11.3 C
Mar del Plata, AR
agosto 16, 2026

El Séptimo Fuego de una tierra sin fronteras

De una vieja carpintería a una casona de Bolívar, El Séptimo Fuego construyó una historia atravesada por el teatro, la autogestión y la resistencia. La clausura de su primera sala, diez días de protesta encadenada a un árbol y la lucha por una legislación para los espacios culturales forman parte del recorrido de un proyecto que se convirtió en referencia de la cultura marplatense.

Por Nicolás Ayrton

En la movida teatral marplatense hace 28 años que cada diciembre se encienden siete antorchas. Este hecho único indica un nuevo aniversario de El Séptimo Fuego, una de las primeras salas independientes y autogestivas de la ciudad. Y el ritual encarna la esencia de su historia, sostenida en el arte, la resistencia y el compromiso con la comunidad.

El espacio ubicado en Bolívar 3675 cuenta con una mística particular. Cuando uno atraviesa las dos puertas para visitar la galería de arte, recorrer la biblioteca, tomar un café, realizar un taller o ver un espectáculo, lo puede advertir. El ambiente es tan familiar como profesional, y cada rincón parece compuesto por piezas que encajan perfecto para completar una fuerte identidad, como la de alguien que transmite experiencia de vida. Y cuando uno conoce la historia, todo cobra sentido.

La historia existe porque hay una protagonista que la puede contar, que estuvo presente desde el primer germen de idea. Allá en 1994, Viviana Ruiz junto a un grupo de colegas, tomó la iniciativa de avanzar hacia la apertura de un espacio de producción cultural independiente para la ciudad, donde los artistas locales puedan brindar sus espectáculos, formarse y debatir ideas. Pero sabían que no era una tarea sencilla.

Hoy, la teatrista y fundadora de El Séptimo Fuego prepara un café y en una mesa de ese espacio que supo construir, se adentra una vez más en los detalles de los hechos. Esta vez junto al aporte de su hijo Mariano Moyano, que la acompañó en gran parte del camino, y bajo la mirada atenta su nieto Renzo.

La movida cultural marplatense en los 90’

‘El contexto social y político era bastante complicado’, afirma Viviana Ruiz, en referencia a mediados de la década de los 90’, cuando en Argentina comenzaba el segundo mandato presidencial de Carlos Menem. Y la movida cultural marplatense no era ajena a esa situación.

‘Mar del Plata era una ciudad que tenía teatros oficiales y teatros comerciales, no había teatros independientes’, recuerda. Y agrega que sólo existían ‘El Galpón de las Artes, que abrió un año antes, y el Centro Cultural Cortázar, que después cerró’.

En este marco, los elencos locales atraviesan grandes dificultades al momento de encontrar lugares donde presentar sus espectáculos. ‘Existía el Teatro Auditorium y el Teatro Colón, pero era casi inaccesible para los grupos marplatenses’, suma Marcos Moyano, teatrista y parte del grupo fundador del espacio. En su recuerdo, el único espacio oficial para los elencos locales era el actual Centro Cultural Osvaldo Soriano, entonces conocido como ‘la biblioteca’. ‘Era tanta la convocatoria que se concursaba para utilizar la sala’, agrega.

Esta conjunción de factores es la que motiva a ese puñado de personas a comenzar la búsqueda de un un espacio propio donde puedan crear una sala de teatro, no sólo para sus producciones, sino también para las del resto de la comunidad artística de Mar del Plata. Pero en esa aventura, que contaba con casi inexistentes experiencias previas, se encontraron con un problema: el vacío legal de reglamentación para locales con fines culturales.

El maestro italiano 

En este camino de generar un espacio propio, aparece en el relato una figura clave que provoca cierta emoción en la dupla, a quien definen como su ‘maestro’. Viviana marca un quiebre en la historia del espacio al nombrar a Renzo Casali, ‘un director de teatro antropológico con mucho camino recorrido’, de origen Italiano pero con fuerte vínculo con Argentina.

Casali fue ‘creador del primer grupo de teatro laboratorio que hubo en Argentina, en la década de los 70’, al que nombró Comuna Baires. Luego, tras una amenaza de la Triple AAA, se exilia a su país de origen, y continúa con el proyecto en Milán. Pero a mediados de los 90’ vuelve a visitar nuestro país con una gira por el 25º aniversario del laboratorio, y toma contacto con el grupo de Ruiz.

