En Érase una vez en el Oeste, su primer libro de crónicas, Leonardo Oyola reconstruye el conurbano donde creció para dejarle a su hijo una herencia hecha de recuerdos, barrios y afectos. En diálogo con BACAP, habla del paso del tiempo, el oficio de escribir y de esas comunidades que todavía encuentran en la literatura, el fútbol o la música una manera de seguir reuniéndose.
Por Juan Manuel Salas
¿Cómo se le cuenta a un hijo de dónde viene su padre? ¿Cómo se le explica que la herencia más importante no está en lo material, sino en la sangre, los recuerdos, las costumbres y las historias compartidas? ¿Cómo se transmite una forma de hablar, los amigos, las canciones y los lugares que hicieron de uno quien es? ¿Cómo se conserva un barrio que, aunque sus calles sigan ahí, ya no existe del mismo modo?
Leonardo Oyola encontró una forma de responder esas preguntas escribiendo. Después de una carrera marcada por novelas como Kryptonita, Chamamé y Ultra/Tumba, acaba de publicar Érase una vez en el Oeste, su primer libro de crónicas. Pero el libro es apenas la puerta de entrada. Detrás de esas páginas hay algo mucho más íntimo: el deseo de dejarle a su hijo un mapa del mundo que lo formó antes de que ese mundo termine de desaparecer.
La conversación empieza hablando de literatura. El tema dura poco. Muy rápido aparecen el trabajo, el paso del tiempo, la paternidad. Recién después llega el barrio. Y mucho más adelante, Diego Maradona y el Indio Solari. Oyola nunca fuerza esos desvíos. Habla como escribe: una historia lleva inevitablemente a la siguiente.
El primer tema ni siquiera es el libro. Es el oficio.
Hoy escribe guiones para llegar a fin de mes. Comparte proyectos con otros guionistas. Sube a escenarios para presentar espectáculos junto a músicos. Da talleres. Escribe textos que nacen sabiendo que van a durar una sola noche. La imagen romántica del escritor encerrado frente a una máquina de escribir quedó muy atrás.
“Hoy, por una cuestión netamente económica, estoy laburando mucho escribiendo guiones. Entonces, si puedo robarle tiempo a la historia que estamos escribiendo entre seis u ocho personas para ponerme con algo mío, es algo que me entusiasma“.
No habla con resignación ni nostalgia. Lo cuenta como quien describe un paisaje que cambió y al que ya aprendió a caminar.
“Yo creo que nosotros, como escritores, llegamos al momento Napster de la música. Postpandemia no solamente bajaron las ventas, ni hablar por cómo está la cosa en el país, sino que donde nosotros hacemos la diferencia ya no es precisamente escribiendo, sino trabajando de escritores“, dice.
“El escritor ahora tiene el vivo, el show en vivo del escritor. Yo siempre tuve suerte con el tema de derechos de autor, pero de a poco esos números fueron bajando. Entonces aparecen oportunidades en las que te dicen: ‘Te vamos a pagar una plata que es reinteresante para que estés con un músico y vean cómo pueden dar un show, un espectáculo’. Y yo no lo veo como una mala palabra. Pero, a la vez, pienso que si la gente te leyó, tenés que darle algo nuevo“.
Por eso, mientras trabaja en esos espectáculos, escribe textos que nunca serán un libro. “Estoy elaborando muchos textos que son efímeros, que son solo por una noche. Para esa presentación. Entonces, entre todas esas cosas, poder hacer una crónica, poder dedicarle tiempo a una poesía, es el tiempo que te queda y el tiempo que tratás de aprovechar para convivir con el texto“.
Quizá por eso sorprende cuando se le pregunta en qué género se siente más cómodo. No responde “la novela“. Tampoco “la ficción“. “No sé si es donde estoy más cómodo parado. Es donde puedo escribir lo mío“.
Esa frase termina explicando el nacimiento de Érase una vez en el Oeste mejor que cualquier definición sobre el género.
Las primeras crónicas aparecieron durante la pandemia, cuando la escritora Fernanda Berti lo invitó a participar de Cordón, una revista de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Al mismo tiempo empezó un taller de poesía con Óscar Fariña y recuperó inquietudes que venía postergando desde hacía años. Las columnas comenzaron a dialogar entre sí. Después aparecieron textos nuevos. Y, casi sin proponérselo, descubrió que todos estaban hablando del mismo territorio.
