De “sobrecalificada” en Mar del Plata a emprendedora en Barcelona

Una entrevista laboral fallida marcó el punto de partida para encarar una nueva vida lejos del país.

Por Florencia Cordero

Después de quedarse sin trabajo y salir durante meses a buscar una nueva oportunidad, Rocío escuchó una frase que todavía recuerda con precisión: estaba “sobrecalificada” para el puesto al que aspiraba. La empresa valoraba su perfil, pero entendía que sus estudios y experiencia hacían difícil imaginarla ocupando ese cargo por mucho tiempo. Ella no buscaba un escalón hacia otro empleo. Simplemente quería trabajar.

Aquel episodio fue el punto de inflexión. Licenciada en Administración de Empresas, sintió que el esfuerzo de haberse formado no encontraba un espacio donde desarrollarse. “Te piden que estudies, que te prepares y que te capacites. Después te dicen que estás sobrecalificada”, resumió durante una charla con BACAP. Poco después abrió un cajón, sacó el pasaporte que llevaba tiempo guardado, compró un pasaje de ida a Barcelona y viajó con apenas 500 euros, una valija y la decisión de empezar de cero.

No conocía la ciudad, no tenía familiares esperándola ni una red de contención. Tampoco imaginaba que el primer trabajo que conseguiría terminaría siendo una estafa y que, en cuestión de semanas, volvería a encontrarse sin dinero y frente a una decisión determinante: regresar a Argentina o insistir. Eligió quedarse. Consiguió empleo como camarera en una cafetería del aeropuerto, meses más tarde pasó al área administrativa de la empresa y durante varios años reconstruyó su vida en Barcelona, mientras una idea comenzaba a tomar forma en silencio.

Siempre había soñado con tener un emprendimiento propio. No una heladería cualquiera, sino un lugar de encuentro. Un espacio donde las familias pudieran quedarse sin apuro, donde el café invitara a conversar y donde un helado representara mucho más que un postre. Cuando aparecieron las posibilidades de acceder a un préstamo, entendió que había llegado el momento de volver a apostar.

Así nació Mar del Ro, un nombre que resume dos partes inseparables de su historia. “Mar del” remite inmediatamente a Mar del Plata, la ciudad que sigue sintiendo como propia. “Ro” es la abreviatura de Rocío, la mujer que decidió construir su futuro lejos de casa sin renunciar a sus raíces.

El local, ubicado cerca de Plaza España, en Barcelona, conserva esa identidad en cada detalle. Hay helados artesanales elaborados con sabores que remiten a Argentina, chocotorta, sándwiches de miga, facturas, café de especialidad, cerveza artesanal de productores marplatenses, agua caliente para el mate y un rincón pensado para que los chicos jueguen mientras los adultos comparten una charla. La propuesta rompe con la lógica habitual de muchas heladerías europeas, donde el cliente compra y sigue su camino. Rocío imaginó exactamente lo contrario: un lugar donde quedarse.

A lo largo de la entrevista aparece una característica que atraviesa toda su historia. Más allá del emprendimiento, lo que sobresale es su relación con el riesgo. Al escuchar su recorrido, surge naturalmente la pregunta de si alguna vez tuvo miedo. La respuesta llega sin vueltas: el miedo siempre estuvo presente. Pero nunca permitió que fuera quien tomara las decisiones.

Ese mismo criterio fue el que la sostuvo cuando decidió invertir en un proyecto propio. Reconoce que todavía atraviesa una etapa de enorme esfuerzo, con jornadas de doce o catorce horas de trabajo y meses en los que prioriza hacer crecer el negocio antes que pagarse un sueldo. Sin embargo, asegura que cada cliente que vuelve, cada recomendación y cada reseña positiva le confirman que el camino elegido tiene sentido.

En Barcelona descubrió una ciudad que terminó enamorándola por su diversidad cultural y por una cercanía con el mar que inevitablemente le recuerda a Mar del Plata. Pero también aprendió que emigrar implica convivir con la nostalgia. Extraña a su familia, a sus amigos, las caminatas por la costa, los mates al aire libre y esa espontaneidad tan argentina de decidir un plan sobre la marcha. Después de casi tres años sin regresar, volvió para abrazar a los suyos y recargar energías antes de retomar el desafío de sostener un emprendimiento que depende, en gran medida, de su presencia cotidiana.

Cuando se le pregunta qué consejo daría a quienes atraviesan un momento de incertidumbre, vuelve a una enseñanza que heredó de su padre. Él le decía que nadie podía decidir por ella, porque sería ella quien disfrutaría los aciertos o asumiría las consecuencias de los errores. Esa idea terminó convirtiéndose en una forma de vivir.

“Prefiero arrepentirme de lo que hago y no de lo que no hago”, afirma.

Quizá esa frase explique mejor que cualquier otra por qué aquella respuesta en una entrevista laboral no marcó el final de una etapa, sino el comienzo de una historia completamente distinta. Una historia que empezó con un pasaje de ida y que hoy recibe a argentinos y a visitantes de todo el mundo en un rincón de Barcelona donde Mar del Plata sigue estando presente.

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