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octubre 3, 2026

“¿Vos también estás con Ozempic?”: el método para adelgazar que se instaló en las conversaciones de la ciudad

Ozempic se convirtió en una palabra cada vez más presente en las conversaciones sobre descenso de peso. La especialista en Nutrición Patricia María Arébalo explica qué hacen estos fármacos y por qué el tratamiento no debería pensarse como un simple atajo para adelgazar.

Por Lucas Alarcón

Hay conversaciones que funcionan como termómetros de una época. En Mar del Plata, una de ellas podría resumirse en una pregunta cada vez más habitual: “¿Vos también estás con Ozempic?”

El nombre aparece cada vez con mayor frecuencia cuando se habla de alguien que comenzó un tratamiento y obtuvo resultados, de una persona que perdió varios kilos en poco tiempo o de alguien que está evaluando consultar para empezar. También aparece asociado a una pregunta mucho más concreta: cuánto cuesta y cómo se consigue.

Pero detrás de esa palabra que se convirtió en sinónimo de una nueva forma de adelgazar hay algo bastante más complejo que una dieta de moda.

“Estamos viviendo una verdadera revolución en el tratamiento de la obesidad y diabetes por el uso de una familia de fármacos basada en incretinas”, explica la médica especialista en Nutrición Patricia María Arébalo, MP 224417.

Ozempic, una marca comercial y cultural

Las incretinas son hormonas que produce naturalmente el organismo y que intervienen, entre otras funciones, en la regulación de la glucemia y la saciedad. Los medicamentos que imitan su acción permiten modificar mecanismos relacionados con el hambre y el metabolismo.

La semaglutida es uno de esos principios activos. Ozempic es una de sus marcas comerciales y está indicado para el tratamiento de la diabetes tipo 2. Existen otras presentaciones de semaglutida destinadas específicamente al tratamiento de la obesidad. En el mismo universo terapéutico se encuentra la tirzepatida, comercializada como Mounjaro, que actúa sobre dos vías hormonales.

Por eso, aunque en la conversación cotidiana todo termine resumido en “Ozempic”, el fenómeno es bastante más amplio.

Una de las expresiones que más se repite entre quienes cuentan su experiencia con estos tratamientos es que la medicación les “apagó el ruido mental” relacionado con la comida. 

Arébalo explica que estos fármacos aumentan la sensación de saciedad, retrasan el vaciamiento gástrico y actúan sobre mecanismos vinculados con la regulación del apetito. Esa combinación puede hacer que una persona coma menos y tenga menos pensamientos persistentes relacionados con la comida.

Para alguien que durante años sintió que comer era una lucha permanente, la diferencia puede resultar significativa. Pero justamente allí aparece una primera distinción entre utilizar un medicamento para tratar una enfermedad y utilizarlo simplemente como una herramienta para adelgazar.

“Es muy importante que el paciente siga las pautas de alimentación tanto en calidad como en horarios, ya que la cantidad va a estar regulada por el fármaco”, señala Arébalo.

Es decir: que exista menos apetito no significa que desaparezca la necesidad de incorporar nutrientes adecuados.

La inyección puede ayudar a regular cuánto se come. No convierte automáticamente en saludable aquello que se elige comer.

Qué se pierde cuando se baja de peso

La conversación social suele medir el éxito de estos medicamentos de una manera sencilla: cuántos kilos perdió una persona. La medicina utiliza una vara más compleja.

Arébalo advierte que muchas veces el paciente llega al consultorio pensando que el objetivo consiste exclusivamente en reducir el número que aparece en la balanza. Sin embargo, el tratamiento de la obesidad apunta también a mejorar alteraciones metabólicas y reducir el exceso de tejido adiposo, especialmente la grasa visceral.

Los análogos de incretinas pueden favorecer una disminución del tejido adiposo ectópico —la grasa que se acumula en lugares donde no debería hacerlo— y de la grasa visceral, asociada a diferentes alteraciones metabólicas.

Por eso, para la especialista, los beneficios no deberían medirse únicamente en kilos.

La cuestión resulta particularmente importante porque el boom de estos medicamentos coincide con un momento en el que la delgadez vuelve a ocupar un lugar central como ideal estético.