Pero todavía faltaba encontrar el verdadero destinatario. Ese descubrimiento llegó mucho después, cuando empezó a revisar las crónicas para convertirlas en un libro.
“Una de las crónicas ya le hablaba a mi hijo porque justamente era cuando empezó la pandemia y quedamos separados. Él se crió con la madre, hizo toda la escuela en Santa Teresita y ahora hace dos años que está viviendo conmigo porque vino a estudiar la universidad acá“.
-¿Cómo viene esa convivencia?
– La verdad que espectacular. La madre fue quien lo crió, hizo un pibe excelente y nosotros compartimos muchas cosas. Me la tiene jurada con que no va a ir a ver Gimnasia conmigo, pero compartimos un montón de cosas y es muy lindo eso.
Mientras su hijo pasaba el verano trabajando en la costa y reencontrándose con su mamá y sus abuelos, Oyola volvió sobre aquellas crónicas ya publicadas. Empezó corrigiendo detalles. Terminó encontrando el corazón del libro.
“Ahí fue donde apareció escribirle a él. Por eso, sobre todo los últimos textos, ya no le estoy hablando a ese nene del 2020. Ya es un joven. Él ve cómo me hamaco para llegar a fin de mes. Él también hace sus sacrificios para estudiar. Pero mientras hagamos lo que queremos, andamos contentos. Eso es lo que le quería dejar dicho ahí en el libro“, explica Oyola.
Érase una vez en el Oeste también es la herencia que le pasa Oyola a su hijo. En la escritura, en la forma de hablar, en el barrio, en una canción. Es la herencia de su manera de mirar el mundo, antes de que el mundo que mira deje de existir.
Y cuando la conversación llega a ese punto, el Oeste vuelve a aparecer. Pero no como un lugar en el mapa. Como una memoria compartida.
El barrio que permanece


El conurbano del que habla Oyola ya no existe. O, mejor dicho, ya no existe de la misma manera.
“Yo evoco un conurbano que ya no existe. Bah… uno dice que no existe. Cambió físicamente. Hay asfalto, hay otro tipo de construcciones, otro tipo de males, otro tipo de consumos“.
No lo dice con nostalgia de quien cree que todo tiempo pasado fue mejor. Lo dice como alguien que entiende que los lugares cambian igual que las personas. Que crecer también consiste en aceptar que el barrio de la infancia nunca vuelve exactamente igual.
Por eso las crónicas de Érase una vez en el Oeste intentan rescatar aquello que el paso del tiempo todavía no pudo borrar: las voces, los códigos, las formas de quererse, las historias que pasan de una generación a otra sin necesidad de escribirse.
Y, de repente, mientras habla del conurbano, aparece una imagen que parece no tener relación con nada de lo anterior. O sí.
“Después me pongo a pensar en lo que pasó el fin de semana pasado con lo que le tocó irse de gira al Indio…“. Pasaron apenas unos días de la muerte del Indio Solari, y todavía duele, se siente su ausencia.
La frase de Oyola queda suspendida. Como si él mismo descubriera, mientras habla, que estaba llegando hasta ahí desde el comienzo. Porque el barrio del que escribe no es solamente un lugar. Es una comunidad.
Y esa comunidad volvió a aparecer durante unos días alrededor de la despedida del último cacique.
Antes de contar lo que vio en Plaza de Mayo, Oyola vuelve una vez más sobre esa idea de pertenencia que atraviesa todo el libro.
Las crónicas nacieron para hablarle a un hijo. Pero también para dejar registro de una forma de vivir que siente amenazada por el tiempo.
Las calles seguirán. Lo que puede perderse son las historias, los gestos, esas personas que les daban sentido. Cuando recuerda su Oeste, recuerda vínculos, vecinos. Recuerda maneras de estar con otros.
Quizá por eso, cuando el Indio Solari murió, sintió que no estaba asistiendo solamente a la despedida de un músico. Sintió el renacer, por unas horas, ese mismo tejido comunitario que había intentado conservar en las páginas del libro para heredarle a su hijo.
