Oficinas que operan las 24 horas, redes de cajeros, billeteras virtuales y plataformas difíciles de rastrear. Un informe sobre el fenómeno, testimonios de operadores, la advertencia de especialistas en ludopatía y una investigación judicial revelan cómo funciona el circuito clandestino de apuestas online.
Por Juan Salas
En un departamento de un edificio del puerto de Mar del Plata, detrás de una puerta sin cartel funciona durante las 24 horas una oficina que mueve miles de dólares por día.
Por turnos de ocho horas, seis personas se sientan frente a computadoras y teléfonos celulares. Atienden mensajes de WhatsApp, reciben transferencias, cargan fichas y pagan premios. No hay ruletas ni máquinas tragamonedas. Todo ocurre en la pantalla.
Una oficina de este tipo puede mover alrededor de 5.000 dólares diarios en apuestas online ilegales.
La escena puede parecer excepcional, pero no lo es.
Según un informe sobre la economía política del juego ilegal en Argentina, el fenómeno dejó de ser una suma de páginas clandestinas o apuestas informales para convertirse en un sistema económico paralelo, altamente adaptativo y escalable.
Ese sistema combina plataformas tecnológicas, marketing digital, métodos de pago integrados al sistema financiero formal y una red de operadores locales que reclutan jugadores y procesan las apuestas.
La lógica es descentralizada: unos pocos actores concentran infraestructura, plataformas y estrategias de captación, mientras miles de microoperadores —los llamados cajeros o agentes— se encargan de la operatoria cotidiana. Una suerte de evolución 2.0 de la quiniela trucha barrial.
Este diseño le permite a la organización expandirse rápidamente, reemplazar operadores cuando aparecen investigaciones y dispersar los riesgos legales entre múltiples actores.
Por qué crece tan rápido
El informe identifica varias razones que explican la expansión del juego ilegal.
La primera es la baja barrera de entrada. Para montar una operación muchas veces alcanza con un teléfono celular, redes sociales y acceso a una plataforma de apuestas o a un proveedor de créditos.
En contraste, el juego legal debe cumplir licencias, controles de identidad, regulaciones publicitarias y obligaciones fiscales. Esa diferencia genera una ventaja operativa para el circuito clandestino.
Las redes sociales funcionan como el principal sistema de captación. Plataformas como Facebook, Instagram o WhatsApp permiten difundir promociones, atraer usuarios y sostener contacto directo con los jugadores.
A eso se suma un factor cultural que el informe considera clave: la normalización social de la informalidad en Argentina. Cuando la apuesta se realiza a través de alguien conocido —un vecino, un amigo o un compañero de trabajo— la dimensión ilegal pierde peso frente a la confianza personal y la facilidad de acceso.
Dentro del casino virtual
Quienes trabajaron como cajeros describen un sistema que, puertas adentro, funciona más como una oficina que como un casino.
Uno de ellos empezó en 2022, atraído por el salario. “Pagaban más o menos el doble de lo que podía cobrar en otro laburo”, recuerda. Sabía que la actividad era ilegal, pero el trabajo tenía horarios claros: turnos de ocho horas y varias personas dedicadas exclusivamente a cargar fichas, registrar transferencias y atender consultas.
El procedimiento era simple. El jugador enviaba dinero a una billetera virtual o a un CBU, y el cajero cargaba manualmente los créditos en la plataforma.
“Es como ir a un casino normal y poner la plata en la máquina, pero en lugar de hacerlo automático lo hace una persona”, explica.
La captación de clientes se hacía principalmente mediante publicidad en redes sociales y grupos de WhatsApp. El atractivo estaba en los bonos de bienvenida y en la posibilidad de apostar sumas muy pequeñas.
“Las jugadas eran de cinco o diez pesos. Eso hacía que mucha gente se metiera”, recuerda uno de los ex operadores.
En algunas oficinas el movimiento podía alcanzar entre 500 mil y un millón de pesos por día, dependiendo de la cantidad de jugadores.
