El escritor presenta Qué quedará de nosotros este miércoles en Villa Victoria, en el marco del Festival Penguin. En una charla profunda y sin solemnidades, reflexiona sobre la Guerra de Malvinas, la memoria colectiva, la literatura como espacio de preguntas y, ya en el final, sobre el fútbol como uno de los vínculos emocionales más persistentes de la identidad argentina.
Por Juan Salas
Hablar de Malvinas es, todavía hoy, hablar de algo que une y que incomoda al mismo tiempo. Une como sentimiento, como reclamo y como causa. Incomoda como experiencia histórica, como derrota, como espejo de una sociedad que acompañó —con entusiasmo primero y silencio después— una guerra que terminó mal y dejó marcas profundas. Eduardo Sacheri no esquivó esa tensión y la convirtió en materia narrativa en sus dos últimas novelas: Demasiado lejos y Qué quedará de nosotros.
Para Sacheri, el punto de partida fue asumir una dificultad: separar la memoria personal de la historia. “Yo tenía 14 años durante la guerra, tengo muchos recuerdos. Pero la memoria es una cosa y la historia es otra”, explica. Antes de escribir ficción, necesitó reconstruir con rigor el contexto diplomático, militar y mediático. “Yo esto me lo acordaba del modo A, pero fue del modo F”, dice, marcando la distancia entre el recuerdo emocional y el conocimiento histórico.
Este miércoles a las 19, en el Centro Cultural Victoria Ocampo, Eduardo Sacheri inaugura la segunda edición del Festival Penguin Libros “Charlas sobre libros al atardecer”. El encuentro no es uno más: llega atravesado por dos novelas publicadas en 2025, Demasiado lejos y Qué quedará de nosotros, que dialogan entre sí para abordar uno de los núcleos más sensibles —y a la vez más incómodos— de la historia argentina reciente: la Guerra de Malvinas.
Esa diferencia no invalida la memoria: la vuelve necesaria y problemática a la vez. “La memoria es emocional, hecha de flashes. No tiene la estructura del pasado colectivo”, reflexiona. Y desde ahí aparece una decisión clave: no escribir para bajar línea. “No quería que la novela le indicara al lector por dónde entrar. Que entre y salga por donde quiera”.
Por eso eligió contar Qué quedará de nosotros desde personajes “bien al ras del piso”. Soldados jóvenes, sin grandes discursos, empujados por la vida. “La gente de a pie no siempre tiene una mirada sólida de la vida. Nos vamos dejando llevar, como por el viento. Creo que casi todos somos eso, aunque algunos se crean que no”.
Qué quedará de nosotros se abre con una aclaración explícita: se trata de una obra de ficción. No es un detalle menor, aunque parezca innecesario. “Vivimos en una época enferma de literalidad”, dice Sacheri. La advertencia no responde a una sutileza literaria, sino a experiencias concretas: lectores que se sintieron aludidos, atacados, señalados en sus obras. “Es un cuentito. Invento cosas. Si sentís que estoy hablando de vos, no sos tan importante”, ironiza.
Un díptico sobre Malvinas


Demasiado lejos y Qué quedará de nosotros forman un díptico. La primera narra la guerra desde Buenos Aires; la segunda, desde las islas. Originalmente iban a ser una sola novela, pero la experiencia era demasiado distinta. “En Malvinas no nos cayó una bomba en Buenos Aires. La guerra era un relato que nos superinvolucraba emocionalmente, pero seguía siendo un relato”.
En las islas, en cambio, la experiencia era material, física, extrema. Para contarla, Sacheri necesitó escuchar. Leer memorias, entrevistar veteranos, observar un patrón que se repetía: la importancia del compañerismo. “No uno, no dos. Tres”, decidió. Tres soldados distintos, de orígenes sociales distintos, atravesados por la misma guerra.
Esa diversidad no es decorativa: define cómo cada uno vive el hambre, el frío, el miedo. “El que mejor la lleva es Antonio porque viene de cagarse de hambre. Para los otros es distinto”.
Abril de 1982: el recuerdo intacto
El recuerdo de aquel 2 de abril hace más de 40 años es nítido. Su madre, la radio portátil, el anuncio del desembarco. “Una mezcla de incredulidad y entusiasmo”. Sacheri no se coloca por fuera de esa euforia inicial: se reconoce parte. “Yo me subí y me bajé el 14 de junio. Me bajó la rendición”.
