“Las máquinas deseantes” la exhibición más reciente del Museo MAR, propone correrse de los imaginarios de presente y futuro ya conocidos deseando en conjunto. El proyecto, sostiene Agustina Rinaldi, su curadora, explora “la tensión como potencia”.
Por Camila Spoleti
Piedras naturales tratan de encastrarse en vértebras de hierro pulido. Puntas filosas emergen de la pared. Algo parecido a una forma humana se intuye en un color rosa aguado. Más allá, encerradas en esferas de plástico transparente, crecen plantas.
“Las máquinas deseantes” es la última muestra que inauguró el Museo MAR (Av. Félix U. Camet y López de Gomara). Fue producida por Pleamar, un colectivo artístico marplatense que organiza distintas actividades enfocadas en las artes electrónicas, y curada por Agustina Rinaldi. Está montada en la sala 2 del museo y puede visitarse hasta septiembre.
La muestra constituye la tercera edición de Pleamar Multimedial, un proyecto de este colectivo —que también realiza un festival y un ciclo llamado Pleamar Inmersiva— dedicado a la presentación de proyectos curatoriales que abordan las intersecciones entre arte contemporáneo, ciencia y tecnología. Cada año, explica Luciana Aldegani, encargada de la dirección y producción general de las exhibiciones, se elige un eje temático central. Este año, la propuesta fue abordar los diálogos entre humanos, tecnología y entornos naturales. Para ello, recurrir a la curaduría de Agustina Rinaldi pareció la decisión más acertada.


Las máquinas deseantes
En la sala interactúan obras de diez artistas argentinos: Candela del Valle, Martina Servio Olavide, Joaquín Fargas, Indira Montoya, Miguel Harte, Marcolina Dipierro, Roma Blanco, Marina Ercole, Guxta y Celeste Martinez Abburrá. Algunas de ellas, habían sido ya expuestas en otros espacios, otras eran proyectos que encontraron en esta exhibición la oportunidad de materializarse.
Para Agustina Rinaldi, el trabajo curatorial consiste en “darle cuerpo a investigaciones que son puramente teóricas”. En esta exhibición, explica, “el eje está puesto en el concepto de máquina deseante”, tomado del libro El Anti Edipo, de Deleuze y Guattari. Pese a haber sido publicado en 1972, el texto tiene, a criterio de Rinaldi, “mucha actualidad”.
—¿En qué consiste esta idea?
— En ese entonces, estos filósofos se oponen al psicoanálisis que decía que nosotros deseamos o queremos conseguir aquello que no tenemos, o sea, que el deseo es carencia. Y ellos dicen no, el deseo en realidad no es carencia, uno no desea individualmente eso que le falta, sino que el deseo es producción, producción deseante y se activa a partir del ensamblaje, o sea, cuando se encuentran dos o más elementos. Eso genera un corte, o sea, una transformación que afecta a otro flujo, ese flujo afectado genera una deriva que afecta a otro y así se va produciendo, se va activando algo. Entonces, me puse a pensar, ¿cómo construimos un imaginario de futuro alternativo a los que nos proponen? Y no creo que eso pueda darse deseando en soledad, sino activando en conjunto.
—¿Cómo se lleva eso a la sala?
—Obviamente, las piezas que se ven en la muestra no son máquinas, de hecho hay una sola que es la de Celeste Martínez Abburrá. Pero, en el plano simbólico, para mí sí están muy vinculadas a lo maquínico, porque en relación con otras piezas generan algo específico y cuando uno empieza a transitar el espacio de una manera se abre un mundo y cuando uno elige ir por otro lado y generar otra conexión entre las obras, se abre otro mundo. El ensamblaje de esas piezas propone, y siempre propone algo distinto según cómo la recorramos o cuál es nuestro bagaje contextual y etcétera. Entonces, hay algo de lo maquínico en el diálogo entre las obras de arte en un espacio. Y además, si vos te acercás a cada una de las piezas, vas a notar que la mayoría son ensamblajes in situ. Hay muy pocas piezas, como una de las de Martina Servio Olavide, que es una acuarela que se montó y ya está. La mayoría están formadas por piezas más pequeñas que ensambladas generan una gran pieza, una gran imagen. Como, por ejemplo, la pieza de Marcolina Dipierro, que son un montón de puntas a pared que generan una configuración específica o la instalación de Martina Servio Olavide, que dialoga con la acuarela, que está formada por esculturas, bases, espejos, soportes a pared. Entonces, hay algo del ensamblaje de partes que generan una obra, más las obras ensambladas con otras obras que generan como otra manera de activar, de poner algo en escena. Y pensaba que esta exhibición podía estar tomada por obras que fueran engranajes de otra imagen del mundo, una imagen de mundo que se puede construir, por eso lo vinculo a lo maquínico.


