Ruth Alem tiene 45 años y forma parte del Hogar de Cristo Comunidades del Sur Don Orione. Llegó buscando una bolsa de mercadería, encontró una comunidad que la ayudó a recuperar proyectos y hoy se prepara para participar de la misa junto al Papa, en representación del espacio marplatense y junto a integrantes de otros Hogares de Cristo.
Por Victoria Herrera
“Yo estaba como muerta en vida”. Así describe Ruth Alem el momento en que llegó al Hogar de Cristo Comunidades del Sur Don Orione. Tenía 42 años, atravesaba una profunda depresión y sentía que sus días transcurrían sin demasiadas expectativas. Había perdido a su papá hacía apenas unos meses y, aunque ya había dejado atrás una situación de consumo, todavía le costaba imaginar un futuro más allá de las urgencias cotidianas.
Su primer acercamiento fue por una bolsa de mercadería. Una vecina del barrio Santa Rosa del Mar, Margarita, le contó que podía acercarse a la capilla de la Comunidad Eclesial de Base (CEB) Santa Rosa de Lima, perteneciente a la Parroquia Padre Pio de Pietrelcina y retirar alimentos que se entregaban a través de Cáritas. Ruth fue. Después empezó a participar de algunas actividades y, casi sin proponérselo, encontró un lugar al que volver.


Cerca de tres años después, ese mismo espacio ocupa un lugar central en su vida. Está terminando el secundario a través del programa FinEs, trabaja en el predio de disposición final de residuos y tiene proyectos que antes no se permitía imaginar. El próximo miércoles sumará una experiencia inesperada a ese recorrido: será parte del grupo de representantes de los Hogares de Cristo que acompañará al papa León XIV durante la misa en Luján, en representación de la comunidad marplatense.
“En el Hogar encontré ante todo amor, contención, abrazo. Personas que no te conocen y que te tratan como si te conocieran toda la vida”, cuenta. Habla de los mates compartidos, de las conversaciones que aparecen sin buscarlas y de esos encuentros cotidianos que, aunque parezcan pequeños, pueden cambiar la manera de atravesar un día.
Cuando se le pregunta qué lugar ocupa hoy la comunidad en su vida, la respuesta no deja lugar a dudas: “Es mi vida. La comunidad hoy es mi vida”.
Uno de los momentos que recuerda especialmente es un viaje al Cottolengo de Don Orione en Claypole. Lo que al principio parecía una aventura terminó convirtiéndose en una experiencia que le permitió mirar más allá de lo inmediato. Allí tomó una decisión íntima: empezar a trabajar por la vida que quería tener.
“Yo prometí en el corazón de Don Orione que iba a dar lo mejor de mí para poder tener mi casa, para poder estar tranquila, para poder estudiar y forjarme un futuro para mis 50, 55 años. Es por lo que hoy estoy luchando”, explica.
En su relato hay una idea que aparece una y otra vez: la importancia de sentirse acompañada. Para Ruth, recibir una mano no significa solamente resolver una necesidad material. También implica encontrar a alguien dispuesto a escuchar, compartir un rato o estar presente sin esperar nada a cambio.
Un miércoles junto al Papa
La noticia llegó el lunes. Cuando le contaron que formaría parte del grupo que acompañará al papa León XIV en la misa de Luján, Ruth no pudo contener las lágrimas. Todavía hoy le cuesta dimensionar lo que va a vivir.
“Es una emoción muy grande. Cuando me enteré estaba en llanto, porque no lo puedo creer, literalmente”, cuenta. Y agrega: “Yo tengo la dimensión de lo que significa estar en la carpa Misionera que realizamos todo los años las Comunidades del Sur, pero de esto no tengo la dimensión”.
La alegría fue compartida por quienes forman parte del Hogar. Sus compañeros y compañeras la acompañan en los preparativos y celebran una invitación que también sienten como propia. Para Ruth, estar allí será una manera de llevar consigo a toda esa comunidad que fue parte de su recorrido.
“Es un orgullo. Yo soy una mina que ha pasado frío, que ha pasado hambre, que ha estado atravesada por un montón de cosas, y tener esta bendición es inexplicable”, dice.

La fe también aparece como una parte fundamental de su historia. No la presenta como una respuesta mágica, sino como algo que le permitió volver a moverse cuando sentía que estaba detenida. Para explicarlo, recurre a una imagen que construye mientras habla: “Yo estaba estaqueada. Era un poste de un campo reseco, perdido y olvidado, que no tenía ni un alambre de donde agarrarse. Y hoy, con mucho amor, cariño y apuntalamiento, esa madera empezó de vuelta a cobrar vida”.
Si tuviera la oportunidad de decirle algo al Papa, Ruth ya tiene pensado qué sería: “Que no le suelte la mano a los Hogares de Cristo y que siga apostando por nosotros”.
No es una frase aislada. En ella está el reconocimiento a un espacio que, según cuenta, le permitió recuperar proyectos y volver a sentirse parte de una comunidad. También está el deseo de que otras personas puedan encontrar el mismo acompañamiento.
Por eso, cuando se le pregunta qué le diría a alguien que atraviesa una situación difícil y siente que no hay salida, no ofrece fórmulas ni grandes discursos. Invita a acercarse, a buscar un abrazo, una escucha, un lugar donde no tener que atravesarlo todo en soledad.
“Muchas veces estamos muy solos con nuestra cabeza, con nuestros pensamientos. Buscá. Llegá por una bolsa de mercadería, por una merienda, por un roperito, por lo que sea, pero buscá; si uno busca la salida, uno la encuentra”, sostiene.
Antes de terminar la entrevista, aparece una última pregunta: ¿qué le diría a aquella Ruth que llegó por primera vez al Hogar para buscar una bolsa de alimentos? La respuesta es breve. No necesita demasiadas explicaciones: “Seguí por acá. Seguí por acá porque es acá”.