Asumir esa ingenuidad es, para él, un ejercicio necesario. “Lo que no está bueno es hacernos los que no. Todos nos equivocamos”. La literatura aparece entonces como una forma de volver sobre quiénes fuimos. Sin indulgencia, pero también sin cinismo.
Generaciones y apropiaciones
—¿El libro funciona igual para quienes vivieron Malvinas y para quienes no?
—Yo creo que se lo apropian de maneras diferentes, más allá de que hay una apropiación individual, hay otra apropiación generacional, porque la guerra de Malvinas para la gente joven es una entelequia. Pero creo que es algo que le pasa a toda la sociedad. Una cosa es Malvinas y otra cosa es la Guerra de Malvinas. En el sentido de Malvinas como sentimiento, como reivindicación, como reclamo, como deseo y es algo que permanece. Yo les pregunto a mis alumnos de 16 años, pero les podría preguntar en la escuela a los de nueve. Y Malvinas es como una cuestión de fe.
Hablar de Malvinas, insiste, sigue siendo hablar del presente. Porque las preguntas que atraviesan a sus personajes son universales: el deber, el miedo, la responsabilidad, la mirada del otro, la vida y la muerte.
—¿Qué te quedó de Malvinas a vos?
—A mí me quedó que no hay dos respuestas iguales. Lo que me queda es un montón de preguntas que tienen que ver no solo con las Malvinas como deseo y como reivindicación, sino un montón de preguntas con relación a qué lugar les damos a los que fueron. O no les damos a los que fueron.
—¿Por qué no se habla de la guerra?
—Si yo analizo la cantidad de ficción que hay escrita sobre Malvinas, no hay tanta. De la guerra hay muy poco, te diría. Yo me me atreví a decir que hay poco y me entraron a hacer mierda en las redes. Pero mi respuesta es que no hay porque es incómodo. No solo por la derrota, sino por que fue toda una sociedad la que se montó en un proyecto desmesurado, que terminó mostrando que era temerario y que terminó como el orto.
Sacheri cree que, tanto en la vida individual como en la colectiva, fingir que algo no ocurrió nunca es una salida válida. Sin embargo, con la Guerra de Malvinas, la sociedad argentina muchas veces optó por ese silencio, una forma de olvido selectivo que resulta especialmente cruel para quienes estuvieron allí. Por eso, insiste, hablar del tema sigue siendo una necesidad.
El escritor se transforma en hincha
—Hablemos ahora de un tema muy delicado, de fútbol.
La palabra golpea a Sacheri, lo sacude. Activa algo: su cara se transforma, sus ojos brillan y una mueca se le forma en la boca de tal forma que se podría hasta confundir con felicidad. Aparece el hincha. Con parsimonia responde haciéndose el desinteresado: “Bueno”.
—Tristemente soy de Independiente…
—Qué feo que digas tristemente. Él —señala a un colega que nos acompaña— no es de Independiente, por lo tanto eso no se dice delante de un tercero.
—Este año fui padre y estoy buscando argumentos para hacer al pibe de Independiente.
—Mirá, ¿viste cómo son los amores? Creo que el amor por un club es el amor más puro, más ingenuo y más asimétrico que hay. Como un amor por alguien, si es un amor sano, tiene que ver con lo que viene también, con lo que vuelve, lo que va y lo que viene. El amor en el fútbol no es así. Puede no darte nada, pero aunque no te dé nada, el amor es eterno. No te digo que esté bien ni que esté mal. Pero es así y así sigue siendo mi amor por Independiente. Y va a seguir así hasta que me muera.
—¿Con tus hijos cómo vivís el fútbol?
—Voy con los dos a la cancha, vamos siempre. Estuvimos ese día, contra Colo Colo. Creo que fue la peor combinación de impericia dirigencial. ¿Cómo vas a meter 3000 tipos de Universidad Católica arriba de una tribuna donde había gente de Independiente? Sin la vieja malla protectora que había cuando había visitantes. Y sin un solo policía. No hay modo de que eso saliera bien. Pero eso habla de una impericia dirigencial, una impericia de la provincia de Buenos Aires.
—¿Y el amor por el club sigue en noches así?
-Es ese amor ingenuo que sentimos los hinchas, que le permite a los que se aprovechan del fútbol hacer cualquier cosa. O sea, porque en el fondo amamos tanto a nuestros clubes que lo único que nos interesa es verlos jugar. Entonces nos bancamos cualquier cosa, cualquier arbitrariedad. Entonces, detrás de esa ingenuidad hay redes diversas de corrupción, de abuso.
—¿Cómo sos en año de Mundial?
