El autor de La culpa la tuvo Charly García, es también el creador de Animaciones Salvajes y fue el músico detrás de El Baile de los Salvajes. A través de distintos lenguajes, Ameconi explora una misma vocación: la de contar historias.
Por Camila Spoleti
“Creo que todo se resume en mi interés por contar un relato”, dice Martín Ameconi a modo de explicación. Su trayectoria artística fue del dibujo a la música, de la música al dibujo, del dibujo a la literatura, y nunca ninguna cosa dejó de estar relacionada con la otra.
Su última incursión fue en el campo de la historieta. El año pasado publicó La culpa la tuvo Charly García, su primera novela gráfica, reeditada este año por Maten al Mensajero, y ahora se encuentra trabajando en un nuevo proyecto que saldrá a la luz en 2027. Antes de eso, fue la mano y la cabeza detrás de Animaciones Salvajes, una serie de animaciones construidas a partir de audios reales de músicos, y un poco más antes fue El Baile de los Salvajes, un proyecto musical que todavía da nombre a su usuario de Instagram @elbailedelossalvajes.
—La verdad lo quiero cambiar hace tiempo y ponerme mi propio nombre, pero me parece que ya quedó, ya está.
Además, es profesor de música.
La máscara y lo salvaje
De la cosa con lo salvaje, quedó el nombre de Salva, el adolescente que protagoniza La culpa la tuvo Charly García y el niño que protagonizará el próximo libro. Salva es también el personaje que aparece junto a distintos músicos en Animaciones Salvajes. “Es como una especie de alter ego mío”, dice Martín.
En las animaciones y en las historietas, Salva tiene un rasgo distintivo: usa una máscara de zorro. Esa idea tuvo origen en el proyecto musical. “Quería aparecer yo en la portada del disco con una máscara, porque estaba muy copado con las máscaras en ese momento y las identidades y Dylan y Bowie, que son como camaleónicos en su arte y en su música. Entonces en esa búsqueda, en esa exploración, dije yo quiero probar esto también. Yo quiero probar y cantar un disco con una voz rota, distinta a la que había cantado antes, hacer temas distintos y, por qué no, dejar de presentarme con mi propio nombre: poner El baile de los Salvajes y aparecer con una máscara. Boludeces que uno piensa en ciertos momentos artísticos, pero que terminó en un personaje, que no lo hubiese esperado”, cuenta.
—Y, cuando pensabas el disco, ¿con qué tenía que ver esa idea de lo salvaje?
—Ah, es una pavada mía. En un momento, cuando me copé con las máscaras, me empecé a copar con las mascaradas, con los bailes de máscaras antiguos. Y empecé a investigar esas cosas. Y en un momento llego a una festividad francesa que se llama Le Bal des Ardents, el baile de los ardientes o el baile de los salvajes, que conmemora una fiesta de máscaras de la corte del 1800, calculo, no me acuerdo, o 1700, en las cuales todos se ponían máscaras de animales, pero las construían con brea. Y en una de esas fiestas se acercaron mucho al fuego de las velas y se terminaron prendiendo fuego todos y se terminó prendiendo fuego la corte. A mí me gustó mucho esta historia por esta idea también de la cuestión de prender fuego todo y de las cenizas, y bueno, bla bla bla bla. Entonces, de ahí pensé que El baile de los Salvajes podía ser un buen nombre de disco o un buen nombre de proyecto.
En las animaciones, la máscara de zorro comenzó siendo un objeto para construir un distintivo, una manera de firmar. Sin embargo, pensarlo como un alter ego produjo otros efectos. Martín comenzó a hacer las animaciones durante la pandemia, por diversión, como una forma de escape a una situación adversa. Así, cuenta: “A mí realmente me hizo muy bien todo ese primer año de Animaciones Salvajes. Cuando yo me dibujaba o dibujaba a Salva en una moto con Dylan hablando, yo sentía que por un rato yo estaba yendo en moto con Dylan, ¿viste? Entonces realmente realmente me hizo muy bien y encima, de yapa, me cambió la vida”.
