Partiendo de la consideración de toda identidad como algo dinámico, en su libro Argentinos, ¡a las cosas! el escritor lee, en distintos objetos, posibles huellas de la argentinidad.
Por Camila Spoleti
En su último libro de ensayos, Argentinos, ¡a las cosas!, el escritor, docente y crítico literario bahiense Martín Kohan construye veinticinco textos a partir de una misma operación: aplicar procedimientos de lectura propios de la crítica literaria sobre objetos que no son textos. Kohan lee un auto, una ruta, un mural, un vestido y escribe esa lectura. Lo mismo hace con veintiún cosas más. Cosas que, sin ser las más ostensiblemente representativas de aquello que comúnmente se entiende como la identidad argentina, permiten leer en ellas “huellas de lo argentino” y, con ello, discutir la idea de que la argentinidad sea algo ya definido o siquiera definible.
En febrero, Martín Kohan estuvo en Mar del Plata, donde participó del festival MarPlaneta, un espacio de encuentro entre lectores y escritores organizado por la editorial Planeta. Fue en ese entonces que sucedió esta conversación en torno a cómo el libro interviene en la, por suerte, imperecedera discusión sobre lo argentino.
Los argentinos y las cosas
La decisión de leer objetos a partir de las destrezas que provienen de la crítica literaria evoca —como se explicita en la página de agradecimientos de Argentinos, ¡a las cosas!— el trabajo realizado por Roland Barthes en el libro Mitologías, de 1957. En ese texto, el semiólogo francés analiza las significaciones inscriptas en los objetos cotidianos, significaciones que pretenden pasar por naturales pero son, necesariamente, sociales. Sobre la conexión entre la propuesta de Barthes y su propio libro, Kohan sostiene: “El libro fue pensado en relación a tener objetos que fueran cosas concretas, cosas o lugares o figuras, y leerlas como se lee un libro, por un lado. Y, por otro lado, a que ahí donde al menos una zona de la identidad se resuelve en algunas mitologías y ahí donde las mitologías activan un proceso de naturalización, necesariamente, una práctica de lectura crítica toma esos objetos y no va sino a desnaturalizar lo naturalizado y, por lo tanto, a revertir el efecto mitológico. Que no es exactamente desmentir el mito, refutar el mito, sino ver cómo funciona”.
“El mito tiene a su cargo fundamentar, como naturaleza, lo que es intención histórica: como eternidad, lo que es contingencia”, plantea Roland Barthes en Mitologías. La tarea del crítico es, entonces, revelar ese artificio. Eso es lo que hace Martín Kohan en Argentinos, ¡a las cosas!, pero también en otros de sus textos, ya no desde el ensayo, sino directamente desde la práctica literaria. ¿Qué pasa con la masculinidad argentina mitificada en el gaucho Fierro cuando este se vincula románticamente con su compañero Cruz, como sucede en el cuento “El amor”? ¿Qué pasa con el rechazo a la figura de Jorge Rafael Videla cuando accedemos a él desde el interés romántico de una niña, como sucede en la novela Confesión? ¿Qué pasa con el heroísmo de San Martín cuando queda debajo del caballo, como sucede en la batalla de San Lorenzo y se narra en el cuento “Muero contento”? Lo que parecía inherente al objeto deja de serlo, porque quizás podría ser de otro modo, entonces se hace importante, más que suponer, pensar. Pensar por qué las cosas son como son y se piensan cómo se piensan, y qué hay que cambiar y qué no y, de vuelta, por qué.
Así como Barthes enfocó su análisis en los mitos enunciados por la sociedad burguesa, Martín Kohan —tanto en Argentinos, ¡a las cosas! como en otros de sus escritos— interviene sobre los mitos enunciados por la sociedad argentina. De este modo, Kohan lee qué narramos los argentinos y, a partir de ello, cómo nos narramos, entendiendo que hay en todo ello algo de lo que suponemos que somos. Propone entonces, de vuelta, intercambiar el suponer por el pensar.
—La idea de lo argentino es algo que siempre estuvo en disputa y hay una cierta tensión entre la derecha y la izquierda sobre la cuestión de reivindicar lo nacional. Pienso que en algún momento fue un gesto más conservador, ahora pareciera que otros sectores buscan, de algún modo, volver a lo argentino frente a lo globalizado. ¿Cómo pensás esto en relación a tu texto? ¿Cómo aparece lo político en esos ensayos?
