En Mar del Plata se registraron 34 homicidios dolosos, tres de los cuales corresponden a delincuentes abatidos por las víctimas a las que intentaron asaltar. Dos policías se encuentran detenidos: uno por el femicidio de su pareja, la policía Guadalupe Mena, y otro por haber asesinado a Matías Paredes.
Por Juan Salas
En Mar del Plata 34 personas fueron asesinadas a lo largo de 2025, en diferentes casos que van desde femicidios, homicidios en ocasión de robo, conflictos interpersonales, violencia institucional y delincuentes abatidos por las propias víctimas. Cada uno de esos casos tiene una historia distinta, pero todos forman parte de una misma estadística: la de los homicidios dolosos registrados en el partido de General Pueyrredon.
El número no alcanza por sí solo para explicar el impacto real de cada crimen. Detrás de la cifra hay trabajadores, jóvenes, familias enteras atravesadas por el crimen y las drogas y una ciudad que, a lo largo del año, fue testigo de hechos que marcaron un quiebre social: un femicidio cometido por un policía, un kiosquero asesinado en su lugar de trabajo, un albañil muerto por balas policiales y muertes que aún hoy resultan difíciles de comprender.
Cifras y evolución: Mar del Plata en perspectiva
En 2025, Mar del Plata está por cerrar el año con 34 homicidios dolosos. Si se toma como base la población del partido de General Pueyrredon según el Censo 2022 (667.082 habitantes), la tasa anual de homicidios se ubica en torno a 5,1 cada 100.000 habitantes.
El dato permite una lectura comparativa: la tasa local se mantiene por encima del promedio nacional, que en los últimos informes oficiales del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC) se ubicó por debajo de los 4 homicidios cada 100.000 habitantes. Mar del Plata, así, exhibe una criminalidad mayor que la media del país, aun cuando no se trate de un año récord.
La evolución reciente muestra una estabilidad alta, con oscilaciones moderadas pero sin un descenso sostenido:
- 2022: 32 homicidios
→ Tasa aproximada: 4,8 cada 100.000 habitantes - 2023: 43 homicidios
→ Tasa aproximada: 6,4 cada 100.000 habitantes - 2024: 41 homicidios
→ Tasa aproximada: 6,1 cada 100.000 habitantes - 2025: 34 homicidios
→ Tasa aproximada: 5,1 cada 100.000 habitantes
En términos estrictamente numéricos, 2025 muestra una baja respecto de 2023 y 2024, aunque se mantiene por encima de los registros de 2022. La curva no evidencia una caída pronunciada ni un quiebre estructural, sino más bien un piso persistente de violencia letal que se repite año tras año.
Otro dato relevante es el peso de los homicidios en ocasión de robo. Tanto en 2023 como en 2024, cinco crímenes estuvieron vinculados directamente a asaltos. En 2025, ese número fue menor, aunque el año incluyó tres delincuentes abatidos por las propias víctimas, un indicador distinto pero igualmente sensible del nivel de violencia asociado al delito urbano.
La comparación con la tasa nacional permite una conclusión clara: aunque Mar del Plata no atraviesa un pico histórico de homicidios, la ciudad sigue registrando niveles superiores al promedio del país, con una tasa de asesinatos que no logra descender de manera sostenida y que adopta formas diversas: femicidios, conflictos interpersonales, robos, violencia policial y muertes difíciles de encuadrar en categorías tradicionales.
Cuando la estadística no alcanza
Las cifras de homicidios permiten comparar, medir y establecer tendencias, pero no explican por sí solas el verdadero alcance de la violencia con la que se vive y se mata. La estadística es una foto: ordena los hechos, los cuantifica y los vuelve comparables en el tiempo. Lo que no puede reflejar es el impacto real que cada muerte genera en las familias, en los vínculos cercanos y en la vida social de una ciudad.
No todos los homicidios se sienten de la misma manera en la percepción colectiva ni producen el mismo efecto social. Un asesinato en ocasión de robo, con una víctima inocente y ajena al delito, suele funcionar como un quiebre: instala miedo, indignación y una sensación de vulnerabilidad extendida. Otros crímenes, vinculados a conflictos interpersonales, venganzas o disputas dentro de circuitos delictivos, tienden a quedar encapsulados, aunque no por eso resultan menos graves ni menos dolorosos para quienes los padecen de cerca.
