En el marco del Día Mundial de las Telecomunicaciones y la Sociedad de la Información, Bacap dialogó con el reconocido investigador y docente universitario sobre la proliferación de desinformaciones y fake news en entornos digitales.
El mundo digital permite el acceso a un gran volumen de información, discursos y opiniones. A diario, los usuarios navegan por páginas de internet y redes sociales como si se tratase de un mar picado, con continuas olas de información. Sin embargo, esa marea informativa constante también lleva a la orilla desinformaciones, fake news y discursos de odio.
Cada 17 de mayo se conmemora el Día Mundial de las Telecomunicaciones y la Sociedad de la Información —también llamado Día Mundial de Internet—, fecha establecida en 2006 por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En ese marco, Bacap dialogó con Martín Becerra (doctor en Ciencias de la Información, investigador del CONICET y profesor en la Universidad Nacional de Quilmes y la Universidad de Buenos Aires) sobre la proliferación de desinformaciones y fake news en entornos digitales.
“Las redes sociodigitales y las plataformas son hoy un espacio donde públicamente se conversa sobre cuestiones de interés común en las sociedades contemporáneas, donde las personas se informan, acceden a contenidos vitales para su salud, su educación, su trabajo y sus lazos con los afectos. Como sucede históricamente, el espacio de conversación pública alberga también noticias falsas y operaciones de desinformación”, señaló Becerra.
Para el investigador, la particularidad de esta generación tecnológica es que “las redes digitales amplifican y diseminan contenidos personalizados a gran velocidad y a escala global”.
“El modelo de negocios de las grandes plataformas y redes sociodigitales alienta la producción de noticias falsas y operaciones de desinformación, porque se trata de provocar morbo, disputar la atención pública y retener a los usuarios para extraer sus datos y comercializarlos”, afirmó Becerra.
No obstante, el especialista en políticas de medios, telecomunicaciones y TIC sostuvo que “las plataformas digitales no son el único espacio de producción de contenidos donde circulan operaciones de desinformación: los medios tradicionales y la política profesional no son ajenos a ello (en las pantallas televisivas argentinas se promovió el consumo de productos lesivos para la salud pública en plena pandemia de Covid-19, por ejemplo) y, es más, medios y políticos son animadores centrales de los contenidos más comentados en las plataformas digitales”.


—En ese escenario, ¿cómo ves a periodistas y a profesionales de distintas áreas (por ejemplo, médicos y científicos) en su rol de comunicar información precisa y fidedigna?
—El nuevo ecosistema de comunicaciones prescinde de la actividad institucional y profesional que fueron el continente del periodismo tal y como lo conocimos. Hoy el periodismo está “uberizado”, en parte por el tipo de vínculos y prácticas que comprende, y en parte por las tecnologías de producción que emplea. La uberización refleja no sólo la precarización de los efectores institucionales de la práctica periodística tradicional, sino también el cambio del proceso de enajenación del trabajo por la vía de la apropiación de medios de producción adaptables y funcionalizables, como lo son algunas aplicaciones y servicios de Inteligencia Artificial generativa. La desjerarquización de la vida social afecta al periodismo y a otras profesiones que estaban investidas de credibilidad hasta hace poco tiempo. Eso horada su capacidad de contrarrestar el volumen de noticias falsas y operaciones de desinformación a escala global. Además, y esto me parece clave, hoy la mayoría de los periodistas no tiene tiempo material para dedicar a la producción de sus contenidos y eso erosiona aún más la desconfianza pública en su labor. Por cierto, de todo esto se aprovecha el presidente Javier Milei con su agresión cotidiana contra los periodistas, a los que califica como “ensobrados” y sobre los que dice que “no son suficientemente odiados”.
—¿Internet contribuye a la diversidad de voces?
—Nunca en la historia la humanidad dispuso de la cantidad de fuentes y dispositivos de producción, procesamiento, almacenamiento y distribución de datos e información con la que hoy cuenta. Conforme estas fuentes y dispositivos fueron multiplicándose, también creció exponencialmente la cantidad de personas, organizaciones y máquinas que producen contenidos. Pero la disposición de esos contenidos depende de guardianes de la red, hiperconcentrados, que programan algorítmicamente la información que encuentra cada usuario de las redes sociodigitales o del buscador. Su modelo de negocios no es la diversidad, sino conducir la atención en una economía muy diferente a la que organizaba la vida social previamente. En consecuencia, puede haber más diversidad en la producción de opinión e información, pero hay mayor concentración y control corporativo en la distribución que gestionan las big tech.
—¿Cómo se cruzan en redes sociales las fake news y los discursos de odio con la libertad de expresión?
—Las redes sociodigitales tienen un modelo de organización de contenidos (el “feed”) que no es cronológico, sino digitado por las empresas a las que pertenecen. Ellas alientan el morbo, el contenido extremo y la indignación por un motivo económico, ya que saben que ese morbo retiene más tiempo a los usuarios. Las noticias falsas y las operaciones de desinformación son funcionales a ese modelo y por eso es que hay un cruce también con los contenidos más violentos, como los discursos de odio que están penados por nuestra Constitución y nuestro Código Penal, pero desafortunadamente el Poder Judicial y el Poder Ejecutivo argentinos no respetan esos límites constitucionales y legales que fueron diseñados para garantizar una convivencia ciudadana más democrática.
—¿Qué estrategias podrían implementarse, a nivel nacional e internacional, para evitar la viralización de fake news y desinformaciones?
—En primer lugar, creo que corresponde responsabilizar a las grandes plataformas por el diseño de sus redes, que son productos que, como dije, alientan la desinformación y las noticias falsas. Eso supone innovar a nivel regulatorio como lo han hecho otros países (empezando por EEUU, Europa o Brasil). En segundo lugar, es preciso alentar el debate público sobre los espacios virtuales y su impacto en nuestra convivencia ciudadana. En tercer lugar, es preciso que las instituciones tradicionales que también producen y difunden noticias falsas y desinformación, como los políticos profesionales, grandes empresarios, grandes medios de comunicación, corrijan su accionar, porque muchas veces son sus propios contenidos los que se recortan y viralizan en las redes sociodigitales. Y, reitero, es necesario respetar los límites a los discursos violentos, las amenazas y la apología del odio y de la violencia que establecen nuestra Constitución y nuestras leyes.
—¿Cómo irrumpió la IA generativa en un mundo digital cargado de información? ¿Cuál es el papel de la IA respecto a la difusión de información fidedigna y fake news?
—Las herramientas y aplicaciones de IA generativa son aún más opacas que las plataformas de redes sociodigitales y los buscadores más usados, que ya son muy poco transparentes de por sí. La opacidad de las fuentes de entrenamiento de la IA generativa, por parte del puñado de empresas hiperconcentradas también, varias de las cuales son las propias big tech más conocidas e importantes. La ausencia de rendición de cuentas sobre esas fuentes de entrenamiento de las herramientas de IA es un incentivo para que las noticias falsas y las operaciones de desinformación se propaguen con mayor facilidad todavía, lo cual interpela a los sectores democráticos a reaccionar frente a esa opacidad con exigencias de transparencias y normas de comportamiento en las sociedades contemporáneas.
