La autora de Diario de las flores del mar habla sobre escritura, plantas nativas, maternidad y la experiencia de habitar Mar del Plata desde la observación del paisaje.
Por Alejandra Bertolami
Entre plantas, maternidad y escritura, la autora y poeta Larisa Cumin reflexiona sobre los cambios que atravesaron su vida desde su llegada a Mar del Plata y sobre la observación como forma de construir pertenencia. En Diario de las flores del mar, su recorrido por la literatura se cruza con el paisaje, los vínculos familiares y una sensibilidad atenta a los ritmos lentos de la naturaleza.
—¿Cómo nació en vos el vínculo entre escritura y naturaleza, y de qué manera esa relación dio origen a la propuesta editorial de Bosque Energético?
—Los chicos me habían hecho la invitación desde un diario y la temática se me ocurrió enseguida porque, cuando me mudé al sur, recuerdo que empecé a ver plantas diferentes a las que conocía: un paisaje distinto, otra vegetación a la que estaba acostumbrada. Era algo que me llamaba mucho la atención y que se fue volviendo una especie de obsesión, hasta que lo llevé a la escritura. También me pasó que, durante la pandemia, hice esos cursos online de Domestika, uno de paper cut, y una de las tareas consistía en imitar las formas de las plantas. Ahí empezó algo. Tuvo que ver con poder sostener la escritura y también el cuidado de un jardín, y al mismo tiempo empezar a observar ese territorio y lo que proponía como cambio de lugar. Sentía que no podía seguir haciendo lo mismo ni viviendo de la misma forma si había cambiado de lugar.
—¿Ese cambio de lugar también transformó tu forma de escribir? ¿En algún momento, al mudarte, pensaste en cambiar no solo de entorno, sino también de trabajo o de manera de vincularte con la escritura?
—No fui muy consciente de que estuviera cambiando mi escritura, pero siento que sí sucedió. Creo que empecé a animarme más a la prosa. Si bien El magún es una novela, tiene algo más condensado; en cambio, la experiencia del diario implicó otra extensión. Además, como era una edición, había muchas páginas para escribir y editar, y eso hizo que la escritura se expandiera de otra manera. También creo que tuvo que ver con otros cambios personales: crecer, tener un hijo, formar una familia. Sí hubo un momento de miedo, en el que pensé que no me estaba concentrando en un proyecto de escritura. Pero eran muchos cambios al mismo tiempo y, a veces, siento que no estoy escribiendo; sin embargo, después miro hacia atrás y veo que sí estuve escribiendo y desarrollando proyectos. El trabajo fue mutando, pero siempre estuvo relacionado con la literatura.
—Tu libro Diario de las flores del mar transmite cierta calma, una sensibilidad muy ligada a la contemplación. ¿Sentís que ese desacelerar y observar los tiempos propios de las plantas fue importante para poder escribirlo?
—En un momento me acuerdo de que quería tener mi diario listo ya, tenía una especie de apuro, y me di cuenta de que era imposible porque las plantas tienen un tiempo totalmente diferente. Y algo parecido sucede con la escritura de los diarios: hay pequeñas diferencias entre un día y otro que parecen imperceptibles, pero pueden ser vitales. Para los tiempos capitalistas son ritmos lentos, pero en realidad hay mucha variación y diferencia. En las plantas veía eso: podías pasar cuatro o cinco días sin mirar el jardín y, cuando volvías, estaba distinto. Aparecían otros bichitos que quizás antes no estaban, o se habían comido la enredadera y no te habías dado cuenta. Habían pasado un montón de cosas llamativas. Entonces empecé a observar mucho más. Si bien siempre fui de observar el entorno —tengo textos sobre plantas, poemas sobre pájaros—, acá hubo algo de sostener esa observación y esa escritura en el tiempo. También fue una escritura muy desordenada: me pasaba de sentarme y tener que juntar todo, porque eran momentos muy movidos, pasaban muchas cosas y escribía en diferentes lugares. La escritura estaba desperdigada.
—Y entendí también que había algo vegetal en eso, en ir haciendo ramas hacia distintos lados. Pero sí hubo una constancia; no digo todos los días, pero sí una frecuencia en el tiempo. De hecho, estuve escribiendo durante dos años y medio. Aunque el diario lo condensé en un año, fue un proyecto de sostenerlo. Implicaba salir y observar.
