A 50 años del adiós de Sui Generis, el músico vuelve a Mar del Plata con un espectáculo íntimo y reflexivo, donde revisita sus canciones desde la madurez y el oficio. La cita será el viernes 6 de febrero a las 22 en el Centro de Arte Radio City Roxy.
Hay canciones que son parte de un sentimiento colectivo. Son un puente a ese país que queríamos ser, que soñamos con ser, que valía la pena puchar por ser. En la calle Rivadavia, esas canciones se materializaron en las esculturas de Charly García y Nito Mestre, de Sui Generis, y marcan el origen de un dúo que marcó a generaciones y que todavía dialoga con el presente. Allí, donde empezó todo, vuelve Nito Mestre con A 50 años del adiós, un espectáculo que propone mucho más que un repaso nostálgico.
El viernes 6 de febrero, a las 22, en el Centro de Arte Radio City Roxy, Mestre invita a un viaje íntimo por las canciones que escribió y cantó junto a Charly, y por aquellas que fue construyendo en su camino solista. Canción para mi muerte, Estación o Quizás porque aparecen no como piezas de museo, sino como obras vivas, reinterpretadas desde la madurez.
Canciones que crecen con quien las canta
“Las canciones son atemporales”, dice Mestre. Cantarlas hoy no es volver a los 70, sino habitarlas desde otro lugar. “No tengo una memoria corporal de cómo era cantarlas antes. Vivo mucho lo que estoy haciendo ahora”. La diferencia no está en romperlas o modernizarlas, sino en respetarlas. “No me gusta cambiar una canción para decir ‘mirá qué moderno soy’. Las canciones no se rompen. Se adaptan, se tocan mejor, se cantan mejor”.
Para Nito, volver a escucharse en aquellas primeras grabaciones es también un ejercicio de distancia. “A veces me escucho y pienso: ‘Qué pibe que era, cuánto me faltaba’”, admite. No desde la crítica severa, sino desde la conciencia de un recorrido. Hoy siente que las empezó a cantar mejor después, con los años, cuando las letras comenzaron a cobrar otro sentido y la voz dejó de ser la de un chico para transformarse en una herramienta más madura, capaz de sostener matices y climas.
Esa maduración no es solo técnica, sino emocional. “Te sentís más asentado, sabés mejor manejar los climas de las canciones”, explica. Donde antes todo era más parejo, ahora aparecen silencios, tensiones y respiraciones que enriquecen cada tema. Las canciones, dice, se vuelven más profundas porque quien las canta también lo es. No se trata de cambiarlas, sino de comprenderlas mejor.
El oficio también se construye en colectivo. Mestre destaca el presente de su banda, el sonido, el trabajo con músicos que le permiten acercarse a cómo siempre imaginó esas composiciones. «Tengo un gran pianista, siempre tuve grandes pianistas», bromea.
“Uno le busca la vuelta para que suenen como le hubiera gustado que sonaran”, señala. Y pone un ejemplo claro: Canción para mi muerte. La versión original, incluida en Vida, es “tierna, muy linda”, reconoce, pero responde a un momento. Hoy, desde la mirada del músico que fue y del que es, esa canción —como tantas otras— se abre a nuevas lecturas, a otra profundidad, a otra forma de decir sin romper nada.
Escuchar en tiempos de apuro
—Vivimos hiperconectados, a toda velocidad. ¿Hay tiempo para escuchar canciones, discos enteros?
—Hay poca paciencia. Hoy pareciera que un tema no puede tener una vuelta instrumental porque ‘no empieza nunca’. Pensá en un tema de Pink Floyd: tarda minutos en entrar. Muchos creen que la efectividad es ser veloz, y no es así: es hacerlo bien.
Mestre desarma el prejuicio con ejemplos actuales. Hay canciones lentas, susurradas, que conmueven —menciona a Billie Eilish— y artistas jóvenes de acá que se toman su tiempo. “Escuchá a Milo J: canta bajito, hace folclore, no apura el clima. Y funciona”.
Persistir cuando dicen que no
La velocidad también acorta procesos. “Muchos se frustran si algo no funciona a la primera o segunda”, reflexiona. Con Sui Generis, recuerda, fueron tres años de negativas. “Si a los seis meses nos aburríamos, no habría estatua en Rivadavia”, bromea y asusta pensar que hubiese pasado si. Mejor no pensar en que hubiese pasado si.
Persistir fue una decisión estética y vital: creer en lo que Charly y él estaban haciendo, incluso cuando el contexto no acompañaba.
Mar del Plata, vidriera y origen de Sui Generis
La relación con la ciudad es personal y fundacional. “Mi abuelo fundó la primera panadería de Mar del Plata; mi padre estudió acá; mi hermano vive acá. Pasé todos los veranos de mi vida”. En lo musical, la ciudad era —y sigue siendo— la vidriera del país. “Si querías que te escuche gente de todo el país, tenías que venir a Mar del Plata”. Aquí, en el Teatro de la Comedia Marplatense, el dúo nació como tal cuando un imprevisto los dejó solos en escena tras la partida del bajista. De ese gesto quedó una historia. Y una escultura.
El show del viernes no busca congelar esa historia, sino ponerla a respirar otra vez. Más que un recital, A 50 años del adiós es una conversación entre pasado y presente: canciones que crecieron con quien las canta y que, medio siglo después, siguen encontrando oídos atentos.
Entradas: a la venta por Plateanet y en la boletería del teatro.