La búsqueda de adelgazar no comenzó con Ozempic. Durante décadas distintas generaciones recurrieron a dietas restrictivas, productos para bajar de peso y métodos que prometían resultados rápidos.

Lo nuevo es que ahora existe una herramienta farmacológica capaz de intervenir sobre mecanismos biológicos relacionados con el apetito y la saciedad. Y justamente por eso existe también el riesgo de convertir una herramienta médica en un producto de consumo.

Hay otra consecuencia del descenso de peso que puede quedar escondida detrás de las historias de éxito: qué tipo de tejido se pierde durante el proceso.

Arébalo pone especial atención en la masa muscular y en la sarcopenia, término utilizado para describir la pérdida de masa y fuerza muscular.

El riesgo cobra especial importancia en personas sedentarias y a medida que avanza la edad. La masa muscular disminuye progresivamente con el envejecimiento, por lo que preservar la fuerza mediante actividad física resulta fundamental.

“Si el paciente es sedentario y no realiza actividad física, es probable que aumente el riesgo de pérdida de masa muscular y fuerza muscular llamada sarcopenia”, advierte.

La observación introduce una variable que suele quedar fuera de las conversaciones sobre Ozempic.

La pregunta no debería ser únicamente cuánto peso perdió alguien, sino también qué perdió junto con ese peso.

¿Ozempic para siempre?

El segundo gran interrogante aparece cuando desaparece la novedad inicial. Supongamos que una persona empezó el tratamiento, perdió peso y alcanzó el objetivo que se había propuesto. ¿Qué sucede después?

La idea de que se trata de una inyección que puede utilizarse durante algunos meses y luego abandonarse sin consecuencias no coincide con la manera en que actualmente se entiende la obesidad.

“El tratamiento de la obesidad es de por vida, porque se trata de una enfermedad crónica”, sostiene Arébalo.

La explicación permite entender también por qué el denominado “efecto rebote” no debería interpretarse simplemente como un fracaso individual. Cuando una persona pierde peso, el organismo activa mecanismos biológicos que pueden favorecer la recuperación de parte de ese peso. No se trata simplemente de una cuestión de voluntad.

Por eso, el seguimiento médico resulta importante tanto durante la pérdida de peso como después de alcanzar los objetivos terapéuticos.

La discusión sobre qué sucede cuando se suspende la medicación también ocupa un lugar central en la investigación reciente sobre estos tratamientos. El punto de fondo no es solamente si el medicamento funciona.

La pregunta más relevante es otra: qué lugar ocupa dentro de un tratamiento que no termina cuando la balanza marca un determinado número.

Cuando la inyección se convierte en la única estrategia

El problema aparece cuando el medicamento se convierte, en la cabeza del paciente, en el tratamiento completo. Arébalo advierte que muchas veces la mirada queda reducida a una sola pregunta: cuánto bajó la balanza.

Es comprensible. Si una persona escucha de alguien cercano que perdió una cantidad significativa de peso, la tentación de pensar en la inyección como una solución rápida es grande.

Pero para la especialista el abordaje debe ser integral.

La obesidad es una enfermedad crónica, multisistémica y multifactorial. En ella intervienen factores genéticos, ambientales y conductuales, además de mecanismos biológicos complejos.

Por eso, la evaluación que precede al tratamiento debe considerar la alimentación, la actividad física y también aspectos vinculados con las emociones y el estrés.

El medicamento puede convertirse en una herramienta de enorme utilidad dentro de ese proceso. Lo que no puede hacer, por sí solo, es reemplazarlo.

La eficacia de estos fármacos alimentó justamente una doble percepción: por un lado, modificaron las posibilidades terapéuticas frente a la obesidad; por otro, su popularización puede generar la ilusión de que ya no es necesario abordar las demás dimensiones del problema.

Perder peso gracias a un medicamento no equivale, necesariamente, a estar realizando un tratamiento integral contra la obesidad.

El riesgo de empezar por cuenta propia

Hay una segunda cara de la popularidad de Ozempic que preocupa a los profesionales: la automedicación.

Cuanto más conocido se vuelve un medicamento, más fácil es que la experiencia de una persona conocida se convierta en recomendación para otra.

