Una historia que durante décadas circuló entre las crónicas policiales, los tribunales y la televisión ahora llega al cine. Antes de ver la película dirigida por Lucia Puenzo, un repaso por los hechos que construyeron el personaje de uno de los casos policiales más resonantes de Mar del Plata.
Por Bautista Marrero
Los Puccio, Monzón, Robledo Puch, Nahir Galarza, Ricardo Barreda. Personas que alguna vez estuvieron en las páginas policiales y que después llegaron a la pantalla grande. Ahora es el turno de Margarita Di Tullio.
Este jueves se estrenó en cines Pepita la pistolera, la película dirigida por Lucía Puenzo y protagonizada por Luisana Lopilato, que reconstruye la historia de una de las figuras más conocidas del hampa marplatense. La película vuelve al invierno de 1985, cuando Margarita Di Tullio quedó en el centro de uno de los casos policiales más resonantes de Mar del Plata. El episodio conocido como el Triple Crimen, fue el momento en que su nombre saltó de las páginas policiales a la historia del delito local.
Después del episodio, Heberto Calabrese, periodista de La Capital, ató cabos y descubrió que la mujer detenida era la misma que dieciséis años antes había sido arrestada por asaltar a mano armada a parejas en la costa. A partir de una canción mexicana, Calabrese dio origen al apodo que la acompañaría durante décadas y que años después también sería el título de su biografía: “Pepita la Pistolera”.
Margarita antes de ser “Pepita”
Para reconstruir la vida de Margarita Di Tullio hay que volver sobre una historia que durante décadas fue contada entre expedientes judiciales, páginas policiales, archivos periodísticos y testimonios de quienes la conocieron. Una de las investigaciones más exhaustivas del caso fue la que realizó el periodista Fernando del Río para La Capital, publicada en cuatro partes, y que permite seguir buena parte de su recorrido desde sus primeros años hasta los últimos capítulos de su vida.
Margarita Graziana Di Tullio nació el 15 de junio de 1948, en una familia obrera y de trato muy duro, instalada en la zona del puerto de Mar del Plata.
Desde chica, estuvo rodeada de un ambiente hostil que forjó su personalidad combativa. Su padre, quien originalmente deseaba tener un hijo varón, decidió criarla enseñándole a boxear y a manipular armas de fuego desde los siete años. Ya durante su adolescencia, comenzó a registrar sus primeros arrestos policiales por hurtos y robos.
La noche del puerto
Con un temperamento cada vez más fuerte y una belleza particular, pasaron los años y Margarita entró de lleno en la noche del puerto. Antes de transformarse en madama, comenzó como copera. “Prostituta, de encamarse, nunca fue”, decían sus familiares, “era copera, muy inteligente, muy habladora, lograba sacarles plata a los clientes. Y si alguno le gustaba, por supuesto que se iba con él”.
Entre copas y bares, el 12 de noviembre de 1967 nació su primer hijo, Guillermo Carrera, fruto de una relación de pareja de aquel momento. El niño creció con su padre en el norte del país después de que Margarita fuera condenada a cinco años de prisión el 31 de marzo de 1971.
Una vez salida de la cárcel, Di Tullio se encomendó a una nueva vida lejos de los robos pero todavía cerca de la noche. En ese mundo conoció a Horacio Triviño con quien tuvo a Gabriel, su segundo hijo, el 5 de julio de 1976.
Sin embargo, la pareja no duró y Margarita volvió a quedar soltera.
El imperio de la calle 12 de Octubre
Un año después, conoció a Guillermo Schelling, un marinero de barco de altura que le propuso dejar la noche y abrir su propio bar. Margarita aceptó el proyecto, aunque la maternidad volvió a postergar sus planes: en 1979 fue madre nuevamente y recién en 1982 pudo abrir el local Neisis, en 12 de Octubre y la entonces avenida Martínez de Hoz. Un año después, junto a Schelling, compró Akadama, otro prostíbulo de la zona.
A partir de entonces, Di Tullio comenzó a marcar su territorio en un puerto predominantemente masculino, violento y dominado por mafias y redes de corrupción.


