El narrador oral llegará a Mar del Plata con el espectáculo “La furia de Hércules” y el taller “Palabra y sonido, una introducción a la música del cuento”.
Por Camila Spoleti
Cuatro o cinco chicos de entre diez y once años deambulan por el salón de una escuela primaria en Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Mientras tanto, sus compañeros preparan una obra. Están en clase de teatro, pero ellos, dispersos, quedaron afuera de la actividad.
Hace algunos días, Juan compró un libro de Edgard Allan Poe. Había salido a cenar con su abuelo por la calle Corrientes y, después de comer, se quedaron recorriendo librerías. El libro le llamó la atención por la portada. Se lo llevó por unos pocos pesos.
Ahora tiene una idea.
—Yo los voy a adaptar —le dice al profesor de teatro, aunque todavía no leyó ninguno de los cuentos.
Al profesor le parece bien.
Juan elige “El corazón delator”. “Me es imposible decir cómo se me ocurrió primeramente la idea; pero una vez concebida, no pude desecharla ni de noche ni de día”, leerá en algún momento.
El día de la presentación, se pone una camisa, se sienta en una silla y, frente a un auditorio de chicos de otros grados y algunos padres, relata el cuento.
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—Yo no sé si salió bien o si salió mal, pero sí sé que salió fácil, que para mí eso no fue un esfuerzo, que fue algo lindo, que el cuento pasó por mí. Y me acuerdo que mis papás le preguntaron al profe de teatro: “Che, ¿esto qué onda? ¿Lo prepararon mucho?”. “No. No, no. Fue algo todo de él”. Mis viejos le preguntaron si anotarme en teatro y él, con bastante sabiduría, dijo que no, que no iba por el lado del teatro, que esperara, que yo ya iba a encontrar el lugar.
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Cinco años después, Juan está en la secundaria. Un señor, que también se llama Juan, se acerca a su colegio. Ofrece dar un taller de narración oral, gratis y optativo, solo para chicos que tengan quince años. Juan Tapia no tiene mucha idea de que es la narración oral, pero sí tiene quince años, así que se anota. Entonces conoce a Juan Moreno, que tiene bastante idea de qué es la narración oral y algunos varios años más.
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—Después le pregunté a Moreno, ¿por qué específicamente para chicos de 15 años? Y me respondió: “Porque el que no tiene 15 años es un pelotudo”. Y con esa frase yo ya entendí que a ese chabón lo tenía que seguir a algún lugar. Y lo seguí por el camino de los cuentos.
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Juan Tapia se dedica a la narración oral desde el año 2003. Comenzó contando cuentos en bares, primero como alumno de Juan Marcial Moreno, en muestras de taller, y después por su cuenta, a veces solo y a veces con compañeros. Luego empezó a armar espectáculos y, más adelante, talleres. Mientras tanto, terminó el secundario y estudió el profesorado en Filosofía.
El jueves 17 de septiembre, Tapia estará en Mar del Plata con el espectáculo “La furia de Hércules”. La presentación —enmarcada en una gira que lo llevará también a Canarias (España), Paraná, Rosario y CABA—, será a las 20:30 en Chauvin (San Luis 2849). Las entradas pueden adquirirse a través de la página web del lugar.
A su vez, el sábado 19 de 10:30 a 13:00 hs., ofrecerá el taller “Palabra y sonido, una introducción a la música del cuento”, acompañado por el colectivo de narración oral marplatense Palabras de Mar. La actividad, que se llevará a cabo en Casa de Madera (Rawson 2250), está orientada a explorar las posibilidades expresivas del cuento contado desde una perspectiva musical y no requiere ningún tipo de experiencia previa. La inscripción puede realizarse a través del siguiente formulario: https://forms.gle/gTeKki7MhFZigNGEA.
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La palabra y el sonido
“El arte más emparentado a lo que hacemos nosotros es la música”, afirma Tapia, y explica que “son dos artes que suceden en el tiempo sincrónico y son dos artes donde el plano del sonido y el plano del sentido se van retroalimentando, corrigiendo y criticando a medida que se va desplegando la obra”.
“Las palabras cuando suenan, cuando resuenan, están modificando las mismas propiedades del sonido que las notas musicales. Tienen una duración, tienen una altura, tienen una intensidad y tienen un timbre”, plantea el narrador. Por este motivo, sostiene, es posible utilizar recursos del lenguaje musical “para resolver problemas cuenteros”.
“A mí me incomoda cuando en un taller de narración oral siempre las devoluciones apuntan al plano del sentido, a qué tipo de palabras se usaron, a cómo se ordenó la historia: esta idea de editar el texto. Nosotros no somos curadores de palabras o coleccionistas de palabras o chefs que tenemos que servir palabras bien condimentadas y eso. Nosotros hacemos otra cosa: le ponemos sonido a las palabras; por eso usamos poquitas palabras, pero bien direccionadas y esa dirección es musical”, opina Tapia.
—¿Eso es lo que se va a trabajar en el taller?