-Yo reconozco que la selección es como una novia a la que uno ve cada tanto. Porque no está en el día a día, pero cuando aparece, cuando se instala, yo soy de los que se obsesiona lo mismo que con mi club. Hay otros que no, que dicen que el club está por encima. Por eso creo que hay como tres tipos de hinchas de la selección. Están los que cuando juega la selección la ponemos, en un Mundial, a la altura de nuestro club.
—¿Cómo serían esos tipos de hinchas?
—Tenemos un primer tipo de hincha que viene al Mundial: «Me importa tanto como mi equipo». Hay otro tipo de hincha, que yo no soy, que es este de «a mí me sigue importando más mi club que la selección», que yo creo que mienten un poco, que es medio una postura. Porque en el Mundial pasa otra cosa.
—¿Y el último grupo?
—Bueno, después tenés un tercer grupo que son estos que «vi luz y subí”, o sea, que se vuelven hinchas de fútbol con el mundial. Hay que ser hospitalario con esa gente, hay que volverle a explicar el offside, cómo funciona. Entonces, bienvenidos sean los que no son futboleros, pero no pregunten pelotudeces, no griten goles que no son. Descubren ese mundo de amor y dolor solamente durante los mundiales. Y a mí me gusta decirles: «Bueno, mirá, ¿viste cómo te duele esto? Me pasa toda la semana. Y es tremendo. Esto me pasa toda la semana. A vos te pasa hoy. A mí me pasa toda la vida. Entonces, cuando me veas un lunes con cara de culo, entendé que para mí el partido que perdí con Banfield, para mí es tan importante como esta eliminación de Mundial para vos».
—¿El fútbol sobrevive a pesar de los dirigentes?
—Lo que pasa es que es un amor infantil. Es un amor de chicos. Uno cuando juega al fútbol el mundo desaparece. No importa más nada que jugar y con tu equipo te pasa lo mismo. Entonces, es como una regresión a la niñez que es demasiado fuerte y demasiado sólida como para racionalizarla. Entonces, para mí va a seguir por eso y van a seguir aprovechándose de eso. Porque ellos ganan plata mientras vos te enamorás.
—Viste a Maradona y viste a Messi. No te pido que elijas a uno sobre otro. ¿Pero qué te produce cada uno?
-Mi admiración por los dos como jugadores de fútbol es inabarcable. Pero mientras con Diego yo me ubiqué en posición de hijo que recibe. Con Leo lo que me pasó fue siempre tener una actitud estúpidamente paternal, de que quiero que le vaya bien, como siente un padre frente a un hijo. No lo quería ver sufrir. Y me cansé de discutir en mil asados con los anti-Messi. Que ahora se subieron. Y esto de verlo ganar la Copa del Mundo y pensar: «Por fin les cerró el orto». Fue sentir “menos mal”.
—¿Y por qué te ponés así con Messi?
—Yo me doy cuenta de que es casi una actitud paternal y ¿qué necesita Messi que yo me sienta así? Nada. Con Leo la diferencia fue esta cosa como de necesitar que saliera campeón del mundo por él y por mis hijos, o sea, mi postura en el Mundial de 2022 era que yo veía a mis hijos enloquecidos en esos partidos y pensaba: «Por Dios, que salgan campeones del mundo».
La entrevista termina. Es martes, afuera hace calor y si bien el mundo sigue sacudido por Venezuela, la gente se prepara para ir a la playa. Mientras esperamos el ascensor, la representante del Festival Penguin repasa las notas que deben hacer durante el día. A Sacheri se lo nota pensativo, alejado de cualquier asunto de prensa. Algo quedó dándole vueltas en la cabeza y la expresión de su rostro cambia como si lo que está a punto de decir fuese de vital importancia, como si toda la entrevista hubiese sido el preámbulo para este momento: “Vos lo que tenés que hacer es llevar a tu hijo a la cancha ni bien puedas. Cuando el nene vea miles de camisetas rojas gritando, se enamora, sin importar el resultado, porque al final lo que nos queda es el relato”.
Tal vez de eso se trate todo: de los relatos con los que nos explican la historia. Al final el fútbol es ese amor infantil, ingenuo y puro que nos hace pensar hasta en cómo podemos sumar un hincha más a nuestro club. Y el mundo, como decía Sacheri, se puede explicar desde personajes bien pequeñitos, que van al ras del piso. Desde los ojos de un soldado adolescente que vuelve a su casa después de Malvinas o desde la mirada de un bebé que todavía no sabe que heredará un club y un país. Eso, quizás, es lo que queda de nosotros.