Otra cajera de 22 años cuenta que consiguió el trabajo a través de una amiga. En la oficina donde trabaja hay cerca de veinte personas distribuidas en distintos turnos y “paneles” de atención.
Según su experiencia, cada panel puede mover entre dos y cinco millones de pesos diarios, y la ganancia total del sistema puede rondar los ocho millones en días tranquilos.
El dinero que circula


El informe también señala que el juego ilegal no depende principalmente de criptomonedas, como suele imaginarse.
Gran parte de las operaciones se realizan a través de billeteras virtuales reguladas, mediante cuentas de terceros, alias rotatorios y microtransacciones fragmentadas que dificultan la detección de patrones.
Las apuestas individuales suelen ser pequeñas, pero multiplicadas por miles de operaciones diarias generan volúmenes millonarios de dinero.
Ese flujo constante explica por qué el sistema puede sostener oficinas, empleados, plataformas tecnológicas y campañas de captación digital.
Un caso que mostró cómo funciona la red
La lógica del sistema quedó expuesta en una investigación que llevó adelante la fiscal federal Laura Mazzaferri en Mar del Plata y que permitió avanzar sobre una organización dedicada al juego online clandestino, el contrabando y el lavado de activos.
La causa permitió reconstruir un esquema en el que las apuestas ilegales no eran una actividad aislada, sino una pieza dentro de una estructura financiera más compleja que operaba desde al menos 2020.
Según la investigación, la organización explotaba casinos virtuales sin autorización y luego montaba una ingeniería destinada a ingresar esas ganancias al circuito formal o transformarlas en bienes y criptoactivos.
Para hacerlo recurrió a una red de personas captadas para prestar sus datos personales, documentos y validaciones biométricas con el fin de abrir cuentas en billeteras virtuales.
Esas cuentas funcionaban como “mulas financieras”: recibían dinero de las apuestas, lo movían entre distintos usuarios y permitían fragmentar las operaciones para volver más difícil su rastreo.
La maniobra se apoyaba en el llamado “pitufeo”, una técnica de lavado que consiste en dividir grandes sumas en múltiples transferencias pequeñas para evitar alertas y controles.
La investigación detectó que parte de esas ganancias terminaba en vehículos de media y alta gama, propiedades, viajes al exterior y activos virtuales.
Durante los allanamientos realizados en noviembre de 2025, donde incluso hubo un megaoperativo en un barrio privado: se secuestraron millones de pesos, cientos de miles de dólares y dinero en otras monedas, además de computadoras con plataformas de casinos online abiertas.
En uno de los procedimientos, uno de los sospechosos intentó deshacerse de la evidencia arrojando bolsos con dinero y teléfonos celulares al patio de un comercio vecino.
Para los investigadores, el valor del caso está en lo que permitió revelar: que detrás de una cadena de apuestas online funcionaba una estructura segmentada, con subgrupos dedicados a captar cuentas, operar plataformas, mover dinero y lavar activos.


El entramado criminal
Para la Fiscalía Federal, el fenómeno del juego clandestino no debe leerse únicamente como una oferta ilegal de apuestas, sino como parte de un entramado mucho más amplio de criminalidad económica y captación de personas vulnerables.
La fiscal federal Laura Mazzaferri, el secretario de Fiscalía de Distrito Maximiliano Giúdice y Micaela Esperón, integrante del equipo que trabaja en territorio y prevención, advierten que este tipo de estructuras no solo pueden servir para mover dinero informal, sino también para canalizar maniobras de lavado, estafas y otras formas de explotación.
Una de las modalidades que más preocupa es la utilización de personas vulnerables como “mulas financieras”: hombres y mujeres que, por necesidad económica o por confianza en alguien cercano, prestan su nombre, sus datos personales y hasta su validación biométrica para abrir cuentas en billeteras virtuales o servicios de pago. Esas cuentas luego pueden ser utilizadas para recibir fondos, canalizar apuestas ilegales, mover activos virtuales o encubrir maniobras más complejas.
