Por Alberto Di Francisco
Desde niño el tiempo ha sido para mí una preocupación; preocupación, vale aclarar, entendida como una inquietud más que como un problema. La operación de tímpano a la que me había sometido requería quietud, cuidados, y paciencia, cosas que para un niño de 5 años que quiere jugar y saltar y no dormir nunca la siesta, resultan difíciles de cumplir. Las tardes de ese verano, cuando mis hermanos se iban a la pileta, y yo debía quedarme porque no podía ni siquiera acercar mi frágil oído al agua, estaban signadas por el tiempo de la espera, tiempo que para mí se estiraba como un tedioso chicle, hasta lo incontable. Para mis hermanos, sin embargo, esos momentos de juegos, de amistad y de diversión en el agua, era tiempo que fluía a la velocidad de los momentos felices. Ambos tiempos eran iguales en duración, pero distintos en sus circunstancias. Eso me inquietaba.
Puedo también, sin mucho esfuerzo, volver a aquellos años de mi niñez, y a un día en especial -por lo revelador-, y es el recuerdo de mirarme en el viejo espejo del baño de la casa de mi abuela, con la bendición del alto tragaluz sobre mi cabeza, y la ducha, a un costado, con el calefón eléctrico goteando periódicamente, como el segundero de un humilde reloj. Recuerdo ver mi cara, mirarme a los ojos, y preguntarme quién era, qué era, qué hacía ahí. Era el mismo que ayer, pero ya no tenía la venda en mi oído (aunque debía seguir cuidándome). Hasta ese día yo era eterno, no sabía que ya sabía del tiempo. Esto, sin embargo, lo entendí, irónicamente, con el paso del tiempo.
Los años me trajeron más días como esos, llenos de otras revelaciones, como lo es la amistad o el amor, pero aquel guarda el perfume del inicio.
El autor
Carlo Rovelli, nacido en Italia (Verona, 1956), es un físico teórico y un escritor, que, además de en su tierra natal, ha trabajado en diversos países, tanto dentro como fuera de Europa. Además de sus investigaciones científicas relacionadas con la física cuántica, donde destaca por ser una de las mentes detrás de la revolucionaria “Teoría de bucles”, Rovelli participa activamente con artículos y notas en varios diarios italianos de interés cultural. Además de su mente inquieta y curiosa, como de su vasta formación profesional, este italiano cuenta con un plus que lo destaca, y es esa capacidad de saber hacer descender las complejas ideas de la ciencia (como las de la física cuántica, justamente) al nivel del humano promedio, dotando al saber científico de una visión humanista, enfoque que lo posiciona como uno de los más importantes divulgadores de la actualidad en la materia. En esa línea es que el veronés, dentro ya de un camino de publicaciones similares, escribe el libro del que aquí hablaremos: “El orden del tiempo”. 

Un libro con los pies en el río
“El orden del tiempo” (2022) es un ensayo donde en sus un poco más de 180 páginas, Rovelli nos lleva de la mano por un recorrido esclarecedor y didáctico acerca de aquello que nos toca de continuo y que comúnmente llamamos tiempo. “Habitamos el tiempo como los peces habitan el agua”, son sus casi preliminares palabras, para adentrarnos en el tema. El escritor divide la obra en tres momentos, o tres partes. La primera de ellas, tiene que ver con un recorrido histórico del tema, partiendo desde esa sensación común a todos, en que el hoy es diferente del ayer; luego, va haciendo pie en nociones básicas y referencias históricas, para ir remontándose de a poco hacia ideas que se complejizan a medida que vamos avanzando. Este primer tramo del camino nos abre a la idea, nos “despabila” con una leve sacudida, a la confirmación de que el tiempo no es lo que pensamos, que su realidad difiere de nuestro concepto o de la intuición que tenemos de él; nos dice que el tiempo no es el mismo para todo, ni el mismo para todos, y ni siquiera el “ahora” es algo compartido. El tiempo del aburrimiento no es el mismo que el de la felicidad; el de una angustia o un desamor, es lento, mientras que pasa raudo cuando amamos y reímos; el tiempo de un día es toda una aventura en la niñez, y sin embargo la misma cantidad de horas sentimos que no alcanza en la vida del adulto. De igual forma, los experimentos científicos ratifican que, por ejemplo, el tiempo en la montaña pasa más rápido que al pie de la misma. ¿Cómo puede ser esto? Se derrumba así, esa concepción automática de que el tiempo es universal, para incorporar la imagen de que los acontecimientos evolucionan dentro de un tiempo que es particular para cada uno.
