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marzo 12, 2026

Músicos, artistas e intelectuales recuerdan el golpe en primera persona

A casi medio siglo del 24 de marzo de 1976, nueve figuras de la cultura reconstruyen cómo vivieron aquellos días. Entre rumores, miedo, detenciones, exilios y escenas domésticas, sus recuerdos muestran cómo se transformó la vida cotidiana y se abrió  una de las etapas más oscuras de la historia argentina.

Por Juan Salas

A veces la memoria de un hecho histórico no aparece solo en forma de grandes acontecimientos, sino en escenas pequeñas: una conversación escuchada por casualidad, una oficina que cambia de clima, un ensayo suspendido, una facultad vaciada de repente o una valija armada a las apuradas.

Para quienes atravesaron el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, los recuerdos suelen aparecer de ese modo. No siempre como una imagen precisa del instante en que se anunció la dictadura, sino como una sucesión de señales: rumores que circulaban en voz baja, el clima enrarecido que se sentía en el aire y, poco después, la certeza de que la vida cotidiana había cambiado para siempre.

Artistas e intelectuales reconstruyen cómo vivieron aquel momento. Sus relatos devuelven no solo el día del golpe, sino también el clima previo y el impacto inmediato de una ruptura institucional que marcaría a más de una generación.

Dora Barrancos – historiadora y socióloga

El clima previo al golpe ya se sentía. El aire estaba muy contaminado, muy enrarecido. El golpe estaba a la vuelta de la esquina y gran parte de la población, sobre todo quienes estábamos más atentos a lo que pasaba políticamente, tenía la percepción de que esto terminaba en un golpe. Era una sensación bastante extendida.

En ese momento yo había militado, pero había dejado de hacerlo porque la situación estaba muy complicada. Militaba en la juventud y habíamos tenido un trabajo largo en la zona de Ezpeleta, Berazategui. Pero había discusiones internas muy fuertes y yo sentía que esas discusiones no se podían saldar con una militancia abierta. Había unidades básicas que funcionaban en la superficie y la situación ya era muy riesgosa. Entonces me retiré prudentemente.

Además, en lo personal, mi hija menor había nacido en diciembre. Recuerdo algo muy íntimo: yo decía “que esta criatura nazca este año, porque el año que viene va a ser feroz”. Tenía esa percepción. Era como si los cuchillos cortaran el aire, como decía García Lorca. La espesura de lo que se venía se sentía.

Yo trabajaba en el PAMI desde su creación en 1971. En esos días, con compañeros del PAMI, éramos seis o siete personas que nos reuníamos en un café cerca de una de las sedes y debatíamos cómo iban a ser las características del golpe. Ese tipo de conversaciones se repetía en muchos ambientes donde había gente militante o progresista.

El telón de fondo inmediato era el horror de la Triple A. La Triple A elegía víctimas de muy distinta condición, pero en general atravesadas por alguna militancia social o política, o por su pensamiento. Entonces en esas discusiones alguien decía: “Bueno, pero con un golpe de Estado la Triple A la van a tener que extinguir”.

Y a mí se me ocurrió decir algo que probablemente fue una intuición, no una gran inteligencia política. Dije: “El golpe nos va a tirar a todos a la misma zanja”.

Un tiempo antes del golpe habíamos viajado con mi pareja a Salta en nuestro Citroën para visitar parientes. En febrero. Y en la ruta ya se percibía un clima muy extraño: retenes militares cada tantos kilómetros, personal de las Fuerzas Armadas que te hacía bajar del auto, que revisaba todo. Era una atmósfera muy inquietante, como un anuncio de lo que venía.

El 24 de marzo recuerdo que nos despertamos muy temprano con el famoso comunicado militar repitiéndose por la radio. Era estremecedor. Ese comunicado ya te ponía la piel de gallina. Era una amenaza completa.

Poco después me reincorporé al PAMI, porque estaba con licencia por maternidad y decidí volver antes de que terminara. Pero el 16 de abril fui exonerada junto a otras 17 personas. Nos hicieron abandonar el edificio.