A sus negocios se sumó Rumba y, desde mediados de 1985, el Pool 444. Allí apareció Alejandro “El Tarta” Lozada, de 30 años, un hombre de carácter desafiante y conflictivo que había comenzado a trabajar como custodio de los negocios de Margarita. Junto a él estaban su hermano Mariano, de 22 años; y su amigo Américo Córdoba, de 21.
El vínculo de todos ellos duró poco. Margarita echó a Lozada y a su grupo por razones que nunca quedaron del todo claras. Una de las versiones sostenía que “El Tarta” se había negado a matar a un delincuente que había amenazado a Margarita.
Después vino una disputa por dinero: Lozada reclamaba una indemnización que, según el acuerdo inicial, todavía estaba pendiente. Margarita y Schelling, en cambio, consideraban que la deuda había quedado saldada después de que el grupo utilizara y dañara un Ford Sierra que ella había alquilado.
Los disparos que cambiaron su nombre
El 19 de agosto, Schelling citó a Lozada para hablar a la mañana siguiente. Cerca de las nueve, los hermanos Lozada y Córdoba llegaron desarmados a la casa de Margarita, en Marcelo T. de Alvear 251. Schelling los recibió y comenzó a hablar con ellos en el living. Después, la discusión se trasladó a la habitación donde estaban Margarita y “La Pato”, su empleada de mayor confianza, encargada de manejar las cajas y cubrirla cuando ella no estaba.
Entonces comenzaron los disparos.
Margarita tomó un revólver calibre 38 y disparó cuatro veces. Dos balas alcanzaron a Alejandro Lozada, otra hirió a Mariano y la cuarta impactó en Américo Córdoba. Schelling también disparó y los hermanos Lozada y Córdoba murieron en el acto.
Margarita fue detenida en su propia casa, mientras allí todavía estaba toda su familia.
El episodio se convertiría luego en uno de los casos policiales más recordados de Mar del Plata.


Cuatro días después del crimen, el 23 de agosto, Heberto Calabrese, periodista de La Capital publicó la crónica que la bautizaría para siempre. Margarita ya no sería solamente Margarita Di Tullio. Para el país, había nacido “Pepita la Pistolera”.
El nombre quedó pegado a ella durante décadas, aunque Margarita nunca se sintió cómoda con ese apodo: decía que había sido tomado de otra delincuente y que no representaba quién era ella.
Desde entonces, la historia empezó a crecer por fuera de los hechos comprobables. Se decía que dormía con un arma bajo la almohada, que llevaba dos pistolas, que había enfrentado a la policía y que había matado a los tres hombres disparando desde debajo de una sábana. Margarita empezaba a quedar relegada a un círculo íntimo. Para el resto, estaba Pepita.
Detenida varias veces, siempre logró la libertad
Tras el triple crimen, quedó detenida en el Destacamento Femenino y sostuvo desde el comienzo que había actuado en defensa propia. En su primera declaración ante el juez Fissore aseguró que había disparado sola y que era responsable de las tres muertes.
Sin embargo, los peritajes determinaron que no había sido la única en disparar y que Schelling también había utilizado un arma. Una semana después de los asesinatos, él también fue detenido.
Los abogados de la pareja apelaron la acusación y plantearon que se había tratado de un exceso en la legítima defensa y la estrategia funcionó: el 5 de septiembre, la Cámara de Apelaciones ordenó la libertad de ambos.
Margarita salió de Tribunales sonriente, frente a los familiares de las víctimas que reclamaban justicia.


Sin embargo, en las décadas siguientes Di Tullio tuvo una relación intermitente con la Justicia. A pesar de haber recuperado su libertad en 1985, en 1994 volvió a ser detenida, acusada de participar en un robo, aunque quedó libre por falta de mérito.
En diciembre de 1995 fue arrestada nuevamente en Comodoro Rivadavia junto a Pedro Villegas, esta vez por tenencia de cocaína y un arma, pero fue liberada después de que la Justicia declarara nulo el procedimiento.
