Más allá del partido por los 16vos de final de la Copa del Mundo 2026, y las palabras de admiración del arquero Vozinha hacia Messi, los puntos de contacto entre el país africano y nuestra ciudad se remontan a las corrientes migratorias del siglo XX.
Por Agustín Casa
Cabo Verde es una de las sorpresas de la Copa del Mundo de fútbol 2026. El seleccionado africano será rival de Argentina en los 16avos de final tras clasificar como segundo del grupo H. En su debut mundialista, este país de 524.877 habitantes —según el Banco Mundial— obtuvo tres empates. En la primera fecha igualó 0 a 0 con España, en la segunda 2 a 2 con Uruguay y cerró su participación en la primera ronda con una igualdad en 0 con Arabia Saudita.
Uno de sus jugadores más importantes es Vozinha, el arquero de 40 años que fue la figura en el histórico empate frente a España, en el primer partido de Cabo Verde en una copa del mundo. En la antesala del mundial, Vozinha expresó su admiración por Messi y reconoció que le gustaría jugar contra el mejor jugador del mundo. Ese deseo se cumplirá el viernes 3 de julio, a las 19.
Pero el vínculo entre Cabo Verde y Argentina no nace en este partido mundialista ni a partir del fútbol. Está emparentado con historias de inmigración. Y Mar del Plata fue una de las ciudades que recibió a inmigrantes caboverdianos durante el siglo pasado.
La llegada de los primeros caboverdianos
Vozinha nació en la localidad de Mindelo, ubicada en la isla de San Vicente. De esa misma isla llegaron los primeros caboverdianos que se radicaron en Mar del Plata en la primera década del siglo XX.
El primer registro de presencia caboverdiana en la ciudad se remonta al 19 de febrero de 1910, cuando la revista Caras y Caretas publicó “Los marineros vicentinos de Mar del Plata”, una entrevista al subprefecto Juan Carlos Balda sobre 24 hombres oriundos de la isla de San Vicente —una de las más grandes pertenecientes a Cabo Verde— que se desempeñaban en el servicio especial de salvamentos (guardavidas) de la subprefectura naval desde 1905.
Tres años más tarde, el 8 de febrero de 1913, la misma revista les dedicaba otro artículo a los caboverdianos que se desempeñaban como guardavidas en la subprefectura naval con el título “Los famosos negros nadadores de Mar del Plata”. En la nota, destacaban que “son maravillosos en el ejercicio de todo cuanto tenga atingencia con la natación” y comentaban que fueron “contratados ex profeso en el país donde mejores nadadores existen, en San Vicente, puerto de las islas de Cabo Verde”. Algunos de los nombres que menciona la revista son Sebastián Sosa, Francisco Monteiro, cabo J. Luis Alfonso y Francisco Ramos.


Javier Salguero, estudiante avanzado de la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMDP), realiza su tesina de la Licenciatura en Historia sobre la comunidad caboverdiana de Mar del Plata —en el marco del proyecto de investigación “Mar del Plata, ciudad migrante”, dirigido por la doctora en Historia e investigadora del CONICET Bettina Favero—. Para su trabajo, entrevistó en diferentes oportunidades a Pedro Manuel Ribeiro, hijo de Manuel Ribeiro, quien nació en 1895 en la Isla de San Nicolás (Cabo Verde) y fue empleado de la subprefectura naval en la década de 1940.
Manuel viajó en barco como polizón hasta llegar a la Argentina. Previamente había estado en países como Italia y Estados Unidos y en su último viaje como polizón navegó durante dos semanas desde Cabo Verde hasta la costa bonaerense.
“Viajó durante quince días con quince naranjas. Se alimentaba de una naranja por día y agua que le facilitaba el cocinero del barco, que generalmente era la persona que ayudaba a los polizones cuando hacían estas travesías, y además llevaba unas poquitas monedas. Cuando la tripulación lo descubrió, y le anunció que debía desembarcar o se debía arrojar al agua, tuvo que nadar 200 metros hasta una orilla que él no conocía. No sabía dónde estaba, era Bahía Blanca. Llegó sin calzado, sin dinero, hablando solamente el dialecto kriolu, que es el idioma más hablado del archipiélago. Se utiliza en la vida cotidiana y, en general, es la lengua materna de la mayoría de sus habitantes, aunque el idioma oficial de Cabo Verde es el portugués”, relata a Bacap Salguero.