—El taller “Palabra y sonido” es para jugar con las posibilidades de encuentro entre el lenguaje musical y el lenguaje de la narración oral. Vamos a escuchar piezas musicales sin letra que de alguna manera cuentan una historia. Vamos a jugar a encontrar las historias que hay detrás de esas músicas. Vamos a escuchar música que sí, tal vez tenga letra, pero en otro idioma y vamos a intentar, a partir de la distancia que nos pone esa otra lengua, intentar entender qué está haciendo el compositor con la historia que está contando. Y después vamos a estudiar bien estas propiedades, la altura, la duración, la intensidad y el timbre, y ver en particular cómo se aplica cada una al discurso del narrador.
El cuento y el tiempo
Además del trabajo con el sonido, Tapia reconoce otra similitud entre la narración oral y la música: el trabajo con el tiempo. “Si vos me preguntás cuál es el recurso natural que explotan los narradores, no son las palabras ni los silencios, sino el tiempo”, afirma Tapia.
“Yo capaz estoy contando un cuento y digo: ‘Y tal personaje caminó, caminó, todo un año estuvo caminando. Hasta que finalmente llegó al río transparente que le habían dicho’. Y ese un año de caminata, a mí, que estoy contando, y a los que están escuchando, se nos hizo rápido, ¿no? Lo experimentamos como si fuéramos dioses, que podemos navegar en el tiempo. Pero de golpe el personaje llega a ese río y yo ahí empiezo a contar que vio una tortuga, se agachó y la tortuga le levantó la patita y ahí se dio cuenta de que, en la patita, la tortuga tenía una cinta. La sacó con mucho cuidado y le dijo… Bueno, ese momento de este personaje inventado mirando la patita de una tortuga, es un tiempo que compartimos todos. Todos estábamos ahí viendo como este personaje levantaba… En un mismo cuento y en un cuento muy simple, el narrador hace usos del tiempo muy diferentes”, ejemplifica.
El tiempo y el cuento
Este modo particular de abordar el tiempo, permite experiencias como la que propone el espectáculo “La furia de Hércules”: escuchar una vida entera en una hora y media. “Vamos a estar con Hércules desde el momento de su concepción hasta su misteriosa doble muerte. O sea, en principio vamos a llegar a encariñarnos con un personaje, vamos a verlo crecer, vamos a verlo enfrentar un montón de obstáculos y después lo vamos a acompañar en un final que es absolutamente misterioso, sorprendente y a la vez, si las cosas funcionan bien, inevitable”, cuenta Tapia.
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A su vez, el espectáculo permite “tener un contacto directo, cercano y simple con una historia que se cuenta hace más de 3000 años”. “Como me gusta decir a mí, es la historia de Hércules contada en argentino por un argentino a, bueno, al público que esté delante”, dice el narrador.
—¿Qué efectos te parece que tiene seguir contando historias que tienen más de 3000 años?
—Mirá, tiene un doble efecto. Hay algo que tiene que ver con lo actual de la historia, donde vos tenés un héroe que donde va tiene que resolver algo, se tiene que enfrentar a una prueba. Va a un lugar y tiene que vencer un monstruo que está aterrorizando a una población, va a otro lugar y tiene que limpiar todo un campo que es una mugre, va a otro lugar y tiene que ir a sacar algo que lo tienen en una frontera, va a otro lugar y está todo el mundo enfermo y él tiene que hacer algo. Tal vez la historia del héroe que va resolviendo todos estos problemas es una excusa que nos ponemos desde hace 3000 años para hablar de la otra cara de la moneda, que es que el mundo está roto. ¿Por qué en todos lados hay problemas? ¿Por qué en todas las comunidades donde tiene que ir Hércules hay o un monstruo que está matando a todos o gente enferma o alguien apropiándose de lo que no corresponde? Tal vez estas historias del ciclo heroico sean una excusa para hablar de eso, ¿no? Ahí afuera hay un mundo que está roto y que hay que arreglar.
Tapia señala una particularidad sobre las características de estos héroes: “Son personas que no pueden separar su propio destino del destino de esa comunidad que está rota. No es que van y arreglan las cosas por altruismo o por bondad. Su propio destino roto está agarrado al destino de la comunidad y para arreglarse a sí mismos, para encontrarse a sí mismos tienen que arreglar el mundo roto. Eso es algo muy interesante. Es como un gran recordatorio: ‘Che, mirá, esto está todo roto acá afuera. Y hay que salir a arreglarlo’.”
Además, sostiene, el espectáculo permite acceder a una historia que quizás nos es conocida, pero solo en sus trazos gruesos: “Nosotros tenemos en nuestra cultura casi como si fueran memes, menos que retazos de estas historias, cosas que quedaron. Hércules quedó como el hombre fuerte, el semidiós. A veces escuchar la historia entera, los vericuetos; volver a escuchar lo que uno ya conocía, pero de otra manera; enterarse de alguna cosa que uno no sabía; realimenta lo que ya tenemos en nosotros, ¿no? Le da más sentido, profundiza algo que ya tenemos y sobre lo que construimos nuestra identidad y también nuestro acervo literario”.