Según explicaron, muchas veces la captación empieza en círculos de confianza: un amigo, un familiar o un conocido propone “entrar en un negocio”, abrir una cuenta o prestar datos a cambio de dinero rápido. El problema es que, detrás de esa aparente informalidad, la persona puede terminar involucrada en expedientes penales o incluso quedar expuesta ante organismos fiscales por movimientos millonarios que jamás controló.
La fiscalía remarca que estas redes suelen apuntar a quienes presentan mayores condiciones de vulnerabilidad: adolescentes, jóvenes con urgencias económicas o personas con poca alfabetización digital. En ese sentido, el circuito del juego clandestino puede funcionar también como puerta de entrada a otras formas de explotación. Un chico que empieza apostando puede terminar captado como cajero, intermediario o recaudador dentro de una estructura que lo excede por completo.
Además, los investigadores advierten que el volumen de dinero que mueve este mercado es enorme. Aunque muchas apuestas ingresan en montos pequeños, la multiplicación de operaciones diarias y el uso de activos virtuales permite que las organizaciones movilicen millones de pesos y millones de dólares, muchas veces mediante técnicas de fragmentación para evitar controles y alertas.
Frente a ese panorama, desde la fiscalía insisten en que la respuesta penal por sí sola no alcanza. La persecución del delito es apenas una parte del problema. La otra, sostienen, está en la prevención, en la educación digital y en el trabajo territorial antes de que las redes criminales ocupen ese lugar. Por eso ponen el foco en escuelas, clubes, barrios y espacios comunitarios, donde aparecen antes que en los expedientes las señales de vulnerabilidad que después terminan siendo explotadas por estas organizaciones.
La advertencia de fondo es clara: cuando la respuesta del Estado llega únicamente a través de una causa penal, muchas veces ya llegó tarde. Por eso, además de investigar el dinero, las cuentas y las plataformas, la fiscalía sostiene que hace falta construir ciudadanía digital, fortalecer los espacios de pertenencia y trabajar sobre las condiciones sociales que vuelven a chicos y adultos terreno fértil para la captación.
Detrás de una apuesta de pocos pesos puede haber una cadena mucho más grande: cuentas prestadas, dinero fragmentado, captación de jóvenes y estructuras criminales que aprovechan la vulnerabilidad social y digital.
Del juego a la explotación
Ese esquema también permite pensar el juego clandestino en una escala mayor. Para la fiscalía, en algunos casos el circuito puede cruzarse con otras formas de explotación y criminalidad organizada. El juego ilegal puede servir como herramienta para lavar dinero, pero también como espacio de captación de adolescentes y jóvenes vulnerables para cumplir tareas dentro de la estructura: cobrar, prestar cuentas, mover fondos o escalar hacia funciones cada vez más exigentes.
La advertencia no es abstracta. Los funcionarios explican que muchas organizaciones delictivas eligen a las personas más vulnerables: por edad, por necesidad económica, por baja alfabetización digital o por falta de espacios de contención. En ese contexto, un chico que entra al circuito por curiosidad o por apostar pequeñas sumas puede terminar reconvertido en cajero, intermediario o recaudador de una red que lo excede completamente.
La preocupación por los adolescentes aparece una y otra vez. Por un lado, porque las plataformas reguladas no deberían permitir el acceso de menores, lo que vuelve a los sistemas clandestinos especialmente atractivos para ese público. Por otro, porque las organizaciones encuentran ahí un terreno fértil: urgencias económicas, deseo de pertenencia, fascinación con el dinero rápido y una vida digital intensa pero no necesariamente crítica.


Ciudadanía digital
Hay una necesidad de trabajar la prevención antes de que el conflicto llegue al expediente judicial. Micaela Esperón, que se ocupa del trabajo territorial, sostiene que las escuelas siguen siendo un lugar clave para detectar vulnerabilidades, pero no el único. También hacen falta clubes, organizaciones barriales, espacios públicos cuidados y redes comunitarias capaces de ofrecer pertenencia y contención.
