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junio 25, 2026

El claro laberinto

Por Alberto Di Francisco

Todo intento de hablar acerca de la literatura de Jorge Luis Borges me supone, de por sí, prevenirlas al futuro lector de esta nota. Una de ellas se relaciona con la vastedad de su asumir dos cuestiones que, además, entiendo que es necesario aquí aclararlas o producción; y a tal vastedad se suma que ella es habitada también por ese “barroquismo intelectual” – término que aquí uso, aclaro, en sentido espacial, arquitectónico, conceptual, no de modo peyorativo- tan propio del autor porteño. Ese barroquismo del que
hablo, es el plural camino mental del escritor que hace que poner un pie en el universo borgeano implique entrar en un ámbito pleno de claves, de conocimientos, de lecturas, de símbolos, de ramificaciones y de continuaciones; del recodo que de pronto abre a nuevos espacios, del detalle que inaugura todo un nuevo escenario, de la palabra que se abre a múltiples posibilidades de continuación.

A dicha vastedad se agrega la otra cuestión, que es el de la diversidad de su pluma, que tanto abarca el relato breve como la poesía, tanto la crítica como el ensayo, o que de pronto se posa en el verso como en la prosa. Con tanta pasión se acercó a las mitologías, como a la reivindicación del coraje; suyos fueron tanto el Buenos Aires del 900, como también sus pasos por Texas; suyos fueron temas como la guitarra del gaucho, así como la problemática del paso del tiempo. Además de los tigres, de los cuchillos, de compadritos y de laberintos, Borges tuvo también entre sus tantas aficiones nada menos que la preocupación filosófica. No es raro encontrar entre sus tantos escritos la mención a uno que otro filósofo, antiguo o moderno; allí están los Zenón de Elea, Berkeley, Platón, Heráclito, y Schopenhauer (por citar solamente algunos), pero entre ellos destaca uno que sin dudas fue caro a su entendimiento, y tal es así que le dedicó específicamente un par de poemas. Ese filósofo fue Baruch Spinoza, y lo interesante de su mención, es de la manera en que Borges lo
hizo.

El maldito Spinoza

Baruch (Baruj, Benito ó Benedicto, cuando no Bento) Spinoza fue un filósofo holandés, de origen sefardita, que, como buen continuador de la obra cartesiana, representó también a la corriente racionalista, y lo hizo de tal forma y hasta tal punto que pasó a ser considerado como uno de los tres pensadores más influyentes de su época. Nada menos.

Hijo de judíos desplazados de España -y posteriormente también de Portugal-, la familia Spinoza recala en Ámsterdam (Países Bajos). Para entonces, Spinoza ya había sido educado (obligadamente, dada la persecución religiosa) en la cultura católica-romana, como asi también en la judía ortodoxa, aunque esta, de forma reservada y por presión familiar. Desde temprana edad Spinoza, a la par de que se desempeña como
comerciante, se siente cautivado por la filosofía, sobre todo por la corriente cartesiana (racionalista), y por las matemáticas, estudios en los que pronto profundiza y, a medida que su pensamiento se ilustra, comienza también a fortalecerse su capacidad crítica, y a profundizarse así su diferencia tanto con la concepción judaica como con la del catolicismo, principalmente en temas como la existencia de Dios, el alma, la naturaleza y los milagros.

Esta búsqueda y libertad intelectual, si bien le proporcionaron a Spinoza las luces de un pensamiento crítico, sus críticas le valen el rechazo de sus ideas, le traen los agravios, el destierro de la ciudad donde vivía, y hasta la excomunión de la propia comunidad judía.