Por eso, al analizar los homicidios, no alcanza con contar muertos. Es necesario atender al contexto, al móvil y al perfil de las víctimas, porque cada tipo de violencia demanda respuestas distintas. Para las políticas de prevención no es lo mismo un femicidio que un ajuste de cuentas, ni un robo que termina en muerte que una pelea vecinal que escala hasta un desenlace fatal. La lectura fina de esas diferencias es clave para comprender qué está pasando y, sobre todo, qué se puede hacer para evitar que vuelva a ocurrir.
En ese marco, el 2025 dejó una secuencia de crímenes que exceden el número final. Algunos casos marcaron a la ciudad, expusieron fallas estructurales y abrieron debates profundos sobre seguridad, violencia institucional y protección de las víctimas.
El femicidio de Guadalupe Mena
El primer homicidio del 2025 en Mar del Plata fue también uno de los casos más graves y simbólicos del año. El 1° de enero, en una vivienda del barrio Jorge Newbery, fue asesinada Guadalupe Mena, una joven policía de 19 años. Por el hecho está detenido desde entonces su pareja, Fabián Vázquez, también integrante de la fuerza.
Guadalupe llevaba apenas nueve meses como policía. Integraba la Patrulla Rural de Necochea y había sido asignada a Mar del Plata en el marco del Operativo Sol. Vázquez, cuatro años mayor, formaba parte del Grupo de Apoyo Departamental (GAD). Se habían conocido como compañeros en la academia policial.
En un primer momento, el acusado intentó instalar la hipótesis de un accidente. Según su versión, Mena se habría colocado el arma reglamentaria en la cabeza en tono de broma y, al intentar quitársela, el disparo se habría producido de manera involuntaria. Esa explicación fue rápidamente puesta en duda por los investigadores.


Las pericias balísticas resultaron determinantes: el arma que se disparó fue la de Vázquez y el proyectil ingresó desde atrás y de arriba hacia abajo, un trayecto incompatible con la versión de un disparo accidental. La reconstrucción técnica del hecho y el conjunto de pruebas reunidas en la causa indicaron que se trató de un femicidio.
El caso sacudió a la ciudad desde el inicio del año y expuso una combinación especialmente sensible: violencia de género, uso de armas reglamentarias y un vínculo atravesado por el poder institucional. La muerte de Guadalupe Mena no solo inauguró el listado de homicidios de 2025, sino que dejó al descubierto una de las formas más extremas de violencia dentro de las propias fuerzas de seguridad.
El crimen del kiosquero y la cacería que terminó en gatillo fácil
El asesinato de Cristian Velázquez marcó un punto de inflexión en Mar del Plata en el 2025, ocurrido en plena temporada: el 3 de febrero, el kiosquero fue baleado en la cabeza durante un asalto en el local en el que trabajaba, sobre Jacinto Peralta Ramos al 700. La víctima tenía 50 años y había sido blanco de robos reiterados.
Velázquez conocía de cerca la violencia relacionada al delito. En oportunidades anteriores había sido asaltado en el mismo comercio y, en uno de esos hechos, un disparo quedó incrustado en una tableta de chicles, un episodio tan insólito como revelador del riesgo cotidiano al que estaba expuesto. Aquella vez había salvado la vida. El 3 de febrero, no.
Según la investigación, el asalto fue directo y letal. El delincuente que ingresó al kiosco disparó sin mediar resistencia y escapó en una motocicleta en la que lo aguardaba un cómplice. La muerte del kiosquero generó una conmoción inmediata, con marchas, reclamos vecinales y una fuerte presión social para dar con los responsables.
Por el crimen fueron detenidos Ignacio Bustos Nieto, señalado como el conductor de la moto utilizada en la fuga, y Cristian “El Guachín” Monje, quien quedó registrado por cámaras de seguridad en el momento del disparo fatal. Ambos permanecen detenidos en la Unidad Penal 44 de Batán.


La reacción institucional al crimen de Velázquez derivó, días después, en un grave episodio de violencia policial. En el marco de la búsqueda de “El Guachín” Monje, un grupo de policías de civil desplegó un operativo ilegal que terminó en una verdadera cacería.
