Mar del Plata elástica: observaciones de la metamorfosis de verano

Mar del Plata
Una mirada sobre cómo el turismo tensiona el espacio público: entre la vida cotidiana de quienes la habitan y su conversión en producto de consumo durante el verano.

Por Natalia Muñoz

Mar del Plata es una ciudad cada vez más forzada a ser elástica. Sin planificación integral de su urbanismo, la Perla del Atlántico debe estirar su capacidad de infraestructura cada temporada para luego volver a su estado anterior. Mar del Plata no se estira porque esté diseñada para ello, sino porque su histórico uso social que es el turismo fuerza los límites de lo permitido: estacionamientos en plazas y after parties en zonas residenciales, solo por nombrar algunos fenómenos. 

En términos del prestigioso urbanista Henri Lefebvre, el espacio público se vuelve un recurso finito en disputa al ser la arena de la tensión entre la ciudad como Obra -pensada por y para el habitar de sus residentes- y la ciudad como Producto -todo a disposición del consumo y del turista. 

Está todo a la vista. Por caso, lo ocurrido a mediados de enero en la conocida Canchita de los Bomberos. Las manzanas comprendidas entre Florisbelo Acosta y López de Gomara y entre Dardo Rocha y José Mármol suponen un pulmón verde de la zona norte de Mar del Plata. Un espacio donde vecinos disfrutan del aire libre con sus familias, con amigos, donde aprender a andar en bici, donde jugar a la pelota. 

Sin embargo, recientemente esos metros fueron noticia, pues un estacionamiento clandestino a cielo abierto funcionaba allí, como respuesta espontánea a la demanda de residentes y turistas que buscaban dónde dejar su auto para ir a los balnearios de enfrente. El valor de uso de las tierras linderas al Museo MAR se convirtió por presión y omisión en un valor de transacción, de cambio. Es público, pero se puede negociar. 

La física aplica también en vacaciones de verano: en un mismo espacio deben entrar más personas, pero, sobre todo, más autos. 

Claro, eso funciona para los vehículos en circulación. Residentes y foráneos llegan a destino y encuentran que no hay lugar, ni público, ni privado donde estacionar. Pero sucede en simultáneo otro fenómeno, cada vez más conocido y hasta recomendado: el de los autos-depósito. 

Existen turistas, por lo general grupos familiares, que eligen venir a vacacionar a Mar del Plata en sus vehículos. Por conveniencia económica o de tiempos, parten desde sus hogares en sus autos particulares, pero, por experiencia o por temor, eligen estacionarlos en la vía pública y dejarlos allí, hasta que sea hora de volver a casa. Pueden ser dos noches, cinco, siete, diez. El caso es que se ahorran los gastos de combustible y estacionamiento en destinos de atracción, y ese dinero lo usan en transporte público o taxis para moverse de un lado a otro. Mientras tanto, ese auto pierde su función de movilidad y se convierte en una máquina depositada a cielo abierto. 

Es la paradoja de la movilidad. El auto-depósito ocupa un lugar preciado en la calle y reduce la rotación, pero como resultado, hay más vehículos que circulan sobre una red vial con menos metros disponibles para transitar. Es decir, aquellos turistas en vez de ocupar un auto, ocupan dos: el depósito y el taxi. 

El deseo de buena suerte es para quien trabaje y/o resida en zonas comerciales o de esparcimiento que atraen a turistas. La búsqueda de estacionamiento para quien vive y trabaja en la zona se vuelve una odisea periférica, lo que traslada la saturación hacia barrios residenciales antes tranquilos. Mientras tanto, las multas se multiplican y los reducidos espacios de accesibilidad se disipan. 

El paisaje se vuelve abarrotado, y eso rompe el ritmo en la ciudad. Henri Lefebvre hablaba de la «ruptura del ritmo» cuando el habitar cotidiano es atropellado por lógicas ajenas. Esta fricción se vuelve tangible cada madrugada de verano en las zonas residenciales cercanas a Playa Grande y sus boliches. Alrededor de las seis de la mañana, el ritmo del descanso de los vecinos de esa zona choca de frente con el ritmo del ocio de la industria nocturna. 

Quienes salen de los bares son dirigidos por fuerzas policiales por diversas calles para evitar conflictos. Sin embargo, en ese arreo, jóvenes siguen su fiesta en la vía pública, y se encuentran con chulengos improvisados por quien vio la oportunidad comercial. Se compran y se venden y se consumen alimentos y bebidas y servilletas y envases terminan en la calle, en la puerta de la casa de alguien, de un alguien que dormía.  

Nuevamente, la puja entre la ciudad para sus habitantes o la ciudad como producto de consumo. 

¿Qué quedará para el fin de la temporada, cuando Mar del Plata ya pueda dejar atrás su tirantez de verano? ¿Quedará una ciudad para residentes, nacidos, criados y de adopción? ¿O será solo un intervalo hasta el próximo fin de semana largo? Las cicatrices del uso comercial sobre el suelo (y el aire) ya se dejan entrever. La elasticidad deposita cada vez más lejos (el recupero de) el derecho a la ciudad. En todo caso de una que se estire pero que no se rompa.

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