Spinoza, sin embargo, se mantiene firme en sus convicciones y antepone la libertad de pensar ante todo intento de ponerle coto a su praxis filosófica, aunque esa decisión le traiga el oprobio y la soledad, tanto de propios como de ajenos. Spinoza parece responder, en su fuero interno, a la máxima que reza “aquel que ha visto la luz, ya no puede volver a la oscuridad”; ha encontrado en el racionalismo un atalaya desde donde vislumbrar la verdad, y hacia ella dirige su paso y sus esfuerzos intelectuales. Es en esta época que el sefardí reemplaza su nombre judío por la versión al latín, rechaza trabajos en universidades religiosas y, muerto ya su padre -donde rechaza hasta la herencia familiar-, se libera del último yugo que suponía el mandato familiar, y se recluye en La Haya para darle el vuelo necesario a sus ideas.

Desde aquel momento hasta su muerte, el filósofo dedica sus días a la tarea no menor de la búsqueda de la Verdad, a demostrar la existencia de Dios -un Dios como principio inteligente del Todo, más que aquel dios personal del judeo-cristianismo, figura a la cual él rechazaba- y a desentrañar mediante principios lógicos y racionales el orden de lo creado -que sería también desentrañar el orden de las ideas de Dios-. Un tema de controversia y largo debate en torno a la filosofía de este pensador es su interpretación de ese Principio
inteligente creador; donde hay quienes lo acusan de Panteísta, al entender que proclama a un dios que está “repartido” en su creación, contra los que -como es mi opinión también- lo ven como Panenteísta, entendiendo a un dios que está en su creación, pero como un artista que “firma” sus obras. Spinoza, mientras tanto, para solventar esta actividad se gana la vida trabajando como pulidor de cristales, actividad que se cree es la que le ocasiona la tuberculosis que lo conducirá hasta su muerte, en 1677, con apenas 44 años.

El poema

En 1964, Borges incorpora a su poemario El otro, el mismo (Ed. Emecé) -uno de sus libros preferidos, según sus propias palabras- la obra que lleva el título “Spinoza”, un soneto dodecasílabo que reza así:

Spinoza 
Las traslúcidas manos del judío
labran en la penumbra los cristales
y la tarde que muere es miedo y frío.
(Las tardes a las tardes son iguales.)
Las manos y el espacio de jacinto
que palidece en el confín del Ghetto
casi no existen para el hombre quieto
que está soñando un claro laberinto.
No lo turba la fama, ese reflejo
de sueños en el sueño de otro espejo,
ni el temeroso amor de las doncellas.
Libre de la metáfora y del mito
labra un arduo cristal: el infinito
mapa de Aquel que es todas Sus estrellas.

Desglose

En este genial poema -uno de mis preferidos- Borges inaugura la pieza haciendo mención a las traslúcidas manos del pensador; es decir, grafica, sobre todo, la labor intelectual de filosofar -de trabajar con el pensamiento- ubicándola metafóricamente a la par de la tarea material de pulir cristales, de hacer de lo opaco algo que posibilite mirar el mundo con más limpidez. Completa la estrofa enmarcándolo en la penumbra de su taller de pulido, en la soledad de su existencia (la que ha elegido y a la que lo han castigado por sus ideas) cuando afuera pasa el monótono tiempo, en días irrelevantes desde el punto de vista
terrenal (las tardes a las tardes son iguales).

Para el segundo cuarteto, el poeta crea una imagen ambigua, al señalar las manos y el espacio de Jacinto, cuando, por un lado, Jacinto se llama también al circón, un abrasivo que se usa para el pulido de cristales, y, por el otro, también hace referencia a los colores del atardecer, análogos al de esta piedra preciosa. Esos colores bañan el escenario, que es en los confines del Ghetto (barrio de judíos) donde el filósofo vive su retiro, pero Borges aclara que, en el fondo, estas son trivialidades ante la tarea intelectual (el hombre
quieto, que está pensando) en desentrañar los pasos para revelar un claro laberinto. En este oxímoron (porque un claro laberinto es, sin duda, una contradicción en los términos) nos deja la idea de una búsqueda racional ante la complejidad del mundo y de la realidad en que nos encontramos, de hacer visible la intrincada senda hacia el centro del conflicto, hacia el saber.