Según el integrante del proyecto de investigación “Mar del Plata, ciudad migrante” de la Facultad de Humanidades de la UNMDP, Manuel Ribeiro trabajó colocando postes en el sur bonaerense y aprendió a hablar español. Luego viajó a Buenos Aires, donde se encontró con un hermano.
“Ahí se enteró de la actividad marítima que había en Mar del Plata y se vino a vivir a la ciudad. En Mar del Plata encontró empleo en la subprefectura nacional. Podríamos inferir que la fama de caboverdiano o de hombre criado en el mar, conocedor de puertos y buques, le abrió exactamente la misma puerta que a los trabajadores de San Vicente, documentada en la revista Caras y Careta desde 1905. Su hijo Pedro lo describía así en la entrevista: ´Mi papá conocía mucho de puertos y de buques, no en vano había viajado tanto´”, comenta.
Salguero advierte que si bien “el Estado los valoraba por su habilidad en el agua, la sociedad local, en cambio, los ignoraba completamente como sujetos con historia y cultura propias”. En esta línea, resalta que en algunas fotografías de época, con distintos trabajadores en la playa, no estaban identificados como caboverdianos.


La comunidad caboverdiana en Mar del Plata
Entre 1998 y 2009, Pedro Manuel Ribeiro, su esposa Ana María Ordóñez y Miriam Gómez, como referentes del Círculo Caboverdiano Marplatense —una agrupación no formal—, editaron un boletín llamado Katxupa, el nombre en kriolu del plato típico de Cabo Verde.
En el primer número de 1998, publicaron un listado de los caboverdianos que vivieron en la ciudad durante el siglo XX y las actividades que realizaron, elaborado a partir de las conversaciones entre los propios integrantes de la colectividad. Esa lista incluye hasta nietos de caboverdianos residentes en Mar del Plata.
Figuran nombres como Antonio Nereu (guardavida de Playa Grande), Alice Chagas (modista), Tobias Martin (guardavida de Playa de los Inglesas, hoy Varese), Juan Suares (guardavida en la zona del Torreón), Manuel Vicente Pintos (se desempeñó como guardavidas y fue casero de LU6 Radio Atlántica) y Manuel Pedro Ribeiro (empleado de la subprefectura), entre otros.
Otro boletín de 2003 actualizó la nómina hasta bisnietos de caboverdianos que se radicaron en la ciudad. Esta información no está comprendida en ningún archivo oficial.
“De las 10 o 12 personas que llegaron durante el transcurso de mediados del siglo XX a Mar del Plata, la comunidad creció hasta abarcar dos, tres y cuatro generaciones de descendientes en la ciudad”, destaca Salguero.
Si bien no fue una inmigración masiva como la española o la italiana, el estudiante avanzado de historia asegura que en Mar del Plata hubo una comunidad caboverdiana que se reunía a cantar su música, hablar su idioma y charlar de su cultura y su país de origen, y que esa costumbre se transmitió a las generaciones posteriores.
“La vida cultural para mí es la parte más rica, la dimensión que más me impresionó al investigar”, reconoce. En este sentido, la primera casa caboverdiana de la ciudad perteneció a Manuel Ribeiro, construcción que sigue en pie en el puerto de Mar del Plata. Durante mucho tiempo fue el centro de sociabilización de la comunidad caboverdiana en Mar del Plata. Allí hablaban en kriolu, comían katxupa y escuchaban morna, estilo musical típico de Cabo Verde.
“Es una música lenta y melancólica que habla de la distancia y del anhelo de retorno. Son muy interesantes los temas. El hijo (Pedro) me contaba que esa música sonaba, ellos tocaban la música en su casa y se transmitió entre generaciones. A tal punto que Pedro Ribeiro fue músico profesional toda su vida. Se dedicó a la música y sigue dirigiendo en Mar del Plata desde hace más de cuatro décadas la orquesta Clericot. Otros miembros de la comunidad local también son músicos. Me parece que la música, así como el puerto, es el mecanismo de transmisión cultural más fuerte que encontró esta comunidad a nivel local, en ausencia de instituciones propias”, detalla Salguero.