La idea que plantean es simple y contundente: cuando una problemática social compleja llega a la respuesta penal, en cierto modo el Estado ya llegó tarde. Por eso insisten en una prevención que combine educación digital, presencia territorial y una mirada interdisciplinaria. Ser “nativo digital”, advierten, no significa estar alfabetizado en la cultura digital. Y esa carencia vuelve a chicos y chicas mucho más vulnerables a manipulaciones, engaños y captaciones.
En ese sentido, la expansión del juego clandestino no puede leerse de forma aislada. Forma parte de un ecosistema más amplio en el que lo virtual aparece muchas veces como un espacio menos real, menos riesgoso y menos regulado de lo que verdaderamente es. Esa percepción, para los investigadores, es una de las grandes ventajas del crimen organizado contemporáneo.
Apuestas online y ludopatía
La psicóloga Macarena Di Lella, especializada en consumos problemáticos, advierte que las apuestas digitales cambiaron la forma en que aparece hoy la ludopatía. “No es un vicio ni una cuestión de falta de voluntad. Es una conducta adictiva que se vuelve problemática cuando la persona pierde el control”, explica.
Para la especialista, el riesgo se potencia porque el juego ya no exige un desplazamiento físico ni horarios acotados: está disponible todo el día, en el teléfono, con acceso inmediato y sin límites claros. “Aparece mucho en jóvenes por la fantasía del dinero rápido y de la independencia inmediata”, señala.
Di Lella remarca además que la adicción no empieza necesariamente por la plata sino por la búsqueda de alivio frente al aburrimiento, la angustia o la frustración. Las plataformas, dice, están diseñadas para sostener el enganche mediante recompensas intermitentes: el usuario nunca sabe cuándo va a ganar, y esa incertidumbre es justamente lo que alimenta la compulsión.
En su experiencia clínica, el fenómeno se ve cada vez más temprano. “Lo que más se observa es en la adolescencia, desde los 13 o 14 años en adelante”, advierte. Entre las señales de alarma menciona mentir sobre cuánto se juega, apostar para recuperar lo perdido, endeudarse, irritarse cuando no se puede apostar, aislarse o mantener un secreto excesivo con el celular.
Para la psicóloga, el problema no se resuelve solo con regulación. Hace falta prevención, educación y espacios de escucha. “No se trata solamente de vigilar, sino de conversar antes de que el problema escale”, resume.
Un mercado dominado por la clandestinidad
En la provincia de Buenos Aires el juego online legal funciona bajo un sistema de licencias otorgadas por el Estado. Actualmente existen siete operadores habilitados para ofrecer casinos virtuales regulados.
Sin embargo, empresarios del sector aseguran que la mayor parte de las apuestas digitales se realizan por fuera de ese circuito.
Según estimaciones de la industria, el juego online mueve en Argentina alrededor de 400.000 millones de pesos por mes. De ese total, sostienen, solo un 20 % corresponde al circuito legal, mientras que cerca del 80 % se realiza en plataformas clandestinas.
Los operadores legales también señalan una fuerte asimetría en las condiciones de competencia. Mientras las plataformas autorizadas deben cumplir controles de identidad, auditorías tecnológicas y regulaciones de juego responsable, el sistema clandestino funciona sin esas restricciones.
Además, aseguran que cerca de la mitad de lo que recauda el sector legal termina en impuestos y cargas regulatorias.
“A más regulaciones, mayor espacio para el juego ilegal”, sostienen algunos empresarios.
Un fenómeno más grande que una apuesta
El juego clandestino crece porque combina varios factores: facilidad tecnológica, redes de confianza, crisis económica y un sistema digital donde las apuestas están disponibles en cualquier momento desde el celular.
Para muchos usuarios es apenas una apuesta rápida desde el teléfono.
Pero detrás de ese gesto cotidiano puede existir un circuito mucho más amplio: oficinas ocultas, redes de cajeros, cuentas prestadas, dinero fragmentado y organizaciones que se adaptan rápidamente a cada cambio tecnológico o regulatorio.
Por eso, reducir el fenómeno a una discusión sobre plataformas o prohibiciones sería mirar solo una parte del problema.
Detrás de una apuesta de pocos pesos puede haber una cadena mucho más grande. Y entenderla es el primer paso para poder enfrentarla.
