Todavía no nos odian lo suficiente

En el Día del Periodista, una reflexión sobre la crisis de credibilidad de los medios, la velocidad de las redes sociales, la inteligencia artificial, el odio como discurso político y la necesidad de seguir buscando la verdad en tiempos donde parece haber dejado de importar.

Por Juan Salas

Cada 7 de junio los periodistas solemos felicitarnos entre nosotros. Nos homenajeamos y saludamos en grupos de WhatsApp, compartimos alguna foto vieja de una redacción en redes sociales, una frase de Rodolfo Walsh y recordamos maestros, compañeros, coberturas. Celebramos una profesión que amamos, incluso en estos tiempos que tanto nos maltrata.

Y quizás este año haya menos motivos que nunca para celebrar. Y justamente por eso quizás sea tan necesario celebrar.

Vivimos en un tiempo extraño para ejercer el periodismo. Mejor dicho, vivimos en un tiempo extraño y punto.

El presidente de la Nación sostiene que todavía no se odia lo suficiente a los periodistas. El jefe de Gabinete le dice a un periodista, en conferencia de prensa, que no le responderá a su pregunta porque solo es un periodista. El acceso a la información pública retrocedió de manera preocupante. Los medios atraviesan crisis económicas permanentes. Los salarios pierden contra la inflación. Las redacciones se achican. El trabajo se precariza.

Pero hay algo más profundo todavía: el periodismo perdió credibilidad. Hoy discutimos si la verdad importa.

Las redes sociales construyeron un ecosistema donde la velocidad vale más que la verificación. Donde la indignación genera más interacciones que la reflexión. Donde un dato falso recorre el mundo antes de que alguien tenga tiempo de comprobarlo.

La inteligencia artificial multiplicó ese fenómeno a una escala inédita. Videos falsos. Audios falsos. Imágenes falsas. Declaraciones que nunca existieron. Operaciones tan burdas y mediocres que parecen increíbles que sean reales. Y lo son.

Mientras tanto, vivimos atrapados en una actualidad permanente. Presos de la constante breaking news que se fagocita a sí misma.

Una noticia reemplaza a otra en cuestión de minutos. Un escándalo tapa al siguiente. Una tragedia compite contra otra para alimentar el morbo de cada día. Construimos héroes que serán olvidados antes de que nos salgan sus figuritas. Todo ocurre al mismo tiempo. Todo es urgente. Vida o muerte. Y al final, lo verdaderamente importante pasa de largo.

En ese vértigo los periodistas tenemos responsabilidades, aunque nos neguemos a admitirlas. Aunque sea más fácil putear a alguien más.

Hemos confundido informar con publicar rápido. El ego reemplazó a la empatía. Perseguimos clics en vez de respuestas. Caemos en la lógica de las redes, que premia la reacción inmediata y castiga la duda. Con lo hermoso que es dudar. Con lo necesario que es dudar para oxigenar la cabeza.

Tal vez por eso creo que el periodismo nunca fue una carrera de velocidad por llegar primero.

El periodismo nació para entender. Para verificar. Para contextualizar. Para preguntar. Para incomodar. Para controlar al poder, sea quien sea. Para alumbrar un poco en tanta oscuridad.

Y, sobre todo, para darle voz a quienes no la tienen. 

Porque en medio de todas las discusiones sobre algoritmos, inteligencia artificial, redes sociales y polarización política, siguen existiendo los mismos olvidados de siempre.

Los que viven en la calle, sean de Mar del Plata o de otra provincia. Los que esperan una respuesta judicial que nunca llega. Las que sufren violencia de género. Quienes trabajan por salarios indignos que no alcanzan. Las personas de los barrios, a las que el Estado solo les ofrece odio y olvido. Los pibes perseguidos sin razón por la policía. Los jubilados reprimidos. Y tantos, pero tantos sin nombre más.

Los que no se viralizaron. Los que nunca son tendencia. 

Si el periodismo pierde la capacidad de escuchar a esas personas, pierde su razón de ser.

Quizás por eso, en un tiempo donde parece que todo se acelera, que todo es ruido, reivindicar el periodismo sea reivindicar algo tan sencillo como detenerse para pensar, para respirar. Hacer silencio para escuchar al otro e intentar, por qué no, comprenderlo.

Porque la verdad probablemente sea inalcanzable. Siempre lo fue. Pero todavía podemos intentarlo.

La verdad se parece a esa imagen que describe Eduardo Galeano cuando habla de la utopía: uno avanza dos pasos y ella se aleja dos pasos más. Entonces alguien pregunta para qué sirve. Sirve para caminar. 

La verdad funciona de manera parecida.

Nunca llegaremos completamente a ella. Siempre habrá algo que desconocemos. Siempre habrá nuevas preguntas. Siempre existirán versiones en disputa.

Pero la obligación del periodismo es seguir caminando. Seguir buscando. Seguir dudando. Seguir preguntando. Seguir contando.

Porque si como sociedad dejamos de buscar la verdad, lo que va a ocupar su lugar no es esa libertad que nos ofrecen, sino la mentira que nos imponen. Y los dueños de la mentira son los mismos de siempre.

Caminar y dar un paso más, aunque la verdad se aleje diez. Al final este oficio trata de eso. ¿No?

 

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