El PAMI tenía una historia de organización sindical muy fuerte desde sus inicios. En 1972 habíamos hecho medidas de fuerza porque trabajábamos con contratos miserables que se renovaban cada tres meses y además no se estaban dando prestaciones adecuadas a los jubilados. Incluso habíamos cortado la calle Córdoba frente a la primera sede del PAMI. Después de largas negociaciones nos habían reincorporado.

Pero en 1976 todo fue distinto. Muchos de quienes habíamos sido parte de esas luchas quedamos en la mira. Cuando llegó el momento de las exoneraciones, los militares ya estaban ocupando el edificio. Las Fuerzas Armadas habían tomado el control del organismo. Después supimos que en la repartija del Estado la Marina se había quedado con el área de Bienestar Social.

Ese día nos comunicaron la exoneración cerca de las once de la mañana. Éramos 18 personas. Bajamos las escaleras del edificio de Avenida de Mayo y Piedras y algo increíble ocurrió: muchas de las personas que estaban con nosotros empezaron a acompañarnos. Éramos como cincuenta o sesenta bajando las escaleras cantando la marcha peronista.

Después nos fuimos a comer a una fonda grande de Avenida de Mayo que ya no existe. Y ahí, en esa mesa larga, fue la primera vez que escuché historias concretas de secuestros. Alguien dijo que a un compañero se lo habían llevado de la Costanera. Otro contó que a unos vecinos se los habían llevado de madrugada y la familia no sabía nada. Ahí escuché por primera vez la palabra “chupado”.

Yo había dicho aquella frase de la zanja, pero en realidad nadie imaginaba la dimensión del horror que iba a venir.

Los meses siguientes fueron muy duros. En octubre de 1976 desapareció una prima mía muy joven, que tenía apenas 20 años. La situación se volvió insostenible y decidimos que teníamos que irnos a Brasil.

Pero yo estaba separada y el padre de mis hijas mayores tenía la patria potestad, así que necesitaba su autorización para salir del país con ellas.

Fuimos a ver a un juez. Nunca voy a olvidar a ese hombre, aunque no recuerdo su nombre. Tendría unos cincuenta años. Yo le dije:
“Doctor, yo tengo que irme”.

Y él me respondió: “La entiendo perfectamente, señora”.

Entonces instó al padre de mis hijas a que firmara la autorización. Pero él se negó. Fue una situación muy terrible.

Por eso no pude salir del país en octubre de 1976. Recién pudimos hacerlo en mayo de 1977.

Antes de irnos ocurrió algo muy grave. Una amiga mía fue secuestrada durante tres días. En el interrogatorio le preguntaron por mí. La liberaron y ella logró avisarme inmediatamente. Ese mismo fin de semana salimos de nuestra casa. Nunca más volví a esa dirección.

Un mes más tarde me fui a Brasil. Fue muy doloroso, porque tuve que dejar a mis hijas mayores. Yo dudaba mucho en irme, pero mi compañero me dijo algo que nunca olvidé:

“Es preferible que las niñas te lloren un rato porque estás lejos, y no que te lloren muerta”.

Ellas se quedaron con su padre. Recién en diciembre de ese año pude volver a reunirme con ellas.

Como decía Hannah Arendt, a veces el mal también se cansa.

Nito Mestre – músico

En marzo del 76, por lo menos en Buenos Aires, ya se sabía que iba a haber un golpe. No se sabía el día exacto, pero se olía en el ambiente. Había comentarios, rumores… se sentía que algo iba a pasar. Eso estaba claro.

Yo me terminé de dar cuenta de lo pesado que iba a ser todo a la semana. Tenía que viajar a Canadá y un mediodía iba en taxi con una amiga, cerca del Obelisco. De repente pasó una tanda de camionetas del Ejército y empezaron a cerrar el tránsito. Un hombre que venía adelante no se dio cuenta y medio que quiso avanzar, pero lo encerraron a él y a todos los que estábamos atrás.