Y la conversación, sin darse cuenta, deja definitivamente la literatura. Entra en otro territorio. Uno donde las canciones, los barrios y los ídolos populares hablan el mismo idioma.
Cuando el país volvió a abrazarse


Oyola llega al Indio Solari hablando del barrio. Como si una cosa llevara inevitablemente a la otra. Como si una cosa nunca pudo haber existido (o sobrevivido) sin la otra.
“Vos decís: cuántas generaciones estamos atravesadas por lo mismo. El luto en el barrio fue igual. Gente como mi viejo, gente como nosotros, los más jóvenes, los adolescentes… todos atravesados por lo mismo“.
Esa noche, la del 5 de junio, estaba presentando Los malqueridos, la primera novela de Sergio Gramajo, un amigo y alumno de su taller literario. Sonríe cuando recuerda que era una novela “netamente ricotera“. Las lecturas estaban acompañadas por un guitarrista que iba enlazando los fragmentos con canciones de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
“Tuvo una cosa —y lo digo como un piropo, por más duro que suene— medio de sepelio. De despedida“, reconoce Oyola.
Cuando la presentación del libro terminó, comieron una pizza. Siguieron conversando, tomaron algo. Hasta que alguien rompió ese clima: “‘Señores, vamos a Plaza de Mayo’“.
Fueron.
Y ahí la conversación deja de ser una entrevista sobre un escritor para convertirse en el relato de alguien que estuvo presente en una despedida colectiva.
“Por un lado había gente llorando completamente destrozada. Y de repente alguno ponía un parlante con un tema y todos empezaban a cantar, a abrazarse. Circulaba la bebida. Era todo muy comunitario”.
“Lamento tanto la muerte del Indio…”, dice Oyola. Hace una pausa. Y recién entonces completa la idea: “…pero nos hacía mucha falta esa comunidad. Ese volver a encontrarnos entre tantas personas abrazadas, unidas por el mismo sentimiento. Creo que ese fin de semana el Indio nos hizo sentir menos solos”.
Habla despacio. Como quien todavía está ordenando lo que vivió.
“No es casual que en un momento tan oscuro del mundo y, sobre todo, del país, al tipo le haya tocado irse y que haya generado todo esto“.
Hasta ese momento, la conversación había hablado de la herencia. Del padre. Del hijo. Del barrio. Ahora aparece otra forma de pertenencia. La que no se hereda en una familia. La que se construye entre desconocidos que comparten canciones, códigos y recuerdos.
Por eso, cuando la muerte del Indio nos lleva a hablar de Diego Maradona, el tema no cambia, continúa.


“A nosotros nos faltó eso con el Diego“, dice Oyola y esa frase cae con un peso distinto, es un golpe muy duro en pleno Mundial de fútbol y agrega: “Al Diego nos lo robaron. Nos lo mataron«.
“No me olvido más. Cuando dijeron que se cerraba todo y vi a la gente corriendo detrás de la carroza… dejate de joder. Si era el Diego“. Esa reacción sigue teniendo la intensidad del primer día.
Recuerda aquellas imágenes y vuelve, casi sin querer, a la despedida del Indio.
“Pensá que al Indio, con lluvia y todo, pasó más de un millón de personas. Más de veinticuatro horas. Y ni un problema. Lo quisieron velar menos de ocho horas. No… dejate de joder“.
Hace varios minutos que no hablamos de literatura. Hablamos de los rituales con los que una sociedad intenta despedir a quienes la marcaron. De la necesidad de reunirse. De llorar con otros. De sentirse parte.
Y, por primera vez en toda la conversación, la muerte deja de ser la muerte de un ídolo para convertirse en algo más íntimo.
“La muerte de la gente que uno quiere también te pone en contacto con tu propia finitud“, dice Oyola y explica que esa despedida lo encontró en un momento distinto de su vida. Más padre. Más pendiente de acompañar que de encerrarse en su propio dolor.
“La muerte del Indio me agarró siendo padre full time por primera vez. Me salió más consolar que dejarme llorar. Llegué a casa con una curda importante y al otro día dije: ‘No hago nada’. Hacía mucho tiempo que no me pasaba eso“.
Le pregunto qué hizo cuando volvió a estar solo. A dónde buscó al Indio, en qué canción.