Para la tercera estrofa (primer terceto) el poeta ubica al neerlandés plenamente abocado a su tarea filosófica, despojado de la materialidad, y hace del verso casi una definición propia de la psicología al expresar -en relación a su desinterés por la fama- que esta solo es un reflejo de sueños, en el sueño de otro espejo. Recordemos que el tema del sueño – de la vida como un sueño, o un sueño de otro- en Borges es una analogía recurrente, por lo que la fama y la notoriedad social no es sino el sueño de otro sobre nuestro sueño (vida). En esa misma línea discursiva, cierra el terceto haciendo alusión al desinterés por el amor y por las pasiones terrenales que nublan tantas veces el juicio, y donde ha sido reemplazado aquí por el amor intelectual, por el amor a la búsqueda de la verdad.

En el cierre del poema (el segundo terceto, última estrofa del soneto) el escritor opera un cierre a toda orquesta -poética-, haciendo pie en que Spinoza, por su misma elección y búsqueda intelectual, ha dejado atrás las erradas concepciones mundanas (mito) de Dios -de un dios personificado, colérico, pasional, y que obra por milagros, imagen tan propia de las religiones-, a la vez que supera la ambigüedad y deformación a la que propende un lenguaje metafórico, para hacerlo a través de palabras justas y dentro de un método
racional, pleno de definiciones, y axiomas que se sitúan en un orden matemático (la obra cumbre de Spinoza se titula “Ética demostrada según el orden geométrico”). Esto, recordemos, Borges nos lo dice -irónicamente- a través de la palabra poética, plena de metáforas.

Para los últimos dos acordes de esta pieza -para mí, de una belleza musical e intelectual enorme- nos dice que Spinoza labra un arduo cristal, es decir, que pone toda su vida y su empeño, toda su preocupación y el alcance de su razón, donde todos sus pensamientos van a construir, a pulir, con la magistral herramienta de su intelecto, el claro cristal -una filosofía- que nos sirva de camino recto, que nos otorgue una visión límpida, directa y cabal de Dios y la extensión de su Ley. Y aquí escribe Borges una bellísima definición de Dios, y en ella reúne también, magistralmente, a la concepción spinoziana de la divinidad, al declarar que es aquel que es todas sus estrellas (haciendo alusión, además, a esa controversia Panteísta-Panenteísta).

Cierre

Tal lo dicho en las líneas iniciales, hablar de la obra de Borges es siempre un desafío al pensamiento, tan grande como el mismo placer de leerlo (y de releerlo). En el presente caso, es una lectura que nos adentra en su pensamiento y en sus simpatías, pero que además se ramifica; su lectura abre a otros descubrimientos, como lo es al universo de Spinoza, el poema funciona como puerta de entrada a uno de los filósofos más importantes de la historia. Los lúcidos caminos poéticos que toma para nombrar y repasar la vida y obra de este pensador nos hacen recordar aquellas palabras del español Cansinos-Assens cuando expone una certera (y ya célebre) aproximación al quid borgeano -y al espíritu de la presente nota- al decir que su amigo es «el poeta que mejor filosofa, y el filósofo que mejor poetiza».

Es que Borges no difiere, claro está, de los laberintos que tanto amaba, seguramente porque
reconocía que nuestra propia vida es uno también; pero, a diferencia del sefardita, su tránsito en este plano tuvo esa cualidad tan poco común de saber hermanar, de atreverse a conjugar, lo poético con lo intelectual, y lo musical con lo racional. Como bien lo expresa el mexicano Díaz Mirón, cuando la poesía reúne “tres heroísmos en conjunción:/ el heroísmo del sentimiento,/ el heroísmo del pensamiento/ y el heroísmo de la expresión”. Y en esa praxis poética es que de algún modo el escritor despeja un poco la bruma de nuestros pasos -los suyos propios y los del futuro lector-, pone un atisbo de luz en ese laberinto tras el cual todos vamos, conscientes o inconscientes, en pos de su secreto centro.

*(escritor, ilustrador)

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