Se bajaron los soldados y empezaron a pedir documentos. Yo no los tenía. Tenía el pelo largo y, para el criterio de ellos, no tenía la apariencia “normal”. Me subieron a uno de esos camiones militares abiertos, me tiraron al piso y un conscripto me apuntaba con una FAL en la cabeza. No es poca cosa que te apunten así.

Escuché que alguien gritaba desde afuera: “Se lo están llevando a Mestre…”. Y en ese momento empezó una discusión insólita entre un policía y un militar. El policía decía que yo estaba en su jurisdicción y que le correspondía llevárselo a él; el militar respondía que no tenía documentos y que entonces era problema de ellos. Discutían quién se quedaba conmigo. Finalmente, me llevaron y estuve tres días detenido en Coordinación Federal.

En ese momento nadie sabía realmente qué estaba pasando ni qué iba a pasar. Hoy, con el diario del lunes, muchos dicen “yo sabía”, “yo me enteré”, “yo conocía tal cosa”. Pero no. La verdad es que nadie sabía nada. Si alguien sabía algo concreto, era porque estaba metido en algún lugar muy cercano al poder o tenía información privilegiada.

La gente podía suponer que estaban pasando cosas, claro. Pero saber, no. Los medios no publicaban nada, no existía internet, no había forma de acceder a información real. Lo que entraba por los diarios o la televisión era prácticamente nada. Mucho tiempo después empezamos a enterarnos de la dimensión de todo.

Esa fue mi experiencia. Así lo viví yo.

Esther Díaz – filósofa

Yo tenía 36 años cuando fue el golpe del 24 de marzo de 1976. Ya tenía hijos, estaba casada, divorciada, mantenía a mis hijos y a mí misma. Era licenciada en Filosofía y estaba preparando el doctorado, pero había tenido que suspenderlo porque los militares ya estaban interviniendo las universidades.

En ese momento trabajaba en el Ministerio de Agricultura y Ganadería, en un edificio sobre Paseo Colón, en San Telmo. Hace poco pasé por ahí y todavía me trae los recuerdos de esa época.

Antes había trabajado en el INDEC, cuando todavía era estudiante. Yo estudié de grande, porque de chica no me habían dejado. Ya casada, divorciada y con hijos decidí empezar la carrera. En el INDEC había mucho movimiento y mucho trabajo, y cuando pidieron gente para trasladarse al ministerio me anoté. Era un lugar más tranquilo y yo quería estudiar.

La oficina me encantaba. Tenía ventanas antiguas, de esas altas, casi góticas, que daban a Paseo Colón. Le pedí al jefe —un ingeniero agrónomo— entrar temprano. Me dejó hacer horario de mañana, de ocho hasta las dos. El resto de mis compañeros llegaba al mediodía.

Entonces yo tenía un pequeño ritual. Antes de entrar compraba el diario Clarín, llegaba, me hacía un café con leche y, sola en esa oficina silenciosa, leía el diario mientras desayunaba.

Cuando empezaban a llegar los compañeros el clima cambiaba. Muchos militaban políticamente. Hablaban mucho de política. Algunos después supe que eran montoneros, pero en ese momento nadie lo decía abiertamente. Todavía no habían pasado a la clandestinidad y la época de la Triple A ya era peligrosa.

En la oficina había una chica muy de izquierda. No sé bien dónde militaba, o si militaba formalmente, pero estaba todo el tiempo furiosa contra Isabel Perón y contra la Triple A. Entraba y empezaba a despotricar contra el gobierno.

Yo en ese momento no estaba metida en política para nada. Siempre voté peronismo, porque en mi vida había visto el ascenso social que produjo el primer gobierno de Perón. Pero no militaba.