Animaciones Salvajes
Cuando empezó con las animaciones, cuenta Ameconi, su idea era hacer cuatro o cinco. El propósito era distenderse, nada más. Sin embargo, la buena recepción que tuvieron los videos, y el entusiasmo que fue adquiriendo al hacerlos, dieron lugar a que terminara haciendo cien episodios, una colaboración con Andrés Calamaro (en el lyric video de “Pero igual”) y una con Fito Páez (quien en 2021 abrió un show con un episodio de Animaciones Salvajes).
Incursionar en la animación fue también un modo de recuperar un gesto de la infancia: cuando era chico, le gustaba dibujar.
—¿Durante ese tiempo en el que le habías estado prestando más atención a la música, habías continuado dibujando?
—¿Sabés que no? ¿Sabés que estuve 20 años sin agarrar un lápiz salvo para anotar en una libreta algo? Dejé de dibujar por completo. Es bastante curioso, porque si vos me preguntabas en mi infancia qué quería hacer yo, era dibujante de historietas, animador. La música apareció después. Y terminé como un poco cumpliendo el sueño de ese niño. Y entusiasmándome mucho. No lo sentí como un corte de la música, sentí como que la misma energía y todo lo que le estaba poniendo a la música, ahora se lo estaba poniendo a la animación y ahora se lo estoy poniendo a la historieta.
La historieta
En La culpa la tuvo Charly García, la música sigue siendo un elemento fundamental. La novela cuenta cómo Salva descubre a Charly García y su vida cambia para siempre. Pero, en realidad, Charly es una excusa, dice Ameconi. La historia habla de otras cosas.
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“El libro tiene el aura de Charly, todo el tiempo, en todas las páginas. Pero es un libro que terminó hablando de la relación con la figura paterna, con la figura materna. En la adolescencia, un momento donde esas figuras caen y uno se empieza a agarrar de otra imagen porque se siente desamparado. Bueno, al personaje este le resultó muy interesante agarrarse de la imagen de Charly García”, explica Martín Ameconi.
La culpa la tuvo Charly García está situada en Mar del Plata. Comienza recreando la historia de cómo el propio Ameconi descubrió al músico: por casualidad, con una melodía que se cruzó mientras vacacionaba en la ciudad.
“Estaba en Mar del Plata vacacionando y suena una melodía. Yo tengo un tío con el cual me llevo 10 años, entonces era como mi hermano mayor. Y le pregunté: ‘¿Che, qué onda esa melodía? ¿De quién es?’. ‘Creo que es un tema de Charly’, me dijo mi tío. En el libro, por una cuestión de resumen y porque quería mostrar algo, hice como que bueno, al otro día lo llevan a Salva a Musimundo y empieza a buscar entre discos de Charly. La historia real es que yo después volví a Marcos Paz, de donde soy yo, y empecé a ir a lo de unos tíos que tenían CDs y empecé a revolver a ver qué tenían de Charly, buscando a ver si podía detectar cuál era la melodía esa que yo había escuchado que me había encantado. Y escuchando eso así me terminé copando. Tardé mucho en llegar a esta. Era ‘Chipi chipi’”, relata Martín Ameconi.
De este modo, la historia es, en parte, autobiográfica. “Sí y no”, dice para precisar. “Por ahí, cierta cuestión autobiográfica es su puntapié, pero después es muy necesario ficcionar con eso, ¿viste? Porque si no corrés el riesgo de hacer una cagada. Si es puramente autobiográfico, son cosas que no van a ningún lado. Yo no tenía ganas de contar mi vida, tenía ganas de contar un relato, armar una historia”, sostiene.
Así, Salva es él entrando a la ficción de encontrarse con los músicos que admira y Salva es un personaje de ficción que entra en sus anécdotas. Algo parecido pasa con la música, el dibujo y las historias: en la obra de Martín, siempre hay una cosa metiéndose dentro de la otra. Y es que todo es, finalmente, un relato.
