Director de orquestas, pianista y uno de los grandes divulgadores musicales de la Argentina, Sergio Feferovich vuelve a Mar del Plata con “La música de las ideas”, un espectáculo que cruza música, pensamiento y experiencia colectiva.
Por Lucas Alarcón
Luego de una actuación a sala llena en Chauvin, Sergio Feferovich regresa a Mar del Plata con “La música de las ideas”. Director de orquestas y coros, pianista, conferencista y divulgador, Feferovich se graduó en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata, es doctor en Música por la Johns Hopkins University y magíster por el Peabody Conservatory.
El espectáculo que presentará el próximo 4 de febrero en el Centro de Arte MDP (San Luis 1750) combina música en vivo, reflexión y participación del público. Lejos del formato de concierto tradicional o de la conferencia académica, “La música de las ideas” propone pensar por qué la música sigue siendo una experiencia profundamente humana.
En esta entrevista con Bacap, Feferovich recorre el origen del proyecto, su evolución a lo largo de más de cien funciones, el vínculo entre música y humor, los desafíos que plantea la inteligencia artificial y la necesidad de recuperar espacios de escucha en un mundo saturado de estímulos.
—¿Por qué el show se llama “La música de las ideas”, de dónde viene el concepto?
—El título viene de una charla que vi en TEDxRíodelaPlata hace ya bastantes años. Me convocaron a ese ciclo de conferencias cortas, y el lema de TED es Ideas que vale la pena difundir. Como yo iba a hablar de música, decidimos con el equipo este título, que es muy luminoso: “La música y las ideas”. Fue una conferencia cortita, que yo pensé que iba a ser eso y se acabó, pero se hizo bastante viral.
Me empezaron a llamar empresas y organizaciones para hacer esa misma charla, hasta que apareció Manuel Martí, que es justamente un productor de acá de Mar del Plata, y me dijo: “¿Por qué no probamos en teatro?”. Probamos y funcionó. Ya son más de 100 funciones en toda Latinoamérica y en España, estamos muy contentos con la repercusión.
—Previo a esta charla TED, ¿ya ejercías el rol de divulgador popular o fue algo que apareció en el camino?
—Siempre me gustó mucho esto de contar cosas de la música, sobre todo a los no músicos. Antes de la charla TED hice un espectáculo de música para chicos, música clásica, era una orquesta en vivo que se llamó La vuelta al mundo en un violín, que tuvo muchos premios. Después tuvo la secuela La vuelta al mundo en clarinete. La primera orquesta era de cuerdas, la segunda era de vientos y percusión. Y esas fueron propuestas que, en el medio, me fueron mostrando que ese era mi espacio, esa era mi veta para poder desarrollarme. Porque la verdad es que hay muchos mejores pianistas que yo, hay muchos mejores oradores que yo, hay muchos mejores de todo que yo, pero esta combinación de varios aspectos en la misma propuesta… eso me parece que es lo que hace que “La música y las ideas” sea tan bien recibida.
—¿Cómo ha ido evolucionando desde esa primera charla, ya con más de 100 funciones al hombro? ¿Qué le fuiste agregando, qué le fuiste sacando?
—Cuando repetís un guion, te vas dando cuenta de que algunas cosas funcionan mejor que otras. Entonces, lo que hacés es: esto no funciona tan bien, esto lo saco o esto lo cambio. Vas adecuando mejor los tiempos. El teatro y la oratoria tienen mucho que ver con el timing, con el saber cuánto esperar.
Es interesante ver cómo la misma anécdota, con una cuestión de velocidad, genera un comentario, y si esperás un poquitito para terminarla, genera una carcajada. Entonces, lo que fui haciendo fue quitar algunos elementos que sobraban, y agregar algunos datos que sumaban.
Obviamente la propuesta evolucionó un montón desde aquella primera vez. Con la repetición vas ganando seguridad. Antes tenía el guion en el atril en medio del escenario, ahora ya ni lo veo porque lo tengo mucho más claro. Y, además, la respuesta de la gente te va moldeando.
