En diálogo con Bacap, la psicoanalista y escritora repasa ideas acerca de cómo afecta la posibilidad de comunicación el modo en el que nos posicionamos frente al saber.
Por Camila Spoleti
Alexandra Kohan es Licenciada en Psicoanálisis y Magíster en Estudios Literarios por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Se dedica a la práctica psicoanalítica y a la docencia. También escribe. Tiene tres libros publicados: Psicoanálisis: por una erótica contranatura; Y sin embargo, el amor; Un cuerpo al fin y El sentido del humor. Además, colabora con elDiarioAR, y es una de las escritoras del newsletter Kohan, que tiene lugar en el medio digital Cenital. Allí, sus textos se alternan, domingo a domingo, con los de Martín Kohan.
En uno de sus textos publicados en Cenital, “Formas de hablar”, Alexandra Kohan reflexiona acerca de cómo hablan de psicoanálisis quienes se dedican a él, poniendo especial atención al modo en el que se considera (o ignora) al interlocutor. En su desarrollo, identifica posiciones de enunciación que parecieran perseguir más la validación del propio saber que la comunicación con un otro. Recuperando aquel texto, en diálogo con Bacap, Kohan sostiene: “Me preocupa en relación al psicoanálisis, que es el ámbito que más conozco, pero yo diría que lo puedo hacer extensivo a todos los ámbitos: de qué manera hablamos cuando hablamos y si, en esa manera que encontramos de transmitir lo que queremos decir y lo que sabemos, incorporamos o no a otro. Si suponemos una interlocución o si hablamos solos. Hay mucha gente hablando sola, que no piensa que hay un otro, no solo escuchando, sino interactuando. A mí me interesa construir interlocuciones. Y, para mí, la única manera de construir una interlocución es revisando nuestras maneras de hablar”.
Kohan describe dos manifestaciones de este fenómeno, aparentemente opuestas, pero con un mismo efecto. Por un lado, el uso de un lenguaje “de especialistas”, que excluye a quien no maneja los términos, pero que también es empleado, muchas veces, no como una herramienta necesaria para procurar expresar una idea con rigurosidad, sino como un revestimiento formal que en realidad no dice nada. “Vos vas a un congreso de psicoanálisis y hay una jerga dando vueltas. Y llega un momento en el que ya nadie entiende de qué estamos hablando”, ejemplifica. Por otra parte, señala aquellos casos en los que se subestima al interlocutor: “hablarle, dicen, ‘bajándole los conceptos’, como si el interlocutor fuera tonto”. De este modo, tampoco se logra transmitir ideas.
Al pensar en las condiciones del presente que influyen en estos modos de enunciación, Kohan considera: “A mí lo que me parece es que hay una tendencia, yo diría, a la condescendencia. Es como que hay una necesidad de ser validado todo el tiempo y, en nombre de ser validado, decir lo que suponés que el otro quiere escuchar”.
—¿Cómo evitás eso en tus libros? ¿Cómo buscás llegar al lector sin subestimarlo?
—Bueno, uno no sabe si eso le va a salir o no le va a salir porque uno puede tener toda la intención y después no lo sabe. Para mí cada libro es un nuevo desafío porque yo no sé si me va a volver a salir eso que dicen que me sale, que es combinar cierta rigurosidad conceptual con una manera de transmitir las cosas que no es estrictamente divulgación porque yo no hago divulgación. Porque no lo sé hacer, no porque esté en contra de la divulgación. Me parece que el modo en que uno asume una enunciación no es muy voluntario que digamos. Que tiene que ver con el estilo de uno. No sé cómo logré esto. Yo puedo tener algunas ideas acerca de, por ejemplo, estar muy pendiente de eso, después no sé si me va a salir. Pero me interesa muchísimo ni escribir desde el supuesto saber del experto que deja fuera medio mundo, ni la divulgación llana. En todo caso me parece que es encontrar eso, no renunciar a la rigurosidad propia de las cosas. Ser críptico es una cosa y otra cosa es que hay cuestiones que son complejas de por sí. Eso lo decía Freud y lo decía Lacan también, la complejidad está en el asunto mismo, no en uno. Una vez que uno dice: “Bueno, el complejo no soy yo, es la cosa misma”, no renunciar a la complejidad. No temer tampoco que el lector aguante un poco, se incomode, no entienda, lo deje, lo vuelva a abrir, o sea, no llevarlo al lector de la mano porque sería un poco tramposo eso.


El psicoanálisis y todo lo demás
En los artículos de Kohan publicados en medios de comunicación, así como también en la columna que, por un tiempo, llevó adelante en el programa Dinero y Amor en el canal de streaming Blender, y en participaciones de otros psicoanalistas en espacios mediáticos, no se trata tanto de hablar sobre psicoanálisis como de hablar desde el psicoanálisis. Cabe entonces la pregunta acerca de cuáles son los temas que pueden ser pensados desde esta práctica, y también, nuevamente, la pregunta acerca del cómo.
—Actualmente, me parece, circulan muchos discursos que tienen que ver con justificar ciertas posturas en nombre de “lo natural” o lo “dado”, ¿pensás que el psicoanálisis es una herramienta para hacerle frente a esto?
—Sí. Siempre lo fue, ¿no? En el procedimiento de desnaturalización. Es una, no digo que sea la única, es de la que hablo porque es de la que más sé. La filosofía también, la literatura también, la crítica literaria, hay una cantidad de disciplinas que justamente van en contra de la naturalización o van a denunciar la naturalización. Me parece que el proceso de naturalización es uno de los más nocivos, porque siendo seres humanos ya no tenemos nada natural. Y me parece que es interesante deshacer. O hacer la pregunta de cómo están hechas las cosas. Las cosas están hechas, no están dadas, están hechas. Bueno, no se trata solo de denunciar que es que están hechas, sino de ver cómo están hechas, ¿no? Me interesa ese procedimiento y para mí eso es leer, es ver de qué está hecho algo y no darlo como por natural. El psicoanálisis es una de las prácticas que hace eso. Lo hace cada uno en el diván también, uno desnaturaliza sus propias cosas, no solo las del mundo.