‘A partir de ahí empezamos a formarnos con él’, asegura Moyano. Y cuenta también que a él le manifestaron la idea de crear una sala propia en Mar del Plata, un proyecto que no prosperaba, entre otras cosas, por dificultades económicas. Ese momento es donde se marca un rol fundamental de teatrista italiano, que diálogo de por medio motiva al grupo a avanzar hacia sus objetivos, más allá de las adversidades. ‘Él fue quien nos instó a generar un espacio propio’, afirma Viviana.

Un mito de la cultura marplatense 

La primera sala tuvo lugar en calle Catamarca 3448, entre Peña y Primera Junta. El sitio donde funcionaba una vieja carpintería, fue el elegido por el grupo para comenzar el camino hacia la sala propia. Y también donde empezaron los desafíos que implican abrir un teatro independiente: el financiamiento y la legislación.

‘Hicimos quijoteadas terribles para poder juntar la plata para pagar el primer mes de alquiler, depósito y todas las cosas que te piden’, indica Moyano. Además del aporte de los propios integrantes del grupo, se recuerda el puerta a puerta solicitando apoyo a los vecinos. Estos y otros aportes de la comunidad permitieron que en julio de 1997 el espacio abra sus puertas y presente sus primeras actividades artísticas y culturales.

Entre los primeros espectáculos resuenan La Balsa y Agonía. Pero el espacio, ya en agosto de ese año bautizado como ‘Centro de Exposiciones artísticas y culturales El Séptimo Fuego’ (historia que contaremos título aparte), presentó una cartelera llena de actividades vinculadas al teatro y la música. También ofreció propuestas formativas, entre las que se destaca un seminario de quince días dictado por Renzo Casali, mentor del grupo.

Pero el 1 de febrero de 1998, en plena temporada marplatense, Viviana Ruiz encuentra su local con una faja en la puerta: ‘CLAUSURADO’. ‘Nos clausuraron por falta de legalidad. Por un vacío legal,  porque no había ordenanzas’, asegura. Mientras que por su parte la orden municipal alegaba ‘ruidos molestos’ y ‘falta de permisos’, los cuales se habían comenzado a tramitar meses atrás.

Y acá el mítico hecho que resuena en la historia de la cultura marplatense: ‘Vivi se encadena al árbol de la puerta del teatro’, dispara con una sonrisa y evidente orgullo su hijo Marcos Moyano. ‘Se encadena 10 días, ahí en Catamarca, con cuatro días de ayuno, porque no teníamos respuesta de parte de nadie’.

‘Nosotros reclamábamos: hay un vacío legal. Lo que hay que hacer es legislar’, indica la fundadora del espacio, quien durante diez días estuvo esposada al árbol de Catamarca 3448. Y con la convicción intacta, aclara que el reclamo no era sólo para volver a abrir las puertas del espacio,sino ‘para que haya una ordenanza para todos los espacios culturales’.

‘Yo estuve 10 días encadenada. Finalmente el intendente, en ese momento Elio Aprile, manda un auto oficial a donde yo estaba encadenada, baja un secretario y me dice: señora, el intendente la quiere ver’, relata Ruiz, recordando que en aquel entonces no se utilizaba de forma masiva el celular y el internet. ‘El intendente me citó, y me dijo: señora, la felicito por su valentía. Y nos levantó la clausura’.

La dupla lo define como ‘un logro político impresionante’ para la cultura marplatense, en ‘un contexto social bastante adverso’. Y este hecho es un paso más en una lucha que estará presente en todo el recorrido de El Séptimo Fuego: avanzar en la redacción y reglamentación de ordenanzas específicas para los centros culturales locales.

El sueño de la casa propia 

Esta primera victoria en lo legislativo permitió que continuaran con las actividades algunos meses más. Sin embargo, vuelve a presentarse la problemática financiera. La situación económica era complicada, y pese al esfuerzo el grupo no podía sostener el pago del alquiler y los servicios.

En este marco, Marcelo Romer, un compañero del grupo fundador de El Séptimo Fuego, vende una casa que recibió como herencia familiar y compra una propiedad en Bolívar 3675, actual ubicación del teatro. ‘Una casa de más de cien años, que había que hacerle de todo’, recuerda Ruiz. Desde instalaciones básicas como agua, luz y gas; hasta desmalezar yuyos de un metro y medio de alto y sacar escombros.

El reacondicionamiento del nuevo espacio se realizó de forma gradual por parte del equipo y allegados. Las prioridades fueron claras: ‘lo primero que hicimos, por supuesto, fue acondicionar la sala y empezar a hacer actividades’, indica con determinación la actriz y directora. Y pronto abre el espacio al público, con un evento que se convertiría en un ritual anual del teatro de la ciudad.