Un día me animé a decirle algo que me parecía de sentido común. Le dije:
“Pero escuchame, estamos en democracia. Todo eso que vos puteás todo el día acá lo podrías ir a decir a la Plaza de Mayo. Nos podríamos movilizar, denunciar, escribir”.

Pero ella decía que no, que no había que aguantarla un día más. Sin decirlo con todas las palabras, estaba llamando al golpe.

Yo siempre le decía: “Nada es peor que un golpe de Estado viviendo en democracia”.

Los militantes se callaban la boca por razones obvias, porque era la época de la Triple A y mostrar demasiado podía costarte la vida.

El 24 de marzo, para mi sorpresa, mis compañeros empezaron a llegar temprano. Yo les preguntaba qué había pasado y no me querían decir. Como yo no militaba, no formaba parte de ningún grupo político, dudaban en contarme.

Pero yo veía que se reunían en un rincón de la oficina y hablaban entre ellos. Hasta que finalmente insistí y me dijeron: “¿Cómo? ¿No sabés que hubo un golpe de Estado?”.

Yo en mi vida había vivido ya cinco golpes militares. Y aun así no lo podía creer.

Poco tiempo después ocurrió algo que nunca olvidé: la primera desaparecida de mi entorno fue justamente esa chica que todos los días pedía el golpe.

Un día dejó de venir a la oficina.

Nunca más volvió.

Yo no sé si murió, si se escapó, si alguien la entregó. No sé si había un traidor entre nosotros. No sé nada.

Lo único que sé es que la que pedía el golpe todos los días fue la primera en caer.

Juan Carlos Baglietto – músico

La verdad es que no recuerdo exactamente qué estaba haciendo el 24 de marzo del 76 cuando se anunció el golpe. No tengo esa imagen precisa. En ese momento yo estaba estudiando Arquitectura; había entrado en el 74 y estuve cinco años metido en la facultad. No me recibí. Arranqué quinto año y después me di cuenta de que me gustaba más la guitarra que los planos.

Pero ese instante puntual del anuncio no lo tengo grabado. A veces después te cae la ficha de algunas cosas, pero ese momento exacto no lo recuerdo.

Lo que sí recuerdo es el cambio. Eso fue inmediato. Yo vivía en Rosario, era músico, tenía el pelo largo, andaba con la guitarra por la calle… y me llevaban preso una vez por semana. Literalmente. Y no por algo concreto: era por nada. Era el clima. Estaba en el aire. Cualquiera que se saliera un poquito del molde estaba mal visto.

En la Facultad de Arquitectura el clima se enrareció de golpe. Empezaron a pasar cosas, a sentirse presencias, silencios, miedos. Fue una lectura inmediata: algo se había endurecido de una manera brutal.

Yo no soy de los más perjudicados de la dictadura. No desaparecí, no tuve que exiliarme, no fui un perseguido político en el sentido más extremo. No militaba activamente. Pero eso no quiere decir que no haya sido tremendo. Lo fue. Nos cambió la vida.

Nos cambió la forma de salir a la calle, la manera de hablar, el modo de vincularnos. No era solo lo que aparecía —o no aparecía— en las noticias. Era la vida cotidiana. Cambiaron infinidad de cosas. Se instaló una sensación de control permanente, de sospecha.

En una ciudad como Rosario, que en el mejor de los casos era indiferente a sus expresiones artísticas, ese clima se sentía todavía más. Para quienes éramos jóvenes, músicos, con pelo largo y ganas de expresarnos, el mensaje era claro: mejor no sobresalir.

Yo la viví como tantos otros. No desde el centro de la persecución política, pero sí desde esa transformación profunda que nos atravesó a todos. Y eso, aunque no tenga una escena exacta del 24 de marzo, es algo que no se olvida.

María Rosa Lojo – escritora

En marzo de 1976 yo tenía veintidós años recién cumplidos y empezaba mi último año de la carrera de Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Era un momento de gran inquietud e incertidumbre, tanto en lo social como en lo personal. Como estudiante en la universidad pública ya había vivido en 1974 la experiencia de la intervención de Ottalagano y la suspensión de clases, así que sabíamos que la situación política era muy frágil y no teníamos claro qué podía llegar a ocurrir en el ’76.

