Dirigida por Daniel Duche y producida por Ayelén Bustos Suárez, es el primer proyecto de Latinoamérica de habla hispana en llegar a la plataforma: una animación sin diálogos, con una única voz —la de Mario Castañeda— y una historia atravesada por la ambición, el poder y los límites morales.
Por Juan Salas
La codicia como motor, como condena y como reflejo del mundo aterrador en el que vivimos. Sobre esa idea se construye La Huella del Oro, la serie animada argentina dirigida por Daniel Duche y producida por Ayelén Bustos Suárez, que desembarcó en abril en Adult Swim y se puede ver en HBO Max.
La Huella del Oro se trata del primer proyecto de Latinoamérica de habla hispana en llegar a Adult Swim, el segmento de Cartoon Network de producciones principalmente estadounidenses que apuntan a un público adulto particularmente exigente dentro del mundo de la animación, con títulos como Rick and Morty, Robot Chicken, Primal o Samurai Jack.
La serie no presenta héroes. Tampoco villanos claros. Es una serie animada donde solo quedan decisiones extremas para tomar en un mundo post apocalíptico plagado de monstruos, mercenarios y recompensas.
La historia sigue a Fafner, un mercenario que persigue un rastro de oro maldito en un continente distópico donde los límites morales se desdibujan entre recompensas con más y más ceros.
Impulsado por la codicia, el personaje atraviesa situaciones extremas mientras se enfrenta a fragmentos de su pasado y a un destino que parece inevitable. La historia, además, funciona como una crítica al poder del mercado, la moral y la superficialidad del mundo contemporáneo en el que todo parece tener un precio.
Un piloto que llegó a Adult Swim


“Tenía una idea muy a groso modo. Hice un corto que después empezó a funcionar como piloto”, recuerda Duche sobre el origen de La Huella del Oro.
A partir de ese material comenzaron a desarrollar el proyecto como serie hasta que finalmente llegó el contacto con Warner para producirla. Luego el proceso llevó cerca de un año de trabajo.
“Cada propuesta que aparecía era para potenciar el proyecto”, explica Bustos Suárez, quien destaca el trabajo conjunto con el equipo creativo de Warner.
Que La Huella del Oro haya llegado a Adult Swim es, en sí mismo, un hito para la animación argentina y latinoamericana. Sin embargo, para el dibujante ese destino no era algo que imaginara cuando empezó a trabajar en la idea.
“Quedaría muy bien que diga que sí, pero no. Era algo muy lejano”, admite entre risas. “Yo trabajé haciendo muchas publicidades para Cartoon. No es algo que diga ‘es imposible’, pero sí sabía que no hay muchos antecedentes de gente que logra ubicar un contenido en una plataforma tan grande”.
Más allá del destino final del proyecto, Duche asegura que su motivación siempre fue otra más simple, hasta más auténtica: contar historias.
“Yo tenía ganas de hacer cosas, de contar cosas. Eso es lo que siempre me movió”.
Después de más de dos décadas trabajando en animación —en películas, series y publicidades— el director no duda al momento de evaluar la experiencia que significó esta serie.
“Trabajo en animación desde 2001 y puedo decir que este fue el mejor proyecto en el que trabajé. Por el grupo humano que se formó, por el equipo, por todo lo que significó”.
Ayelén Bustos Suárez coincide con esa mirada desde el lugar de la producción: “No dudo de la capacidad de Dani y mucho menos del equipo. Es una cosa increíble. Yo me vengo asombrando desde el año pasado y cuando vi la serie completa pensé: ‘Esto es una obra maestra’”.
En lo estético, la serie dialoga con el universo de Adult Swim y remite a producciones como Samurai Jack, pero también incorpora referencias propias.
Duche reconoce una fuerte influencia de la escuela franco-belga —la “línea clara” de clásicos como Astérix o Lucky Luke— combinada con una búsqueda ligada a la tradición de la animación argentina.
Esa identidad aparece también en pequeños guiños visuales repartidos a lo largo de la serie. Uno de los más evidentes es la presencia del cuadro “Sin pan y sin trabajo”, del pintor Ernesto de la Cárcova.
La voz de Goku en una historia casi muda
Uno de los rasgos más distintivos del proyecto es su narrativa. Originalmente pensada sin diálogos —apoyada en la acción, la atmósfera y la música— la serie evolucionó durante el proceso creativo.
“Empezamos a ver que el proyecto nos pedía una voz, no para explicar todo, sino para dar un indicio de lo que piensa el personaje y darle profundidad”, cuenta Bustos Suárez.
La decisión terminó siendo clave: en la serie hay una sola voz, la de Fafner.
Pero Fafner no tiene cualquier voz. Es la de Mario Castañeda, el actor que dio vida a Goku en Dragon Ball. Así, la única voz que atraviesa casi toda la historia es una de las más reconocibles de la cultura pop latinoamericana.
La codicia como espectáculo