Segunda parte
En la segunda parte, el trayecto por el que nos conduce Rovelli empieza a evidenciar sus obstáculos, porque el autor nos empieza a introducir en el espeso boscaje de cómo se entiende el tiempo desde la óptica científica, donde la visión de la física cuántica, con su mirada de lince, nos da la imagen de un tiempo que comienza a perder las propiedades que tomamos por comunes y obvias; aquí nos encontramos ante un tiempo que se desgrana, que da saltos. Ahí sobreviene la segunda sacudida, que dice que el tiempo no es lineal, sino que abarca en su acontecer un espectro más profundo y más amplio. El tercer escalón de este ascender intelectual que nos propone Rovelli, es el que tiene relación con ese plus del que hice referencia en líneas anteriores, y es el que hace que este tipo de publicaciones se diferencie de otros ensayos científicos.
Dicha diferencia tiene relación con el enfoque profundamente humano -y por momentos, poético- con que el autor sabe revestir a las ideas, tan abstractas como complejas, del mundo de la física. El camino es recorrido con maestría pedagógica, echando mano a múltiples referencias culturales y a imágenes simples que sirven de ejemplificación, y sobre los incontestables pasos de la lógica, donde todo nos lleva hasta el punto en que nos encontramos cara a cara con el objeto de nuestra búsqueda, y donde el físico nos pone la mano en la espalda y nos acompaña a asomarnos a través de esa lente para darnos el tercer golpe de efecto: que el tiempo (al menos como lo imaginamos) ha dejado de existir. Ahí nos vuelve esa pregunta que Rovelli deja flotando en la primer página del libro y que, en mi humilde parecer, es basal, ¿el tiempo existe, o somos nosotros los que existimos en el tiempo?
Imaginemos, allá por el año 500 A.C. a Heráclito que camina por Éfeso (actual Turquía) y, parado en la margen del río, vislumbra en ese caudal de agua que corre, la idea que lo haría famoso: que todo fluye (panta rhei); que es en su constante fluir (devenir) que el río es río; río que es el mismo y es distinto, por cuanto pasa y queda a la vez, y así también el hombre que en él entra. De hecho, el mismo Heráclito que ahora ha llegado a esa conclusión, no es el mismo que el de hace un minuto atrás miraba el agua, pero a la vez sí lo es… ¿Qué ha cambiado entonces? Eso, justamente, el tiempo es el cambio. Dos milenios y medio después, Rovelli, siguiendo el camino del presocrático, se acerca a la misma margen, y no solo pone un pie en el curso del agua, sino que mete en él la mano y nos la ofrece en un trago de esclarecimiento, diciéndonos que aquello que llamamos (y vemos y sentimos) como el paso del tiempo, nace de las relaciones entre los eventos del mundo, como la música que surge del encuentro entre la lira y la mano que la pulsa. En sus propias y bellas palabras:
“La diferencia entre cosas y eventos es que las cosas permanecen en el tiempo. Los eventos, en cambio, tienen una duración limitada. Un prototipo de “cosa” es una piedra: podemos preguntarnos dónde estará mañana. Mientras que un beso es un “evento”: no tiene sentido preguntarse adónde habrá ido el beso mañana. El mundo está hecho de redes de besos, no de piedras”
El escenario que el físico nos describe a través de esas más de 180 páginas llenas de saber, llenas de referencias, y de metáforas, nos dice que el tiempo no es común a todos, que no es lineal, y que, en el marco de un sistema tan vasto y complejo y cargado de misterio como el universo, no es siquiera un aspecto fundamental a esa escala. Visto así, el tiempo sería algo que surge de esas interacciones; reemplaza la palabra tiempo por “acontecimientos”; la ilusión del tiempo que transcurre (del pasado al futuro) es resultado de nuestra incapacidad de ver el cuadro completo de la Creación. A esa incapacidad él la llama “desenfoque”. El orden del tiempo, ese “cambio constante” (panta rhei) que experimentamos, es el orden que damos a los sucesos que vivimos, es la “narrativa” que inventamos para describir aquello en lo que nos movemos y que nos rodea, pero cuya forma final se nos escapa, porque nuestra mirada no barca el Todo; el tiempo es un pez de oro cuyo tornasolado nos fascina, pero que, al intentar capturarlo, se nos escurre, nos es (a hoy) inaprensible.