—Me parece muy, muy, muy fundamental lo que planteás porque tiene que ver con la manera en que uno piensa, o puede pensar, o se propone pensar las identidades, no solamente la identidad nacional. De qué manera pensamos, en términos más generales, las distintas formas de la identidad. La nacional es una, pero la ideológica puede ser otra, la de género puede ser otra. Hasta qué punto la posibilidad de direccionarlas hacia una fijación de esencialización o, el gesto exactamente opuesto, que es pensarla desde la desestabilización. Pero al pensarla desde la desestabilización también poner en práctica esta premisa: que la desestabilización forma parte de una dinámica de identidad. La idea de que la desestabilización de identidad pueda formar parte de una dinámica de identidad, ahí donde la identidad es pensada en términos dinámicos y no en términos de fijación definitiva, totalizadora. Por eso, el libro mismo es fragmentario y es abierto y procura ser poroso, porque nada más lejos de este libro que cerrar una idea de lo que sería una definición de lo argentino, sino más bien estabilizar y desestabilizar. Afirmar y poner en crisis que todo eso forme parte de una concepción general de identidad.
No funciona siempre igual. Es un campo de disputa política, como dijiste, y en distintas escenas de disputa política cobra un carácter diferente. En una escena ligada al desvanecimiento globalizador, uno recupera la premisa de que en eso que se llama globalización no deja de haber rasgos de lo que se llamaba, y no se deja de llamar, colonialismo. Entonces, respecto de un horizonte de avance colonial, tristemente América Latina se encuentra otra vez frente a esa escena muy concreta, de las peores maneras, recuperar una instancia de lo nacional, tiene un carácter, una condición, de resistencia y de contrapoder. Ahora, dicho esto, respecto de ciertas formulaciones de una tradición nacionalista de esencialización patriótica, ahí la identidad nacional cobra un carácter muy distinto, más bien un dispositivo de poder, un dispositivo reaccionario de poder. Entonces, no hay una única modulación porque no hay una única forma de disputa política. En algún caso me parece que uno se ve dispuesto a corroer las premisas de lo nacional y en otros casos a sostenerla, depende de la escena de disputa política de que se trate. Ahora, creo que en mí prevalece, y en el libro prevalece, un gesto de resistencia hacia cualquier esencialización del ser nacional.
Me parece que trabajar sobre objetos que no son estrictamente típicos… que no son representativos, que no vienen a ratificar lo que puede ser más reconocible de lo argentino, sino habría escrito un libro casi folclórico, sobre lo reconociblemente argentino. El trabajar con objetos en algún punto desplazados, relegados, te diría incluso con la idea de la identidad pensada a partir de la huella, más que desde la presencia plena, un juego entre presencia de ausencia, entre vigencia y pérdida, entre sostenerse y caer, hacer pasar la identidad por ahí más que por la afirmación de la plena presencia, va necesariamente en contra de la concepción que el nacionalismo tiene de la identidad. ¿Puedo agregar algo más?
—Sí, obvio.
—Porque me fui dando cuenta, trabajando en clase “El sur” de Borges, la manera en que Borges, en el comienzo de ese texto, da cuenta del hacerse argentino de Juan Dahlmann. Ya con la idea de que es hacerse argentino y no ser argentino. Pero no solamente porque es el nieto de un inmigrante, sino la idea de que todo argentino se hace, en el sentido que toda identidad es un hacerse y no un ser. Ya este corrimiento de que la identidad tiene que ver con un hacerse y no con un ser, marca otro paradigma. Y yo me pliego a esa posición, me atrae esa perspectiva. Marco mi disidencia con la fuerte insistencia en colocar a Borges en el lugar del cipayo extranjerizante, vendepatria y anglófilo. Me interesa pensar, muy en oposición a eso, la idea de que hay una concepción de lo argentino tremendamente lúcida en Borges que irritó y no deja de irritar a quienes piensan en una forma de la pureza y de la esencialidad de lo argentino. Y Borges también reescribió, mucho mejor que uno, por supuesto, el Martín Fierro. Precisamente hay una reescritura porque es una tradición de reformulación y una concepción de lo argentino a la que me pliego con absoluta convicción. Casi te diría que en la primera página o página y media de “El sur” está casi todo lo que yo podría decir sobre esto, el hacerse. Hay también el recelo al subrayamiento de la tipicidad, que también es una idea de Borges sobre la identidad. La identidad como algo que acontece. La identidad como algo que ocurre, no precisa ser señalado. No precisa ser señalado en su tipicidad reconocible. No precisa ser actuado. No precisa ser ostentado. Ocurre. El argentino como alguien que se hace y la argentinidad como algo que ocurre. Me parece que Argentinos, ¡a las cosas! tiene más que ver con esta perspectiva de Borges que con otras versiones de la identidad nacional.


—En relación a esto de no ir a los objetos en los que se supone que lo argentino está de forma más ostensible, sino poder fijarse en lo que queda más marginal, pienso en lo que ocurre en la práctica de la enseñanza literaria. Hay ciertos textos que obviamente uno no puede dejar de visitar, pero ¿qué lugar puede haber para, desde el aula, hacer lugar a textos que no sean los canónicos?
