Para la escritora Florencia Canale, quien estuvo presente en la edición de enero del festival MarPlaneta, la novela histórica implica siempre una tensión entre el rigor académico y el trabajo creativo.
Por Camila Spoleti
“Me incomoda bastante el presente. Pero bueno, supongo que en la incomodidad está la fuerza o la pulsión de seguir”, dice Florencia Canale. La declaración retoma una conversación sucedida minutos antes, durante la previa de la segunda jornada del festival MarPlaneta en el espacio Chauvin. Allí, en una mesa con otros escritores y trabajadores de prensa, se puso en consideración la importancia de los espacios pensados para el encuentro cara a cara. Fue entonces cuando Canale afirmó ser “una defensora del cuerpo”. “Emprendo mi propia cruzada contra el artificio de la pantalla”, se explayó la escritora, y añadió: “A mí me parece fundamental y vital mirarme con el otro, aunque me parezca un espanto lo que está diciendo”.
El festival MarPlaneta, que contó con dos jornadas que se realizaron el 5 y 6 de enero en el Centro de Creación Chauvin (San Luis 2849) y tendrá dos nuevos encuentros el 2 y 3 de febrero, persigue ese objetivo: dar lugar al intercambio presencial entre lectores y escritores, pero también entre lectores y lectores, y entre escritores y escritores. La iniciativa pretende trastocar la idea de que la lectura y la escritura son actividades que ocurren en solitario, así como la tendencia epocal que favorece las comunicaciones mediadas por la pantalla.
La cruzada
Canale utiliza la expresión “mi propia cruzada” como un guiño a su último libro: La cruzada. Publicado en 2025, el texto es, al igual que su trabajo previo, una novela histórica. Y es que, mientras el presente, incómodo, solo le interesa para vivir, el pasado es donde halla combustible para la escritura. Personajes, contextos, hechos, pero también los temas que dialogan con esos personajes, contextos y hechos, se convierten en estímulos para crear novelas.
Así, La cruzada recupera la historia de Catalina de Erauso, conocida como La Monja Alférez, quien, nacida en San Sebastián a fines del siglo XVI, fue internada desde niña en un convento, de donde a los quince años huyó y comenzó a vivir su vida cómo varón. “Lo que me llamó la atención fue precisamente que una mujer nacida a fines del XVI hubiera encontrado el artilugio para salvar su vida y además que hubiera vivido la vida de un varón porque de ese modo salvaba su vida”, cuenta Canale.
Los ingredientes de la novela histórica
Mientras en sus primeras novelas detecta un poco más de rigidez en su abordaje de las historias, quizás por ser justamente las primeras experiencias, pero también, considera, por tratarse de personajes estructurales de la historia argentina y por ello también grandes mitos: Remedios De Escalada —de quien es sobrina sexta–, Manuel Belgrano, Juan Manuel de Rosas; ahora, cada vez más, le interesa desarrollar aquellos temas más amplios de los que los personajes que elige le permiten hablar. La subordinación de la mujer, la búsqueda de la libertad, las formas en la que se gesta y asume la rebeldía, son los que aparecen en este último libro.
En su escritura hay, sin embargo, una cierta intención divulgativa. Varios de sus proyectos de novela han tenido como componente el objetivo de dar a conocer aspectos poco sabidos de figuras muy famosas —desarmar aquellos mitos— o destacar a figuras que han quedado dejadas a un costado en el recuerdo colectivo. Ante la pregunta por sobre cómo vive la tensión entre esa búsqueda, necesariamente arraigada al dato preciso, y el trabajo creativo, Florencia Canale responde: “Yo vivo en esa tensión”. Y, un poco después, señala que “es fundamental para la novela histórica ese baile, esa coreografía donde a veces se tensa más y en los otros momentos se afloja”.
“Yo voy detrás de lo académico para después meter todo eso en una gran cacerola donde le meto otros ingredientes que tienen que ver con la ficción. La novela histórica se construye de ese modo, con lo real, con una pretensión y una ambición descomunal de verdad y después, bueno, intentar la amalgama para que no sea un texto académico, sino un texto donde uno pueda zambullirse y tal vez irse a la playa, leer un poco más liviano”, explica la escritora.