Cada uno de los cinco episodios —de seis minutos— explora una faceta distinta de la ambición.
En uno de ellos, por ejemplo, el mundo de la serie se transforma en una arena de combate donde gladiadores son convertidos en ídolos mediáticos.
El héroe es apenas un producto: cuando pierde, es descartado y reemplazado por otro que ocupa su lugar en pantallas, reels o campañas de marketing.
La lógica recuerda a la dinámica contemporánea de picadora de carne de las redes sociales y la cultura del espectáculo: una maquinaria que crea héroes para consumirlos y descartarlos.
Mitología nórdica y el símbolo del uróboro


El protagonista de la serie lleva un nombre cargado de historia. En la mitología nórdica, Fafnir era un enano que, tras robar el tesoro de su propio padre, fue consumido por la avaricia y terminó transformándose en un dragón que custodiaba un oro maldito. Su historia —que culmina cuando el héroe Sigurd lo derrota— es una de las grandes metáforas sobre la codicia y su poder destructivo.
Ese imaginario aparece también en uno de los símbolos más visibles del personaje: el uróboro que Fafner lleva tatuado en el pecho.
El uróboro representa a un dragón que se devora a sí mismo formando un círculo. Desde la antigüedad simboliza el ciclo eterno de vida, muerte y renacimiento, la unidad entre lo material y lo espiritual y la naturaleza circular del tiempo.
En La Huella del Oro, ese símbolo dialoga directamente con la serie: la codicia como un ciclo que se repite, donde el deseo de poseer termina consumiendo al propio individuo.
El símbolo incluso empezó a trascender la pantalla. Entre los seguidores de la serie ya comenzaron a aparecer tatuajes del uróboro de Fafner, una señal de cómo el imaginario visual del proyecto empieza a circular dentro de la cultura pop.
Cuando la cultura pop responde


La repercusión también empezó a sentirse dentro del mundo del cómic y la ilustración.
Uno de los casos más llamativos fue el del historietista Ariel Olivetti, uno de los dibujantes argentinos más reconocidos a nivel internacional por su trabajo en Marvel, quien compartió en redes sociales un dibujo del personaje.
“Nos sorprendió muchísimo ver que Ariel Olivetti estaba dibujando a uno de los personajes”, cuenta Duche. “Fue como decir: esto ya es un montón”.
Un mundo que recién empieza a mostrarse


Aunque La Huella del Oro presenta una historia que puede leerse como un relato completo, el universo que propone deja abierta la puerta a nuevas historias. El continente distópico que atraviesa Fafner, sus personajes y los símbolos que aparecen a lo largo de la serie sugieren un mundo mucho más amplio, donde todavía hay espacio para explorar nuevas aventuras y, sobre todo, nuevas formas de esa codicia que atraviesa todo el relato.
“Siempre hay ganas de seguir. Este proyecto muestra un mundo que podría continuar, pero también cierra así”, plantea Duche.
El futuro dependerá en buena medida de la respuesta del público y de cómo ese universo encuentre su lugar entre los espectadores.
Mientras tanto, el estreno quedó grabado como uno de los momentos más intensos para el equipo que trabajó durante un año en la serie.
“Nos juntamos a verlo como si fuera la final del mundo”, cuenta el director.
“Esperamos a las tres de la mañana como si fuera Año Nuevo”, agrega Bustos Suárez.
Después de ese primer lanzamiento, la serie empezó a dar sus propias señales de vida fuera de la pantalla: ilustradores que reinterpretan al personaje, seguidores que descubren referencias escondidas en los fondos y hasta tatuajes del uróboros que Fafner lleva en el pecho. Pequeños indicios de que La Huella del Oro empieza a instalarse en el imaginario de la cultura pop argentina.
Después de todo, como recuerda el propio símbolo que Fafner lleva marcado en el pecho, algunas historias siempre vuelven a empezar.