Creo fundamental resaltar algo aquí, y es que esta obra, llena de conocimiento, de revelaciones científicas, y de altos vuelos conceptuales, no descansa en la fría intelectualidad, no se aparta de la vía humana. Lejos de ser una obra nacida de la soberbia científica, Rovelli nunca se ata a definiciones inamovibles, no planta definitiva bandera en ningún lugar, porque entiende que la verdadera senda es la del progreso, es la de la evolución de las ideas, y la vida es entonces esa corriente perenne desde donde surge la construcción, la conquista de conciencia. Porque el entendimiento es también un acontecimiento que avanza, que progresa, que evoluciona. La ciencia de hoy plantea que hablamos del acontecer de los eventos, y, lejos de la “ilusión” del tiempo, lo que hay, el río que pasando aún permanece, es la evolución. Por esto la obra del italiano, aún llena de saberes, tiene la humildad de dejarnos formular nuestras propias respuestas.
Cierre
Recuerdo haber leído una vieja historia zen, donde un monje relata lo siguiente:
“Cuando aún no era un iluminado, los valles eran valles, los ríos eran ríos, y las montañas eran montañas; luego, cuando comencé la iluminación, los valles dejaron de ser valles, los ríos dejaron de ser ríos, y las montañas dejaron de ser montañas. Y, cuando finalmente logré la iluminación, los valles volvieron a ser valles, los ríos volvieron a ser ríos y las montañas, montañas”. Al recorrer el camino junto al físico, aquello que creemos saber del tiempo en que estamos inmersos, en que nos movemos y nos rodea, se derrumba, se deforma, adquiere otras miradas, surgen nuevos perfiles, y todo, a priori, parece tender hacia el caos, pero al dar vuelta la última hoja de “El orden del tiempo” sentimos que lo hemos recuperado, pero con un bagaje más amplio, con una mirada más profunda, con una sensibilidad más fina. Es que, en último caso, el tiempo (por todo lo dicho) no deja de ser una experiencia personal, una medida interna, y que se corresponde con esa emoción que marcha envuelta dentro de un proceso particular a cada uno de nosotros. ¿Quien podrá decirnos la duración de un abrazo? ¿Qué medida le corresponde a un adiós y a un beso? ¿cuánto dura el recuerdo de un amor? Mirarme hoy todavía, cumplidos mis 50, en el espejo de mi casa, es traer un recuerdo que borra todas las distancias y los años -los años que han pasado por mí, y en mí viven, y me han traído hasta la escritura de estas líneas-, y me lleva siempre a ese revelador día de mi niñez, y en algún punto, entre alguna que otra cana y el asomo de alguna arruga, ese niño coexiste conmigo, haciéndose aún sus preguntas, y sintiendo todavía esa feliz inquietud.
Quizá la respuesta a todo esto sea más simple, y una buena brújula sea siempre recordar, ante cada una de nuestras experiencias, aquellas palabras del belga Georges Poulet:
“No es el tiempo lo que se os da, sino el instante. Con un instante dado, a nosotros nos corresponde hacer el tiempo”.
