Una primera vez nunca se olvida. El recuerdo de un recital de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en Mar del Plata, en los años en que el Indio Solari era mucho más que un cantante: el líder de una tribu que convirtió la música en identidad, refugio y pertenencia.
Por Ezequiel Casanovas
Eran unas sesenta personas. La mayoría hombres jóvenes que vestían pantalones largos y camperas de jean o deportivas y llevaban banderas de equipos de fútbol. La cerveza y los porros pasaban de mano en mano y todos miraban a uno que estaba junto a las vallas en la puerta de Go!, una disco de Mar del Plata donde esa noche tocaba Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Los Redondos. El tipo no tenía nada especial. Solo metía billetes y monedas en una bolsa y gritaba veinte, veintiuno hasta que contó treinta y tres y levantó los brazos. Los demás festejaron con gritos, aplaudieron. A los diez minutos, otro trajo una caja llena de tetrabriks.
Ya habían pasado las seis de la tarde del 13 de agosto de 1994. Yo tenía 14 años y estaba con mi hermana, Ayelén, de 17. No bebía, no iba a bares ni a boliches y mi única experiencia era un recital de Fito Páez, un año atrás.
Nos sumamos a la fila mientras mirábamos a esos tipos que alentaban a la banda. Parecían barras bravas y tal vez lo eran. Nunca había visto a tanta gente junta fumando porro y bebiendo. Algunos pasaban por al lado nuestro y había dos o tres que a cada rato se detenían y gritaban “salten, loco, salten o son caretas ¿Son caretas?”.


Ayelén, que tampoco había visto a Los Redondos pero solía ir a los boliches donde sonaba rockandroll, parecía más cómoda. A medida que iba oscureciendo, la gente llegaba y era como si el recital ya hubiera empezado porque toda la fila, cada vez más larga, empezó a cantar que el día que murieran querían en la tumba un grabador para seguir escuchando a Los Redondos, que coparían todos los pueblos de la Argentina, que era un sentimiento y no iban a parar.
Era una demostración de lealtad, devoción y entrega que se mezclaba con algunos homenajes. Cantábamos por Luca Prodan como una invocación al héroe que había caído demasiado pronto. Cantábamos por Walter Bulacio, que estaba en la puerta de un recital en el estadio de Obras Sanitarias cuando la policía lo llevó detenido y le pegó hasta matarlo. Un pibe de nuestra edad: el gatillo fácil podía alcanzar a cualquiera.
Algunos mantenían la mirada en los policías que estaban en la esquina de la disco. En esa época se decía que el tamaño del caos era proporcional a la distancia que mantuvieran esos tipos, tan soberbios y despiadados, de los fans. Por suerte, porque también era una cuestión del azar que las cosas no se salieran de quicio, había solo un grupo de tres o cuatro.
Entramos. Era un lugar para no más de tres mil personas: la pista y alrededor las gradas como en un anfiteatro. Nos ubicamos en la que estaba más lejos, justo enfrente del escenario. Fumamos algún cigarrillo. Algunos pasaban y ofrecían cerveza.
Las luces se apagaron. El público no se calló hasta que se escucharon los primeros acordes de la guitarra de Skay Beilinson y la voz del Indio Solari y, a partir de ese instante, la noche, los días, los meses que siguieron no tendrían otra música.


Solari encorvaba el cuerpo hacia adelante y movía la mano en la que llevaba el micrófono o la otra como si cortara el aire. Después, giraba sobre el escenario. Por momentos, con un solo pie apoyado en el suelo. Más que un baile, parecían los movimientos de un arte marcial misterioso, tosco y primitivo. Solari nos conmovía cuando se preguntaba quién sería capaz de comerse su dolor, de salvarlo. Y le creíamos cuando decía que la tierra era una herida y que nuestro miedo podía helar aquel infierno. Y también cuando cantaba que quería ver banderas rojas y negras en nuestros corazones.
Eran los años 90, el país se llenaba de tipos que eran como bombas pequeñitas y quizás presentíamos que íbamos a caer en la misma trampa que nuestros padres que trabajaban todo el día para que nunca alcanzara.
Durante los recitales, Solari hablaba muy poco pero antes del final se paró en el centro del escenario y dijo que afuera esperaba un camión de Infantería de Marina. La gente respondió con silbidos, puños con los dedos mayores apuntando al cielo y Solari pidió que no cayéramos en provocaciones.
–No le demos pasto a las fieras–dijo aunque es posible que mi recuerdo falle y esa frase la haya dicho en otra noche.
Los tipos estaban en la esquina. La gente ni los miró. Con mi hermana, caminamos un par de cuadras hasta la parada del colectivo. Ya en casa, nos sentamos en el living. Estaba mi madre y le contamos todo desde el principio. Ella sonreía, supongo que también estaba aliviada de tenernos a salvo. Al final, éramos unos niños por más que ya me sintiera parte de la tribu.
*Las imágenes son de la cuenta de Instagram @losredondos.enfotos.
