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agosto 20, 2026

“El racismo en la Argentina es parte fundante de las élites políticas que hoy gobiernan el país”

Federico Pita, referente del movimiento afroargentino, llegará este viernes a Mar del Plata para presentar su libro “Antirracismo: pensamiento y praxis en clave afrolatinoamericana”. Antes de su visita, dialogó con Bacap sobre racismo de Estado, desigualdad, perfilamiento racial y la “batalla cultural” de las nuevas derechas.

“El racismo en la Argentina es parte fundante de las élites políticas que hoy gobiernan el país”, dice Federico Pita, politólogo, activista afroargentino y fundador de la Diáspora Africana de la Argentina (DIAFAR), quien este viernes llegará a Mar del Plata como parte de la Gira Antirracista 2026.

Pita presentará en la ciudad su libro Antirracismo: pensamiento y praxis en clave afrolatinoamericana y encabezará dos encuentros en los que buscará poner en discusión algunas de las formas que adopta el racismo en Argentina: desde su vínculo histórico con la construcción del Estado hasta el perfilamiento racial, las desigualdades sociales y los discursos de las nuevas derechas.

La primera actividad será a las 14 en la Universidad Liberté, dentro de la Unidad Penal de Batán, donde brindará la conferencia magistral “Racismo estructural, perfilamiento racial y abolicionismo carcelario: claves para una justicia verdaderamente transformadora”. El encuentro será gratuito y tendrá modalidad híbrida.

Más tarde, a las 18.30, Pita estará en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Mar del Plata, en 25 de Mayo 2855, para brindar la conferencia magistral “Racismo de Estado, negacionismo y la batalla cultural de la ultraderecha en la Argentina actual”. La presentación estará a cargo del abogado César Sivo.

Politólogo por la Universidad de Buenos Aires, Pita desarrolla desde hace años su trabajo académico y político alrededor del racismo, la afrodescendencia y las desigualdades. Su activismo también tiene antecedentes familiares: su abuelo Justo Pita fue uno de los organizadores de las fiestas de carnaval de la comunidad afroporteña durante la segunda mitad del siglo XX; su tía Micaela Cuello fue cofundadora del club afroporteño Martín Fierro; y su tío abuelo Enrique Nadal, exiliado durante la última dictadura, fundó el Comité Argentino Latinoamericano Contra el Apartheid.

Antes de su llegada a Mar del Plata, Pita dialogó con BACAP sobre las raíces históricas del racismo argentino y planteó la necesidad de discutir tanto los discursos que presentan al país como excepcionalmente racista como aquellos que directamente niegan la existencia del problema.

—¿Qué significa hablar hoy de racismo de Estado en Argentina?

—Hablar de racismo de Estado es hablar del proyecto constitutivo de nación. La génesis política que da nacimiento a nuestro país, en la mente de sus padres fundadores, de la Generación del 37, en Sarmiento y Alberdi, lleva su firma en la Constitución de 1853, donde el artículo 25 dice que el Gobierno Federal fomenta la inmigración europea.

Sobre este gran postulado de que “gobernar es poblar” se construye la idea del desierto para justificar el genocidio de pueblos originarios y la ocupación de tierras, y después una política sistemática de implantación de población desde una perspectiva racista, donde lo mejor de la raza humana estaba representado por los europeos.

A partir de ahí hay un proyecto que tiene en su génesis el racismo y que se reconfigura a través de distintas vertientes. Están las más tradicionales y conservadoras, que se jactan de esa supuesta superioridad cultural de Argentina frente al resto de América Latina, pregonándola como la más blanca de América Latina. Y después hay un sector no menos funcional a ese núcleo duro del poder que niega el racismo, como si existiese la posibilidad de una sociedad en el mundo donde el racismo no fuese parte.

También hay, fundamentalmente, un sector del campo popular que plantea que en Argentina el racismo no existe.

—Esa discusión apareció con fuerza durante el Mundial, cuando en redes sociales se acusó a Argentina de ser un país racista y una de las respuestas fue sostener que acá el racismo directamente no existe. ¿Cómo viste esa discusión?

—Son los extremos abrazándose. La acusación de que Argentina es el país más racista del mundo es una ridiculez que no resiste ningún análisis. Primero, como si existiese la posibilidad de un podio del racismo. ¿Qué es peor? ¿Un país que mata negros cada 18 minutos como Brasil, un país como Estados Unidos que tuvo 100 años de política segregacionista o un país como Argentina donde se niega la existencia del racismo?

Como si, aparte, el perfilamiento racial no fuese una cuestión propia también de Argentina. Cuando las fuerzas de seguridad asesinan ciudadanos, como en todas partes del mundo, ¿acá sería el único caso donde matan rubios de ojos celestes? Ni somos los más racistas del mundo, porque no tiene ningún sentido esa acusación, ni la respuesta puede ser negar el problema. La defensa termina siendo peor que la enfermedad: decir que Argentina es el único país del mundo que está blindado del racismo.

