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junio 13, 2026

Chicago: la ciudad que le dijo que no a la FIFA

El Mundial más grande de la historia tiene 16 sedes distribuidas en tres países distintos. Los millones que mueve el evento deportivo no fueron suficientes para convencer a una ciudad de ser sede y salir en la foto. Poner por delante el beneficio de sus ciudadanos en lugar de la vorágine de ser parte del centro de atención.

Por Juma Lamacchia

El jueves 11 de junio comenzó el Mundial en los países norteamericanos de México, Canadá y Estados Unidos. Al mismo tiempo, miles de hinchas se trasladaron a los países anfitriones o dentro de ellos mismos para ver los primeros partidos o esperar el turno de cada uno. El evento deportivo más importante del mundo ya puso primera y no frenará durante los próximos 45 días.

El avión de American Airlines que llega a Miami desde Buenos Aires está casi completo y la gran mayoría de sus pasajeros tiene como destino celebrar la Copa del Mundo. Solo algunos atinan a conectarse al wifi para ver cómo va el resultado y si puede enganchar un rato el partido inaugural entre México y Sudáfrica. Cantó Shakira y goleó El Tri, pero a nadie pareció importarle demasiado.

El aeropuerto de Miami es la puerta aspiracional de América latina a un mundo que creemos desconocido. Entre tanta gente se vislumbra alguna camiseta argentina, algunas de Paraguay, algunas de México (aunque el primer partido probablemente los haya agarrado en el avión con destino a otra ciudad), camisetas colombianas y alguna panameña. El resto de la ambientación del aeropuerto poco y nada dice de que en ese país se está jugando el torneo más importante de fútbol. Alguna publicidad de la cerveza que tiene a Messi como modelo en las puertas de los bares de tránsito pero no mucho más. El clima mundialista no parece ser el esperado.

Con la nuestra no

En el 2018 el mundial se jugó en Rusia y le dio una apertura al mundo que veríamos repetir cuatro años después en Qatar. A esa altura ya estaba definido el próximo mundial, pero el que le seguía estaba en tratativas de su armado oficial. 

Rahm Emanuel nació en Chicago, Illinois, en el año 1959 y 60 años después terminó su segundo mandato como alcalde de su ciudad natal después de desempeñarse como representante en la Cámara de los Estados Unidos y Jefe de Gabinete de la Casa Blanca durante la presidencia de Barack Obama.

Durante sus años en la alcaldía le tocó negociar las condiciones y exigencias que la FIFA demanda a las ciudades para ser sede mundialista. En este caso, Chicago se encontraba en la lista como candidata a serlo para el Mundial que se está jugando en este momento.

Transcurría el año 2018 cuando Emanuel decidió retirar esta candidatura y enfrentar al organismo más importante del fútbol y sentar una base para con sus colegas estatales. Para él, aceptar esas condiciones sería como firmarles un cheque en blanco. “No se puede permitir que haya algo que deje a la ciudad y a los contribuyentes desprotegidos, donde la FIFA decida y yo no tenga voz ni voto” dijo luego de que tuviera que discutir la inclusión o no de un posible pedido de techar el histórico estado de la ciudad Soldier Field en el contrato de ciudad anfitriona. Para el entonces alcalde las obligaciones de la FIFA eran financieramente inviables y un riesgo inaceptable para los contribuyentes.

Para Emanuel, la encrucijada fue puramente ideológica. El exalcalde admitió el choque entre su anhelo de poner a Chicago en el escaparate del deporte mundial y la defensa de principios económicos que consideraba sagrados. En esa pulseada, el límite lo marcó la dignidad fiscal de la ciudad: se negó rotundamente a que los ciudadanos fueran vistos por la FIFA como el «dinero fácil y tonto» listo para ser recolectado de la mesa de negociaciones.

Entre idas y vueltas, la ciudad con la tercera población más grande de Estados Unidos y que fue sede de seis partidos en el Mundial de 1994, se quedó sin su cita máxima en el 2026. Pero el mundial no se juega solo en los estadios.