—¿Cómo pensás la relación entre la capacidad del psicoanálisis de desentrañar algo de lo íntimo o privado y lo que puede decir de cuestiones sociales cuando se lo lleva a un espacio como puede ser una columna en un medio de comunicación?
—Te diría que hay un prejuicio de creer que el psicoanálisis es una práctica individual o individualista y está mal pensarlo así, digamos, porque lo que el psicoanálisis hace, primero, es escuchar a un sujeto en un contexto determinado, no es que uno desconoce el contexto en el que los síntomas se producen. Primera cuestión. Segundo: es una práctica social, no es individual. Tercero: esas consecuencias del pasaje por un diván van a ir a parar a la comunidad, porque el paciente es parte de una comunidad. Entonces, todo lo que pasa en el diván después tiene consecuencias en la comunidad. Eso en términos de la práctica. Entonces, el síntoma mismo está, de alguna manera, pensado políticamente. Es un acto político el síntoma. Seguramente habrá psicoanalistas que crean que está separado del contexto, no es el modo en que yo concibo el psicoanálisis. El psicoanálisis nace en un contexto determinado, que era la época victoriana y también los síntomas tenían que ver con eso, nadie desconoce nunca el contexto.
Y, después, yo personalmente no pienso desde el saber del experto, no es que yo vengo con mi saber a analizar las cosas, detesto esa posición. A mí me parece que lo que a mí me mueve son preguntas, y esas preguntas son las que yo voy siguiendo. Yo no tengo las cosas pensadas, no tengo ni idea. La mayor parte de las veces que me hacen una pregunta, digo: “No lo sé”. En términos de cuestiones sociales, ¿no? “¿Qué pensás que…”, no sé, dejame pensarlo, no lo tengo pensado. Me parece nocivo cuando los psicoanalistas aparecen públicamente sabiendo, digamos. Me parece nocivo porque además es contrario a la práctica, el psicoanálisis es una práctica del no saber. En el consultorio uno tiene que suspender lo que sabe para poder escuchar a otro. Yo diría que fuera del consultorio también, uno tiene que suspender lo que sabe para que el otro entre a la escena. Esto que decíamos al principio, ¿no? ¿Cómo construir una interlocución? ¿Cómo entra otro en la escena? Bueno, corriéndote vos de la escena. Corriéndote en el sentido de deponer las armas narcisistas y la defensa yoica que tan aplastante resulta. Entonces me parece que hay formas y formas de hablar.
El sentido del humor
En su último libro, El sentido del humor, publicado por la editorial Paidós en 2025, Alexandra Kohan aborda, a partir de un conjunto de textos breves, la cuestión, justamente, del humor.
—¿Qué te llevó a escribir sobre este tema?
—La cuestión del humor y el chiste y la risa me interesó siempre. Nunca había decidido o nunca se me había ocurrido escribir un libro. Porque fue una ocurrencia. Así como los chistes son ocurrencias, el libro fue una ocurrencia. O sea, son temas de los que me ocupo hace muchos años, pero antes escribí sobre el amor, después sobre el cuerpo y no se me había ocurrido escribir sobre el humor. Y un día se me ocurrió escribir sobre el humor, no me acuerdo a partir de qué. Pero cuando recupero en qué estaba pensando en ese momento, es que notaba demasiada solemnidad en el ámbito en el que a mí me interesa. En gente, no sé cómo decirlo, en una zona ideológicamente afín a la mía. Como si dijéramos entre los nuestros, no sé cómo decirlo para no caer en prejuicios. Incluso diría en el progresismo, si querés, rápido, aunque hoy en día ya no sabemos qué es el progresismo. Pero había mucha solemnidad y a mí me parece que la solemnidad es a veces contraproducente. No es que uno tenga que ser gracioso, para nada, pero me parece que con no ser solemne podría alcanzar. Alcanzar digo para esto que estoy pensando. Y a partir de ahí recuperé ese gusto por la lectura sobre el humor que había dejado a un costado un tiempo, pero que, insisto, había leído muchos años antes y bueno, me embarqué en el libro.
—¿Te parece que hay una intención de evitar que se cuele el humor?
—Sí, porque el humor, obviamente, hay que saber cómo hacerlo, ¿no? Porque si no también hay mucha gente que termina siendo desubicada, porque no lee los códigos o no lee la escena en la que está. No me refiero a hacer chistes sino a dejarse tomar por la ocurrencia un poco más. Estar menos a la defensiva. Y después está toda la discusión sobre el humor también. Cuándo hacer humor, cuándo no, qué humor, sobre qué se puede hacer humor, sobre qué no se puede hacer humor. En fin, todas esas son las cosas que abordo en el libro, que me interesan.
En el libro, Kohan reivindica la posibilidad de aprendizaje a partir de un chiste, en tanto, en él, el conocimiento no se plantea como un saber absoluto o una posesión de quien enseña o una institución inapelable. Así, dejar lugar a la emergencia del chiste, hablar desde la no insistencia en obturar una posible ocurrencia, es una forma de hablar. Una forma de hablar que habilita que suceda algo distinto a lo sabido y controlado, en tanto el chiste es —explica Kohan en el libro, a partir de Freud— “algo inesperado, sorpresivo”, “un hallazgo”. Entonces, por eso, quizás para algo podría alcanzar.