En cuanto a su relación particular con uno y otro aspecto del trabajo, sostiene: “Yo me siento, además, en el territorio histórico con H mayúscula, muy protegida, me siento a salvo. A mí la ficción me desampara. Como lectora soy una enorme lectora de ficción, pero, en mi trabajo, en lo histórico me siento resguardada”.
Enfoques de género, históricos y literarios
Otro texto de la literatura argentina contemporánea que recupera a Catalina de Erauso es Las niñas del naranjel, de Gabriela Cabezón Cámara. Mientras La cruzada, interpreta la historia de Erauso como la consecuencia de una serie de desafíos que una mujer tuvo que atravesar para conseguir la libertad que su género no le permitía, Las niñas del naranjel narra a Antonio de Erauso, y con este nombre —que es uno de los que tomó el personaje durante su vida—, abre otras preguntas sobre la identidad de esta persona.
A la pregunta sobre las decisiones que tomó a la hora de abordar la cuestión de género en su novela, Canale responde que, para ella, hacerlo de otro modo habría sido un anacronismo: “Yo quería contar la historia de una mujer que fue en busca de la libertad, no de la libertad sexual, que me parece un concepto mucho más moderno”.
“Con esto no estoy diciendo que no hubiera hombres que gustaran de hombres y mujeres que gustaran de mujeres, pero no tenía ganas yo de contar eso. Porque a mí me parece, además, que para Catalina de Erauso esa no fue su cruzada, su cruzada fue sobrevivir. Era una mujer que se enfrentaba a la iglesia y al aparato represor de la iglesia que era la inquisición y que la única forma que encontró para sobrevivir era vestirse de varón”, sostiene la escritora.
Volviendo al punto sobre cómo una figura histórica puede ser un medio para desarrollar sobre algún asunto, agrega: “Yo no tuve ninguna duda, ningún tembladeral con lo que yo quería contar. Yo quería contar el camino difícil de una mujer que necesita petrificar su cuerpo y su corazón en pos de la supervivencia y en pos de una búsqueda. Una mujer que quiere ser un sujeto de la experiencia y en ese entonces a una mujer le costaba ser un sujeto experimental. Lo que ella tenía ganas de hacer le era posible a los varones, así que ella se viste de varón para ir a la guerra, para navegar, para jugar, para matar, y ella logra todas estas cuestiones escondida, agazapada, disfrazada”. “Para mí no fue una monja trans. Para mí fue una mujer que desesperada buscó la fórmula perfecta para salvar su vida”, concluye.
La escritura como territorio de manipulación de la realidad
El germen de la historia, cuenta Canale, estuvo en el encuentro con la propia voz de Catalina de Erauso a través de las “setenta y pocas páginas” que componen sus memorias, y que le permitieron a ella “armar la historia en su cabeza”. Para Canale, lo plano del texto y las discusiones sobre la autenticidad de la autobiografía no le quitan de ningún modo su valor.
“Estamos hablando de una mujer que escribe en el 1600 y que por supuesto es una precursora. No importa si es apócrifo, si no es apócrifo, si miente, porque eso es lo que somos todos los escritores. Somos grandes delincuentes, contamos lo que queremos. Somos unos enormes manipuladores, y ella encontró esto en el 600. Porque seguramente se inspiró en algunos hechos, o no lo sé, vividos por sus hermanos para escribir todo lo que escribió. Además, ella escribe para dejar el testimonio, es una sobreviviente. Por supuesto que fascinante ese libro, Las memorias de la Monja Alférez, de Catalina de Erauso”.
Así, los propios libros son espacios de discusión, de intercambio de sentidos, interpretaciones, posturas. Entre nosotros y el pasado, para lo cual, por supuesto, las vías de diálogo son más acotadas, y entre quienes habitamos un mismo presente. Para este último caso, propuestas como las de MarPlaneta, el festival que tendrá dos nuevas jornadas este lunes 2 y el martes 3 de febrero, permiten cruzar la comunicación que sucede a través de la escritura y la lectura con la conversación frente a frente.