Sin identificarse como personal policial, los efectivos persiguieron y dispararon contra un automóvil en el que viajaban hinchas de Alvarado. El ataque culminó con el asesinato de Matías Paredes, un albañil de 26 años, que no tenía vínculo alguno con el hecho que se investigaba.
El caso expuso con crudeza el uso letal de la fuerza fuera de todo protocolo. Por el asesinato de Paredes los policías Juan Manuel Molina y Emilio Bernardo Flores irán a juicio por jurados; imputados por “homicidio doblemente agravado por su comisión mediante el uso de arma de fuego y por abuso de la función o cargo”.
La secuencia —un trabajador asesinado durante un robo y otro trabajador muerto por disparos policiales en un operativo ilegal— obligó a Mar del Plata a pasar de reclamar seguridad a interpelar de lleno a las fuerzas encargadas de garantizarla.
Muertes absurdas y evitables
Entre los homicidios registrados en 2025 hubo casos que desafiaron cualquier lógica criminal tradicional y expusieron zonas grises entre homicidio, negligencia y responsabilidad estatal. El más paradigmático fue el de José Emilio Parrada, ocurrido el 14 de julio, pero no fue el único hecho que obligó a preguntarse hasta dónde alcanza la estadística y dónde empieza la tragedia evitable.
Parrada tenía 40 años y murió al engancharse con un cable atravesado en la calle, en la intersección de Cerrito y San Salvador. La investigación judicial determinó que el cable había sido colocado de manera deliberada por un grupo de menores, presuntamente como parte de una broma o una acción temeraria. El desenlace fue fatal.
El caso quedó encuadrado como homicidio doloso. La causa avanzó en un terreno complejo, marcado por la dificultad de atribuir responsabilidades penales claras y por la brutalidad de un hecho que, aun sin intención directa de matar, terminó con una vida perdida.
La muerte de Parrada puso en evidencia una forma de violencia menos visible, pero igualmente letal: la que surge de la irresponsabilidad, el abandono del espacio público y la ausencia de controles. No hubo armas, ni discusiones, ni antecedentes penales. Hubo, en cambio, un escenario urbano transformado en una trampa mortal.
Una muerte que no entra en la estadística
Ese límite entre homicidio y muerte evitable también quedó expuesto en el caso de Ryan Ayala, ocurrido fuera del conteo de homicidios dolosos, pero imposible de ignorar al analizar el impacto real de la violencia urbana. Ayala murió cuando una chapa se desprendió de una obra en construcción y lo golpeó mientras circulaba en moto.
Aunque judicialmente no se contabiliza como homicidio, el caso reabrió el debate sobre la responsabilidad de las obras privadas, los controles municipales y la prevención de riesgos. La Justicia volvió a poner la lupa sobre un hecho que, al igual que el de Parrada, no responde a la lógica del delito, pero sí a fallas estructurales que terminan costando vidas.
Ambos casos revelan una dimensión que las estadísticas no logran capturar del todo: no todas las muertes violentas responden al crimen, pero todas generan el mismo daño irreversible. Son hechos que no alimentan la percepción clásica de inseguridad, pero que interpelan de lleno al Estado, a la convivencia social y al modo en que se cuida —o se descuida— la vida en el espacio público.
Delincuentes abatidos por las víctimas
El 2025 también incluyó tres muertes de delincuentes durante intentos de robo, casos que integran la estadística de homicidios dolosos pero que ocupan un lugar particular tanto en la lectura judicial como en la percepción social.
El primero fue el de Ulises Segovia, ocurrido el 20 de marzo. El joven, de 26 años, murió tras intentar asaltar a un jubilado. En el hecho, la víctima repelió el ataque y Segovia terminó abatido. El caso fue analizado bajo la figura de legítima defensa.
Los otros dos hechos se produjeron juntos, el 23 de diciembre, en el barrio San José. Juan Carlos Badilla (31) y Diego Martín Nieto (28) murieron luego de intentar asaltar a un almacenero, que respondió con un arma de fuego. Ambos delincuentes fueron abatidos en el mismo episodio, que cerró el año con una doble muerte violenta.
