Arriesgarse por autores desconocidos, fabricar libros con cartón recuperado de la calle, pensar la edición como un proceso colectivo. Las editoriales independientes hacen de cada libro una intervención cultural que desafía las lógicas del mercado y corre la frontera de lo publicable.
Por Bautista Marrero
El foyer del Auditorium se llena un año más de gente que, como puede, circula sin rumbo entre los huecos que encuentra. Sobre las mesas se apilan libros, fanzines, pósters, serigrafías y objetos difíciles de clasificar. Detrás, los creadores de editoriales llegados de distintos puntos del país, artistas gráficos, diseñadores que se encuentran con lectores que hojean un libro, preguntan o simplemente se dejan sorprender por esas maravillas de papel.
La Feria Invierno, organizada por la librería marplatense El Gran Pez, es el escenario donde ese universo viene tomando forma hace cinco años. La mayoría son proyectos independientes: sellos editoriales pequeños, muchas veces autogestivos, que apuestan por publicar aquello que consideran necesario, aun cuando no responda a una demanda evidente.
En Argentina, este ecosistema creció con fuerza desde fines de los años noventa cuando la brutal concentración en manos de grandes grupos transnacionales ahogó la producción local. La crisis económica de 2001 terminó de disparar los costos de importación de papel, a eso se le sumaron la irrupción del internet mismo y la digitalización de las prácticas editoriales. Todo ese contexto llevó al sector a un replanteamiento total.
Los sellos independientes y alternativos que surgieron se enfocaron en la resistencia identitaria y cultural. Estas editoriales encontraron su nicho fuera del mainstream comercial, apostando a autores locales emergentes, traducciones inéditas, recuperación de archivos y formatos cuidados. Aparecieron también las editoriales cartoneras, que reutilizaron materiales descartados como una forma de cuestionar las lógicas habituales de producción cultural.
A pesar de la diversidad de sus propuestas, se fue gestando una escena de editores que compartieron una misma convicción: hacer libros como una forma de intervención cultural.
El libro en crisis


La industria del libro se encuentra nuevamente en tiempos de cambio. Según un Informe de Producción del Libro Argentino, durante 2025, en Argentina se publicaron un 17 % más de títulos que el año anterior pero la cantidad de ejemplares impresos cayó un 34 %. Desde la Cámara Argentina del Libro advierten que las tiradas promedio, que hace algunos años rondaban los 1.500 ejemplares, hoy apenas alcanzan los 700. Como consecuencia, la expectativa de venta es cada vez menor y, para muchas editoriales pequeñas, esa reducción implica no poder llegar a librerías de todo el país.
A eso se suman el aumento sostenido de los costos de producción y la fuerte retracción de las compras estatales para bibliotecas, escuelas y otros organismos. Según el Informe de Producción del Libro Argentino, esas adquisiciones pasaron de representar cerca del 29 % de la tirada total en 2024 a apenas un 5 % en 2025. También se habla de una retracción del consumo, con bajas de entre el 10 y el 20 % en las ventas de libros durante el último año. Las librerías también sienten el impacto: varias históricas cerraron sus puertas y otras sobreviven con márgenes cada vez más estrechos.
Sobre ese escenario de crisis total que anuncian los datos, Esteban Prado, editor de El Gran Pez reflexiona: “Pareciera que el sentido común nos lleva a afirmar que el libro carece de sentido”. Sin embargo, luego redobla la apuesta con una declaración de principios: “Seguir haciendo libros es algo que nos motiva mucho y que en ningún momento nos planteamos dejar de hacer”.
Prado es escritor, docente y editor de un sello marplatense nacido en 2022 que, con un catálogo en crecimiento, se ubica dentro del ecosistema independiente. Su lectura del presente parte de asumir la dimensión económica como un factor imposible de ignorar: “El modelo económico no es que no acompañe, nos exprime. Nos está llevando al borde de la pauperización y de la explotación. Está evaluando cuál es el límite al que puede llevar las cosas”. De esa forma, la tensión entre un modelo económico hostil y la necesidad de sostener un proyecto termina configurando una forma de trabajo en particular.
“Hay una lógica naíf en pensar que, si ignorás la cuestión económica, podés sostener un proyecto. Lo que sí sucede es que no es el principal fin recaudar. Es decir, la ecuación no está dominada por la pretensión de maximizar las ganancias, sino más bien por la de subsistir”, explica el editor de El Gran Pez. Esa lógica de subsistencia es la que le permite sostener apuestas que tal vez no son las más redituables, pero muchas veces son las más creativas, las más desafiantes, más locales, permitiendo que autores que no tienen grandes audiencias puedan publicar.