Cómo se vive el mundial en Chicago

En la periferia residencial de Chicago vive Susy, una profesional del marketing de 65 años que encarna el paladar negro del orgullo deportivo local. «No me interesa el fútbol porque no sé mucho sobre este deporte, soy leal a los equipos de Chicago; crecí yendo a ver a los Cubs, a los White Sox y a los Bulls en la era de Michael Jordan», advierte con una chapa de identidad que pocos hinchas en el mundo pueden exhibir. 

Sin embargo, en sus palabras emerge la primera gran paradoja de la no-sede: el magnetismo del evento es más fuerte que el desinterés por el juego. «Me hubiera encantado que Chicago fuera anfitriona. Si los partidos fueran acá, habría intentado ir a la cancha. Esta es una gran ciudad deportiva, con una costa del lago y un riverwalk fantásticos; hubiera sido una excelente opción», confiesa, dejando en evidencia que la decisión política privó incluso a los locales más escépticos de subirse a la fiebre mundialista.

Ese mismo orgullo por la fisonomía urbana, pero con una sensibilidad global, es el que comparte su hijastra, Rachel. A sus 34 años, esta asistente social nacida en la ciudad representa a una generación de Chicago mucho más interconectada, con un pasaporte sellado tras haber vivido en Suecia y Argentina. «Me sorprendió que no fuéramos sede porque tenemos muchísimo que ofrecer, me da un poco de pena que el resto del mundo se pierda de ver lo hermosa que es esta ciudad», lamenta. Para Rachel, el fútbol es un vehículo de encuentro comunitario que aprendió a valorar en el extranjero, lejos del aislamiento de los deportes tradicionales estadounidenses. Aunque su entorno diario no vibre en la misma frecuencia que la FIFA, su profesión le da un acceso privilegiado a la trinchera donde el torneo se vive de verdad: «Mis amigos no están tan metidos en el tema, pero como trabajo con migrantes, probablemente mire los partidos con ellos. Además, mi esposo es extranjero, así que voy a estar muy atenta a lo que pase con su selección». 

El eslabón que termina de cerrar este triángulo familiar y sociológico es, justamente, su marido: Ariel, un ingeniero argentino de 32 años que vive en carne propia la desconexión total de una metrópolis que decidió continuar con su rutina habitual. «Este Mundial es raro. Al estar acostumbrado a vivir la mística en Argentina o Europa, acá se siente poco especial; quise poner los amistosos en una reunión con amigos y no los pasaban en ningún canal», relata con la frustración típica del expatriado. Sin embargo, como residente, Ariel descifra con precisión el ADN de la idiosincrasia local que validó el portazo a la FIFA: «La ciudad no tiene ni un cartel, no hay Fan Fest ni eventos públicos. El yankee es muy crítico con la plata de sus impuestos y es difícil que acá se invierta dinero público en este tipo de eventos masivos». Entre la resignación de una Chicago sin pantallas oficiales y el entusiasmo de armar su propia juntada con amigos en algún bar de pantallas gigantes, Ariel sintetiza el espíritu subterráneo de la copa en la ciudad: más allá de que el Mundial no recorra sus calles, la pasión se las ingenia para encontrar su lugar en los márgenes. 

El partido inaugural de Estados Unidos

El viernes 12, en el segundo día de este mundial, los dos equipos anfitriones restantes hicieron su debut. Canadá en un empate a uno contra Bosnia en la ciudad de Toronto y Estados Unidos en la goleada cuatro a uno en Los Ángeles contra la Paraguay de Gustavo Alfaro.

En Chicago, los bares se llenan a horarios tempranos y el calor lo justifica aún más. El contexto es perfecto para, como dijo Ariel, juntarse a ver el partido con una cerveza en la mano. En pleno centro se encuentra el bar Theory, reconocido por ofrecer un ambiente más que agitado entre televisores, pantallas gigantes, mesas altas y barras circulares en dos pisos frenéticos por el sonido real de la transmisión de uno de los canales deportivos más importantes. La mejor música fueron los goles. Las más de 200 personas que estaban repartidas en el lugar estuvieron atentas a cada jugada, aunque más de uno se distraía fácil, y disfrutaron del deporte más lindo y más sano del mundo. Y esto recién empieza.

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