Durante décadas, Pedro Manuel Ribeiro fue quien se encargó de visibilizar la cultura caboverdiana a través de boletines, entrevistas en los medios de comunicación, muestras fotográficas y charlas.
“La identidad caboverdiana no se perdió porque lo ves en la comida, en la música, en la lengua —en el kriolu—, en los vínculos simbólicos que tienen con las islas, incluyendo los viajes de retorno a Cabo Verde que han realizado caboverdianos de Mar del Plata, que llevaron objetos que tenían los padres para depositarlos en la isla, algo muy simbólico”, explica.
La inmigración caboverdiana en la Argentina
Cabo Verde es un archipiélago volcánico situado en el océano Atlántico frente a las costas de Senegal y Mauritania. Fue una colonia portuguesa entre el siglo XV y 1975. La Revolución de los Claveles en Portugal puso fin a la dictadura salazarista y permitió la consolidación de los procesos emancipatorios en territorio africano.
En la actualidad, se estima que viven en Argentina entre 25.000 y 30.000 personas entre nativos y descendientes de caboverdianos.


Según la antropóloga Marta Maffia (investigadora del CONICET y especialista en inmigración africana en Argentina), los inmigrantes caboverdianos llegaron a nuestro país a partir de 1900 y hasta la década de 1970. Los principales períodos de arribos fueron entre 1910 y 1920, entre 1927 y 1938 y luego de 1946.
“Hay un factor administrativo que explica por qué esta comunidad fue invisible durante décadas en los registros argentinos. Como Cabo Verde fue colonia portuguesa hasta 1975, los caboverdianos ingresaban al país con pasaporte portugués y fueron absorbidos estadísticamente en la categoría de inmigrantes lusos. No existían como grupo en ningún censo”, explica Salguero.
También añade que quienes no podían costear el viaje, subían a los barcos como polizones. “Es una práctica documentada hace rato que habla tanto de la precariedad de su situación como de la determinación de salir de la isla”, afirma.
En un trabajo de divulgación científica presentado por Maffia en 1993 en el XIII Congreso Internacional de Ciencias Antropológicas y Etnológicas, celebrado en México, la especialista cuenta que los primeros inmigrantes caboverdianos que llegaron al país realizaban trabajos en barcos balleneros en las islas Georgias.
Los caboverdianos dejaban las islas en busca de trabajo afectados por contextos de hambruna. “Durante siglos, las islas padecieron sequías crónicas y hambrunas recurrentes que el régimen colonial no tuvo mucho interés en resolver. Entonces, emigrar era para amplios sectores de la población la única alternativa viable”, describe Salguero.
Maffia remarca que, con la llegada de los primeros grupos, los dos principales centros de la comunidad caboverdiana en Argentina fueron Dock Sud y Ensenada, dos ciudades portuarias bonaerenses que les proporcionaban trabajos asociados a las actividades marítimas.
“Muchos de los caboverdianos que llegaron a Argentina, según han documentado otras investigadoras, consiguieron trabajo tanto en la flota de mar de la Armada como en la marina mercante, en la flota fluvial de YPF o en los astilleros, generalmente en la zona de Ensenada y Dock Sud. Por eso ahí la comunidad era más grande”, comenta Salguero.
Asimismo, indica que “siempre los caboverdianos buscaron instalarse en lugares o acercarse a ciudades con puerto” y que “la cuestión marítima está muy presente en su vida”.
En Mar del Plata trabajaban en la playa durante las temporadas de verano y a veces realizaban actividades portuarias en invierno.
El trabajo de Salguero, en el marco de su tesina de la Licenciatura en Historia, forma parte de una serie de investigaciones realizadas por historiadores de la Facultad de Humanidades de la UNMDP sobre todos los grupos migratorios que se instalaron en la ciudad.
Las entrevistas, los videos y los documentos generados por los integrantes del grupo se pueden consultar en el Archivo de la Palabra y la Imagen (archivopalabra.com.ar) y en el canal de Youtube @archivodelapalabraydelaimagen.