Me parece que estos discursos ya no tienen más cabida. Más allá de minorías densas en cuanto a sus reclamos estrambóticos y negacionistas, este es un tema que está en la agenda desde hace un tiempo y llegó para quedarse, sobre todo porque está en boca de los mismos sectores conservadores que hoy están más equivocados que nunca.

El racismo en la Argentina es parte fundante de las élites políticas que hoy gobiernan el país y que ejercen un racismo desbocado y desenfrenado.

Me parece que frente a esa derecha y ese conservadurismo desbocado hoy empieza a imponerse que el racismo forma parte de la agenda política y que la respuesta no puede ser una respuesta zonza como decir “no hay racismo”. Hay que profundizar y complejizar esa discusión.

—En Argentina muchas veces las situaciones discriminatorias son interpretadas como una cuestión de clase social más que de color de piel. ¿Cómo analizás esa relación?

—La respuesta de que “no es racismo, es de clase” se puede contestar con el meme clásico de Batman pegándole un sopapo a Robin. Es como imaginar que las tensiones de clase no están atravesadas por el racismo y que el racismo no está atravesado por las cuestiones de clase.

Pita plantea que esa relación entre racismo y clase puede observarse en la propia composición social de distintos espacios. “Si vos te fijás, la población de los barrios populares son morochos y si vas a los estudios de televisión, a la Cámara de Representantes de cualquier lugar del país o a las cátedras universitarias, son descendientes europeos”, ejemplifica. Para el politólogo, no hace falta ser especialista para advertir que “la cuestión fenotípica también se impone en la Argentina como en el resto del planeta”.

Su análisis retrocede hasta la estructura social heredada de la colonización española. Pita vincula las actuales tensiones de clase con aquel sistema de castas que ubicaba a las personas negras como esclavas, a los pueblos indígenas bajo relaciones de servidumbre y a los blancos europeos en los lugares de propiedad y poder.

Según sostiene, aquella organización racial no desapareció, sino que dejó marcas que todavía pueden reconocerse en la pirámide social. “Ese esquema de castas raciales es el que hoy reproduce que los morochos son cartoneros y los rubios son doctores”, afirma. Y lleva el razonamiento un paso más allá: desconocer esas condiciones estructurales implicaría asumir que las diferencias responden únicamente a decisiones individuales y, en definitiva, “creer en la meritocracia”.

Por eso, para Pita, el reconocimiento jurídico de la igualdad resulta insuficiente frente a desigualdades que tienen raíces históricas: “No alcanza con la igualdad formal ante la ley. Está demostrado que eso no funciona”.

—Otro de los ejes de la charla será la “batalla cultural”. ¿Qué significa esa disputa y qué papel tienen las nuevas derechas?

—Estamos en el mundo del revés: la derecha utiliza a Gramsci para construir poder. Ese es el resumen de lo que estamos viviendo. “Batalla cultural”, “batalla de ideas”, es una categoría marxista que usan justamente los libertarios entendiendo que el peor de los flagelos de la humanidad es el comunismo. Las categorías en sí mismas son también herramientas. Con un martillo uno construye una casa o le parte la cabeza a alguien. Pero las ideas tienen un contexto en el que surgen y están también las genealogías históricas.

Para Pita, detrás de esa apropiación de conceptos existe una discusión más profunda sobre el significado que determinadas ideas adquirieron a lo largo de la historia. Su planteo apunta especialmente al concepto de libertad y a las contradicciones que, sostiene, arrastra desde sus orígenes modernos.

En ese sentido, remite a los principios de libertad, igualdad y fraternidad proclamados por la Revolución Francesa, pero advierte que estaban pensados para “varones blancos propietarios esclavistas de Europa” y dejaban afuera a buena parte de la población. Desde esa perspectiva, considera que “el uso de la palabra libertad está mal aplicado en un montón de latitudes” y que los procesos independentistas latinoamericanos tampoco escaparon a esas contradicciones.

Pita lleva esa discusión al caso argentino y recuerda la persistencia de la esclavitud durante las primeras décadas posteriores a la Revolución de Mayo. Ese recorrido histórico, sostiene, también forma parte de lo que hoy se disputa cuando se habla de batalla cultural.

Pero para el politólogo no se trata únicamente de revisar el pasado. La discusión tiene, sobre todo, una dimensión política actual. “La batalla cultural es revisar ciertas discusiones que se ve que hay que volver a dar”, plantea, y vincula esa necesidad con las ideas reivindicadas por quienes actualmente ejercen el poder en Argentina.

En ese punto, Pita rechaza que esas discusiones puedan considerarse secundarias frente a otros problemas políticos, económicos o sociales. “Esto no es una cortina de humo. Esto es la base ideológica de un proyecto”, sostiene. Un proyecto que, además, señala que llegó al gobierno mediante el voto y que hasta el momento conserva respaldo en sectores populares.

Por eso, su conclusión vuelve al punto que atravesará las conferencias que brindará este viernes en Mar del Plata: hay discursos y conceptos que considera necesario volver a poner en cuestión. En este 2026, discutir sobre racismo es una necesidad y no un anacronismo.

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