El público en esta propuesta es una parte fundamental, porque participan, porque se ríen, porque cantan, porque interactúan. Entonces, tenés, por un lado, el beneficio de haber hecho muchas veces lo mismo, pero no la rutina, porque no es lo mismo: cada vez el público lo hace diferente. Es un buen combo.
—Es bien musical en ese sentido.
—Claro, porque la música no es igual. El mismo pianista, con la misma obra, no toca la obra de la misma manera en distintos momentos. Hay un ejemplo que me parece fabuloso, que es Glenn Gould.
Gould, famoso pianista canadiense, grabó las Variaciones Goldberg de Bach muy joven, una obra dificilísima. La grabó en estudios muy importantes de Nueva York y después tuvo un ataque de pánico con el público. A los 23 años, decidió no tocar más en público y solamente grabar. Y la última grabación que hizo fue de la misma obra, una segunda versión de las Variaciones Goldberg, a los 51 años, poco antes de morir. Es muy interesante ver el mismo pianista con la misma obra y lo distintas que son las dos versiones.
Las notas son las mismas, el compositor es el mismo, pero vos ya sos otra persona. Dicen los filósofos que no te bañás dos veces en el mismo río, porque el río corre y la vida también te hace distinto. Yo soy el mismo, pero no soy el mismo. Y está bueno ver cómo evoluciona la propuesta en base a mi propia evolución y a la respuesta del público.
—También es parte de tu propuesta ser didáctico con la música, reversionar canciones conocidas en estilos inesperados.
—Sí, ese es un juego que empecé de casualidad y que me asombra mucho por la reacción de la gente. Tocar una samba como la hubiera tocado Gershwin, o tocar Penny Lane como un tango. Son combinaciones que a mí me parecen divertidas, me salen naturalmente y causan mucho asombro.
—El humor aparece como una pieza clave del show.
—El humor es algo que se tiene. Hay gente que es naturalmente más divertida que otra y no hay que forzarlo. Yo no lo esfuerzo, no trato de ser gracioso. Trato de decir las cosas de manera amena.
Soy fanático de Les Luthiers y hay una influencia muy fuerte de combinar música, humor y juego de palabras. El humor y la música se parecen porque los dos te vuelven un poco más frágil. Cuando alguien te hace reír o te emociona con la música, estás mucho más abierto a disfrutar, a aprender.


“Hoy estamos en la Edad Media de la inteligencia artificial”
—Hoy la música, la creatividad y la espiritualidad se cruzan con el debate sobre la inteligencia artificial. ¿Qué reflexiones te despierta eso?
—Había una obra de teatro de un autor muy medio pelo, en donde uno de los protagonistas decía: “¿Por qué nosotros, los hombres de la Edad Media, no podemos permitir que el rey nos exija…?”. Y en la Edad Media nadie decía que estaba en la Edad Media, porque para eso hacía falta una Edad Moderna.
Yo creo que hoy estamos en la Edad Media de la inteligencia artificial. No sabemos a dónde nos va a llevar. Hay gente que hace distintas elucubraciones, que toma posturas muy firmes y opina con mucha seguridad, pero la verdad es que todavía no lo sabemos.
El otro día escuchaba una charla de un educador que decía: “El desarrollo de la inteligencia artificial nos va a destruir como sociedad”. Después cambiaba IA por otra cosa y preguntaba si sabían quién lo había dicho. Y en realidad esas mismas frases se dijeron sobre la imprenta —que iba a destruir la posibilidad de memorizar—, sobre la escritura —que iba a arruinar la oratoria—, sobre la calculadora —que iba a impedir pensar matemáticamente— o sobre la televisión —que iba a acabar con la familia—.
Cada vez que hubo una innovación importante pasó lo mismo. Siempre están los que la abrazan y los que la ven como una amenaza. En este caso, sin duda, la innovación es muy poderosa, pero me parece que todavía es pronto para sacar conclusiones definitivas.