“Me funcionó” puede transformarse rápidamente en “a vos también te va a funcionar”.

Pero el tratamiento no se inicia de la misma manera en todas las personas.

Arébalo insiste en que debe existir una evaluación médica previa, una indicación precisa y un seguimiento profesional capaz de controlar los efectos adversos y ajustar la dosis.

La eficacia del medicamento, paradójicamente, puede convertirse en una razón adicional para utilizarlo mal.

Si alguien conoce a una persona que bajó muchos kilos, la conclusión puede parecer sencilla: “quiero lo mismo”.

Pero el tratamiento no funciona como una receta universal.

¿Cuánto cuesta entrar en la era Ozempic?

En Argentina, la discusión sobre estos medicamentos tiene además una dimensión económica.

El acceso no es igual para todos. Arébalo señala que muchas obras sociales y empresas de medicina prepaga no cubren el tratamiento farmacológico, aunque sí está garantizada la cobertura de atención médica.

La especialista considera que uno de los grandes desafíos actuales es precisamente el acceso al tratamiento de la obesidad. También señala que existe una propuesta para actualizar la legislación sobre obesidad que espera tratamiento en el Senado de la Nación.

En cuanto al costo, Arébalo aclara que depende del medicamento y de la dosis. Como referencia general para este grupo de tratamientos, ubica el rango aproximadamente entre $100.000 y $1.500.000, una amplitud que refleja las diferencias entre principios activos, marcas y presentaciones.

Por eso, trasladar esa cifra directamente a “lo que cuesta Ozempic” puede resultar engañoso: no existe un único precio para todos los tratamientos ni todas las dosis.

La cuestión económica tampoco debería empujar a la automedicación.

De la “falta de voluntad” a una enfermedad crónica

Quizás uno de los cambios más profundos detrás de la llamada era Ozempic no tenga que ver con la balanza.

Durante mucho tiempo, la obesidad fue presentada como un problema individual: comer demasiado, hacer poco ejercicio y no tener suficiente fuerza de voluntad.

Arébalo cuestiona ese enfoque.

Durante décadas, señala, las personas con obesidad fueron calificadas de “perezosas” o acusadas de carecer de voluntad y sometidas a dietas restrictivas como si el problema pudiera resolverse exclusivamente mediante disciplina personal.

La mirada médica actual es diferente.

La obesidad es entendida como una enfermedad crónica, multisistémica y multifactorial, en cuyo desarrollo intervienen la genética, el ambiente, el comportamiento, el estrés y diferentes mecanismos biológicos.

Ese cambio de paradigma permite entender por qué algunas personas pueden necesitar tratamiento médico para controlar su peso.

Pero existe una paradoja.

El medicamento puede ayudar a demostrar que el control del peso no depende simplemente de “tener voluntad”. Al mismo tiempo, su popularización puede convertirlo en otra herramienta de presión estética: una manera más sofisticada de perseguir el cuerpo delgado como objetivo en sí mismo.

La diferencia está en cómo se lo utilice.

La pregunta que queda después de la balanza

Quizás por eso la pregunta más interesante que deja el fenómeno Ozempic no sea cuánto peso puede perder una persona.

Tampoco si el medicamento es “milagroso” o si se trata de una nueva moda.

La pregunta es qué ocurre cuando una sociedad que durante décadas culpó a las personas por no poder controlar su peso dispone ahora de herramientas farmacológicas capaces de intervenir sobre el apetito y el metabolismo.

En Mar del Plata, donde el nombre aparece cada vez con mayor naturalidad en conversaciones entre amigos, familiares y conocidos, esa discusión dejó de ser exclusivamente médica.

La próxima vez que alguien diga “está con Ozempic”, probablemente la pregunta no sea solamente cuánto bajó.

También habrá que preguntar por qué lo está usando, quién lo indicó, qué tratamiento está haciendo además de aplicárselo, qué está perdiendo junto con los kilos y qué sucederá cuando llegue el momento de dejarlo.

Porque detrás de una palabra que se convirtió en parte del lenguaje cotidiano hay, en realidad, una transformación mucho más profunda: la manera en que entendemos el hambre, el peso y una enfermedad que durante demasiado tiempo fue reducida a una cuestión de voluntad.

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