En lo personal, además, atravesaba una situación familiar difícil. Yo estaba concentrada en terminar lo antes posible mis estudios, pero en casa había muchos problemas: mi mamá estaba sumergida en una grave enfermedad depresiva, mi hermano tenía otros trastornos mentales y mi papá, que sostenía económicamente a la familia, estaba completamente absorbido por su trabajo. El frente externo y el frente interno se combinaban en un clima de mucha tensión.

El golpe de Estado tuvo un impacto inmediato y, por supuesto, público. El día comenzó con un comunicado militar, de esos que después íbamos a escuchar tantas veces por cadena nacional. Recuerdo que estaba en casa en ese momento; creo que escuché la noticia por la radio.

En mi familia, además, todo eso resonaba con ecos ominosos de un pasado traumático. Mis padres eran españoles y cada uno había vivido por su lado la Guerra Civil. El escenario de un país dividido les recordaba inevitablemente los preliminares de aquella tragedia, y la toma del poder por parte de las Fuerzas Armadas evocaba para ellos el alzamiento de Franco.

Creo que el golpe se precipita en un contexto que podría describirse como una verdadera “tormenta perfecta”. La sociedad argentina acababa de vivir el año anterior la brutal devaluación del llamado Rodrigazo, que marcó un antes y un después —hasta hoy— en la percepción económica del país. La clase media había visto pulverizarse de un día para el otro sus ahorros en moneda nacional, y todos los trabajadores, sus salarios, mientras la inflación se disparaba a niveles altísimos.

Por otro lado, el frente político se había vuelto cada vez más turbulento desde la muerte de Perón, que ya había fracasado en la tarea de reordenar y reunir las corrientes de su propio movimiento. En 1975 se habían alcanzado picos de violencia muy fuertes, con acontecimientos que sacudieron al país: la insurgencia y la represión militar en Tucumán, y luego el ataque montonero al Regimiento 29 en Formosa.

Había un estado de agotamiento social que ayuda a explicar por qué una parte de la sociedad reaccionó con cierto alivio frente al golpe. Cuando la sensación de caos se vuelve constante e intolerable, muchas personas terminan prefiriendo cualquier promesa de “orden”.

Lo que en ese momento no se imaginaba era la dimensión de los horrores clandestinos del terrorismo de Estado, ni el desastre económico al que conduciría el autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”, sin hablar después de la Guerra de Malvinas y todas sus consecuencias.

Jorge Fernández Díaz – escritor y periodista

Yo tenía 16 años. No estaba politizado. Me politicé más tarde, con la generación de Malvinas; diría que dos años antes de Malvinas empecé a tomar verdadera conciencia política.

Durante la dictadura tuve conciencia plena de lo que pasaba. Incluso hice una revista contra la dictadura con un grupo de chicos. Pero en ese marzo del 76 yo era un adolescente que venía de ver una Argentina convulsionada.

Es difícil hoy recordar la prehistoria, pero no hay historia sin prehistoria. Los años 70 venían cargados de una violencia tremenda: la guerra peronista salvaje, el peronismo desde el poder persiguiendo y asesinando a gente de izquierda, crímenes de lesa humanidad que nunca fueron reconocidos como tales. Se alentó el terrorismo. Hubo luchas de facciones. Fue un clima de violencia muy fuerte.

Nada de eso, por supuesto, puede justificar lo que vino después. Muchos creían que podía venir un golpe “a la Lanusse”, pero lo que llegó fue Videla, Massera y un plan de exterminio. El Estado se convirtió en terrorista para combatir el terrorismo. Fue una de las noches más oscuras de la Argentina.

Recuerdo el momento en que me enteré. Yo estaba arriba, mirando una película, como hacía siempre. Abajo, en el patio, mi madre y mis tíos hablaban seriamente de algo. Bajé las escaleras y escuché que comentaban que había llegado la dictadura militar. Esa es la escena que tengo grabada.