Estos casos exponen una de las expresiones más extremas del delito: robos que escalan hasta desenlaces fatales, donde las fronteras entre víctima y victimario parecen volverse difusas en términos jurídicos y sociales. Para la estadística criminal, se trata de homicidios. Para el debate público, reabren discusiones sobre el acceso a las armas, la legítima defensa y el nivel de violencia al que se llega cuando el delito irrumpe en la vida cotidiana y no es atendido por el Estado.
Más allá de la calificación legal que adopte cada expediente, los tres episodios comparten un dato central: se trata de muertes que aparecen como resultado final de una inseguridad en aumento.
El atrincheramiento del barrio Libertad
Entre los episodios que no sumaron al conteo de homicidios dolosos, hubo uno que marcó a fuego y sangre a la ciudad en este 2025: el del atrincheramiento con toma de rehenes en el barrio Libertad, un hecho extremo que dejó dos personas muertas y expuso una situación de desborde total, de vidas vinculadas al delito.
El episodio involucró a “Pata de Palo” Cornejo y Nahuel Niz, y se desarrolló como una secuencia prolongada de violencia, tensión y enfrentamiento armado con la policía. Si bien las muertes no quedaron encuadradas formalmente como homicidios dolosos dentro de la estadística anual, el caso tuvo un impacto social y mediático que excedió a muchos crímenes.
Por el episodio ocurrido el 11 de septiembre, permanece detenido Flavio Basualdo, acusado de los delitos de “violación de domicilio, privación ilegal de la libertad y encubrimiento agravado”.
Matías “Pata de Palo” Cornejo estaba acusado de participar del asesinato de Rubén “Viruta” Ordoñez el último 4 de mayo y tenía un largo historial de delitos: con 19 años, en 2015, había sufrido la amputación de una pierna por una desproporcionada intervención policial.
Ese 11 de septiembre la secuencia se inició con Cornejo disparándole a uno de los efectivos que lo habían ido a detener, debido a que se encontraba prófugo desde mayo. Al sargento la bala le impactó en la pierna y le atravesó la tibia y peroné.
Cornejo, Niz y Basualdo se atrincheraron en una casa del barrio Libertad y tomaron a tres mujeres como rehenes. El lugar fue prácticamente sitiado por efectivos de la DDI y de diferentes comisarias, bajo las órdenes del fiscal Carlos Russo.
Tras horas de tensión, Niz fue hallado prácticamente en la puerta de la vivienda, con parte del cuerpo fuera. Tenía una herida de arma de fuego en la cabeza y agonizaba, por lo que fue llevado de urgencia al Hospital Interzonal General de Agudos (HIGA), donde finalmente falleció.
Por su parte, Cornejo tenía un impacto de bala en la sien y fue hallado muerto por los integrantes del grupo GAD. Estaba cubierto de sangre y en el lugar también se podían observar impactos balísticos en las paredes.
Flavio Basualdo, en tanto, no tenía ninguna herida y fue inmediatamente detenido. Las tres rehenes, una mujer de 72 años y sus nietas de 19 y 17, también salieron ilesas.
La principal hipótesis de los investigadores es que se trató de un doble suicidio al verse acorralados por la policía.
Muertes como cicatrices en la sociedad
Treinta y cuatro homicidios dolosos en un año son un dato duro. Permiten medir, comparar y trazar tendencias. Pero no alcanzan para explicar lo que tanta muerte deja detrás. Cada número es una vida truncada, una familia atravesada por el dolor y una comunidad que incorpora esos hechos a su experiencia cotidiana.
El 2025 no fue un año récord en términos estadísticos para Mar del Plata, pero sí un año atravesado por crímenes que expusieron distintas caras de la violencia: femicidios, robos que terminaron en muerte, violencia policial, conflictos interpersonales y muertes difíciles de encuadrar. La diversidad de los casos obliga a una lectura más profunda que la del simple recuento.
Mirar los homicidios solo como cifras es perder de vista su verdadero significado. Entenderlos en su contexto, en sus causas y en sus consecuencias es el primer paso para pensar respuestas que vayan más allá del impacto inmediato y apunten a reducir una violencia que, año tras año, deja marcas profundas en la ciudad.