“Último bondi a Finisterre. Siempre me pareció un disco de cierre. Ya el título me parecía que decía todo».
Lo escuchó completo. Sin hacer otra cosa. “Había terminado de dar una clase online. Bajé la persiana, puse ese disco y me senté a escucharlo“.
La escena termina ahí.
Durante toda la conversación Oyola había intentado explicar cómo se conserva un barrio cuando el tiempo lo cambia todo.
Quizá esa noche en Plaza de Mayo encontró una respuesta que ni siquiera estaba buscando.
Hay comunidades que sobreviven porque alguien sigue contando sus historias.
El peso de una buena historia
Hay un momento de la charla en el que el pasado vuelve a aparecer, aunque esta vez no lo hace con el barrio ni con la infancia.
Aparece con Kryptonita.


La novela publicada en 2011 cambió para siempre la carrera de Leonardo Oyola. Llegaron las traducciones, la película, la serie, la historieta. También llegaron lectores que todavía hoy se acercan por ese libro y recién después descubren el resto de su obra.
Sin embargo, cuando habla de aquel fenómeno evita cualquier tono de consagración. Prefiere hablar de las historias antes que de los autores.
“Todo lo viví con una inmensa alegría. Ni hablar el dinero que entró en ese momento, pero lo más festivo fue ver cómo la historia la abrazó la gente“.
Le aparece una escena para graficar. Hace pocos días visitó una escuela de Retiro. Los chicos que lo escuchaban habían nacido cuando Kryptonita ya existía o estaban por nacer. Muchas de las referencias que aparecen en la novela pertenecen a un mundo que ellos no vivieron. Sin embargo, la historia seguía funcionando.
“Era hermoso escuchar las cosas que decían esos pibes. Hay referencias que les quedan viejas y las buscan en internet. Pero hay otras que siguen completamente vivas. Eso es una alegría enorme“, dice el escritor.
Habla de esa visita como quien descubre que un libro ya no le pertenece del todo. Quizá por eso dice que el mayor aprendizaje después de Kryptonita fue otro: no intentar repetirla.
“Kryptonita me obligó a pelear conmigo mismo. Tenía que dejar de esperar que todo lo que escribiera generara lo mismo. Después entendí que las historias tienen que trascender al autor“.
En una época donde buena parte de la conversación pública gira alrededor de las figuras, Oyola vuelve una y otra vez sobre la misma idea: el escritor debería desaparecer detrás de sus libros.
Por eso nunca le molestó que durante años cada publicación nueva llevara una faja con una leyenda inevitable: Del autor de Kryptonita.
“Excelente me llevo con eso. Soy también el autor de Kryptonita. Pero prefiero mucho más que la gente hable de Kryptonita, de Chamamé o de Ultra/Tumba y no de Leonardo Oyola. Prefiero que trascienda la historia antes que la figura del escritor“.
Esa manera de pensar también explica Érase una vez en el Oeste. Si bien el libro esté escrito en primera persona, es para que alguien —su hijo, un lector, un vecino del Oeste o cualquier persona que llegue a esas páginas dentro de veinte años— pueda reconocer algo propio entre esas historias.
Antes de despedirnos le pregunto por dónde debería empezar alguien que nunca lo leyó. No duda demasiado: “Arranquen por Érase una vez en el Oeste. Ahí están las raíces de todo lo que vino después“.
Agrega una frase más: “La verdad es que, habiendo tanto por leer, que alguien elija algo que escribí yo… ya estoy hecho“.
La conversación termina. Queda la sensación de que el libro era apenas una excusa. Porque, en el fondo, Oyola nunca habló solamente de literatura. Habló de un padre que intenta contarle a su hijo de dónde viene. De un barrio que cambia sin dejar de ser el mismo.
De los amigos, las canciones y los muertos que siguen reuniendo a los vivos.
De esas comunidades invisibles que nos enseñan una manera de mirar el mundo y que sobreviven mucho después de que cambian las calles, los trabajos o el tiempo.
Quizá ésa sea la herencia de la que habla Érase una vez en el Oeste. No una colección de recuerdos, sino la certeza de que algunas historias siguen encontrando nuevos lectores porque, antes de ser escritas, fueron profundamente vividas.
