Federico Álvarez Argüelles, referente de La Venganza de los Pobres y parte de Carnavales Marplatenses, reflexiona sobre el sentido cultural y político de la murga en tiempos de crisis, en la previa del gran corso central que reunirá el domingo a más de veinte agrupaciones en la Plaza España.
Por Juan Salas
En una ciudad que cada verano se ordena para ser mostrada, hay una noche en la que el decorado cambia de manos. El centro deja de ser postal y vuelve a ser territorio. Bombos con platillos, trajes cosidos durante meses, pibes que ensayaron todo el año en clubes, universidades y sociedades de fomento avanzan por las calles y ocupan el espacio público con algo que no es solo espectáculo.
Es carnaval.
Y para Federico Álvarez Argüelles, referente de la murga La Venganza de los Pobres y parte activa de Carnavales Marplatenses, es mucho más que eso.
“La murga es un espacio de resistencia”, dice. Y enseguida se corrige, como si quisiera evitar la solemnidad: “No somos revolucionarios. La resistencia es no quedarse solo”.
La frase queda flotando. No es consigna, pero sí diagnóstico de una época en que estamos aislados, enajenados.
Murga no es comparsa
Antes de hablar de lo que se viene este domingo en el corso central, Federico marca una diferencia que explica buena parte de la identidad del carnaval marplatense: acá conviven murgas y comparsas. Y no es lo mismo.
“La comparsa es más parecida a lo que uno ve en Gualeguaychú o en Río: desfile continuo, se luce el baile, se avanza todo el tiempo”, explica. En cambio, la murga —sobre todo la de estilo porteño— tiene otra lógica.
“La murga porteña tiene percusión, tiene baile y tiene canto. Desfila, pero también canta”, explica.
El instrumento característico no es un detalle técnico: es el bombo con platillos. “Si querés, lo podemos asemejar más a la rítmica de la cancha”, dice. Y ahí aparece otra capa cultural: la murga como hija del barrio, de la tribuna, de la protesta, del encuentro popular.
El corso central, que se realizará este domingo en Plaza España, reunirá a unas veinte agrupaciones. Es la foto completa del carnaval local.
“Durante febrero hay corso en todos los barrios de Mar del Plata. Pero el corso central amplifica, muestra lo que se viene construyendo todo el año”, sostiene.
Y ahí lanza una definición que condensa todo:
“Ese día, los chicos de cada barrio marplatense son artistas del carnaval y son dueños del centro de su ciudad. Durante enero y febrero el centro se lo prestamos a los turistas. Ese día vuelve a ser de los barrios”.
Crecer en la crisis


La Venganza de los Pobres nació en 1999. Plena crisis social, económica, política y cultural.
“Siempre digo que las murgas y las comparsas crecen en número en los procesos de crisis”, afirma Federico. “Cuando la sociedad no encuentra una salida o una respuesta racional, la familia empieza a buscar arraigo en el barrio”.
Lo repite sin dramatismo, casi como una constatación empírica. En tiempos donde la precariedad avanza y el individualismo se impone como forma de supervivencia, la murga propone lo contrario: práctica colectiva.
“Es un lugar de encuentro. Es una construcción colectiva”, dice.
A diferencia de otros carnavales que funcionan por temporada, en Mar del Plata las murgas ensayan todo el año. No cuelgan el traje en marzo.
“El fenómeno de la murga marplatense trascendió el invierno. No paramos nunca. Participamos en actos escolares, en comedores, en fiestas. El carnaval se metió en la construcción de la sociedad moderna de Mar del Plata”.
Hay algo casi pedagógico en esa persistencia.
Resistencia desde la ternura
“Somos parte de esta sociedad que está medio quebrada”, reconoce Federico. El reciente homicidio en Batán obligó a reprogramar el carnaval previsto allí para el 1° de marzo. “El carnaval no escapa a la sociedad en la que vivimos”, dice.
Pero insiste en el lugar que ocupa la murga frente a ese escenario.
“La resistencia es no quedarse solo”, vuelve a decir, porque en tiempos violentos, la resistencia también puede ser desde la ternura y el encuentro.
“El desafío que tenemos es transmitir alegría. No importa lo que estemos viviendo. Capaz tuviste un día de mierda, frustraciones, problemas… pero esa noche en el carnaval disfrutás con un montón de gente que quizás no te une nada más que la murga”.
En ese cruce aparece algo potente: personas que en otro ámbito no compartirían espacio, pero que ahí son iguales: “El carnaval es el lugar en el que todos somos iguales. No importa la plata que tengas, los saberes, la religión o de qué club seas. El carnaval iguala”.
La murga como trama social
La Venganza de los Pobres ensaya en el complejo universitario y se identifica con el barrio San José. Pero nuclea personas de toda la ciudad.
“Tenemos chicos que vienen desde La Peregrina. Se toman el colectivo, caminan y vienen todos los sábados. Son parte de la comunidad boliviana. Vienen con sus hermanos, con amigos. Eso es el carnaval”.
No es un fenómeno exclusivo de sectores vulnerables ni de sectores universitarios. Es transversal.
“Hay murgas más barriales, más ligadas a un territorio específico. Y hay otras que mezclan todo. Pero en todos los casos es construcción colectiva”. Y esa construcción, sostiene, es una respuesta cultural al aislamiento.
“Uno trabaja para que los pibes tengan otra conciencia. Desde nuestro lugar tratamos de poner una curita”.
La palabra no es ingenua: no pretende salvar al mundo, pretende sostenerlo un poco.
Programación
- 14 de febrero – Carnaval en Mogotes (Parque de Mogotes)
- 15 de febrero – Corso Central MDP (Plaza España)
- 16 de febrero – Fiesta de la Cerveza (Santa Clara del Mar)
- 21 de febrero – Carnaval del Puerto (Banquina Pescadores)
- 22 de febrero – Corso Club Alvarado (Jara y Peña)
- 28 de febrero – Corso Fortunato de la Plaza (Fortunato de la Plaza e Ing. Rattery)
- 1° de marzo – Flama Carnaval Batán (reprogramado, Colectora Ruta 88)
El carnaval marplatense no es solo una postal pintoresca para la agenda cultural. Es una práctica que crece cuando la ciudad se fragmenta. Es ruido organizado contra la soledad. Es barrio que vuelve al centro.
Y, como dice Federico Álvarez Argüelles, es una forma simple y profunda de resistir desde la ternura, de no quedarse solo.
