata presentando Paraíso hasta el domingo en Chauvin, un unipersonal que interpela la masculinidad y la transformación personal, y que refleja su constante búsqueda de desafíos y nuevas emociones sobre el escenario. Al mismo tiempo, continúa en cartelera con Nene Revancha, película de Gonzalo Demaría que lo atrapó por su épica, su riqueza cultural y la complejidad de su personaje.
Desde sus primeros pasos en el teatro, pasando por obras que lo llevaron a explorar mundos rurales y urbanos, hasta su consolidación en cine y teatro de autor, Cáceres ha mantenido la curiosidad y la entrega que lo definen. Para él, ser actor no es solo un oficio: es un modo de vida, un compromiso con el público y con cada historia que elige contar, siempre dispuesto a sorprenderse y a transformar tanto su trabajo como a quienes lo acompañan en la sala.
—¿Qué te atrajo de Nene Revancha cuando leíste el guion por primera vez?
—Durante la pandemia, el autor y director Gonzalo Demaría me compartió el guion. Yo ya conocía ese universo, porque el segundo acto de la película está vinculado a una obra que él había escrito anteriormente y que me había cautivado. Me atrajo mucho esa épica tan característica de Gonzalo, su enorme bagaje cultural y la forma en que logra trasladar una tragedia a un lenguaje contemporáneo. Además, me interesó especialmente el desafío personal que implicaba el personaje que me tocaba encarnar.
—Tu personaje tiene capas complejas… ¿dónde encontraste la humanidad dentro de sus contradicciones?
—Fue un personaje muy complejo desde la composición: la ceguera, el deterioro físico, el vínculo con el boxeo y el desafío de aprender la técnica de boxeo para personas ciegas. A eso se le suma una carga emocional muy fuerte, atravesada por la culpa y por ese pasado oculto tan grande que había que revelar.
Creo que su humanidad aparece justamente ahí: en la frustración, en el paso del tiempo y en lo vincular. Es alguien que carga con su propia culpa, pero que también la proyecta y la hace sentir en los demás. Es un tipo muy temperamental, muy particular y, sobre todo, profundamente negador, casi castigado por su propia historia. Además, recurrí a ayudas físicas para construirlo: con la colaboración de un amigo, utilicé dos mangueras de aire acondicionado durante gran parte del tiempo en la nariz para ensancharla y desfigurarla, como si estuviera rota. A partir de ahí, fue entregarme por completo a encarnar y narrar todo lo que el rol exigía.
—¿Qué creés que interpela esta historia en el contexto actual?
—Creo que hay algo en los clásicos que ya marcan el camino, y por eso son clásicos. De alguna manera, estas historias épicas se vuelven universales cuando están bien abordadas y traídas a un lenguaje contemporáneo.
En el caso de Nene Revancha, también me interesa su costado de cine de autor: salir de una narración más costumbrista para construir un mundo propio. La película propone una mirada muy particular, donde el cuidado estético —en el arte, la fotografía, la música y el vestuario— termina de consolidar una obra con identidad muy singular.


—En Paraíso ponés en cuestión la masculinidad… ¿Qué incomodidades buscás generar en el espectador?
—La obra interpela directamente a la masculinidad. No busco generar incomodidad en el espectador de manera intencional, pero sí creo que hay situaciones y pasajes que pueden incomodar, en el buen sentido: invitar a la reflexión, a conmoverse y a ponerse en el lugar del otro.
La historia sigue el proceso profundamente personal de Juan Balero, un empresario vinculado al turismo, completamente desconectado de lo emocional. A partir del trasplante del corazón de una trabajadora sexual dominicana, negra, comienza a atravesar una transformación interna. Aparecen nuevos registros, otros sabores, emociones desconocidas, un mundo más sensible y también más ligado a lo femenino.
Ese cruce con otra cultura, con su exuberancia y su carga emocional, lo empuja a reconstruirse, a convertirse en alguien distinto. En definitiva, ese tránsito, ese pasaje hacia un nuevo ser, es el verdadero “paraíso” que propone la obra.
—¿Cómo fue el proceso de construir un unipersonal tan introspectivo?
—Siempre es un trabajo de mucha introspección cuando se trata de un unipersonal, pero al mismo tiempo, más que nunca, implica un fuerte trabajo en equipo. En este caso, además, el proceso dialoga con Muerde: la búsqueda de Paraíso surge en parte a partir de esa experiencia previa.
En Muerde interpretaba a un personaje rural, de pueblo, con un retraso madurativo producto del abandono a los diez años, alguien detenido en el tiempo. A partir de eso, sentí la necesidad de ir hacia otro universo completamente distinto: una obra más urbana, atravesada por la tecnología, por la lógica de la gran ciudad y por la idea de ser uno más dentro de una multitud.