En ese momento no había plena conciencia. Es un error mirar aquel instante con la perspectiva de hoy. Había gente que sabía más, que intuía lo que significaba un Estado terrorista, y otra que no sabía nada. Mis padres estaban alejados del poder y de las internas políticas; trabajaban como mozos. En mi casa no había información privilegiada. Lo que sí vivimos fue ese siniestro silencio que se instaló.

Recuerdo el puritanismo, la oscuridad, esa sensación peligrosa en el ambiente. Salías a la calle y tenías que llevar documentos; siendo un pibe te paraban. Se notaba en el aire que algo había cambiado.

Recién tres años después, cuando tenía 19, empecé a descubrir con más claridad lo que estaba ocurriendo. Nos pasábamos información, rumores, datos que circulaban de manera clandestina. Y lo que empezaba a conocerse era un horror.

Creo que la Argentina es tristemente famosa en el mundo por el horror que causó la dictadura. Y, al mismo tiempo, es un ejemplo por el juicio a las juntas. Es la otra cara de la moneda.

Patricia Sosa – cantante

Yo recuerdo esos días con mucho miedo. Mi generación fue muy castigada en ese sentido. En ese momento yo estaba en la facultad, estudiaba Arquitectura, y de repente nos sacaron rajando. Nadie nos explicaba qué estaba pasando: simplemente nos decían que saliéramos de ahí. Había mucho nerviosismo, nos ponían contra las paredes y teníamos miedo. No entendíamos nada.

La facultad me quedaba lejos de casa y no podía volver. Con una amiga, Sarita, hicimos dedo porque no sabíamos qué otra cosa hacer. No sabíamos qué estaba pasando, nadie nos explicaba nada. En el camino, por la radio del señor que nos llevó, nos fuimos enterando más o menos de lo que ocurría. Decíamos “no te puedo creer”, pero todo era muy confuso. Recién cuando llegué a casa nos sentamos más tranquilos a ver qué pasaba.

Mis padres estaban muy asustados porque no había celulares ni forma de comunicarse. No sabían dónde estaba ni qué me había pasado. Nos quedamos en casa esperando, todos con miedo, tratando de entender qué era lo que iba a pasar. En la facultad circulaban trascendidos entre los estudiantes, que había pasado esto o aquello, pero nadie sabía realmente si era verdad. Ni siquiera teníamos un televisor a mano como para informarnos.

En ese momento había que seguir viviendo. Yo no militaba en ningún partido ni tenía nada que ver con la política, así que tampoco sabíamos qué podía pasar. No imaginábamos que iban a venir las desapariciones ni todo lo que ocurrió después.

A los pocos días, Óscar Mediavilla vino a casa y decidimos seguir ensayando porque la gente que nos prestaba la sala nos había dicho que no iba a haber problema. Pero una noche fuimos a tocar a un boliche y cayó una razzia: nos llevaron a todos presos. Eso pasaba seguido. A veces yo tenía que ir a buscar a Óscar a la comisaría, llevarle un sándwich o una frazada. Era todo por portación de cara o por el pelo largo. Así era.

En ese momento no tomábamos dimensión de lo enorme que estaba pasando. Muchos creíamos que se trataba de poner orden en el país, pero no sabíamos exactamente qué significaba eso. El miedo de verdad vino después, con el tiempo, cuando empezamos a entender.

Lo vivimos con mucho dolor, pero también en la ignorancia. Éramos chicos, teníamos 16 o 17 años, y no sabíamos que había tanta gente sufriendo de una manera tan terrible.

Carlos Rottemberg – empresario teatral

Yo empecé como empresario teatral en Buenos Aires el 1° de julio de 1975. Tenía 20 años. Y recuerdo que el 24 de marzo de 1976 estábamos por empezar los ensayos de una obra con Pepe Soriano, que finalmente tuvimos que posponer justamente por el golpe. La obra se llamaba Parra, la vida de Florencio Parravicini y la idea era estrenarla en abril, para Semana Santa.