—Comentabas que te llevó dos años y medio escribirlo. ¿Cómo convivís con esos tiempos largos que exige la escritura y el trabajo sostenido que implica un proyecto así?
—En mi caso, escribir siempre estuvo muy relacionado con leer y con lo que los libros trajeron a mi vida. Desde chica me gustaba muchísimo leer y también que me leyeran. Después empecé escribiendo poesía y, aunque estudié Letras y durante un tiempo pensé que eso podía inhibirme, hacer talleres fue muy importante. Siempre sentí que la literatura no es solo el trabajo solitario de escribir, sino también todo lo que se genera alrededor: la edición, los encuentros, las amistades.


—Y en ese proceso también aparece muy fuerte la relación con el territorio y con las plantas. ¿Cómo nació ese interés?
—Cuando llegué a Mar del Plata me contaron que muchos de los árboles de la ciudad no eran originarios de acá y eso me despertó una obsesión por buscar un origen. Ahí empecé a descubrir muchísimas plantas nativas que solemos llamar “yuyos”, una palabra que muchas veces minimiza plantas que en realidad son propias del lugar, necesarias y hermosas. A medida que fui observando más y hablando con personas que saben del tema, también fui encontrando mi propio lugar en la ciudad, sobre todo en un momento de muchos cambios personales y de intentar volver a la escritura después de ser madre. Durante mucho tiempo tuve esa necesidad de imaginar cómo había sido todo antes, sin los árboles plantados, como buscando una especie de pureza original. Pero después esa idea se me fue desarmando. Entendí que también está bien venir de otro lado, tener raíces mezcladas. Hay una hibridez que nos constituye. Podemos cuidar y proteger lo nativo, pero volver a un estado “original” también sería imposible.
—De todas esas plantas que fuiste descubriendo, ¿hay alguna con la que te identifiques o que sientas que te representa de algún modo?
—Hay una planta que siempre me gustó mucho, no sé si se asemeja a mí, pero me gustaría: la pasionaria, una especie con muchas variedades que en mi jardín aparecía sola. Es una planta presente en Sudamérica y también en otras regiones, con distintas variantes. Me llamó la atención que fuera una planta nativa que surgía espontáneamente en mi jardín, una enredadera que se aletarga en invierno y en verano florece; es muy cambiante. Me gustaría florecer así. Tiene algo muy bello: está asociada a dos tipos de mariposas, entre ellas la mariposa espejito, nativa de esta zona, que pone sus huevos en esa planta.
—¿En qué momento del día o en qué circunstancias elegís escribir?
—Soy bastante desordenada y me gustaría tener más orden con eso. A la noche solía aparecer ese momento de inquietud, pero después lo fui cambiando; con los cambios y la vida familiar se volvió más complejo escribir de noche, así que fueron apareciendo otros momentos. Con el diario, lo bueno es que las entradas eran independientes, entonces era más fácil encontrar huecos para escribir o incluso mandarme audios. Sí me pasa que, en otro tipo de escritura en la que necesito estar más enfocada durante varios días, no tengo un orden fijo: va surgiendo según el momento.
—¿Cómo fue el proceso de cerrar el diario? ¿Te pusiste un plazo o fue algo más orgánico? ¿Te cuesta dar por terminado un proyecto?
—Me cuesta cerrar y decir que ya está. En un momento junté todo lo que tenía y me di cuenta de que era un montón, y que no podía seguir; por mí hubiera seguido. De hecho, ya había entregado el diario a la editorial y yo seguía anotando cosas. En algún punto tuve que salir de eso y empezar a trabajar en otros proyectos o escribir otras cosas.
A veces me pasa por hartazgo, otras veces lo estiro porque me da lástima cerrarlo, hasta que me doy cuenta de que ya no da para más.
—¿A quién le recomendarías leer Diario de las flores del mar? ¿Cómo lo definirías en pocas palabras?
Creo que no es un diario solo para gente que le gustan las plantas, porque aborda muchas otras cosas. Es un diario de búsqueda y de investigación hacia afuera, pero también hacia adentro. Puede ser interesante para personas que viven en Mar del Plata; me gustaría ver qué pasa allí con esa mirada sobre la vegetación. Pero también para quienes han migrado, incluso a lugares pequeños, creo que puede resultar significativo.
—¿Qué proyectos tenés en la actualidad?
Estoy con unos cuentos que vengo trabajando desde hace tiempo y volví un poco a la poesía. Estoy en esa búsqueda, con poemas que todavía no cerré.