Lo único permanente en la vida es el cambio. Entonces lo que hay que hacer es dejar que las cosas fluyan, aprender a usar la inteligencia artificial como una herramienta muy útil, tenerla como amiga y no como un monstruo que nos invade.
La experiencia del concierto en vivo sigue siendo irreemplazable. La IA puede hacer canciones cada vez mejores, ya hay programas que componen música del estilo que quieras, pero la posibilidad de ver a un artista en vivo, de sentir su huella digital, su marca registrada, eso sigue siendo algo profundamente humano.
Creo que, paradójicamente, la inteligencia artificial va a potenciar las experiencias que impliquen más contacto humano, porque vamos a necesitar saber que hay una persona del otro lado.
—También vivimos con períodos de atención cada vez más cortos. ¿Cómo se puede recuperar el hábito de escuchar música?
—Es una costumbre difícil de mantener. Hace cien años las familias se reunían a escuchar la radio novela, había actores en un estudio de radio que actuaban en obras de teatro, la gente se reunía en la mesa a escuchar en la única radio que había, entonces, de eso a que hoy tengas obras de teatro en vivo con salas vacías, que también pasa, es una evolución.
Escuchar música es un hábito que hay que estimular. Una buena forma es hacerlo mientras hacés otra cosa que no tenga imagen: cocinar, pintar, limpiar, leer. Salvo que seas muy melómano, no siempre vas a sentarte a escuchar una sinfonía entera.
Pero también creo que puede haber una vuelta al pasado. La gente viene al show a escuchar música sin pantallas, sin tecnología. Tal vez en el futuro llevar el celular a un cumpleaños sea mala educación. No lo sé. No soy apocalíptico: hay que estar atentos y usar la tecnología como cómplice. Como dijo Verdi: “Volvamos al pasado, que eso será progreso”, y me parece que la música en realidad es una de las cosas que hace que la gente lo disfrute como hace 100 años atrás.
“Piazzolla la pasó mal por ser tan innovador”
—En tu trabajo también hay un rescate de la música clásica en su veta popular. ¿Cómo ves la recepción del público y la música popular actual?
—No digo que la gente escuche más música clásica, pero sí pasa que algunos me escriben y me dicen: “Te fui a ver y empecé a estudiar piano”, “empecé a cantar en un coro”. Eso le da mucho más sentido a lo que hago.
Por otro lado, siempre hubo una tendencia de los músicos académicos a despreciar la música popular. Y hoy veo una degradación. Cuando yo era chico, música popular era Queen, Serú Girán, Charly García. Y hoy tenés trap, reggaetón, música que son géneros populares en el sentido de que son masivos, pero tienen un nivel de calidad tanto más inferior.
Me parece que de ese lado también hay una tarea para realizar, que es difundir. No digo que haya que difundir Bach, Mozart, porque sabemos que es música que escucha una minoría. Tal vez sea bueno darle más lugar al folclore, al buen jazz, a Charly, a Spinetta, a Fito Páez. A la gente que hace canciones, que tiene algún tipo de trabajo con el material, no es algo generado por maquinitas con una receta, que tiene una base rítmica siempre igual, dos acordes y alguien con un tono caribeño falso que canta, con letras bastante pobres.
—Para cerrar, tenés una relación fuerte con Mar del Plata. ¿Qué musicalidad te despierta la ciudad?
—Si en Mar del Plata nació Astor Piazzolla, ya está. A partir de ahí hay un escalón arriba. Piazzolla es uno de los compositores argentinos más reconocidos en el mundo. Todas las orquestas del mundo tocan a Piazzola. Hay una versión alucinante de “Libertango”, con los doce cellistas de la Filarmónica de Berlín sentados en semicírculo. Y es la composición de un tipo que revolucionó el tango de esa manera y que también la pasó mal por ser tan innovador.
Sumado a eso, toda la actividad teatral y musical de las temporadas de verano hace que sea una ciudad con música por todos lados, realmente.
