Expresidente de la FIBA, el dirigente tucumano construyó una trayectoria única desde el interior del país, guiado por una idea simple y constante: trabajar por el básquet con honestidad.
Por Florencia Cordero
Desde Tucumán, desde un club de barrio y desde una lógica profundamente ligada a lo cotidiano, Horacio Muratore trazó un recorrido que lo llevó a lo más alto de la dirigencia mundial, hasta convertirse en presidente de la FIBA (Federación Internacional de Básquetbol). Pero lo singular no es solo el destino, sino la forma en la que llegó hasta ahí: sin cambiar su manera de ser, sin adoptar discursos ajenos y sin despegarse nunca de una identidad simple, directa y transparente.
Su historia en el básquet no empezó en los grandes escenarios, sino en el club Tucumán BB, en el día a día, acompañando, organizando, estando. Tras diez años en la Federación Tucumana, en 1992 dio el salto a la Confederación Argentina de Básquetbol, en un momento donde el deporte necesitaba orden, planificación y una mirada a largo plazo. Desde ese lugar fue parte de una construcción silenciosa pero fundamental, generando condiciones para que el básquet argentino creciera de manera sostenida, mucho antes de que los resultados lo pusieran en el centro de la escena internacional.
Ese proceso, que con el tiempo derivaría en una de las etapas más importantes del deporte argentino con la Generación Dorada, tuvo en Muratore a uno de sus protagonistas desde la gestión. No desde la exposición, sino desde el trabajo constante, desde la organización y desde una convicción clara: el básquet se construye todos los días.


Con los años, ese camino lo fue llevando cada vez más lejos, primero en el ámbito continental y luego en el escenario global, hasta alcanzar la presidencia de la FIBA. Un recorrido inédito para un dirigente argentino, pero que en su caso nunca se tradujo en una transformación personal. Lejos de adoptar una lógica distante o protocolar, Muratore mantuvo la misma cercanía, la misma manera de hablar y de vincularse, la misma simpleza con la que empezó.
Esa coherencia no es casual. Está directamente ligada a la forma en la que entiende su rol. A lo largo de su carrera tomó decisiones que no siempre fueron las más cómodas, pero sí las que consideraba correctas. Dejó su carrera profesional como contador, su estabilidad y su lugar en Tucumán para dedicarse de lleno al básquet, no por ambición, sino por compromiso. “Me daba vergüenza tener un cargo, cobrar un sueldo y no hacer lo que debía hacer”, resume, en una frase que condensa su forma de pensar.
En ese recorrido hay una línea que se sostiene incluso en los momentos más personales. Su vínculo con el básquet nunca estuvo atravesado por lo económico. “Yo he hecho lo que he hecho porque he querido. No he cobrado nunca un peso”, dice, sin énfasis, como quien describe algo natural. La definición encuentra una escena que la explica mejor que cualquier discurso. En una reunión familiar de domingo, su hermano le preguntó cuánto cobraba en la Confederación Argentina después de varios años de trabajo. La respuesta fue la misma de siempre: nada. Al darse vuelta, vio a su padre emocionado, llorando en silencio. No era sorpresa, era confirmación. En ese gesto íntimo se sintetiza una forma de entender la dirigencia que no cambió con el tiempo, ni siquiera cuando el escenario pasó a ser el del básquet mundial.
Esa misma lógica lo llevó también a saber cuándo correrse. En un ámbito donde los cargos suelen extenderse más allá de los ciclos, eligió dar un paso al costado cuando entendió que era momento de dejar lugar a otros. Lo hizo sin conflicto, sin aferrarse a los espacios que había construido, con la naturalidad de quien entiende que el lugar nunca es más importante que el proyecto.
Su paso por la gestión dejó huellas concretas: ordenó estructuras, impulsó programas y llevó una idea clara a distintos rincones del mundo, especialmente a través de la educación y el desarrollo. Pero incluso en ese plano internacional, donde las distancias suelen ampliarse, nunca dejó de ser el dirigente formado en el club, el que entiende el valor de lo cotidiano y de los procesos.
Por eso, cuando repasa su historia, no se detiene en los títulos ni en los reconocimientos. Habla de decisiones, de recorridos, de momentos compartidos. Y también de una realidad que atraviesa su carrera: el reconocimiento muchas veces llegó más desde afuera que desde su propio país. Lo dice sin enojo, casi como un dato más, con la misma transparencia con la que aborda todo lo demás.
En tiempos donde la exposición y la construcción de imagen suelen ocupar un lugar central, su figura se recorta desde otro lugar. No hay discurso armado ni intención de instalar una narrativa. Hay, en cambio, una continuidad: la de alguien que atravesó todos los niveles del básquet, desde el club hasta la cima mundial, sin modificar aquello que lo define.


Hoy, a los 74 años, ya retirado de la gestión cotidiana, su vínculo con el básquet no se cortó. Como presidente honorario de la FIBA, sigue ligado a ese mundo que atravesó toda su vida, aunque desde otro lugar, más tranquilo, más cercano a la observación que a la toma de decisiones.
En ese presente también aparece, sin rodeos, una consecuencia concreta de las elecciones que tomó. Al haber dejado su carrera profesional para dedicarse de lleno al básquet, su jubilación quedó lejos de lo que hubiera sido en otro contexto. No lo plantea como una queja ni como una deuda, sino como parte de un recorrido asumido desde el principio, con la misma claridad con la que tomó cada decisión.
Habla de eso con la misma naturalidad con la que habla de todo lo demás. Sin énfasis, sin dramatismo, sin intentar construir una imagen a partir de esa situación. Es, simplemente, otra cara de la misma historia.
Una historia que hoy lo encuentra nuevamente en Tucumán, en su casa, cerca de su lugar en el mundo. Después de haber llegado a la cima de la dirigencia internacional, el recorrido parece cerrar donde empezó: en lo simple, en lo cercano, en lo propio.
Y en esa coherencia, en ese modo de atravesar cada etapa sin cambiar lo esencial, es donde su figura termina de explicarse. Porque más allá de los cargos, los logros o los reconocimientos, lo que sostiene toda su historia es una misma línea.
La de alguien que hizo del básquet una misión.
Y que eligió sostenerla siempre de la misma manera: con trabajo, con coherencia y con una honestidad que no necesitó proclamarse para hacerse visible.