—Gran, gran, gran cuestión. En relación a todo lo que estuvimos diciendo de la identidad, queda claro que el canon literario no tiene que ver con la fijación de un corpus definitivo, inmovilizado. El canon no es el museo de la literatura y aún los museos, para reconciliarnos con el museo, no son un espacio de lo fijado y de lo fosilizado. Es importante hacer de los museos espacios vivos y no cementerios de lo fósil. Y el canon no es un museo como un cementerio de lo fosilizado, de lo sacralizado y de lo intocable. El canon es, en sí mismo, dinámico y la dinámica del canon no tiene que ver solamente con cambiar o no los textos que le integran. La renovación del canon y la dinámica del canon no tiene que ver con sacar un texto y poner otro, sino con la posibilidad y la necesidad de cambiar la manera de leer esos mismos textos que forman parte del canon. El canon es dinámico y está vivo porque las lecturas lo revitalizan, porque las lecturas lo actualizan. Si fuesen piezas fosilizadas del pasado a las que les rendimos culto periódicamente, un canon sería un objeto muerto. En la medida en que el canon funciona, porque sigue, como se dice de los clásicos, porque sigue generando lecturas, lo que supone que siga generando lecturas es que ese canon se actualiza una y otra vez. No acudimos a un pasado preservado. Actualizamos esos textos una y otra vez al leerlos y releerlos. Eso por un lado.
Por otro lado, esas lecturas, esa práctica de lectura puede potenciarse en la escritura y en la reescritura. Borges otra vez: Borges reescribe Martín Fierro advirtiendo que el gesto del reconocimiento del clásico consiste en convertirlo en estímulo de nuevas escrituras. Ahí donde escribir es leer y una lectura se puede intensificar en una reescritura, el clásico no se ve desafiado por la reescritura, se ve reconocido como clásico a través de la reescritura. Entonces, no hay ninguna falta de respeto, al revés. Esa invocación de respeto es formulada habitualmente por personas que ni siquiera han leído los clásicos. Y además tiene en sí esa concepción de fijar algo que en realidad no haría más que matar el canon literario. Si consistiera en volverlo algo intangible, lo matás. Borges es otra vez una gran referencia de una dinámica de actualización en la lectura y en la reescritura. Segunda cuestión.
Tercera cuestión: no hay canon sin exclusión. O sea, si el gesto es absolutamente hospitalario, indiscriminadamente hospitalario, no es un canon. Puede ser una lista de favoritos, mis preferidos, mi top ten o mi top cien mil. El canon supone una instancia de reconocimiento y esa instancia de reconocimiento no funciona sin exclusión.
Ahora, volviendo a la cuestión de la identidad y de la crisis de la identidad. La exclusión forma parte de la dinámica del canon. O hay que hacerla formar parte de la dinámica del canon. Entonces, forma parte de la misma dinámica del canon trabajar también lo relegado, lo excluido, lo marginado, sin reducirlo necesariamente a un gesto de incorporar lo excluido. Según la lógica de esa exclusión, a veces sí. Pero, a veces, si lo excluido fue excluido porque su radicalidad es inasimilable, si vos lo integrás, lo neutralizás en esa radicalidad. Entonces, depende. Depende. A veces sí se trata de incluir y a veces se trata de incluir al excluido como excluido.
Es otra vez Borges. El margen da cuenta del centro. El imaginario de una dinámica de centro y margen por la cual se puede ser central desde el margen: Borges. La centralidad de Borges no consiste en haber ido de la orilla al centro, hizo centro en la orilla. Y no consistió en colocar a la literatura Argentina en el centro de la escena, sino en pensar en la potencia de la periferia, en “El escritor argentino y la tradición”. En esa dinámica, lo desplazado, lo relegado y aún lo excluido, forma parte de la dinámica del canon y puede ser leído como parte de la dinámica del canon. No limitarse al gesto de reivindicación. En vez de decir: “incluyámoslo en el canon”, puede ser: leamos la exclusión. Leámoslos como excluidos, incluyámoslos como excluidos, recuperemos el gesto de desafío del canon sin neutralizar ese gesto de desafío. Me parece que si uno logra, y yo creo que la línea vuelve a ser Borges, activar esta concepción del canon, me parece que la discusión se enriquece. Porque si no empieza a ser saquemos este, pongamos este, por qué este y no este otro y me parece que eso, insisto, tiene más que ver con la lista de preferidos que con la posibilidad de estimular una dinámica del canon, ahí donde un canon literario, en el caso de la literatura argentina, es una de las expresiones de identidad.