Para Prado, el catálogo de El Gran Pez reúne “libros que sentís que mucha gente tiene que conocer, libros poderosos que te retuercen las tripas y la cabeza”. Estas obras son las ganadoras de los concursos que la editorial lleva a cabo cada diciembre, en el mismo mes que las grandes editoriales lanzan sus novedades para el verano. Un poco para dar una disputa por quién publica las novedades del verano, pero al mismo tiempo, “es un juego paródico” reconoce el editor:
“Por un lado, jugar a ser una gran editorial; por otro lado, tampoco vamos a publicar una novela súper masiva que entre rápidamente en la corriente principal. Sino novelas que nos convencen, que nos gustan, que nos llegan de una forma inesperada. Eso hace que aparezcan voces a las que de otra manera no llegaríamos”, explica Esteban Prado.
Bibliodiversidad
Esa búsqueda de voces nuevas dialoga con el concepto de bibliodiversidad, clave para pensar la edición independiente. No se reduce a publicar un gran número de títulos, sino garantizar que circulen escritores e ideas que el mercado suele dejar afuera: a mayor diferencia entre los contenidos, mayor la diversidad de expresiones culturales representadas.
“Lo que me interesa de la edición artesanal no es el proceso de encuadernación sino lo que ese proceso, ese conocimiento, habilita: la posibilidad de hacer libros, de aportar a la bibliodiversidad, con sólo tener una impresora hogareña”, declaró Leandro de Martinelli, creador de Firpo Casa Editora, en una charla con Único.


Desde un debate de los setenta sobre el subte en Nueva York hasta los diarios de Madonna en Argentina cuando protagonizó Evita, el sello Firpo publica ensayos culturales sobre diseño, arquitectura y música. Pero textos que rara vez encuentra uno cuando entra a una librería.
El sello platense publica ensayos sobre diseño, arquitectura, música y cultura visual que rara vez encuentran lugar en los catálogos comerciales.
“Lo que voy haciendo es buscar algunos textos que no estén traducidos o directamente que no existan. Por ejemplo, el de la silla monobloc, la silla blanca de plástico, lo que hice fue ir buscando ensayos que hablen de esta silla. Encontré uno alemán, lo traduje, el alemán mencionaba otro alemán, lo traduje también y organicé el libro en cuatro ensayos sobre la silla más odiada”, contó Leandro de Martinelli desde su stand de la Feria Invierno.
Una decisión política
Ampliar los límites de lo que puede convertirse en un libro, traducir autores ignorados y rescatar discusiones olvidadas convierte la tarea del editor en una práctica cultural y sobre todo, política. Desde la edición, también se disputa cuáles son las historias que se cuentan, cuáles permanecen invisibles y quiénes tienen derecho a ocupar un lugar en la conversación pública.
El valor de la edición también aparece en la materialidad misma del libro como objeto cultural. “El libro es una tecnología completamente inventada y completamente perfecta», dice Leandro. «Cuando leemos, no sólo consumimos la información, el soporte también importa. Hay cosas que no vale la pena leer en formato libro. Pero hay otras que uno las quiere tener, las quiere guardar, porque muchas veces, con el tiempo, lo que dicen vuelve a decir cosas nuevas». El libro se queda en una biblioteca, vuelve a abrirse años después y cambia de sentido, cada vez que se relee.
Mientras buena parte de los contenidos digitales desaparecen bajo la velocidad del algoritmo, el libro propone otra forma de permanencia que nos exige estar enteros: con la vista persiguiendo una oración sin la posibilidad de scrollear a la siguiente página.
A pesar de que el sello Firpo nació como un proyecto unipersonal en 2020 en La Plata, está integrado en una “constelación” un poco más grande de editores artesanales que trabajan en conjunto. Entre ellas aparece la Oficina Perambulante.


Carlos Ríos es escritor, editor y docente. Coordina talleres literarios en escuelas y cárceles bonaerenses y, desde hace años, lleva a cabo su editorial artesanal Oficina Perambulante. A diferencia de una oficina tradicional, fija y cerrada, la suya viaja siempre con él. En una mochila lleva hojas A4, hilo encerado, broches y las herramientas necesarias para encuadernar libros y entregarlos en escuelas, festivales y celebraciones populares.