En febrero de 1997, Margarita volvió a quedar detenida, esta vez por el asesinato de José Luis Cabezas.
Un informante policial señaló a una supuesta banda marplatense comandada por ella. La Policía llegó incluso a encontrar un arma que, según una primera pericia, coincidía con la utilizada para matar al periodista. Pero la hipótesis se desmoronó.
Con el avance de la investigación aparecieron contradicciones y comenzaron a cuestionarse las pruebas que habían llevado a la banda hasta la causa. La acusación quedó señalada como una maniobra policial para desviar la investigación y alejarla de los verdaderos responsables del crimen. En abril de 1997, Margarita y los demás integrantes de aquella supuesta banda recuperaron la libertad.
Finalmente, la última detención llegó en 1999. Margarita se había ofrecido como informante en la causa por el asesinato y descuartizamiento de María del Carmen Leguizamón, uno de los crímenes vinculados al llamado “Loco de la Ruta”. Durante esa investigación, la Justicia intervino su teléfono y descubrió conversaciones con el camarista Jorge García Collins.
El 2 de septiembre, Margarita fue sorprendida entregándole dinero al juez, según la investigación. Un mes después, el 7 de octubre, fue detenida por cohecho agravado y permaneció cinco días presa, hasta recuperar la libertad bajo fianza. En 2005 aceptó un juicio abreviado y recibió tres años de prisión en suspenso.
La sucesión de detenciones y libertades terminó alimentando otra parte de su leyenda: la de una mujer que parecía entrar y salir de la Justicia sin quedar atrapada definitivamente. Su nombre aparecía una y otra vez en las páginas policiales, pero las causas no siempre terminaban con una condena.
Su paso por los medios
En esas idas y vueltas, el personaje ya tenía una estética propia: los anteojos, la voz, la forma de hablar y esa mezcla de dureza y desenvoltura la diferenciaban de cualquier otra figura de la crónica policial. Después de cada allanamiento llegaban los móviles de televisión: Pepita los recibía y aprovechaba la atención. Como si por unos minutos la puerta de su casa fuera la entrada de un teatro y ella, la vedette que sabe que todas las miradas están puestas ahi.
Con el tiempo, esa fascinación por el espectáculo la llevó hasta algunos de los programas más populares de la televisión argentina. Participó del detector de mentiras de Chiche Gelblung y llegó a sentarse en la mesa de Mirtha Legrand. Le encantaba la exposición y soñaba con ser famosa, hasta tenía la convicción de que su vida podíac onvertirse en un libro
Según contó en varias oportunidades el periodista de Infobae, Rodolfo Palacios, Margarita decía que preparaba un libro que nunca llegó a publicarse y que comenzaría con una anécdota: “El día que me invitaron a la mesa de Mirtha Legrand tomé cocaína en su cara”, dichos que con el tiempo desmintió su hijo Gabriel.
El último capítulo
En los últimos años, Margarita se había alejado de la vida nocturna. Pasaba parte de su tiempo en San Juan y viajaba con frecuencia entre esa provincia y Mar del Plata. En 2009 sufrió un colapso cerebral y fue trasladada a Mar del Plata, donde murió a los 61 años.
El cortejo recorrió las calles del Puerto y pasó frente a los bares que había administrado durante años. Cientos de personas salieron a verlo pasar y algunos vecinos lo despidieron con aplausos.
Su velorio terminó de convertir su muerte en una escena difícil de separar de la leyenda. La vistieron con ropa de noche, la maquillaron y le pusieron los anteojos de sol. A su alrededor sonaba Sandro, se tomaba champagne y un loro llamado Lorenzo recorría la sala mientras cantaba la Marcha Peronista.


Casi veinte años después de su muerte y más de cuatro décadas después de aquel invierno de 1985, su historia llega al cine. Una historia en la que los muertos, las armas y los expedientes convivieron durante años con los bares, las cámaras y la fama.
Una mezcla que terminó por borrar, al menos por momentos, la línea entre la mujer y el personaje.