Creo que ambas obras dialogan entre sí, y que los procesos fueron muy arduos en todos los niveles: desde la composición y el estudio, hasta lo emocional y lo físico.
—¿Qué te exige cada obra desde lo físico y lo emocional?
—La exigencia es enorme. Me entrego por completo a los conflictos que plantea cada obra y al trabajo con nuestro director. También hay una entrega total al instrumento, al oficio del actor, para poder sostener y contar una historia tan grande y tan particular, llena de matices y detalles.
A eso se suma un universo multimedia muy potente, que requiere una concentración extrema y una presencia constante. Es un trabajo de mucha intensidad, tanto en lo físico como en lo emocional, donde hay que estar completamente disponible en cada función.
—¿Hay algo en común entre estos dos trabajos, aunque parezcan opuestos?
—Creo que el punto en común, además de que ambos son unipersonales, tiene que ver con la búsqueda de la esencia de cada personaje. También con la intención de invitar al espectador a ponerse en el lugar del otro, a empatizar incluso en contextos extremos.
Ambos trabajos abordan personajes que atraviesan situaciones muy particulares y transformaciones profundas. En ese recorrido, lo que me interesa es poder construir una mirada propia, pero también abrir la posibilidad de aceptar los movimientos del otro, con sus errores y sus aciertos.
—¿Qué significa hoy para vos “ser actor” después de tantos años de carrera?
—Para mí, primero, no es una carrera ni algo por lo que “correr”: es mi medio de vida, lo que me mantiene vivo, tanto emocionalmente como en la acción cotidiana. También tiene un aspecto económico, porque tengo la suerte y el privilegio de poder vivir de lo que siempre soñé ser, de algo para lo que me formé y sigo formándome constantemente.
Ser actor significa todo para mí: me sigue generando ilusión, nervios y ganas de arriesgarme a cosas nuevas todo el tiempo. Es un compromiso que nunca pierde su intensidad y su capacidad de sorprenderme.
—¿Qué desafíos siguen apareciendo, incluso con experiencia?
—Todos los desafíos siguen presentes: revalidar la tarea, mantener viva la llama creativa y estar atento a lo que surge en cada proyecto, ya sea en teatro o cine. En el caso de esta obra, por ejemplo, la fui a buscar y apareció en España, mostrando que siempre hay caminos inesperados.
El desafío constante es mantenerse despierto, alerta, con el cuerpo y la emoción siempre listos, entrenados y “en caliente” para responder a lo que la historia exige en cada momento.
—¿Hay algo que antes te importaba mucho y hoy ya no?
—Creo que en cada etapa de la vida me importan cosas distintas, aunque siempre busco defender el oficio y mantener la ilusión. Seguramente, hay cosas que antes no entendía por ser más joven, y otras que antes no me importaban y que hoy sí, porque ahora reflexiono más sobre ellas. Antes todo era más intuitivo; hoy, en cambio, hay un equilibrio entre la intuición y la conciencia de lo que quiero transmitir y cómo hacerlo.
—¿Cómo ves el momento actual de la industria audiovisual y teatral en Argentina?
—El teatro, el audiovisual, las artes plásticas: todo siempre resiste. Tenemos una usina enorme de creadores en cada región, en cada pueblo, en cada provincia, con apoyo o sin él. La actividad independiente es, sin duda, el gran sostén del movimiento.
Frente a las crisis, seguimos encontrando formas de unirnos y continuar trabajando, porque somos creadores y hacemos arte, pase lo que pase.
—¿Qué tipo de proyectos te interesan hoy y cuáles ya no?
—Me interesan los proyectos que me movilizan e interpelan, que me desafían a arriesgar algo nuevo o a revisar cosas que en el pasado no entendía. Soy muy curioso e inquieto, y me atraen especialmente aquellos proyectos que exploran lo desconocido o que me permiten salir de lo que ya conozco.
—¿Qué te sigue emocionando de este oficio?
—Lo que más me emociona sigue siendo el público. Ese milagro del teatro: que todo sucede en un día y a una hora determinada, y que, sin conocerse, muchas personas se ponen de acuerdo para compartir este ritual tan hermoso.
Además, me sigue movilizando lo que el arte puede despertar: una pregunta, una emoción, un momento de entretenimiento, la posibilidad de vivir un buen momento o inspirar a otros. Tengo el privilegio de haberlo vivido varias veces: personas que me dijeron “te vi actuar y me dieron ganas de empezar a estudiar teatro”. Eso, para mí, es el mayor regalo de este oficio.