—¿Cómo es la relación entre la propuesta curatorial y lo que cada visitante construye al recorrerla?
—Uno no sabe qué tipo de narrativas van a construir las personas que lo ven. Pueden llevarlo hacia otro lugar. Pero más allá de eso, desde la curaduría, yo siempre trabajo mucho en crear un clima específico. O sea, que el diálogo entre las obras, proponga algo distinto a lo que la obra propone sola. Entonces, no solo hay una búsqueda, sino que hay una propuesta narrativa y estética, sabiendo que después los visitantes van a construir sus mundos y ahí se pone lindo. En este caso, el clima que yo quise proponer está meramente vinculado a la tensión, pero a la tensión como potencia, como algo positivo y no como algo negativo. Por eso hay muchas contradicciones en la sala y para mí en la contradicción hay mucha fuerza, más que debilidad. Esas contradicciones las podemos ver en que algo es bellísimo y brilla y cuando nos acercamos eso que nos llamó mucho la atención puede ser hasta peligroso. Por ejemplo, en la obra de Marcolina Dipierro que es más pequeña que la gran configuración de las puntas a pared, hay una punta y, junto a esa punta, una cadenita muy delicada que dialoga a la perfección en el mismo soporte. Ahí hay una contradicción absoluta entre la delicadeza de esa cadena y entre esa punta filosa que puede ser full peligro. Entonces, como que fui encontrando puntos de tensión que me parecía interesante explorar. Y de eso habla un poco este imaginario que quise proponer en donde no hay una oscuridad propia de ese universo cyberpunk que parece conducirnos a algo terrible ni tampoco hay una una utopía verde del universo solarpunk en donde la naturaleza y la tecnología confluyen en total armonía, sino que es un punto intermedio donde la contradicción está puesta en escena y está todo bien con eso.


—¿Te parece que generar una exhibición que propone imaginar alternativas que admitan la contradicción tiene potencial político?
—Todas mis investigaciones y exhibiciones, al menos lo que se pudo ver hasta ahora, yo considero que son ensayos. Pequeñas pruebas piloto de mundos posibles, alternativos, que si empezaran a normalizarse, podrían en algún momento convertirse en eso que llamamos realidad. Por eso Las máquinas deseantes, El problema de los tres cuerpos, los trabajos que vengo llevando adelante en estos últimos años, para mí son muy importantes en relación con los visitantes. O sea, una exhibición que no es visitada… Yo no trabajo simplemente para que mi nombre esté en un espacio, sino para que el público visite estas propuestas y se lleve algo, que a lo mejor es difícil de describir, pero que los atraviese de alguna manera. Digo, también puede ser desde el espanto, ¿eh? Pero que algo nos mueva y nos corra de tener que pensar de una manera o tener que actuar de una forma. Dejar de lado esas ideas preconcebidas de cómo va a ser el futuro para nosotros y poder imaginar con otros algo distinto. Y esto que imaginamos puede estar bueno, puede no estar tan bueno. Pero no importa. Es algo alternativo y eso abre un mundo de posibilidades. Empieza a movernos de lo que debería ser. Por eso a mí me interesa tanto trabajar con la rareza, con el desajuste, lo que nos pone un poquito en tensión. Que nos invita a reflexionar en relación a “che, ¿cómo me hace sentir esto?” O “¿por qué cuando veo esto o escucho esto, reacciono de tal manera?” Movernos un poco de esas estructuras propias de lo humano que, a mi criterio, nos impiden ir hacia dentro y también informarnos con otros. Entonces lo que buscan mis exhibiciones tiene que ver con esto, ensayar a pequeña escala, como puede ser una sala de exhibición, alternativas de futuros posibles. O, si queremos no anclarnos en lo temporal, abrir imaginarios distintos a los que hoy rigen nuestra idea de qué es lo real. Y eso creo que puede hacerlo el arte.