‘Inauguramos con una jornada de veinticuatro horas corridas con espectáculos. Todo gratis, para que venga todo el mundo, para que conozcan el lugar, el proyecto, que sepan de qué va y que se sume gente al trabajo’. Este primer encuentro que menciona Viviana, no sólo es el origen de la tan ansiada sala propia, sino también de una celebración ritual que se repetirá todos los diciembres con un día entero lleno de actividades culturales bajo el nombre Jornada No Stop.

Además, se da vida a otro hecho único y fundacional del espacio, donde se encienden las siete antorchas ubicadas en el patio de la casa. ‘Esas antorchas representan, en cada año, en cada momento, distintas cuestiones vinculadas al contexto social y político que estamos viviendo’, explica la teatrista. Y agrega que ‘se invita a la comunidad a que encienda cada una con una motivación en particular. Es un ritual séptimofueguino’.

El Séptimo Fuego de la tierra sin fronteras 

Confederación de Fuegos de la Tierra Sin Fronteras fue el nombre que Renzo Casali eligió para un proyecto donde grupos de teatro realizaran intercambios temporales de sus integrantes. La idea fue generar la posibilidad de formarse y vivir la experiencia de actuar y espectar la disciplina artística en otro territorio, y en ocaciones en otro idioma.

Fue en Cañuelas, Provincia de Buenos Aires, donde el teatrista italiano conformó la red en 1997. En aquel encuentro estaban presentes grupos de Milán (Italia), Valdivia (Chile), Willaldea (Cañuelas), Villa Regina, Neuquén, Patagones y Mar del Plata. Pero Casali marca un punto clave: este último grupo no contaba con un edificio propio para recibir a los artistas del resto de las localidades. De esta manera los insta y motiva a avanzar en esa conquista para poder formar parte de la confederación.

En su vuelta a la ciudad, el grupo toma posesión del primer inmueble, ubicado en Catamarca 3448, y accede a participar del proyecto ocupando el puesto número 7. Y acá el desenlace de la historia se cuenta solo: el grupo marplatense es autodenomina como ‘El Séptimo Fuego’ de esa tierra sin fronteras que Renzó Casali soñó.

Independiente y autogestivo 

El Séptimo Fuego pone su sala en marcha mientras continúa con el trabajo que respecta al edificio. En paralelo, su cartelera invita espectáculos propios y de otros grupos de la ciudad; y convoca a propuestas formativas para toda la comunidad. Así también, en la praxis cotidiana, comienza a impregnar su identidad política y cultural al nuevo espacio.

El grupo trabaja con la lógica del teatro independiente. La búsqueda del espacio propio es un reflejo directo de generar alternativas a las propuestas comerciales e institucionales, que hasta entonces eran prácticamente la única oferta en la movida teatral de Mar del Plata. Pero la disposición de un escenario no es capricho de los actores y actrices, sino la posibilidad de generar un encuentro entre la comunidad con el arte como centro disparador del debate y promotor del pensamiento crítico.

‘Somos discípulos de Leonidas Barleta y de lo que significó el Teatro del Pueblo en 1930’, declara Viviana Ruiz. El reconocido grupo al que hace referencia, rompe con lo establecido hasta el momento para promover un teatro autónomo de la industria y el Estado; con trabajo colectivo de sus participantes; y elaboración de producciones con el objetivos de concientizar y permitir al espectador participar activamente de ese proceso.

Además, esta filosofía adoptada por el grupo permite una libertad en la producción artística de cada obra. Moyano pone en relieve el hecho de ’no depender de nadie que venga a intervenir ética y estéticamente’ en una obra para, por ejemplo, recaudar más, y en ese afán dejar de lado lo que el artista quiere transmitir. La independencia está en que nadie intervenga o limite el mensaje que se busca compartir con el espectáculo.

En esta misma línea, aparece  la autogestión, otro pilar ideológico de El Séptimo Fuego. ‘El sostén tiene que salir de nosotros. El lugar tiene que autogestionarse, tiene que poder sostenerse y pagar la luz, el gas, todo lo que implica esto (el edificio), que es enorme y es muy costoso’, asegura la fundadora. Este recurso, también es un factor clave la independencia del lugar.

La lógica del espacio se basa en que todas las actividades y espectáculos que se realizan, aporten un porcentaje del ingreso económico al sostén del inmueble, ya que sin edificio no habría más actividades. A su vez, cualquier tipo de subsidio recibido debe ser prescindible para la continuidad del espacio. Estos sólo deben cumplir un rol suplementario en la vida del Centro Cultural.