Con el tiempo confirmé que el 24 de marzo fue miércoles. Me acuerdo porque soy bastante obsesivo con las fechas y siempre termino buscando en el calendario qué día cayó tal cosa. Ese miércoles íbamos a arrancar y todo quedó suspendido. La maquinaria se detuvo. Estábamos preparando un estreno y de repente cambió el país.

¿Cómo lo viví? Como tantos argentinos, con sensaciones contradictorias. Por un lado, ya veníamos de un clima muy pesado. Recuerdo claramente las amenazas de la Triple A, que fueron anteriores al golpe. En el ambiente teatral se vivía con preocupación. Pienso, por ejemplo, en Luis Brandoni y Marta Bianchi: a Brandoni lo fueron a buscar a la salida del Teatro La Salle y se lo llevaron en el baúl de un auto. Esos episodios ya marcaban que algo muy oscuro estaba pasando.

Y por otro lado, cuando el golpe se concreta, aparece el terrorismo de Estado en toda su dimensión. Las amenazas en las salas continuaron, sobre todo hacia los actores. En el teatro comercial quizás era menos visible, pero en televisión, en radio y en cine las prohibiciones fueron muy fuertes. La censura se hizo evidente.

Exactamente cómo me enteré del golpe, quién me lo dijo o cómo lo escuché ese día, no lo recuerdo con precisión. Sí recuerdo que estaba yendo al teatro y que todo se frenó. Lo inmediato fue suspender lo que estábamos haciendo. Esa obra finalmente se estrenó más adelante, en abril, como estaba previsto, pero ya en otro contexto, en otro país.

Lo vivimos con mucha incertidumbre y con miedo. No era algo abstracto: había antecedentes concretos, amenazas reales, gente que ya había sido secuestrada. El golpe terminó de instalar un clima que ya venía enrarecido, pero lo llevó a otro nivel.

Esa es la memoria que tengo de esos días: la sensación de que, de un momento a otro, la vida cotidiana —también en el teatro— cambió para siempre.

Ana María Picchio – actriz

En esos días yo estaba en mi casa, en Constitución, con mi perro y el auto. Escuché la noticia del golpe y no lo dudé: empecé a hacer la valija, la puse en el auto, agarré el perro y me fui. Así fue. Me fui a la mierda.

Antes pasé por el teatro, que en ese momento era el Provincial, y dejé dicho que me iba. Les pedí disculpas, pero me fui igual. Sentía terror. Sabía que tenía que irme.

No fue tan fácil después, porque me acusaron de haber abandonado el espectáculo. Yo tuve que ir a la Asociación Argentina de Actores a explicar por qué me había ido de esa manera. Les dije la verdad: me fui por pánico. Finalmente me perdonaron, pero fue duro.

Para algunos en ese momento ya estaba claro lo que podía pasar. Los que estaban atentos a la realidad podían dimensionarlo. Otros no. Pero yo sí estaba muy consciente de lo que podía llegar a pasar, y por eso me asusté tanto y tomé la decisión de irme.

Fue por miedo, por terror. 

***

Cinco décadas después, los recuerdos del 24 de marzo de 1976 todavía aparecen en escenas concretas: una detención inesperada en plena calle, una facultad vaciada de golpe, una oficina que ya no vuelve a ser la misma, una valija hecha a las apuradas o una palabra escuchada por primera vez que después marcaría toda una época.

Las voces reunidas en estos testimonios muestran que, más allá de las interpretaciones históricas posteriores, el golpe también fue vivido como una experiencia íntima y cotidiana. Para muchos, la dimensión del horror se fue revelando con el paso de los meses y los años.

Pero en todos los casos aparece una certeza compartida: el momento en que la democracia se quebró y la vida de millones de argentinos cambió para siempre.