La dimensión política de la edición también le interesa, no solo desde los textos, antes de abrir el libro también: sus tapas están hechas con cartones recuperados de la calle, una decisión que dialoga con la tradición de las editoriales cartoneras surgidas tras la crisis de 2001.
El libro hecho con cartón «no pierde las huellas de precariedad en la que viven miles de personas», dice Carlos Ríos en su ensayo Ecosistema de los libros cartoneros. Un material descartado, que muchas veces sirvió para abrigar a quienes viven en la calle o fue recolectado por cartoneros para venderlo al circuito del reciclaje, vuelve a circular convertido en un objeto cultural.
Esto no responde solamente a una preocupación ecológica. También busca desarmar la imagen del libro visto como objeto sacralizado de culto y prestigio para convertirlo en algo accesible, construido con materiales cotidianos y capaz de circular fuera de los espacios tradicionales.
En ese sentido, Ríos propone pensar al libro cartonero como el reverso de la industria editorial. A diferencia de los procesos estandarizados y las grandes tiradas, sus libros se arman en comunidad. Los saberes circulan sin jerarquías entre quienes recuperan el cartón, escriben, diseñan, pintan, cosen o encuadernan.Las tapas se pintan, se estampan y se intervienen una por una, de modo que no existen dos copias iguales. El producto final se vende a precios bajos, pero también se regala o se intercambia.
No se trata hacer una versión precaria del libro tradicional, sino proponer otra concepción de la edición, donde el proceso importa tanto como el resultado final. Cada ejemplar carga una historia previa que trasciende la del texto: la historia del material recuperado, el trabajo manual y la historia de quienes participaron en su confección.
“En los márgenes del mercado editorial, cuestionando la fatalidad del libro condenado a ser una mercancía, el proyecto editorial cartonero no se detiene”, defiende Carlos Ríos.
La frase habla de las editoriales cartoneras, pero podría extenderse a buena parte de la escena editora independiente argentina. No se detiene, no porque no existan obstáculos. Los hay, y son cada vez más. Sin embargo, los libros siguen apareciendo. A veces cosidos a mano. A veces nacidos de una traducción que nadie había hecho o de una obsesión que ningún estudio de mercado habría considerado buena idea.
El sentido de ser independientes
Frente al retroceso de las políticas de fomento, al vaciamiento de la cultura y a una industria cada vez más concentrada que parece medirlo todo en términos de rendimiento, la independencia deja de ser una etiqueta de estos proyectos para convertirse en una forma de insistir. No por romanticismos ni tampoco por ingenuidad. Porque una cultura donde sólo circulan las voces que venden termina pareciéndose demasiado a un mercado y demasiado poco a una sociedad.
Las editoriales independientes no desconocen las reglas del mercado; simplemente se resisten a que sean las únicas reglas posibles. Cada catálogo es una colección de intuiciones, riesgos y obsesiones personales. Ninguno responde a una demanda evidente. Más bien sale al encuentro de los lectores que todavía no saben que estaban buscando ese libro.
En ese gesto también hay una respuesta para la pérdida de sentido del libro. Lo que parece estar en crisis son las condiciones para la lectura. Vivimos en una era de omnipresencia de los algoritmos y las pantallas, perfectamente diseñados para que la atención nunca descanse. Un libro propone exactamente lo contrario. Obliga a detenerse. Reclama una atención completa, que no puede fragmentarse entre diez pestañas abiertas.
Sostener la posibilidad de que existan otros ritmos, otras conversaciones y otras maneras de mirar el mundo es, tal vez, el verdadero sentido de la independencia.
“La lectura y el papel traen la posibilidad de cortar con el scroll infinito y con las diferentes adicciones y problemas de índole emocional, psiquiátrico y neurológico que está generando la adaptación del ser humano a las nuevas tecnologías”, dijo Esteban Prado. Y es que, mientras exista alguien dispuesto a quedarse despierto escribiendo un libro, alguien dispuesto a editarlo sin saber si será un éxito y alguien dispuesto a demorarse entre sus páginas, seguirá existiendo un espacio donde todavía es posible sorprenderse.
Un lugar donde no todo está previsto de antemano; donde todavía puede aparecer una voz inesperada, una idea capaz de cambiar una mirada, una conversación distinta. Nada que un algoritmo hubiera podido anticipar.