Por estos motivos el grupo elige el camino de la independencia y la autogestión. Y aclara que no está dispuesto a negociarla con partidos políticos o empresas privadas. ‘Consideramos que no está bien, que el lugar tiene que ser independiente, independiente en todo sentido. Por ahí somos demasiado puristas, pero lo venimos sosteniendo hace muchos años así que yo confío que va a seguir así’, cierra Viviana Ruiz.

Todo teatro es político 

‘El teatro como un lugar no político, no es teatro’, sentencia Marcos Moyano en el marco de un recorrido histórico que narra desde el origen del teatro en la Grecia Antigua del siglo V a.C, hasta la Mar del Plata de hoy. Y ese postulado encarna la filosofía que milita El Séptimo Fuego desde sus comienzos, tanto arriba de escenario como en la calle o en la oficina de un intendente.

La conquista de la ordenanza para la habilitación de los centros culturales y la realización de espectáculos públicos en el Partido de General Pueyrredon, marcó un quiebre en las expresiones artísticas de la ciudad. ‘Las salas o los espacios de teatro independientes (hasta la legislación) fueron clandestinas’, recuerda Moyano aún con asombro. ‘Era una locura pensar que teníamos que estar escondiéndonos. Te obligaban a la clandestinidad porque no había una legislación’, confirma Ruiz.

Pero la lucha no terminó ahí. El grupo fortaleció su participación social para tejer redes con otros espacios y organizaciones, para avanzar por nuevas políticas en el arte o defender las existentes. En este marco formó parte de la Federación de Teatristas Bonaerenses, un espacio que nucleaba a grupos y asociaciones para redactar una Ley Provincial de Teatro, que dio origen a los que hoy es el Consejo Provincial de Teatro Independiente (CPTI).

‘Los artistas no solo tenemos que estar en una caja de cristal esperando que llegue nuestra musa inspiradora, sino que tenemos que militar en cuanto a lo que significa el fomento de la actividad teatral independiente, y legislar’, V.R.

El Séptimo Fuego considera que el teatro es colectivo, y en esa línea intenta que todas sus actividades ‘sean desarrolladas y llevadas a cabo en redes que permitan la interacción con otros’, y poder llevar adelante proyectos comunes. Por eso forma parte de redes de salas de teatro independiente a nivel local, provincial y de la red de redes federal. Con esta última se encuentra trabajando en defensa del Instituto Nacional del Teatro, espacio donde se recortaron los subsidios y peligra el concurso para renovar autoridades.

El fuego sigue encendido 

Quienes atraviesan hoy las puertas de Bolivar 3675, que están abiertas a toda la comunidad, encontrarán una gran oferta pedagógica con talleres de canto, de teatro para niños, adolescentes y adultos, música, murga y clown. También se puede asistir a espectáculos todos los fines de semana, compuestos por producciones propias del grupo gestor de la sala y obras de otros artistas de la ciudad. Además, en temporada de verano se suman elencos de otras regiones, y la cartelera tiene oferta para todos los días

Pero también encontrarán un lugar con una identidad imponente y una historia que la respalda. La trayectoria de El Séptimo Fuego está compuesta por arte y por lucha, está llena de conquistas y resistencia. Durante más de 30 años (porque nace antes de la casa propia) bailó entre clandestinidad y burocracia legislativa; destacó en formación pedagógica y producción artística; y resistió a los ataques que recibió de rivales de todos los colores.

‘Si hay una cosa que hemos logrado en estos años es que El Séptimo Fuego tenga una identidad propia. El que viene a El Séptimo Fuego sabe a donde viene. Sabe que viene y están las Madres (de Plaza de Mayo) allá arriba con la bandera de H.I.J.O.S, que está el pañuelo verde ahí. Es una identidad. Es una identidad ideológica no partidaria’, V.R.

Cada diciembre vuelven a encenderse siete antorchas en el patio de Bolívar 3675. No son una tradición vacía. Representan más de tres décadas de trabajo colectivo, de resistencia cultural y de una forma de entender el teatro que convirtió a El Séptimo Fuego en mucho más que una sala: en una institución de la cultura marplatense.

Últimas Notas

Martín Ameconi: de una cosa a la otra

Camila Spoleti

VoyBien: el mapa que busca mostrar dónde y cuándo es más inseguro caminar por Mar del Plata

Lucas Alarcón

Caso Minella: la querella pide que intervenga la Justicia Federal por posible lavado de activos

Juan Manuel